Capítulo 7 — Sí, acepto
La mañana de la boda amaneció con una claridad indecisa.
No llovía, pero el cielo conservaba esa palidez húmeda de los días que no se atreven a prometer nada.
Sobre los jardines de Saint-Aubin flotaba una bruma fina, casi transparente, que hacía parecer más lejanas las cosas cercanas: los cipreses, las ventanas altas, las flores blancas sujetas a los arcos del claustro.
Delacroix despertó temprano.
No por impaciencia, desde luego. La impaciencia le parecía una enfermedad juvenil que algunos adultos conservaban por falta de lecturas adecuadas. Despertó porque la abadía llevaba horas moviéndose bajo sus pies, como un animal antiguo al que hubieran obligado a vestirse de fiesta.
Pasos en los corredores.
Voces bajas.
Puertas que se abrían y cerraban.
El sonido de una bandeja.
Una criada susurrando una disculpa antes de que nadie la acusara de nada.
Desde la ventana de la habitación azul, vio a dos jardineros ajustar el arco de flores frente a la capilla.
Más allá, bajo el claustro, Mathilde Beaumont caminaba con una lista en la mano y la expresión de una mujer que habría corregido el orden de las estaciones si alguien le hubiera concedido autoridad suficiente.
Lucien Dargent apareció poco después, cruzando el jardín con el sombrero en la mano. Parecía haber dormido poco. O haber pasado la noche en compañía de papeles que no habían sido amables con él.
Adrien Beaumont, en cambio, salió al exterior cerca de las diez, impecablemente vestido y con el aspecto descansado de los hombres que jamás permiten que la preocupación les arruine la piel.
Miró hacia la capilla, encendió un cigarrillo, lo apagó casi enseguida al ver acercarse al padre Laurent y ofreció al sacerdote una sonrisa tan devota que habría resultado ofensiva incluso en un burdel.
Delacroix se vistió con calma.
Traje oscuro. Chaleco sobrio. Corbata negra con un alfiler discreto. Guantes. Bastón.
Al verse en el espejo, pensó que parecía más preparado para un funeral que para una boda.
La diferencia, en Saint-Aubin, era un asunto de horario.
Bajó poco antes del mediodía.
El vestíbulo estaba lleno de invitados, perfumes, murmullos y pequeñas falsedades dichas con buena dicción.
Las mujeres llevaban tonos claros, sombreros delicados, guantes perfectos.
Los hombres vestían de oscuro y hablaban con la seriedad ligeramente impostada de quienes no tienen nada urgente que decir, pero desean que su silencio parezca patrimonio.
En medio de todo, las flores blancas intentaban convencer a la casa de que aquella jornada era feliz.
No lo conseguían.
Delacroix vio a Élise Moreau junto a una ventana.
Vestía de gris perla, quizá por prudencia, quizá por desafío. No había elegido el verde oscuro de la noche anterior, pero seguía pareciendo una nota equivocada en una partitura demasiado complaciente. Observaba a los invitados sin buscar conversación.
Cuando sus ojos se cruzaron, ella inclinó apenas la cabeza.
Delacroix respondió del mismo modo.
A unos pasos, Adrien Beaumont conversaba con dos señoras mayores y un joven de bigote fino. Reía lo justo, gesticulaba lo necesario, se comportaba como un hombre que había aprendido a transformar el encanto en una moneda de curso corriente. Pero cada pocos segundos miraba hacia la escalera.
Esperaba algo.
O temía algo.
Lucien Dargent estaba cerca de la puerta de la capilla. Sostenía una copa de agua que no bebía. Delacroix se acercó a él.
—Monsieur Dargent.
El abogado se volvió.
—Monsieur Delacroix.
—Tiene usted aspecto de haber pasado una noche edificante.
—Los documentos rara vez edifican.
—Pero destruyen con una precisión admirable.
Lucien miró hacia el fondo del vestíbulo.
—Henri firmó tarde.
—¿Firmó?
—Lo suficiente.
—Qué respuesta tan jurídica.
—Es mi única defensa.
Delacroix estudió su rostro.
—¿Y lo que no firmó?
Lucien apretó la copa.
El gesto fue leve, pero bastó.
—Después de la ceremonia habrá tiempo.
—Saint-Aubin parece tener mucha confianza en el después.
Lucien no respondió.
Mathilde apareció junto a ellos antes de que Delacroix pudiera insistir. Llevaba un vestido oscuro con una línea de encaje en el cuello, austero hasta el reproche. Si la boda era una concesión a la alegría, ella había decidido participar solo en calidad de supervisora moral.
—La ceremonia empezará en unos minutos —dijo—. Les ruego que vayan entrando.
—Por supuesto —respondió Delacroix—. Siempre conviene estar sentado antes de que empiecen las promesas imposibles.
Mathilde lo miró.
—Henri está tranquilo.
—No le había preguntado.
—Lo sé.
Aquello, más que una respuesta, fue una admisión.
Mathilde se alejó para dirigir a otro grupo de invitados.
Delacroix entró en la capilla.
La transformación era notable.
El lugar que la noche anterior parecía severo y casi fúnebre había sido suavizado por la luz del mediodía. Los vitrales derramaban manchas de color sobre la piedra. Los bancos estaban llenos de cintas blancas. Las flores, reducidas por orden de Claire, perfumaban el aire sin asfixiarlo.
Aun así, la capilla conservaba su antigua gravedad.
Había edificios que aceptaban la decoración sin dejar de recordar para qué habían sido construidos. Saint-Aubin podía tolerar flores. No parecía dispuesta a creer en ellas.
Delacroix eligió un asiento lateral, en la tercera fila, desde donde podía ver el altar, la sacristía, la puerta principal y buena parte de los invitados.
No era casualidad.
La casualidad, cuando uno podía evitarla, era una forma vulgar de pereza.
El padre Laurent estaba junto al altar. Vestía los ornamentos ceremoniales con una dignidad cansada. Sobre la pequeña mesa lateral descansaba el cojín de terciopelo blanco. Encima no había nada todavía.
La puerta de la sacristía estaba cerrada.
Delacroix la miró unos segundos.
Luego observó a los invitados.
Élise se sentó al fondo, junto al pasillo, no demasiado escondida y no demasiado visible.
Adrien ocupó un banco reservado para la familia, cerca de Mathilde, que permanecía de pie dando instrucciones silenciosas con los ojos.
Lucien se sentó en el extremo de una fila, como un hombre que desea poder levantarse sin pedir perdón.
Madame Vasseur apareció un instante junto a la sacristía, revisó una cinta del primer banco y desapareció tras recibir una mirada de Mathilde. Lucie, la doncella joven, cruzó con una bandeja de programas y casi tropezó con el escalón de entrada.
Todo estaba en orden.
Delacroix detestaba aquella frase.
El murmullo bajó cuando Henri Beaumont entró por una puerta lateral.
Vestía de ceremonia, elegante y pálido. Su expresión tenía algo de alegría verdadera, pero atravesada por cansancio. Caminó hasta el altar con la cabeza alta. Al pasar junto a Delacroix, lo miró apenas.
Una mirada breve.
De agradecimiento.
O de despedida.
Delacroix no permitió que esa idea se acomodara demasiado.
Henri se colocó frente al padre Laurent. Mathilde lo observaba desde el primer banco con un orgullo contenido, aunque en su rostro había más vigilancia que emoción.
El sacerdote abrió el misal.
Después se hizo un silencio distinto.
Claire Duvall apareció en la entrada de la capilla.
No hubo suspiros exagerados. No era una novia que pidiera esa clase de ruido.
Llevaba un vestido blanco de líneas sobrias, ceñido con elegancia, sin exceso de encaje ni adornos. El velo caía sobre sus hombros con una ligereza casi severa. En la muñeca derecha, donde la tarde anterior Delacroix había visto una marca rojiza, una cinta de seda cubría el borde del guante.
No parecía frágil.
Tampoco feliz en el sentido fácil de la palabra.
Parecía decidida.
Caminó hacia el altar despacio, acompañada por un familiar de los Duvall al que Delacroix no conocía. Sus ojos permanecieron en Henri durante casi todo el trayecto. No sonreía, pero había en su rostro una calma que no era indiferencia. Era algo más difícil.
Un consentimiento consciente.
Henri la miraba como si, pese a todos los papeles, las culpas, las mujeres del pasado y los retratos hostiles de la casa, todavía quedara una parte del mundo capaz de perdonarlo.
Cuando Claire llegó junto a él, Henri inclinó apenas la cabeza.
—Estás preciosa —susurró.
Delacroix no oyó la respuesta de Claire.
Vio, sin embargo, que ella le rozaba la mano.
Un gesto mínimo.
Suficiente.
La ceremonia comenzó.
El padre Laurent habló del amor, la fidelidad, el deber y la gracia. Lo hizo con voz pausada, sin énfasis excesivo. Tal vez sabía que las palabras eternas, en presencia de ciertas familias, convenía pronunciarlas con prudencia.
Delacroix escuchó lo necesario y observó lo importante.
Mathilde, inmóvil.
Adrien, inquieto bajo su elegancia.
Élise, con la mirada fija en Henri.
Lucien, más atento al rostro del novio que a las palabras del sacerdote.
Madame Vasseur, asomada junto a una columna lateral, secándose las manos en el delantal como si todavía estuviera trabajando.
Lucie, al fondo, blanca como una vela.
El padre Laurent habló de dejar atrás el pasado.
Ahí, Élise bajó los ojos.
Habló de construir una vida nueva.
Mathilde apretó los labios.
Habló de la verdad como fundamento del matrimonio.
Lucien cerró los ojos un instante.
Delacroix pensó que, de todos los presentes, quizá Dios era el único que no necesitaba fingir sorpresa.
Llegó el momento de los votos.
Henri tomó las manos de Claire.
Sus dedos parecían algo tensos. No por miedo escénico. Había pronunciado discursos en salones más hostiles que aquella capilla. Era otra clase de tensión. Más profunda. Más próxima al borde.
El padre Laurent le hizo la pregunta ritual.
—Henri Beaumont, ¿aceptáis a Claire Duvall como esposa, y prometéis serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de vuestra vida?
Henri miró a Claire.
Durante un segundo, el peso de la casa pareció abandonar sus hombros.
—Sí, acepto.
La voz fue clara.
No alegre.
Clara.
Claire respondió después.
—Sí, acepto.
No tembló.