Capítulo 6 — Algo antiguo, algo prestado
La cena de la víspera empezó con la clase de puntualidad que no nace del respeto, sino del miedo.
A las ocho en punto, el antiguo refectorio de Saint-Aubin estaba iluminado por candelabros de plata, lámparas de pared y una chimenea que ardía al fondo con más aparato que calor.
Las mesas habían sido dispuestas en forma de U, cubiertas por manteles blancos, vajilla antigua y arreglos de flores más bajos que los de la capilla, aunque no menos empeñados en recordar que la belleza también puede ser una forma de presión.
Delacroix ocupó su lugar entre Lucien Dargent y una señora viuda que llevaba media hora explicando a todo el que quisiera oírla, y también a quienes no, que la humedad de la abadía era excelente para los helechos y funesta para las caderas.
—Las casas antiguas tienen esas cosas —dijo la mujer—. Una entra joven y sale reumática.
—Eso también ocurre con algunos matrimonios —respondió Delacroix.
La viuda parpadeó, no del todo segura de si debía reír.
Lucien, a su lado, ni siquiera lo intentó.
El abogado parecía ausente. Había dejado la carpeta junto a su silla, apoyada contra una pata de la mesa, y cada pocos minutos bajaba la vista hacia ella como si temiera que los documentos pudieran escapar por su cuenta.
Delacroix observó el salón.
Henri presidía uno de los lados, con Claire a su derecha y Mathilde al otro extremo, no exactamente presidiendo, pero sí dominando. Algunas personas nacían con la habilidad de convertir cualquier asiento en cabecera de mesa. Mathilde Beaumont pertenecía a esa raza.
Élise Moreau había sido colocada en un lugar lateral, entre Adrien y el padre Laurent.
Una decisión interesante.
No se sentaba lo bastante cerca de Henri como para provocar un escándalo inmediato, ni lo bastante lejos como para fingir que su presencia carecía de importancia. Mathilde, pensó Delacroix, no perdía la elegancia ni siquiera cuando castigaba a alguien con la geometría.
Adrien Beaumont parecía encantado con la proximidad de Élise, o fingía estarlo con notable talento. Hablaba demasiado, bebía con moderación estudiada y sonreía a las frases ajenas un instante antes de entenderlas, como si el gesto pudiera ganar tiempo a su inteligencia.
Claire apenas comía.
No por nervios visibles. No era de las mujeres que desmenuzan el pan para anunciar su desdicha. Simplemente permanecía atenta a todo, con la serenidad de quien ha aceptado que la noche será larga y no tiene intención de regalar debilidad a nadie.
Henri, en cambio, hacía esfuerzos.
Ese era el verbo exacto.
Se esforzaba por parecer feliz, por mirar a Claire con ternura, por responder a los invitados, por impedir que Élise y Mathilde se convirtieran en dos extremos de una cuerda tirante. Tenía el encanto de siempre, pero Delacroix vio en él algo que otros quizá confundían con cansancio.
Un hombre puede sonreír muchas veces antes de romperse.
La primera tensión abierta llegó con el pescado.
Una prima de los Beaumont, de rostro estrecho y voz más estrecha aún, preguntó a Claire si su familia estaría completa para la ceremonia del día siguiente.
La pregunta parecía inocente.
Nada lo es en una cena familiar.
Claire dejó los cubiertos junto al plato.
—Vendrá mi madre. Mi padre murió hace años.
—Oh, lo lamento.
—No lo conoció. No tiene por qué.
La mujer abrió los ojos, ofendida por la falta de teatro.
Adrien tosió para ocultar una sonrisa.
Mathilde intervino con suavidad.
—La familia Duvall ha sido muy discreta con los preparativos.
—La discreción es una virtud cuando una no tiene nada útil que añadir —dijo Claire.
Delacroix bebió un sorbo de vino.
Henri inclinó ligeramente la cabeza hacia su prometida.
—Claire cree que las bodas pertenecen demasiado a los invitados.
—Las bodas pertenecen a las familias —dijo Mathilde.
—Qué frase tan tranquilizadora —murmuró Delacroix—. Explica buena parte de la violencia europea.
La viuda de las caderas le pidió que repitiera.
—Nada, madame. Un comentario geográfico.
Lucien no sonrió.
Seguía mirando la carpeta.
Delacroix se inclinó un poco hacia él.
—Monsieur Dargent, empieza usted a tratar esos documentos con un afecto casi paternal.
El abogado levantó la vista.
—La paternidad no entra en mi oficio.
—No con ese nombre, quizá.
Lucien apretó los labios.
—Henri debe firmar algunos papeles esta noche.
—¿Debe?
—Conviene.
—Los verbos se vuelven muy modestos cuando rodean asuntos graves.
Lucien miró hacia Henri.
—No todos los asuntos graves son criminales, monsieur Delacroix.
—Desde luego. Algunos son legales.
El abogado sostuvo su mirada un instante.
Luego bajó la voz.
—Henri intenta hacer algo correcto.
—Eso empieza a parecer una epidemia en esta casa.
—No se burle.
—No me burlo de los actos correctos. Solo de los hombres que esperan al último minuto para descubrirlos.
Lucien apartó la vista.
Aquello había tocado algo.
Delacroix lo dejó estar.
Por ahora.
Al otro lado de la mesa, Élise Moreau permanecía en silencio.
Su vestido verde oscuro parecía aún más impropio entre las telas claras, los lazos blancos y la plata familiar.
No buscaba llamar la atención, pero la atraía.
Había personas que, por mucho que callasen, seguían hablando desde el sitio que ocupaban.
Adrien le decía algo en voz baja.
Élise no respondió.
—Debe de resultarle extraño volver a Saint-Aubin —dijo él con una sonrisa.
—No he vuelto. He venido.
—Qué distinción tan severa.
—Las casas a las que una vuelve son las que alguna vez la esperaron.
Adrien levantó la copa.
—Entonces aquí nadie vuelve nunca.
Mathilde oyó la frase.
—Adrien.
—Perdón, tía. Pensaba que esta noche estaba permitida la sinceridad moderada.
—La moderación no es tu talento más visible.
—Nadie puede tenerlo todo. Ni siquiera los Beaumont.
Henri intentó aliviar la escena.
—Eso sí es cierto. Los Beaumont hemos tenido muchas cosas, pero rara vez todas a la vez.
—Algunas se perdieron —dijo Mathilde.
—Algunas se malgastaron —respondió Henri.
El silencio que siguió fue más frío que la piedra del suelo.
Claire miró a Henri.
No lo corrigió. No lo protegió.
Solo estuvo allí.
Delacroix empezó a entender por qué eso podía bastarle a un hombre cansado.
El padre Laurent carraspeó, con la intención noble y torpe de salvar la conversación.
—Mañana será un día hermoso. La capilla ha quedado espléndida.
—Gracias al cielo y a madame Vasseur —dijo Henri.
—En ese orden espero —añadió Delacroix.
El sacerdote lo miró con una paciencia agotada.
—Dios sabe reconocer el mérito ajeno, monsieur.
—Una virtud que debería estar más extendida entre sus criaturas.
Claire sonrió apenas.
Mathilde no.
—El padre Laurent ha tenido la amabilidad de revisar el rito familiar —dijo ella—. En Saint-Aubin hay costumbres que nos gustaría conservar.
—Ah —dijo Adrien—. Llegamos al apartado religioso de la superstición doméstica.
—Tradición —corrigió Mathilde.
—En nuestra familia, la diferencia depende de si el resultado queda bien en un retrato.
Henri rio.
Quizá más de lo prudente.
Mathilde lo miró.
—El anillo de los Beaumont será bendecido antes de la ceremonia —dijo—. Como se ha hecho siempre.
Claire levantó la vista.
—Creía que los anillos se bendecían durante la ceremonia.
—El padre Laurent hará una breve oración en la sacristía por la mañana.
—Qué considerado por parte de Dios, recibirnos antes de la hora.
La frase de Claire produjo una incomodidad breve.
El padre Laurent no se ofendió. Quizá porque era viejo. Quizá porque había conocido a demasiados Beaumont como para reservar su escándalo a comentarios menores.
—Será un gesto sencillo —dijo—. No una segunda ceremonia.
—El anillo familiar debe pasar la noche en la sacristía —añadió Mathilde—. Junto al de Claire.
Claire dejó el vaso sobre la mesa.
—Mi anillo está en mi habitación.
—Lucie puede bajarlo después de la cena.
—No hace falta.
—Conviene que estén juntos mañana.
—No se casan entre ellos, Mathilde.
Adrien bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
Henri intervino con suavidad.
—Claire, es solo una costumbre de la casa.
—Lo sé.
—Entonces…
—Precisamente por eso pregunto.
Mathilde apoyó las manos a ambos lados del plato. No hizo ruido. No necesitaba hacerlo.
—Las costumbres evitan confusiones.
Delacroix miró a la hermana de Henri.
—Curioso. Las mías suelen provocarlas.
Ella lo ignoró.
Claire sostuvo la mirada de Mathilde unos segundos.
—Está bien. Lucie bajará mi anillo.
—Gracias.
No sonó a gratitud.
Sonó a victoria administrativa.
Henri se frotó el dedo anular sin darse cuenta.
Delacroix lo vio.
Claire también.
—¿Te duele? —preguntó ella.
Henri retiró la mano con una sonrisa.
—No. Solo recordaba que mañana tendré que ganarme el apellido a pulso.
—No deberías usarlo si te molesta.
—Es un anillo.
—Es metal.
—Es historia —dijo Mathilde.
—Eso no mejora el ajuste —respondió Claire.
El padre Laurent bebió un poco de agua.
Adrien se inclinó hacia Élise.
—Como ve, madame, en esta familia incluso las joyas tienen carácter.
Élise lo miró.
—Las joyas no. Quienes las usan para hablar por ellos.
Adrien no encontró respuesta.
Delacroix empezó a preguntarse si en aquella mesa había alguien incapaz de herir con elegancia. Quizá la viuda de las caderas. Aunque no habría apostado demasiado.
La cena avanzó entre platos correctos, vinos excelentes y conversaciones que parecían caminar sobre una capa fina de hielo.
Se habló del clima.
De la restauración de la abadía.
De los caminos embarrados.
De la conveniencia de celebrar la ceremonia a mediodía para aprovechar la luz de los vitrales.
Nadie habló de la carta de Henri a Élise.
Nadie habló de los documentos de Lucien.
Nadie habló de la hija, si es que había una hija, o de aquello que Claire tenía derecho a saber.
Por eso, naturalmente, todo aquello ocupó la mesa entera.
Después del postre, Mathilde se puso en pie.
—El padre Laurent desea revisar algunos detalles en la capilla. Claire, Henri, si sois tan amables.
Henri dejó la servilleta.