Capítulo 6 — Algo antiguo, algo prestado #3
Nadie lo había oído llegar.
Estaba apoyado en el marco de la puerta, con la copa ya vacía en la mano y una sonrisa imprecisa.
Mathilde se volvió.
—¿Qué haces aquí?
—Me mandaste a comprobar si monsieur Dargent seguía intentando secuestrar al novio con documentos. Confirmo que sí. Está en la galería, respirando como un hombre que teme llegar tarde a una desgracia.
—No seas insolente.
—Intento ser útil. Es una sensación nueva.
Adrien entró en la capilla y se acercó a la mesa.
Delacroix notó que miraba las cajas.
No el anillo de Claire.
La caja oscura.
—Ahí está —dijo—. El glorioso anillo de los Beaumont. Capaz de sobrevivir a guerras, deudas y matrimonios infelices.
—No lo toques —dijo Mathilde.
Adrien levantó ambas manos.
—Dios me libre. En esta casa tocar una reliquia exige más permisos que vender una provincia.
Claire devolvió el anillo al padre Laurent.
El sacerdote lo colocó de nuevo en la caja.
Por un instante, mientras todos miraban a Adrien, madame Vasseur se inclinó para recoger una cinta caída junto a la mesa. Su hombro rozó el brazo de Lucie. La muchacha retrocedió, chocó contra Mathilde, y Mathilde, para no perder el equilibrio, apoyó una mano sobre la mesa lateral.
Las dos cajas se movieron.
Solo un poco.
La clara quedó junto al borde. La oscura giró apenas sobre sí misma.
—Perdón, mademoiselle —susurró Lucie.
Mathilde la fulminó con la mirada.
—Mire por dónde camina.
—Sí, mademoiselle.
Delacroix observó las cajas.
No había pasado nada.
Y, sin embargo, algo en la escena le dejó una incomodidad pequeña, como una piedrecita dentro del zapato.
Quizá porque todos se habían disculpado demasiado deprisa.
Quizá porque Mathilde había retirado la mano de la mesa con un cuidado extraño.
Quizá porque Adrien, que fingía mirar el altar, había mirado la caja oscura durante un segundo de más.
El padre Laurent tomó ambas cajas, una en cada mano.
—Las guardaré ahora.
—Yo lo acompaño —dijo Mathilde.
—No es necesario.
—Insisto.
El sacerdote pareció resignarse.
—Como guste.
Entraron juntos en la sacristía.
La puerta permaneció abierta apenas unos segundos. Delacroix alcanzó a ver un cuarto pequeño, con armarios de madera, una mesa estrecha, algunas vestiduras colgadas y un crucifijo oscuro sobre la pared.
El padre Laurent dejó las cajas en un cajón o en un pequeño armario. Mathilde dijo algo en voz baja. Él respondió. Luego la puerta se cerró.
Y la llave giró.
El sonido fue breve.
Demasiado definitivo para un objeto tan pequeño.
Henri exhaló.
—Listo. El anillo ha pasado la noche bajo custodia divina y familiar. ¿Podemos fingir que eso nos tranquiliza?
—La fe exige práctica —dijo Delacroix.
Adrien se acercó a Claire.
—Mañana, querida futura tía, si el anillo se resiste, empuja sin piedad. Los Beaumont solo entendemos los gestos firmes.
Claire lo miró.
—Lo tendré en cuenta.
Henri hizo una mueca.
—No animéis a mi esposa a lesionarme antes del beso.
—Prometo esperar a después —dijo Claire.
Fue una frase ligera.
Casi cariñosa.
Pero en la capilla, entre flores blancas, cirios apagados y una sacristía cerrada con llave, sonó de una manera que Delacroix no habría sabido justificar.
Mathilde y el padre Laurent salieron de la sacristía.
—Todo está en orden —dijo ella.
Delacroix la miró.
Todo estaba en orden.
Otra vez.
Saint-Aubin parecía empeñada en ofrecerle esa apariencia como quien enseña una sala recién barrida mientras esconde el polvo bajo las alfombras.
El ensayo terminó poco después.
Claire y Henri caminaron hasta el altar, se detuvieron donde debían, escucharon las indicaciones del padre Laurent y respondieron a media voz las fórmulas que al día siguiente pronunciarían ante todos.
Adrien hizo un comentario sobre la solemnidad.
Mathilde lo silenció. Madame Vasseur retiró los últimos lirios.
Lucie recogió una cinta manchada de cera.
Delacroix observó.
No intervino.
A veces, la mejor manera de comprender una escena consiste en permitir que todos crean que uno está distraído.
Cuando salieron de la capilla, el corredor estaba casi vacío. La casa había entrado en esa hora extraña en que los invitados se retiran a sus habitaciones, los criados hablan en susurros y los anfitriones todavía creen que pueden controlar la mañana siguiente.
Lucien Dargent esperaba junto al claustro.
La carpeta seguía bajo su brazo.
—Henri —dijo.
El novio cerró los ojos.
—Ahora, sí.
Claire lo miró.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Descansa.
—Henri.
—Estaré bien.
Ella no insistió.
Eso no significaba que creyera en él.
Henri siguió a Lucien por la galería.
Mathilde los vio alejarse, inmóvil, con una expresión que no era exactamente preocupación. Era vigilancia.
Claire permaneció unos segundos junto a Delacroix.
—¿Usted cree en las tradiciones, monsieur?
—Creo que son útiles para descubrir quién tiene miedo de cambiarlas.
—Entonces mañana aprenderá mucho.
—Eso empiezo a sospechar.
Claire miró hacia la puerta cerrada de la capilla.
—No me gusta ese anillo.
—Tiene buen instinto.
—No es instinto. Es sentido común. Le queda mal.
—A veces el sentido común es solo instinto vestido para cenar.
Ella sonrió levemente.
—Buenas noches, monsieur Delacroix.
—Buenas noches, mademoiselle Duvall.
Claire se marchó por el corredor, llevando consigo la mancha gris del guante y una serenidad que empezaba a parecer menos natural y más necesaria.
Delacroix no subió de inmediato a su habitación.
Se quedó junto al claustro.
Desde la galería opuesta llegó una sombra. Élise Moreau. Caminaba sola, sin prisa, con el rostro vuelto hacia la capilla. Al verlo, se detuvo.
—Monsieur Delacroix.
—Madame Moreau.
—Henri me habló de usted.
—Henri ha abusado esta semana de ese hábito.
Élise miró hacia la puerta cerrada.
—Mañana será demasiado tarde.
—Esa frase parece popular en Saint-Aubin.
—Porque es verdad.
—Entonces quizá alguien debería explicarla antes de que pierda eficacia.
Élise estuvo a punto de responder.
No lo hizo.
En su lugar, abrió el bolso y sacó un pañuelo doblado. Delacroix vio apenas el borde de un papel dentro, antes de que ella lo guardara de nuevo.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
Élise se alejó.
Delacroix la siguió con la mirada hasta que desapareció por la escalera.
Después volvió a mirar la capilla.
La puerta permanecía cerrada.
Detrás, en la sacristía, descansaban dos anillos. Uno nuevo, fino, claro. Otro antiguo, pesado, familiar.
Dos círculos diminutos preparados para prometer eternidad.
Delacroix pensó en el gesto de Henri frotándose el dedo.
En Claire diciendo que no deberían forzarlo.
En Mathilde insistiendo en que la novia colocaría el anillo como siempre.
En Adrien mirando la caja oscura.
En Lucie pidiendo perdón por un movimiento casi invisible.
En madame Vasseur tocando flores que nadie recordaría al día siguiente.
Y en el sonido de la llave girando en la sacristía.
Un sonido breve.
Limpio.
Casi ceremonial.
Subió por fin a su habitación.
La abadía guardaba silencio.
Pero no dormía.