Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 5 — La mujer que no debía estar
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Capítulo 5 — La mujer que no debía estar

La capilla de Saint-Aubin tenía el aspecto de un lugar construido para pedir perdón con buena acústica.

Era estrecha, alta y hermosa de una manera que no buscaba consuelo.

Los muros de piedra conservaban la humedad de siglos, y los vitrales, restaurados con más respeto que alegría, filtraban la última luz de la tarde en tonos azules y dorados.

En el altar, las flores blancas habían sido dispuestas con una precisión casi militar.

Lirios. Rosas. Mirto.

Demasiada pureza, pensó Delacroix, suele ser una forma educada de ocultar la suciedad.

Claire Duvall caminó hasta el primer banco y dejó sobre él la carpeta con la distribución de invitados. Su guante manchado seguía en la otra mano. Parecía más interesada en el equilibrio del altar que en la emoción de verlo preparado para su boda.

Madame Vasseur, la encargada de las flores, se acercó a ella con un paso nervioso.

Era una mujer baja, redonda, de mejillas encendidas y ojos vivos.

Llevaba un delantal oscuro sobre el vestido y varias cintas blancas colgando del antebrazo.

Tenía la respiración corta de las personas que han pasado el día obedeciendo órdenes contradictorias y saben que al final alguien las culpará por haber elegido una de ellas.

—Mademoiselle Claire —dijo—, yo solo decía que, con dos arreglos más junto al altar, la capilla quedaría más completa.

Claire miró los lirios.

—La capilla ya está completa, madame Vasseur. Un arreglo más y parecerá que hemos venido a enterrar al novio.

La mujer abrió la boca, la cerró y miró de reojo a Delacroix, como si acabara de recordar que los comentarios de la novia podían tener testigos.

—Desde luego, mademoiselle.

—Quite la mitad de los lirios del lado izquierdo.

—¿La mitad?

—La mitad.

—Mademoiselle Mathilde dijo que debían quedar simétricos.

—Mathilde no va a casarse con el altar.

Delacroix observó a Claire con un interés tranquilo.

La novia no levantaba la voz. No necesitaba hacerlo. La autoridad de Mathilde aplastaba. La de Claire cortaba.

Madame Vasseur asintió, resignada, y empezó a retirar flores con cuidado, como si temiera que cada lirio pudiera delatarla ante la hermana del novio.

—¿También desea cambiar las cintas de los bancos? —preguntó.

Claire las miró.

—No. Las cintas pueden quedarse. Son discretas.

—Gracias a Dios —murmuró la mujer.

—No abusemos de Él por asuntos textiles —dijo Delacroix.

Madame Vasseur lo miró, indecisa entre reír y santiguarse.

Claire sí sonrió.

—Monsieur Delacroix tiene razón. Bastante ocupado estará mañana con nosotros.

Desde el fondo de la capilla llegó un ruido leve.

El padre Laurent estaba junto a la sacristía, conversando con Mathilde Beaumont. La caja oscura que Delacroix había visto desde el corredor ya no estaba en sus manos. La hermana de Henri hablaba en voz baja, pero su postura bastaba para convertir cualquier susurro en una instrucción.

El sacerdote asentía.

Era un hombre de edad avanzada, con el cabello blanco y una delgadez casi transparente. Su rostro poseía esa serenidad fatigada de quienes han escuchado suficientes confesiones como para saber que el alma humana rara vez innova.

Mathilde notó la presencia de Claire y se acercó.

—Madame Vasseur, ¿por qué está retirando flores?

La mujer se quedó con dos lirios en la mano, como una culpable sorprendida con el arma.

—Mademoiselle Claire pensó que quizá había demasiados.

Mathilde miró a Claire.

—Los lirios eran parte del arreglo original.

—El arreglo original parecía una rendición floral.

—La capilla Beaumont siempre se ha decorado así para las bodas.

—Quizá por eso han tenido tan pocas felices.

El silencio fue breve.

Pero perfecto.

Madame Vasseur bajó la vista. El padre Laurent fingió consultar el misal. Delacroix descubrió que empezaba a apreciar la capacidad de Claire para decir cosas inconvenientes con una calma casi litúrgica.

Mathilde sonrió sin alegría.

—La felicidad no depende de los lirios.

—Entonces no echará de menos unos cuantos.

Durante un instante pareció que la capilla entera esperaba una respuesta. Mathilde la habría dado, sin duda, si un criado no hubiera aparecido en la puerta principal con la discreción sobresaltada de quien trae una noticia que no le corresponde entender.

—Mademoiselle Beaumont.

Mathilde giró la cabeza.

—¿Qué ocurre?

—Ha llegado otra invitada.

—Todos los invitados esperados ya han llegado o han enviado aviso.

—Esta señora dice que monsieur Henri la espera.

El rostro de Claire no cambió.

El de Mathilde, sí.

No mucho. Apenas una contracción en la mandíbula, un leve endurecimiento de los ojos. Pero Delacroix estaba acostumbrado a leer tempestades en un vaso intacto.

—¿Nombre? —preguntó Mathilde.

El criado tragó saliva.

—Madame Élise Moreau.

El nombre cayó sobre la capilla de forma extraña.

No produjo escándalo. Produjo reconocimiento.

El padre Laurent levantó la vista del misal. Madame Vasseur apretó los lirios contra el pecho. Claire permaneció inmóvil.

Mathilde tardó un segundo más de lo debido en responder.

—Que espere en el vestíbulo.

—Dice que prefiere hablar con monsieur Henri.

—Naturalmente que lo prefiere. Dígale que espere.

El criado inclinó la cabeza y se marchó.

La capilla quedó llena de flores blancas y de algo mucho menos puro.

Delacroix miró a Claire.

—¿Una invitada tardía?

—Eso parece.

—¿La conoce?

Claire sostuvo su mirada.

—Sé quién es.

Mathilde se acercó un paso.

—No hay motivo para convertir esto en una escena.

—Todavía no hay escena —dijo Claire—. Solo una mujer en el vestíbulo.

—Una mujer que no debería estar aquí.

Delacroix volvió la cabeza hacia Mathilde.

—Las personas que no deberían estar en un lugar suelen ser las únicas interesantes.

—No en una boda —dijo Mathilde.

—Sobre todo en una boda.

El padre Laurent cerró el misal con cuidado.

—Quizá convenga avisar a Henri.

Mathilde le dirigió una mirada seca.

—Henri tiene demasiadas cosas que atender.

Claire dejó la carpeta sobre el banco.

—Si ella ha venido hasta aquí, Henri debe saberlo.

—Henri debe casarse mañana con tranquilidad.

—Entonces quizá no debería haber tantos fantasmas en la lista de invitados.

Mathilde no contestó.

Delacroix notó que el padre Laurent bajaba los ojos. Eso le interesó más que la rigidez de Mathilde. Los sacerdotes, como los médicos y los criados antiguos, solían saber dónde estaban enterradas las frases que las familias daban por muertas.

—Me temo que la cena va a resultar menos aburrida de lo esperado —dijo Delacroix.

Claire recogió su guante manchado.

—No se entusiasme demasiado, monsieur. En Saint-Aubin incluso los escándalos llevan guantes.

Mathilde salió de la capilla sin esperar a nadie.

Claire tardó un instante en seguirla.

Delacroix se quedó atrás lo suficiente para mirar de nuevo el altar. El cojín destinado a los anillos descansaba ya sobre una pequeña mesa lateral, junto a dos cirios apagados. Era de terciopelo blanco, con cintas finas en las esquinas.

Un objeto inocente, preparado para sostener otro objeto inocente.

La experiencia le había enseñado que la inocencia, en una casa llena de secretos, solo era una cuestión de iluminación.

Cuando llegó al vestíbulo, Élise Moreau estaba de pie junto a la mesa de flores.

No parecía una mujer vencida.

Eso fue lo primero que Delacroix pensó.

Vestía de verde oscuro, un color demasiado profundo para la víspera de una boda y demasiado elegante para parecer accidental.

Llevaba un sombrero sencillo, guantes negros y un pequeño bolso sujeto con ambas manos.

Tendría cuarenta años, quizá algo más. Su belleza no era fresca ni amable, sino intensa, atravesada por una especie de orgullo herido que la volvía difícil de ignorar.

No lloraba.

Habría sido más cómodo para todos que llorase.

Mathilde estaba frente a ella, con las manos unidas delante del vestido.

—Madame Moreau —dijo—. No recuerdo haber confirmado su alojamiento.

—No lo hizo.

—Entonces quizá haya habido una confusión.

—Ninguna.

La voz de Élise era baja, pero firme. No tenía el temblor de quien llega a suplicar. Tenía el control tenso de quien se ha repetido una frase durante todo el camino para no decir otra peor.

Claire permanecía a unos pasos, junto a la entrada de la galería.

Delacroix se situó cerca de una columna, en el lugar exacto donde podía parecer discreto sin perderse nada.

—Henri me escribió —dijo Élise.

Mathilde no movió un músculo.

—Mi hermano ha escrito muchas cartas en las últimas semanas. La inminencia de una boda vuelve sentimentales a algunos hombres.

—Esta no era sentimental.

—¿Desea mostrármela?

Élise sonrió apenas.

—No.

—Entonces comprenderá que no pueda aceptar su palabra.

—No he venido a pedirle permiso a usted.

El aire del vestíbulo se estrechó.

Claire dio un paso.

—Madame Moreau.

Élise giró hacia ella.

Las dos mujeres se miraron.

No hubo odio inmediato. Eso habría sido demasiado simple. Hubo reconocimiento. Una comprensión incómoda, como si cada una supiera algo de la otra sin haber compartido nunca una habitación.

—Mademoiselle Duvall —dijo Élise.

—Claire, si lo prefiere.

—No sé si lo prefiero.

—Es comprensible.

Mathilde intervino.

—Henri está ocupado. Mañana será un día importante.

Élise no apartó los ojos de Claire.

—Precisamente por eso he venido hoy.

Desde la escalera principal llegó una voz masculina.

—¿Élise?

Henri Beaumont se había detenido en el rellano.

Delacroix lo observó con atención.

El rostro de Henri perdió color, pero no sorpresa. Eso era importante. No parecía un hombre que ve aparecer a alguien imposible. Parecía un hombre que ve cumplirse algo que había temido y aplazado a la vez.

Bajó los escalones con rapidez.

—Élise —repitió, más bajo.

Mathilde se volvió hacia él.

—Henri, esta situación no es adecuada.

—No, Mathilde. Pero es mía.

La respuesta fue suave.

Y suficiente.

Mathilde cerró la boca.