Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 5 — La mujer que no debía estar #2
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Capítulo 5 — La mujer que no debía estar #2

Henri llegó al vestíbulo y se detuvo frente a Élise.

Durante un instante ninguno habló. La abadía entera pareció escuchar por ellos: los criados inmóviles al fondo, Claire junto a la galería, Delacroix junto a la columna, Mathilde en el centro de todo con la dignidad de una estatua a punto de resquebrajarse.

—No sabía si vendrías —dijo Henri.

—Eso no te impidió escribirme.

—No.

—Ni casarte.

Henri bajó los ojos un momento.

—Tampoco.

Claire no se movió.

Delacroix la miró de reojo. El rostro de la novia seguía sereno, pero sus dedos apretaban el guante manchado con demasiada fuerza. No parecía celosa. Parecía estar escuchando la confirmación de algo que ya conocía, aunque no por completo.

—Podemos hablar en privado —dijo Henri.

—Eso llevas años diciendo.

Mathilde dio un paso.

—Madame Moreau, le ruego que recuerde dónde está.

Élise la miró al fin.

—Lo recuerdo perfectamente. En una casa que siempre ha confundido el silencio con la decencia.

El golpe fue limpio.

El padre Laurent, que había salido de la capilla, se detuvo al final del corredor. No intervino. Solo miró a Henri con una tristeza antigua.

Henri respiró hondo.

—Élise, ven conmigo.

—No quiero una conversación breve antes de la cena.

—No lo será.

—Todo lo tuyo acaba siéndolo cuando exige valor.

La frase hirió a Henri más de lo que él quiso mostrar.

Delacroix lo vio en la mandíbula. En el modo en que sus dedos buscaron el bolsillo interior de la chaqueta y luego se detuvieron. Allí había llevado la caja del anillo unas horas antes, aunque quizá ahora ya no estuviera con él.

—Por favor —dijo Henri.

Fue esa palabra, no la autoridad de Mathilde ni la serenidad de Claire, la que hizo que Élise cediera.

Henri la condujo hacia una puerta lateral que daba a un pequeño salón de visitas. Antes de entrar, se volvió hacia Claire.

—Claire…

Ella lo interrumpió con un leve movimiento de cabeza.

—Habla con ella.

Henri pareció agradecerle que no añadiera nada.

Los dos entraron en el salón.

La puerta quedó entornada.

Mathilde se dirigió de inmediato hacia ella, pero Claire se interpuso con naturalidad.

—No.

—Esto también afecta a la familia.

—Por eso conviene que no entre.

—Claire, aún no eres…

La frase murió a medio camino.

No hacía falta terminarla.

Aún no eres una Beaumont.

Claire sostuvo la mirada de Mathilde.

—No. Y quizá esa sea la única ventaja que tengo ahora mismo.

Delacroix habría aplaudido en circunstancias menos fúnebres.

Mathilde se apartó un paso.

—La cena será en menos de una hora. No permitiré que esto la arruine.

—Qué admirable confianza en el menú —dijo Delacroix.

Mathilde lo ignoró.

O intentó ignorarlo, lo cual en algunas personas requería más esfuerzo que responder.

Claire miró hacia la puerta entornada.

Desde dentro llegaban voces bajas.

No se distinguían todas las palabras. Solo fragmentos. Henri, intentando suavizar. Élise, más afilada. Una frase atravesó el vestíbulo con claridad suficiente.

—No puedes hacerlo así.

Luego otra, de Henri:

—Es demasiado tarde para hacerlo de otra manera.

Élise respondió algo que se perdió bajo el ruido de un criado que cruzaba con una bandeja.

Delacroix avanzó unos pasos, no tanto como para parecer indiscreto, sí lo suficiente para que la arquitectura le fuese favorable. La abadía, con sus corredores de piedra y puertas antiguas, tenía una acústica indiscreta. Las casas viejas siempre acababan colaborando con quien sabía escuchar.

—Ella tiene derecho a saberlo —dijo Élise.

Henri contestó en voz más baja.

Claire se quedó inmóvil.

Mathilde, en cambio, palideció apenas.

Delacroix guardó ese detalle.

—Esto es intolerable —murmuró Mathilde.

—Casi todo lo verdadero lo es al principio —dijo Delacroix.

Ella lo miró con frialdad.

—Usted disfruta demasiado de las grietas ajenas.

—No. Solo desconfío de las paredes recién pintadas.

Desde el salón llegó un golpe seco. Quizá una mano sobre una mesa. Quizá una silla empujada.

La puerta se abrió de pronto.

Élise salió primero.

Tenía los ojos brillantes, pero seguía sin llorar. Ese esfuerzo por conservar la dignidad era más revelador que una escena descompuesta.

Henri apareció detrás. Estaba pálido, con una expresión que parecía cansancio y culpa en proporciones iguales.

—Me quedaré esta noche —dijo Élise.

Mathilde dio un paso.

—Eso es imposible.

—Henri me ha invitado.

Todos miraron a Henri.

Él asintió.

—Se quedará.

—No hay habitaciones preparadas —dijo Mathilde.

—Entonces se preparará una.

—Esto es una falta de respeto a Claire.

Claire habló antes de que Henri pudiera hacerlo.

—No utilice mi nombre para defender su incomodidad.

Mathilde la miró con una mezcla de asombro y rabia contenida.

Élise, por primera vez, observó a Claire con algo parecido a una gratitud amarga.

—No he venido a humillarla —dijo.

—Lo sé.

—No estoy segura de que lo sepa todo.

—Yo tampoco.

Henri cerró los ojos un instante.

—Claire…

Ella no se volvió hacia él.

—Después.

Una sola palabra.

Pero bastó para colocarlo en su sitio.

Delacroix pensó que Henri había descrito bien a su prometida. Claire no amaba como se esperaba que amasen las mujeres en las bodas. No se rompía. No suplicaba. No convertía el dolor en espectáculo para que los demás pudieran sentirse útiles.

Permanecía.

Y eso, en Saint-Aubin, parecía casi una provocación.

Adrien Beaumont apareció entonces desde el corredor del refectorio, atraído sin duda por el olor del escándalo, que para algunas personas resultaba más irresistible que el del asado.

—Vaya —dijo—. La cena aún no ha empezado y ya hemos llegado al digestivo.

Mathilde giró hacia él.

—Adrien.

—Perdón. Me pareció oír que la familia estaba siendo sincera y vine por si necesitaban testigos.

—No seas vulgar.

—En esta casa la vulgaridad sería una innovación.

Adrien vio a Élise y su sonrisa cambió.

La reconocía.

Delacroix lo notó de inmediato. No solo sabía quién era. Saber quién es alguien puede producir curiosidad. En Adrien produjo cautela.

—Madame Moreau —dijo.

—Adrien.

—Cuánto tiempo.

—No el suficiente.

Adrien aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.

—Saint-Aubin siempre ha tenido ese defecto. Atrae de vuelta a las personas que deberían haber sido más inteligentes.

—Y conserva a las que no supieron marcharse —respondió ella.

Mathilde cortó la conversación.

—Adrien, acompaña a madame Moreau a la habitación verde. Y pide a Lucie que prepare ropa de cama.

Adrien abrió los ojos con fingida sorpresa.

—¿Yo? Qué honor. Ascender de parásito familiar a botones en una sola tarde.

—Ahora.

Adrien hizo una reverencia exagerada.

—Como ordene la comandancia.

Élise no se movió.

Miró a Henri una última vez.

—Mañana no podrás fingir que no lo sabías.

Henri sostuvo la mirada, pero no respondió.

Eso, en Delacroix, pesó más que cualquier frase.

Élise siguió a Adrien por la escalera. Al subir, su vestido verde oscuro contrastó con la piedra clara y las flores blancas del vestíbulo. Parecía una mancha deliberada en una pintura demasiado limpia.

Mathilde esperó a que desaparecieran.

Luego se volvió hacia Henri.

—Has perdido el juicio.

—No.

—Invitarla aquí, precisamente hoy…

—No la invité para provocar una escena.

—Entonces has demostrado una ingenuidad conmovedora a una edad impropia.

Henri se frotó el puente de la nariz.

—Mathilde, basta.

—No. No basta. Mañana te casas. Esta noche cenan aquí los Duvall, los Faverol, los Lenoir, el padre Laurent, media familia y todos aquellos que llevan años esperando vernos tropezar. Y tú decides alojar bajo este techo a una antigua amante.

—No hables de ella así.

—¿Cómo prefieres que hable? ¿Como de una visita espiritual?

Henri dio un paso hacia su hermana.

—Élise tiene derecho a estar aquí.

—¿Derecho? Qué palabra tan peligrosa cuando la pronuncian los hombres con culpa.

Claire seguía en silencio.

Delacroix la observó. Aquella frase también la había herido, aunque no por ella misma. Por Henri. Por lo que confirmaba.

—La cena será a las ocho —dijo Claire.

Todos la miraron.

—Conviene que no lleguemos tarde —añadió—. Si la familia va a desmoronarse, al menos que lo haga con puntualidad.

Henri la miró con una mezcla de amor y vergüenza.

—Claire, puedo explicarte…

—Lo sé.

—Entonces…

—Después —repitió ella.

Esta vez la palabra fue más suave.

Y más triste.

Claire se marchó hacia la capilla, llevando todavía el guante manchado y la carpeta de invitados.

Henri hizo ademán de seguirla, pero Mathilde le puso una mano en el brazo.

—No la persigas ahora.

—No necesito instrucciones sobre mi prometida.

—Evidentemente, sí.

Henri apartó el brazo.

Delacroix decidió intervenir antes de que la escena degenerase en una forma de sinceridad demasiado temprana.

—Henri.

Su amigo se volvió.

—¿Sí?

—Un paseo.

Mathilde frunció el ceño.

—La cena…

—La cena esperará —dijo Delacroix—. Si no lo hace, habrá demostrado más carácter que varios invitados.

Henri dudó un instante.

Después asintió.

Salieron por una puerta lateral hacia el claustro. La tarde había caído casi por completo. El aire olía a piedra mojada, tierra fría y flores cortadas. Bajo los arcos, la lluvia goteaba desde el borde del tejado con una regularidad paciente.

Caminaron unos metros en silencio.

Henri parecía buscar palabras y tropezar con todas.

—No era así como quería que ocurriera —dijo al fin.

—Rara vez uno elige la forma exacta de su desastre.

—Élise tenía derecho a venir.

—Eso ya lo has dicho.

—Porque es verdad.

—Las verdades repetidas con urgencia suelen estar intentando convencer al que las pronuncia.

Henri se detuvo junto a una columna.

Desde allí se veía el jardín interior y, al fondo, la silueta oscura de la capilla.

—Le hice daño —dijo.

—Eso también resulta evidente.

—No solo a ella.

Delacroix esperó.

Henri volvió a mirar hacia la casa.

En una de las ventanas del primer piso se encendió una lámpara. Tal vez la habitación verde. Tal vez otra. La abadía empezaba a iluminarse desde dentro, como un animal antiguo abriendo los ojos.

—Mañana lo sabrás todo —dijo Henri.

Delacroix suspiró.

—Tienes una confianza conmovedora en el calendario.

—Armand…

—No. Escúchame tú ahora. Si has traído a esta mujer a Saint-Aubin, si Claire sabe solo una parte, si Mathilde está al borde de convertir la tradición familiar en arma arrojadiza y si Dargent lleva una carpeta como quien transporta dinamita, quizá sería prudente hablar antes de que todos se sienten a cenar con cuchillos.

Henri sonrió apenas.

—Siempre tan dramático.

—No. Dramáticos sois vosotros. Yo solo leo el programa.

Henri bajó la vista.

Durante un instante, pareció a punto de rendirse.

Luego la puerta del claustro se abrió y Lucien Dargent apareció bajo los arcos.

—Henri —dijo—. Necesito tu firma antes de la cena.

Henri cerró los ojos.

—Ahora no, Lucien.

—Ahora sí.

La respuesta fue demasiado seca para un abogado prudente.

Delacroix miró la carpeta que llevaba bajo el brazo.

—Los documentos vuelven a reclamar su lugar en la ceremonia —dijo.

Lucien no sonrió.

—Algunos asuntos no deberían quedar pendientes hasta mañana.

Henri lo miró.

—Mañana estará hecho.

—Eso dijiste ayer.

—Y lo digo hoy.

—Henri…

—Después de la cena, Lucien.

Dargent apretó la carpeta.

Parecía un hombre dividido entre la lealtad y el miedo a que la lealtad hubiese llegado tarde.

—Como quieras —dijo.

Pero no sonó como una aceptación.

Sonó como una advertencia.

Lucien regresó al interior.

Henri se quedó mirando la puerta cerrada.

Delacroix lo observó sin piedad y, quizá por eso, con verdadera preocupación.

—Tu boda empieza a parecer una sala de espera para confesiones aplazadas.

—Lo sé.

—Y aun así piensas esperar hasta después de la ceremonia.

Henri se volvió hacia él.

—Mañana, cuando Claire sea mi esposa, podré hacer lo que debo hacer.

—Qué fe tan curiosa en un anillo.

Henri no respondió.

El silencio que siguió no fue largo, pero sí exacto.

Delacroix recordó el anillo antiguo. El oro pesado. El nudillo. La marca roja en la piel de Henri después de probárselo. Mathilde insistiendo en la tradición. Claire sabiendo que tendría que empujarlo.

—Vamos —dijo Henri al fin—. Si llegamos tarde a la cena, Mathilde nos enterrará en el jardín norte.

—Al menos ya han comprado flores.

Henri soltó una risa breve.

Demasiado breve.

Regresaron al vestíbulo.

Desde el refectorio llegaban voces, pasos, el tintineo de copas, el movimiento de una casa que se preparaba para representar armonía ante sus invitados. Todo estaba en su sitio. Las flores. Los cubiertos. Los retratos. Las sonrisas.

Delacroix se detuvo un momento antes de entrar.

En lo alto de la escalera, Élise Moreau apareció junto a Adrien. Se había quitado el sombrero. Su rostro, bajo la luz de las lámparas, parecía más pálido y más decidido.

Miró a Henri.

Luego miró a Claire, que acababa de salir de la capilla por el corredor opuesto.

Durante un instante, las dos mujeres quedaron a la vista una de la otra, separadas por el vestíbulo, por la familia Beaumont y por una verdad que todavía no tenía nombre.

Henri no dijo nada.

Mathilde apareció en la puerta del refectorio.

—La cena está servida.

Y aquella frase, pronunciada con impecable cortesía, sonó menos como una invitación que como el comienzo de un juicio.