Capítulo 3 — El novio #2
—Siempre hay familias que confunden compartir el desastre con falta de modales.
Henri bebió otro sorbo.
—Mathilde cree que Claire no entiende Saint-Aubin.
—¿Y lo entiende?
—Mejor que nosotros. Sabe que esto no es una casa. Es un altar donde llevamos generaciones sacrificando a los vivos para que los muertos no se sientan desatendidos.
Delacroix lo miró con una calma nueva.
—Esa frase no es de un novio feliz.
—Los novios felices son insoportables. Te he invitado para que no me dejes convertirme en uno.
—Entonces he venido demasiado tarde. La decoración ya es irreversible.
Henri rio de nuevo, y esta vez la risa sí llegó a sus ojos.
Por un instante, el tiempo pareció retroceder. No mucho. Apenas lo suficiente para que los dos hombres pudieran verse sin toda la vida acumulada entre ellos.
Entonces llamaron a la puerta.
Henri se volvió.
—Adelante.
Una doncella joven asomó la cabeza.
Era la misma que Delacroix había visto en la escalera, cargando sábanas. Tenía el rostro pálido y las manos inquietas.
—Perdone, monsieur Beaumont. Mademoiselle Mathilde pregunta si bajará antes de las siete. Madame Vasseur necesita confirmar las flores de la capilla y monsieur Dargent sigue esperando por los documentos.
Henri cerró los ojos.
—Dígale a mi hermana que bajaré en unos minutos.
—Sí, monsieur.
La muchacha hizo una reverencia rápida.
Antes de retirarse, miró a Delacroix con una mezcla de curiosidad y alarma. Luego desapareció.
—Esa doncella parece convencida de que la boda la ha cometido ella —dijo Delacroix.
—Lucie. Lleva poco tiempo en la casa. Mathilde intimida a los criados nuevos.
—Mathilde intimida a los muros.
—Los muros tienen práctica.
Henri se puso de pie, pero no se marchó.
Sacó del bolsillo interior de la chaqueta una pequeña caja de terciopelo oscuro. No la abrió de inmediato. La sostuvo en la palma, mirándola con una expresión difícil de leer.
—Mira esto —dijo.
Delacroix alzó una ceja.
—Si es una prueba de entusiasmo matrimonial, preferiría evitarla.
Henri abrió la caja.
Dentro descansaba un anillo de oro antiguo, más ancho de lo habitual, sobrio, con una inscripción gastada en el exterior y un brillo apagado por los años. No era ostentoso. Eso lo hacía más elegante.
—El anillo de los Beaumont —dijo Henri—. Perteneció a mi abuelo. Y antes, según Mathilde, a varios hombres que probablemente fueron igual de insoportables.
Delacroix se acercó.
No tocó el anillo. Se limitó a mirarlo.
—Parece pesado.
—Lo es.
—Como casi todas las tradiciones.
Henri sonrió.
—Yo había comprado uno nuevo. Sencillo. Más cómodo. Pero Mathilde insistió en que usara este.
—Tu hermana parece tener opiniones sobre todos los dedos de la casa.
—Dice que una boda en Saint-Aubin debe respetar ciertos símbolos.
—Los símbolos son peligrosos. La gente los usa cuando no puede justificar las cosas de manera práctica.
Henri tomó el anillo y lo hizo girar entre los dedos.
—Además, creo que me queda algo justo.
—Entonces úsalo como metáfora y compra otro.
—Claire dice que, si entra, sirve.
—Una frase temeraria para iniciar un matrimonio.
Henri intentó ponerse el anillo en el dedo anular izquierdo. Entró hasta la mitad y se detuvo en el nudillo. Él hizo una mueca leve.
—¿Ves?
—Veo que tu familia intenta imponer su historia incluso a tus articulaciones.
Henri rió y empujó un poco más. El anillo pasó finalmente el nudillo, pero con dificultad.
—Ahí está.
—Una victoria pírrica.
—No es tan incómodo.
—Los hombres han dicho eso de los zapatos, las alianzas y las esposas equivocadas.
Henri intentó quitárselo. Le costó un poco. Delacroix observó la maniobra con una mezcla de paciencia y desaprobación.
—Mañana, ante el altar, intenta no convertir la ceremonia en una lucha grecorromana —dijo.
—Claire tendrá manos más delicadas que las mías.
—Eso no garantiza mejor juicio.
El anillo salió al fin. Henri se frotó el dedo, todavía sonriendo.
En la piel quedó una marca rojiza, muy leve, alrededor del nudillo.
—Quizá deberían ensancharlo —dijo Delacroix.
—Ya lo llevé a revisar. El joyero dijo que podía tocarlo un poco, pero Mathilde casi lo acusa de sacrilegio. Al final solo lo limpió.
—Qué alivio. Sería terrible que un muerto se ofendiera porque un vivo desea conservar la circulación.
Henri guardó el anillo de nuevo en la caja.
—Mañana entrará.
—Tu optimismo matrimonial empieza a parecerse a una enfermedad.
—No seas cruel.
—Estoy siendo técnico.
Henri cerró la caja y la dejó un instante sobre la mesa.
Delacroix miró el terciopelo oscuro. Luego miró a Henri.
—¿Quién guarda los anillos hasta la ceremonia?
—Mathilde, por supuesto. O el padre Laurent. O ambos. Hay un pequeño ritual familiar que desconozco y que todos parecen considerar indispensable para que el mundo siga girando.
—Conviene conocer los rituales que lo comprometen a uno.
—Mañana solo tendré que decir «sí, acepto» y dejar que Claire haga el resto.
Delacroix no respondió.
La frase era inocente. Casi banal. Propia de un hombre a pocas horas de casarse.
Y, sin embargo, por algún motivo, le resultó desagradable.
Dejar que Claire haga el resto.
Henri volvió a guardar la caja en el bolsillo, como si aquel objeto le pesara más de lo debido.
—Hay algo absurdo en todo esto —dijo.
—En las bodas, sí.
—Me refiero a mí. A mi edad. En esta casa. Con ese anillo. Con Mathilde organizando hasta el modo en que debo sonreír.
—Aún puedes huir.
—¿Me ayudarías?
—Naturalmente. Pero solo si prometes no escribirme después para invitarme a la reconciliación.
Henri se rio, y esa risa alivió por un momento la habitación.
Luego volvió a mirar hacia la puerta.
—Debo bajar.
—Los documentos te esperan.
—Los documentos siempre parecen más pacientes que las personas, pero es una ilusión. Cuando se cansan, destruyen familias enteras.
—Hablas como un hombre que ha firmado algo inconveniente.
—Hablaré contigo mañana.
—Eso empieza a parecer una amenaza.
Henri se acercó a Delacroix.
Esta vez no lo abrazó. Le puso una mano en el hombro, con una gravedad breve, casi pudorosa.
—Gracias por venir.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Aún estás a tiempo de arrepentirte.
—¿De la boda?
—De invitarme.
Henri sonrió.
—No. De eso, no.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.
—Armand.
—¿Sí?
Henri parecía buscar una frase ligera y no encontrarla.
—Mañana, pase lo que pase, intenta recordar que fui mejor de lo que algunas decisiones harán parecer.
Delacroix lo miró sin parpadear.
—No pidas favores imposibles.
Henri aceptó el golpe con una sonrisa triste.
—Eso es lo que echaba de menos de ti.
—Tu memoria siempre fue defectuosa.
—Quizá.
Abrió la puerta.
En el corredor, la voz de Mathilde se oía a lo lejos, dando instrucciones con una serenidad que no admitía réplica. También se oyeron pasos, un golpe de caja, el murmullo de una mujer y el sonido breve de una risa masculina que podía ser de Adrien.
La casa seguía preparándose para la felicidad con una eficiencia casi fúnebre.
Henri salió.
Delacroix permaneció en la habitación, inmóvil, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo.
Después se acercó a la mesa y miró el lugar donde la caja del anillo había descansado unos segundos.
No había nada, naturalmente.
Solo una marca leve sobre el terciopelo azul del tapete, producida por el peso de la caja o por la imaginación de un hombre demasiado habituado a desconfiar.
Delacroix tomó el programa de la ceremonia.
Hasta que la muerte nos separe.
Lo dejó de nuevo.
Luego fue hacia la ventana.
Abajo, junto a la entrada de la capilla, Mathilde Beaumont hablaba con el padre Laurent. Lucien Dargent esperaba bajo el claustro con la carpeta apretada contra el pecho. Adrien cruzó el jardín con una botella en la mano, sonriendo a una mujer que Delacroix no alcanzó a reconocer.
Y en el centro de todo, invisible por el momento, estaba Claire Duvall.
La novia.
La mujer que al día siguiente tendría que tomar aquel anillo antiguo entre sus dedos y empujarlo suavemente hasta convertir a Henri Beaumont en esposo.
Delacroix observó la capilla durante un largo rato.
La lluvia había cesado.
Eso tampoco lo tranquilizó.