Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 4 — La novia serena #2
13%

Capítulo 4 — La novia serena #2

—Una virtud poco común antes de una boda.

—Las bodas invitan a mentir con entusiasmo. Una dice que será para siempre, que todo empieza de nuevo, que el pasado queda atrás. La gente se emociona mucho cuando consigue pronunciar falsedades con música de órgano.

—Henri debería haberme advertido que usted podía arruinarme el placer de despreciar la ceremonia.

—Puede seguir despreciándola. No me ofenderé.

—Eso también me lo dificulta.

Claire sonrió de nuevo.

Esta vez hubo algo más joven en ella, algo que la seriedad no había conseguido borrar del todo.

La puerta de la biblioteca se abrió antes de que Delacroix pudiera hablar. Mathilde Beaumont apareció en el umbral, con una caja rectangular en las manos y una expresión cuidadosamente neutra.

—Claire. Madame Vasseur necesita confirmar los lirios del altar. Dice que usted quería menos cantidad.

—Quería menos olor —dijo Claire—. La capilla parece una habitación cerrada después de un entierro.

—Son flores blancas.

—Precisamente.

Mathilde entró.

Sus ojos pasaron de Claire a Delacroix con la precisión de una aguja.

—Monsieur Delacroix. Veo que ya se han conocido.

—Mademoiselle Duvall ha tenido la amabilidad de no fingir entusiasmo.

—Claire no finge demasiado —dijo Mathilde.

No sonó como un elogio.

—Intento reservar mis fuerzas para errores más importantes —respondió Claire.

Mathilde dejó la caja sobre una butaca.

Delacroix la miró apenas. Era de madera clara, larga y estrecha, cerrada con una pequeña hebilla metálica. No parecía valiosa. Podía contener cintas, guantes, adornos del ramo o alguna pieza de la ceremonia.

—El padre Laurent pregunta si revisará con usted el orden de entrada antes de la cena —dijo Mathilde.

—Lo haré ahora.

—También conviene decidir quién llevará los anillos.

Claire se quedó quieta un instante.

Muy breve.

Delacroix lo vio.

—Creía que ya estaba decidido —dijo ella.

—Henri desea usar el anillo familiar. El padre Laurent cree que debería llevarlo Adrien, como pariente varón más cercano.

—Adrien puede perder una copa mientras la sostiene con las dos manos —dijo Claire.

—No deja de ser familia.

—Eso rara vez mejora la motricidad.

Delacroix tosió apenas.

No porque lo necesitara.

Mathilde ignoró el comentario de Claire.

—El niño de los Faverol podría llevar los anillos en un cojín. Es más tradicional.

—Y más arriesgado.

—Es una ceremonia, Claire. No una operación militar.

—Las ceremonias suelen fracasar por los detalles que todos consideran decorativos.

Delacroix la miró con un interés más vivo.

La frase coincidía demasiado bien con su propia experiencia.

Mathilde tomó aire.

—Los anillos estarán seguros. Yo misma me ocuparé de entregarlos al padre Laurent antes de la ceremonia.

Claire sostuvo su mirada.

—¿Los dos?

—Por supuesto.

—Henri tiene el suyo.

—Henri tiene la caja. No es lo mismo.

El silencio se estrechó.

Delacroix, que hasta entonces había fingido un interés moderado por las tarjetas de la mesa, dejó de fingir.

—Parece un objeto muy solicitado —dijo.

Mathilde se volvió hacia él.

—¿El anillo?

—La tradición.

—En una casa como esta, monsieur, la tradición evita discusiones innecesarias.

—Curioso. En mi experiencia, suele conservarlas en buen estado durante generaciones.

Claire bajó la mirada hacia las tarjetas.

Mathilde decidió no responder.

—Bajaré a la capilla en unos minutos —dijo Claire.

—No tardes. Madame Vasseur amenaza con rehacer medio altar si nadie la detiene.

—Dígale que no toque los lirios hasta que yo vaya.

—Se lo diré.

Mathilde recogió la caja rectangular y salió de la biblioteca con la misma serenidad con la que había entrado.

La puerta quedó abierta unos segundos.

Desde el pasillo llegó el murmullo de criados, pasos, una orden lejana y el sonido metálico de algo pequeño al caer sobre una bandeja.

Claire cerró los ojos apenas.

—Mathilde no aprueba mi opinión sobre los lirios.

—Mathilde parece no aprobar muchas formas de vida.

—Me tolera por Henri.

—Eso ya es más de lo que ofrece a varios miembros de su familia.

Claire miró hacia la puerta.

—No la subestime.

—Intento no subestimar a nadie que hable de tradición con la calma de quien afila un cuchillo.

La novia guardó silencio.

Después volvió a la mesa y ordenó las tarjetas con movimientos más lentos.

—Mathilde ama esta casa —dijo.

—No siempre es tranquilizador ser amado por alguien.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Y triste.

Delacroix se acercó a una de las estanterías. Los libros estaban bien cuidados, aunque algunos tenían lomos nuevos. Restauraciones recientes, quizá. Saint-Aubin parecía haberse pasado los últimos años remendando su propia grandeza de manera visible solo para quienes sabían dónde mirar.

—¿Le gusta esta casa? —preguntó.

Claire tardó en contestar.

—Me impresiona.

—Eso no es gustar.

—No.

—¿Y aun así desea vivir aquí?

—No estoy segura de que vayamos a vivir aquí.

Delacroix volvió la cabeza.

—Mathilde parece creer otra cosa.

—Mathilde cree que Saint-Aubin es el centro natural de todo lo que ocurre bajo el apellido Beaumont.

—¿Y Henri?

—Henri cree que uno puede marcharse de una casa antigua sin que la casa lo persiga.

—Qué optimismo.

—Sí.

Claire dijo aquella palabra con una ternura discreta, casi dolorosa.

—Henri quiere empezar de nuevo —añadió—. No como un joven, claro. Los jóvenes empiezan de nuevo porque no saben lo que hacen. Henri quiere hacerlo porque sabe demasiado bien lo que hizo.

Delacroix volvió junto a la mesa.

—Habla usted de culpa con una familiaridad notable.

—La culpa es muy educada. Si una no le abre la puerta, se queda esperando años en el umbral.

—Y si entra, se sienta en la mejor silla.

—Henri le ha hablado mucho de usted —dijo Claire.

—Eso empieza a parecer una venganza.

—Me dijo que usted no perdonaba fácilmente.

—El perdón está sobrevalorado. A menudo solo sirve para que el culpable duerma mejor que la víctima.

Claire lo miró con una seriedad nueva.

—Entonces quizá Henri se equivoca al intentar reparar las cosas.

—No he dicho eso.

—Pero lo piensa.

—Pienso que reparar tarde no borra haber dañado pronto.

—No. Pero puede evitar que el daño siga heredándose.

Delacroix no respondió.

La frase tenía filo.

Y una mujer que hablaba así la víspera de su boda no era una ingenua decorativa. Tampoco parecía una cazadora de fortuna, aunque las apariencias, como los buenos guantes, estaban hechas para ocultar la piel.

Claire recogió una tarjeta caída junto al borde de la mesa.

Al inclinarse, el guante de su mano derecha rozó un pequeño tintero seco y dejó una mancha gris en la tela blanca. Ella la miró con un gesto de fastidio leve.

—Mathilde dirá que he arruinado otro guante.

—¿Otro?

—Esta casa tiene una extraordinaria habilidad para manchar todo lo blanco.

Delacroix miró la mancha.

—Quizá por eso insiste tanto en usarlo.

Claire se quitó el guante y lo dejó sobre la mesa. La marca rojiza de la muñeca volvió a aparecer, apenas visible.

—Una cinta del vestido —dijo ella, al notar su mirada—. La modista cree que la belleza exige circulación deficiente.

—La moda y la tortura han compartido principios durante siglos.

—Mañana intentaré no desmayarme antes del novio.

—Eso sería de mal gusto.

—Mathilde jamás me lo perdonaría.

Los dos compartieron una sonrisa breve.

Entonces, desde algún punto del pasillo, llegó una voz masculina.

Henri.

No se distinguían las palabras, pero sí el tono: cordial, algo impaciente, intentando suavizar a alguien que no quería ser suavizado. Luego se oyó la voz de Lucien Dargent, más baja, más tensa.

Claire escuchó.

Su rostro no cambió, pero sus dedos se cerraron sobre el lápiz.

—Los documentos —dijo Delacroix.

—Sí.

—Parecen muy insistentes.

—Lo son.

—¿Le preocupan?

Claire dejó el lápiz sobre la mesa.

—Me preocupa lo que las personas hacen cuando un papel les recuerda que el mundo no les pertenece.

Delacroix la miró con calma.

—Esa respuesta suena ensayada.

—No. Vivida.

La puerta volvió a abrirse, esta vez sin anuncio.

Adrien Beaumont entró con una copa en la mano y una sonrisa que pareció apagarse ligeramente al ver a Delacroix.

—Ah. Interrumpo.

—Sí —dijo Claire.

Adrien se llevó una mano al pecho.

—Qué sinceridad tan poco nupcial.

—Estoy practicando para el matrimonio.

Adrien rió y avanzó hacia la mesa.

—Tía Mathilde busca a todo el mundo con expresión de general derrotado antes de la batalla. La cena será memorable.

—En tu vocabulario, memorable suele significar que alguien acabará pagando algo —dijo Claire.

—Querida Claire, me hieres.

—No lo bastante.

Adrien miró a Delacroix.

—¿Ya ha descubierto usted todos nuestros secretos familiares?

—No todos. Algunos parecen estar haciendo fila.

—Entonces disfrutará de la cena.

—Rara vez disfruto de una cena antes de comprobar que nadie la ha usado como coartada.

Adrien soltó una risa un poco más alta de lo necesario.

Claire, en cambio, no rió.

Lo observaba con una mezcla de paciencia y cansancio.

—¿Querías algo, Adrien? —preguntó.

—Solo advertirte que Mathilde ha decidido que el anillo familiar debe dormir esta noche bajo vigilancia eclesiástica, nobiliaria o militar. No he entendido bien cuál.

Claire se quedó quieta.

—¿Por qué me lo dices a mí?

—Porque eres la novia. Y porque mañana tendrás que luchar con él ante el altar.

—No será una lucha.

—Henri dice que le queda justo.

—Lo sé.

Delacroix miró a Claire.

—¿Lo sabe?

Ella sostuvo su mirada.

—Henri me lo dijo. Y lo vi probárselo ayer. Le molesta un poco en el nudillo.

Adrien hizo girar la copa entre los dedos.

—Los Beaumont siempre hemos sufrido por nuestros símbolos.

—Algunos más que otros —dijo Claire.

Adrien sonrió, pero sus ojos no acompañaron el gesto.

—Espero que no estés insinuando que formar parte de esta familia es doloroso.

—No. Eso sería injusto.

—Gracias.

—Insinúo que es evitable.

Delacroix decidió que Claire Duvall poseía el raro talento de herir sin levantar la voz.

Adrien bebió un sorbo y se inclinó para tomar una de las tarjetas de la mesa.

—¿Dónde me has sentado?

—Lejos del vino y cerca de tu tía.

—Eso no es una distribución. Es una condena.

—La ceremonia será breve.

—Eso dicen todas las ceremonias antes de volverse eternas.

Adrien dejó la tarjeta y miró otra vez a Delacroix.

—Nos vemos en la cena, monsieur. Procure no juzgarnos demasiado pronto.

—Haré lo posible por juzgarlos a la velocidad adecuada.

—No esperaba menos.

Adrien salió tan rápido como había entrado.

El olor de su colonia quedó flotando unos segundos en la biblioteca.

Claire recogió la tarjeta que él había tocado y la colocó de nuevo en su sitio.

—Adrien parece inquieto —dijo Delacroix.

—Adrien siempre parece inquieto. Es su manera de evitar parecer culpable de algo concreto.

—¿Y lo es?

—Probablemente. Pero no sé de qué esta vez.

Delacroix la miró.

La naturalidad de Claire no era descuido. Era una forma de inteligencia. No defendía a nadie por obligación, ni acusaba por comodidad. Medía. Eso la volvía más interesante.

Y menos fácil.

Un reloj sonó en algún lugar de la casa.

Siete campanadas.

Claire recogió las listas, las ordenó y las guardó en una carpeta.

—Debo bajar a la capilla antes de que madame Vasseur convierta el altar en un mausoleo botánico.

—¿Desea que la acompañe?

—¿Por cortesía o por curiosidad?

—En mi caso, la cortesía suele ser una forma aceptable de curiosidad.

Claire tomó la carpeta y el guante manchado.

—Entonces acompáñeme.

Salieron juntos al corredor.

La abadía parecía más fría fuera de la biblioteca. La luz de las lámparas alargaba las sombras sobre la piedra. Desde el refectorio llegaba ruido de vajilla. Desde algún cuarto lejano, una mujer reía con una alegría demasiado aguda para ser espontánea.

Caminaron hacia la capilla.

Al pasar junto a una ventana, Claire se detuvo un instante. Delacroix siguió su mirada.

En el jardín, bajo el claustro, Mathilde Beaumont hablaba con el padre Laurent. Entre ambos había una pequeña caja oscura.

Henri no estaba.

Lucien Dargent permanecía a unos pasos, con la carpeta bajo el brazo.

Mathilde abrió la caja apenas, lo suficiente para mostrar algo al sacerdote. El padre Laurent asintió con gravedad. Luego Mathilde la cerró.

Claire no dijo nada.

Pero Delacroix vio cómo sus dedos se apretaban sobre la carpeta.

—¿El anillo? —preguntó él.

—Probablemente.

—Parece que todos desean protegerlo.

Claire apartó la mirada.

—En esta casa, monsieur Delacroix, a veces se protegen más los objetos que las personas.

Siguieron caminando.

La puerta de la capilla estaba abierta. Dentro, las flores blancas esperaban bajo la luz temblorosa de los cirios, ordenadas con una belleza tan limpia que casi parecía cruel.

Claire entró primero.

Delacroix se quedó un instante en el umbral.

La novia caminó hacia el altar con el guante manchado en una mano y la carpeta de invitados en la otra. No parecía una mujer a punto de vivir el día más feliz de su vida.

Parecía una mujer que había aceptado atravesar una habitación llena de fantasmas sin pedirles permiso.

Delacroix la observó en silencio.

Henri había dicho que Claire lo miraba sabiendo exactamente lo que era y, aun así, decidía quedarse.

Quizá fuera amor.

Quizá fuera una forma refinada de valentía.

O quizá, pensó Delacroix, las dos cosas se parecían demasiado cuando una casa antigua comenzaba a cerrar sus puertas.