Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 4 — La novia serena
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Capítulo 4 — La novia serena

Delacroix conoció a Claire Duvall en la biblioteca.

No era el lugar más habitual para encontrar a una novia la víspera de su boda, pero aquello no le sorprendió demasiado. En Saint-Aubin, la felicidad parecía tener que pedir permiso antes de ocupar una habitación.

La biblioteca se hallaba en el ala oeste de la abadía, junto a una galería que daba al jardín interior.

Era una sala larga, de techo bajo en comparación con el resto de la casa, forrada de estanterías oscuras y atravesada por el olor paciente del cuero, el polvo y la madera encerada.

Una chimenea ardía al fondo, no con entusiasmo, pero sí con la suficiente dignidad para fingir calor.

Delacroix había bajado poco antes de la cena, guiado por un criado que parecía conocer cada pasillo de la casa y temer a la mitad de ellos.

Buscaba a Henri, o eso había dicho. En realidad, buscaba comprender la disposición de Saint-Aubin antes de que la noche la convirtiera en un teatro más convincente.

Al pasar frente a la biblioteca, oyó una voz de mujer.

—No. Los Faverol no pueden sentarse junto a madame Lenoir. Ella aún no le perdona lo de la porcelana.

Otra voz, más joven, respondió algo que Delacroix no alcanzó a entender.

—No importa que hayan pasado doce años —continuó la primera voz—. Hay familias que recuerdan una sopera rota con más fidelidad que una promesa.

Delacroix se detuvo en el umbral.

Claire Duvall estaba de pie junto a una mesa cubierta de tarjetas, listas de invitados y pequeños planos del refectorio.

Tenía un lápiz en una mano y un guante blanco en la otra.

A su lado, una muchacha de mejillas encendidas sostenía varias tarjetas con la concentración angustiosa de quien teme colocar a un tío equivocado junto a una prima peligrosa.

Claire no llevaba vestido de novia, naturalmente.

Vestía de azul grisáceo, un color discreto que parecía haber sido elegido para no competir con la piedra de la abadía ni con la autoridad de Mathilde Beaumont.

Era alta, aunque no tanto como Mathilde, y se movía con una calma distinta.

No imponía. No corregía la postura de los demás.

Sencillamente estaba allí, y eso bastaba para que la habitación se ordenase alrededor de ella.

Tenía el cabello oscuro, recogido sin rigidez, y un rostro que no buscaba agradar de inmediato. Sus ojos, claros y atentos, no poseían la dulzura ansiosa de algunas novias ni el brillo orgulloso de quienes se saben observadas. Miraban con precisión.

Demasiada, quizá.

—Monsieur Delacroix —dijo ella sin levantar la voz.

La muchacha a su lado se sobresaltó.

Delacroix inclinó apenas la cabeza.

—Mademoiselle Duvall.

—Henri me dijo que le reconocería por su manera de entrar en una habitación.

—Qué descripción tan injusta. Aún no había entrado.

—Precisamente.

La muchacha bajó la vista hacia las tarjetas para disimular una sonrisa. Claire no sonrió. O no del todo. Tenía una manera de contener la expresión que no parecía frialdad, sino economía.

—Lucie, déjanos un momento, por favor.

—Sí, mademoiselle.

La joven dejó las tarjetas sobre la mesa con demasiado cuidado y salió casi corriendo. Delacroix la siguió con la mirada.

—Esa muchacha parece vivir bajo la impresión de que las paredes podrían acusarla de algo.

—Lucie lleva tres semanas en Saint-Aubin —dijo Claire—. Es tiempo suficiente para temer a Mathilde, pero no para entender que casi nunca muerde.

—¿Casi?

—Conviene dejar margen a la naturaleza humana.

Delacroix entró en la biblioteca.

Claire volvió a mirar el plano de las mesas, tachó un nombre con el lápiz y lo movió a otra posición.

—Henri está con monsieur Dargent —dijo—. Los documentos han conseguido vencer a la cortesía.

—Los documentos suelen ganar. No tienen conciencia.

—Algunos hombres tampoco, y aun así resultan menos eficaces.

Delacroix la observó con más interés.

—Empiezo a comprender por qué Henri desea casarse con usted.

—¿Porque hago comentarios desagradables con una voz tranquila?

—Porque no parece impresionada por él.

Ahora sí, Claire sonrió un poco.

No fue una sonrisa alegre. Fue más bien una aceptación de que Delacroix había visto algo y merecía una pequeña recompensa.

—Henri impresiona mucho al principio —dijo—. Después una descubre que parte de su encanto consiste en saber pedir perdón antes de que una se enfade.

—Un talento útil para sobrevivir.

—Y peligroso para amar.

Delacroix se acercó a la mesa.

Las tarjetas estaban escritas con una caligrafía muy limpia.

Vio apellidos antiguos, nombres dobles, títulos menores y varias combinaciones que parecían exigir conocimientos diplomáticos.

Las bodas, pensó, eran la única guerra en la que los enemigos se ordenaban por parentesco y se les ofrecía postre.

—¿La distribución de los invitados es asunto de la novia? —preguntó.

—Es asunto de quien quiera evitar un incendio antes del segundo plato.

—Creía que para eso estaba Mathilde Beaumont.

—Mathilde evita incendios apagando a las personas.

—Un método familiar, supongo.

Claire dejó el lápiz.

—No le gusta ella.

—Aún no he decidido si me desagrada o si simplemente admiro su eficacia del modo en que uno admira una guillotina bien afilada.

—Mathilde ha sostenido esta casa durante años.

—Esa frase empieza a circular por Saint-Aubin con la frecuencia de una oración.

—Porque es cierta.

—Las verdades repetidas demasiadas veces suelen estar protegiendo otra cosa.

Claire lo miró.

No con ofensa.

Con atención.

—Henri me advirtió que hablar con usted era incómodo.

—Henri tiene una molesta costumbre de advertir tarde.

—También dijo que era justo.

—Hoy todos parecen muy interesados en convencerme de eso.

—Quizá porque esperan necesitarlo.

La frase quedó entre ellos con una suavidad peligrosa.

Delacroix no respondió enseguida.

La biblioteca crujía levemente alrededor. Fuera, la tarde se había vuelto de un gris más espeso. La lluvia, aunque débil, resbalaba por los cristales como si alguien estuviera escribiendo una carta ilegible sobre el jardín.

Claire recogió uno de los guantes de la mesa.

Delacroix notó una pequeña marca en su muñeca derecha, justo donde terminaba la manga. No era una herida. Más bien una línea rojiza, fina, quizá producida por una cinta, una aguja o el roce de algún broche. En la yema de uno de sus dedos había una sombra clara, como polvo de tiza o de flor.

Ella se puso el guante antes de que él pudiera mirar demasiado.

—¿Le interesa la organización de las mesas, monsieur Delacroix?

—Me interesan las personas que se esfuerzan tanto por ordenar a otras personas.

—Entonces ha venido a la casa adecuada.

—Eso empiezo a temer.

Claire tomó dos tarjetas y las intercambió de lugar.

—Henri me habló mucho de usted.

—Siento que todos en esta abadía han tenido acceso a mi expediente antes de mi llegada.

—No habló de casos ni de crímenes. Habló de juventud.

—Qué imprudencia.

—Lo hacía con afecto.

—Peor aún.

Claire bajó la vista.

—Dijo que usted fue una de las pocas personas que nunca le pidió ser mejor de lo que era.

Delacroix permaneció quieto.

Aquello sonaba demasiado íntimo para una biblioteca llena de tarjetas. Y demasiado exacto para venir de una mujer que supuestamente acababa de entrar en la vida de Henri.

—Henri siempre ha tenido una relación flexible con la verdad —dijo.

—No en eso.

—¿Está segura?

Claire apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No. Pero me gusta pensar que sí.

La respuesta fue tan honesta que Delacroix no pudo despreciarla.

Eso le molestó ligeramente.

—¿Hace cuánto conoce a Henri?

—Dos años.

—Tiempo suficiente para cometer un error.

—O para reconocer uno que merece la pena.

—El romanticismo rara vez mejora cuando se le añade contabilidad.

—No soy romántica, monsieur Delacroix.

—Está a menos de veinticuatro horas de casarse en una capilla privada, rodeada de flores blancas y familiares hostiles. Permítame dudarlo.

Claire soltó una risa breve.

Era una risa más cálida de lo que su rostro prometía.

—Me caso con Henri, no con las flores.

—Las flores vienen incluidas. Igual que la familia, las deudas y los retratos de hombres que parecen desaprobar la existencia de sillas cómodas.

—Ya he conocido cosas peores que unos retratos.

Delacroix percibió allí una puerta.

No la abrió todavía.

—Henri parece cansado —dijo.

Claire volvió a tomar el lápiz, aunque no escribió nada.

—Lo está.

—¿Por la boda?

—Por lo que viene después.

—Curiosa manera de hablar de una luna de miel.

—No habrá luna de miel inmediata. Henri tiene asuntos que resolver.

—Documentos.

—Entre otras cosas.

Delacroix esperó.

Claire no añadió nada.

No por torpeza. Por voluntad.

—Él me dijo que usted sabía lo suficiente —dijo Delacroix.

Claire levantó los ojos.

—¿Sobre qué?

—Eso esperaba que me aclarase usted.

La novia lo miró durante unos segundos.

En otras personas, el silencio habría sido una retirada. En Claire era una forma de mantenerse en pie.

—Sé que Henri quiere reparar algo —dijo al fin—. Sé que le cuesta más de lo que admite. Sé que Mathilde cree que reparar ciertas cosas es una forma elegante de destruir otras. Y sé que usted no ha venido solo por amistad, aunque quizá todavía no lo sepa.

Delacroix la estudió sin disimulo.

—Tiene usted una opinión generosa de mi inconsciente.

—No. Tengo una opinión generosa de Henri. Si le pidió que viniera, fue porque temía necesitar un testigo.

—¿Testigo de qué?

—De que intentó hacer lo correcto.

La respuesta era hermosa.

También era insuficiente.

Delacroix desconfiaba de las frases hermosas por higiene intelectual. Solían tapar huecos con cortinas caras.

—¿Y usted? —preguntó—. ¿También intenta hacer lo correcto?

Claire miró hacia la ventana.

En el cristal se reflejaba parte de su rostro, duplicado por la luz de la chimenea. Parecía una mujer y su sombra esperando la misma respuesta.

—Yo intento no mentirme —dijo—. Es menos noble, pero más difícil.

Delacroix aceptó aquello con una inclinación mínima de cabeza.