Capítulo 6 — Algo antiguo, algo prestado #2
—¿Ahora?
—Mañana no habrá tiempo.
Lucien inclinó la cabeza hacia él.
—Y después necesito esos minutos que me prometiste.
—Lo sé.
Élise no miró a Henri.
Eso fue peor que si lo hubiera hecho.
Claire se levantó sin protestar. Había aprendido que algunas batallas se pierden mejor caminando.
Delacroix también se puso en pie.
Mathilde lo observó.
—No es necesario, monsieur Delacroix.
—Casi nada de lo que hago lo es.
—Es un asunto familiar.
—Entonces, por experiencia, conviene tener testigos.
Henri sonrió apenas.
—Déjalo venir, Mathilde.
—Como quieras.
No era como quisiera.
Eso quedó claro.
Atravesaron la galería hacia la capilla. La abadía, después de la cena, tenía una quietud distinta. No estaba dormida. Estaba escuchando.
El padre Laurent caminaba delante, con el misal bajo el brazo. Mathilde llevaba una pequeña caja oscura. Claire iba junto a Henri, sin tocarlo. Delacroix cerraba la marcha, acompañado por Lucie, la doncella, que sostenía una cajita clara entre ambas manos.
—¿Eso es el anillo de mademoiselle Duvall? —preguntó Delacroix en voz baja.
Lucie dio un respingo.
—Sí, monsieur.
—Tranquila. No suelo interrogar joyas sin motivo.
La muchacha no supo si debía contestar.
—Mademoiselle Claire me pidió que lo bajara.
—¿Y usted lo ha hecho?
—Sí, monsieur.
—Admirable. La obediencia, cuando no causa daños mayores, es una virtud infravalorada.
Lucie apretó la cajita contra el pecho.
—No quiero equivocarme.
—Entonces debería evitar las familias antiguas.
Llegaron a la capilla.
De noche, iluminada por cirios, Saint-Aubin parecía menos un lugar de boda que una memoria preparada para recibir testigos.
Las flores blancas destacaban contra la piedra.
Los bancos habían sido alineados con precisión.
Junto al altar, sobre la mesa lateral, descansaba el cojín de terciopelo blanco.
Madame Vasseur estaba allí, de rodillas junto al primer banco, ajustando una cinta.
Al ver entrar a Mathilde, se levantó tan deprisa que estuvo a punto de pincharse con una aguja.
—Mademoiselle Beaumont, he retirado los lirios del lado izquierdo, como pidió mademoiselle Claire.
—Ya lo veo.
La voz de Mathilde logró convertir la frase en un informe desfavorable.
Claire se acercó al altar.
—Ahora se puede respirar.
—La capilla no estaba destinada a la comodidad —dijo Mathilde.
—Eso explicaría muchas ceremonias.
Henri tocó suavemente el brazo de Claire, quizá para contenerla, quizá para agradecerle que aún pudiera bromear.
El padre Laurent abrió el misal sobre un atril.
—Solo revisaremos el orden de entrada, la entrega de los anillos y la bendición. Nada más.
—Qué alivio —dijo Delacroix—. Las promesas eternas cansan menos cuando se ensayan en versión reducida.
El sacerdote le lanzó una mirada que habría sido severa de no estar tan habituada al perdón.
Mathilde dejó la caja oscura sobre la mesa lateral.
Lucie, con evidente cautela, depositó al lado la cajita clara.
Delacroix observó ambas.
La de Henri era de terciopelo oscuro, casi negro, con los bordes algo gastados. La de Claire era marfil, más pequeña, limpia, nueva. La diferencia entre ambas resumía la boda con una precisión incómoda.
Algo antiguo.
Algo nuevo.
Algo prestado, quizá.
Algo que nadie había devuelto a tiempo.
El padre Laurent abrió la caja de Henri.
El anillo familiar apareció bajo la luz de los cirios. Oro antiguo. Ancho. Pesado. La inscripción exterior brilló apenas, gastada por dedos muertos.
Henri hizo una mueca.
—Cada vez parece más grande.
—El orgullo familiar suele agrandarse al acercarse al altar —dijo Delacroix.
Mathilde tomó el anillo entre los dedos con cuidado.
Demasiado cuidado, quizá.
—No seas ridículo, Henri. Lo usaron nuestro padre y nuestro abuelo.
—Eso no demuestra que les quedara cómodo.
—Demuestra que entendían su deber.
Claire miró a Mathilde.
—¿También tenían que empujárselo hasta cortarles la circulación?
—Claire.
Henri dijo su nombre con suavidad.
Ella respiró hondo.
—Perdón.
No sonó arrepentida.
Mathilde entregó el anillo al padre Laurent.
Delacroix observó el gesto.
La hermana de Henri lo sostenía por los bordes exteriores, sin introducir el dedo, sin rozar apenas la parte interior. Un cuidado razonable para una joya antigua. O para un objeto al que se teme dañar. O para uno que no se desea tocar de cierta manera.
El sacerdote lo examinó sin interés técnico y lo colocó sobre el cojín.
Luego abrió la cajita de Claire.
El anillo de la novia era fino, sencillo, de oro claro. Parecía casi humilde junto al de los Beaumont.
—Mañana —dijo el padre Laurent—, Adrien puede acercar el cojín en el momento indicado.
—Preferiría que no —dijo Claire.
Henri sonrió.
—Adrien no perderá los anillos entre el banco y el altar.
—No me preocupaba que los perdiera.
—¿Entonces?
—Me preocupaba que hiciera un comentario.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Un temor teológicamente fundado.
El padre Laurent tosió.
—Puede llevarlos el pequeño Martin Faverol. Es un niño tranquilo.
—Los niños tranquilos son a menudo los más peligrosos —dijo Delacroix—. Nadie los vigila.
Mathilde miró al sacerdote.
—Adrien será suficiente.
—Adrien está endeudado hasta con los silencios —dijo Henri.
La frase se le escapó antes de medirla.
Todos callaron.
Mathilde apretó la mandíbula.
—Adrien es familia.
—Eso no lo convierte en mueble litúrgico.
Claire intervino antes de que Mathilde pudiera responder.
—Que los lleve el padre Laurent. Están aquí. Él los bendecirá. Él puede entregarlos.
El sacerdote levantó las cejas.
—No es lo habitual.
—Nada en esta casa parece habitual, padre. Solo antiguo.
Delacroix admiró la frase en silencio.
Mathilde no.
—Los invitados esperan una ceremonia tradicional.
—Los invitados esperan comer después —dijo Claire—. Lo demás lo perdonarán.
Henri se rio por lo bajo.
El padre Laurent, quizá por cansancio o sabiduría, asintió.
—Puedo entregarlos yo mismo.
Mathilde aceptó con una inclinación breve.
—Como prefieran.
Pero no lo prefería.
Eso también quedó claro.
Madame Vasseur se acercó a la mesa lateral.
—Perdonen, necesito mover el cojín un poco. Desde el banco central no queda visible.
—¿Visible para quién? —preguntó Delacroix.
La florista se ruborizó.
—Para los invitados, monsieur.
—Ah. Naturalmente. El amor pierde fuerza si la cuarta fila no aprecia la utilería.
Claire bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
Madame Vasseur tomó el cojín con delicadeza, pero la cinta de una de sus mangas se enganchó en el borde de la mesa. Al tirar, golpeó la cajita clara de Claire. La caja cayó al suelo y se abrió.
El anillo rodó unos centímetros sobre la piedra.
Lucie soltó un pequeño grito.
—¡Perdón! ¡Perdón, mademoiselle!
Se arrodilló de inmediato para recogerlo, pero Claire se adelantó.
—No pasa nada.
Tomó el anillo entre los dedos, lo limpió con el guante manchado y lo devolvió a la caja.
Mathilde miró a madame Vasseur como si acabara de cometer un sacrilegio.
—Tenga más cuidado.
—Sí, mademoiselle. Lo siento muchísimo. Yo solo quería…
—El deseo de ayudar no siempre produce ayuda.
La mujer bajó la cabeza.
Henri se acercó a ella.
—No ha ocurrido nada, madame Vasseur.
—Lo siento, monsieur. De verdad.
—Los anillos han sobrevivido a cosas peores que una caída.
Delacroix miró el anillo familiar.
Seguía sobre el cojín, inmóvil, pesado, satisfecho de no haber participado en el accidente.
O quizá era él quien lo imaginaba satisfecho.
Los objetos antiguos tenían esa indecencia: parecían saber más de lo que podían decir.
El padre Laurent cerró las dos cajas.
—Los guardaré en la sacristía hasta mañana.
—¿Los dos? —preguntó Mathilde.
—Los dos.
—Preferiría conservar el de Henri en la caja familiar hasta el último momento.
—Estará en la sacristía igualmente.
—La humedad…
—Saint-Aubin lleva siglos húmeda, Mathilde —dijo Henri—. Si el anillo ha sobrevivido a nuestros antepasados, sobrevivirá una noche junto a un misal.
Mathilde lo miró.
—No bromees con eso.
—¿Con los antepasados o con el misal?
—Con lo que no comprendes.
La frase fue más dura de lo que exigía la conversación.
Henri perdió la sonrisa.
Claire dio un paso hacia él, no para defenderlo, sino para estar cerca.
El padre Laurent tomó las cajas.
—Las dejaré en la sacristía. La puerta permanecerá cerrada.
—¿Quién tiene llave? —preguntó Delacroix.
Todos lo miraron.
Él ofreció una expresión inocente que no convenció a nadie.
—Una curiosidad arquitectónica.
El sacerdote respondió.
—Yo. Mademoiselle Beaumont tiene otra. Y creo que hay una tercera en el gabinete de llaves de la casa.
—En mi despacho —dijo Mathilde.
—Qué práctico —murmuró Delacroix.
—La sacristía contiene objetos de valor —dijo ella.
—Y mañana contendrá promesas. No sé qué es más frágil.
Claire miró hacia las cajas en manos del sacerdote.
—¿Puedo ver el anillo de Henri una vez más?
Mathilde pareció a punto de negarse.
Henri se adelantó.
—Claro.
El padre Laurent abrió la caja oscura.
Claire tomó el anillo.
Lo sostuvo con cuidado, pero sin veneración. Eso pareció molestar a Mathilde más que cualquier comentario.
Claire lo giró entre los dedos.
—Pesa demasiado.
—Es oro antiguo —dijo Mathilde.
—No hablaba solo del metal.
Henri la miró con ternura.
Delacroix observó las manos de Claire.
El guante derecho estaba manchado de gris. La mano izquierda, desnuda, sostenía el anillo por el borde exterior. Sus dedos eran largos, firmes. No temblaban.
—Mañana entrará —dijo Henri, intentando aligerar el momento.
Claire lo miró.
—No deberíamos forzarlo.
—No lo haremos.
—Henri.
—Si se resiste demasiado, me lo pondré yo mismo.
Mathilde dio un paso.
—Eso sería impropio.
—Lo impropio suele ser más cómodo —dijo Delacroix.
—Durante la ceremonia —insistió Mathilde—, la novia coloca el anillo al novio. Así se ha hecho siempre.
Claire siguió mirando a Henri.
—Si te duele, lo dejamos a medias.
—Una alianza a medio poner —dijo Adrien desde la entrada—. Qué bella metáfora para nuestra familia.