Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 3 — El novio
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Capítulo 3 — El novio

Henri Beaumont apareció poco antes de las seis, cuando la luz empezaba a retirarse de los jardines y la abadía adquiría esa tonalidad incierta de los lugares que parecen recordar mejor de noche que de día.

Delacroix estaba junto a la ventana de la habitación azul, con el programa de la ceremonia todavía sobre la mesa y una copa de coñac en la mano.

No había pedido la bebida. La había encontrado en una pequeña bandeja, junto a una nota de bienvenida escrita por Mathilde Beaumont con una cortesía tan impecable que casi resultaba amenazante.

Había bebido un sorbo.

Era buen coñac.

Eso no mejoraba sus sospechas. Al contrario. Las familias arruinadas que servían buen coñac a sus invitados solían esconder la ruina en algún otro sitio.

Llamaron a la puerta.

—Adelante.

Henri entró sin esperar demasiado, como si todavía conservara el derecho antiguo de irrumpir en la vida de Delacroix con una sonrisa.

Y durante un instante, pese a los años, Delacroix vio al joven de la cena universitaria.

No al completo, desde luego. La juventud rara vez sobrevive intacta al espejo.

Pero quedaba algo. Una inclinación de la cabeza, una facilidad en la sonrisa, una manera de ocupar el espacio sin pedir disculpas ni parecer grosero.

Henri Beaumont rondaba los cincuenta. Conservaba buena planta, aunque la vida le había dejado señales en el rostro: finas líneas junto a los ojos, algo de cansancio en la mandíbula, una palidez que la elegancia no conseguía disimular del todo.

Vestía con sobriedad, como un hombre que había aprendido a distinguir entre el buen gusto y la necesidad de demostrarlo.

—Armand —dijo.

—Henri.

Se miraron unos segundos.

Los hombres que han sido jóvenes juntos y no se han visto en mucho tiempo suelen necesitar un momento para decidir si deben abrazarse, darse la mano o fingir que no ha ocurrido nada irreparable. Henri resolvió la duda acercándose con naturalidad y estrechándole los hombros.

Delacroix soportó el gesto con la dignidad de quien acepta un tratamiento médico desagradable pero necesario.

—Estás igual —dijo Henri.

—Siempre fuiste un mentiroso cortés.

—Y tú sigues creyendo que la sinceridad te absuelve de ser desagradable.

—No. Solo la vuelve más eficiente.

Henri rio.

Era una risa más baja que antes, menos luminosa, pero seguía teniendo ese don suyo de entrar en una habitación antes que él y suavizar los bordes de los muebles.

—Me alegra verte.

—Eso confirma que el matrimonio altera el juicio incluso antes de celebrarse.

Henri cerró la puerta a su espalda y avanzó hasta el centro de la habitación. Miró el equipaje, la copa, el programa de la ceremonia.

—Veo que ya has encontrado motivos para despreciarnos.

—No he necesitado buscarlos con demasiado esfuerzo.

—Saint-Aubin ayuda.

—Saint-Aubin intimida.

Henri se acercó a la ventana.

Abajo, los criados seguían cruzando el jardín con cajas, telas y flores. La lluvia había cedido un poco, aunque el cielo conservaba esa amenaza gris de quien no ha terminado de decir lo suyo.

—Mi hermana dice que la casa impone respeto —dijo Henri.

—Tu hermana diría que una ejecución pública mejora la puntualidad.

Henri volvió a reír, pero esta vez la risa se quebró antes de completarse.

—Mathilde te ha recibido, entonces.

—Con la calidez de una puerta cerrada.

—Es su manera de ser amable.

—Qué tragedia para sus enemigos.

Henri se apartó de la ventana y tomó asiento junto a la chimenea apagada. Delacroix observó el movimiento. Había en él una fatiga disimulada, no física del todo, más parecida al cansancio de quien lleva demasiado tiempo conversando con asuntos que no se dejan resolver.

—¿Y bien? —preguntó Henri—. ¿Qué te parece mi boda?

—Todavía no ha empezado.

—Precisamente. Es el momento en que mejor aspecto tienen las cosas.

—Entonces te felicito por haber elegido el único instante razonable para pedir una opinión.

Henri sonrió y aceptó la copa que Delacroix le ofreció. Bebió apenas.

—Sabía que vendrías.

—Qué arrogancia.

—Qué amistad.

—No abuses de las palabras graves. Mañana tendrás suficientes.

Henri bajó la mirada hacia la copa. Durante un instante pareció más viejo.

—Sí. Mañana habrá demasiadas.

Delacroix se sentó frente a él.

No le preguntó de inmediato por la carta. Había aprendido que algunos hombres solo confiesan cuando creen que aún están hablando de otra cosa.

—Claire parece despertar curiosidad —dijo.

—Claire despierta muchas cosas. Curiosidad, incomodidad, opiniones no solicitadas.

—Un talento útil para entrar en una familia.

—No entra en una familia. Se casa conmigo.

—Las bodas familiares rara vez aceptan esa distinción.

Henri hizo girar el coñac en la copa.

—La conocerás esta noche. Es más inteligente que todos nosotros juntos, lo cual ha despertado una resistencia natural entre los Beaumont.

—Tu hermana no parece entusiasmada.

—Mi hermana lleva cuarenta años sin entusiasmarse. Sospecho que de niña ya miraba los cumpleaños como una administración deficiente de velas.

Delacroix permitió que una sonrisa mínima le cruzara la cara.

—Eso sí suena a familia.

Henri apoyó la copa en una mesita.

—Mathilde ha sostenido Saint-Aubin cuando nadie más quería hacerlo. Incluido yo.

—¿Y eso la autoriza a gobernarlo todo?

—Según ella, sí.

—¿Y según tú?

Henri tardó demasiado en responder.

—Según yo, hay deudas que uno confunde con obediencia.

Delacroix lo miró con atención.

La frase tenía el mismo peso que la carta. No era una ocurrencia. Henri la había traído de lejos, quizá de años.

—Has escrito que querías hablar conmigo después de la ceremonia —dijo Delacroix.

Henri suspiró.

—Has tardado menos de lo que esperaba.

—He envejecido. Ahora desperdicio menos tiempo fingiendo paciencia.

—Eso no es del todo cierto.

—No. Pero queda bien.

Henri se levantó y caminó por la habitación. Pasó los dedos por el respaldo de una silla, se detuvo ante el escritorio, miró el programa de la ceremonia sin tocarlo.

—Hay cosas que debo ordenar —dijo.

—Eso también lo escribiste.

—Lo sé.

—Las repeticiones suelen indicar culpa, miedo o falta de imaginación. En tu caso, descarto lo último por afecto a nuestra juventud.

Henri sonrió de lado.

—Sigue siendo extraño oírte decir «afecto».

—No te acostumbres.

Henri se quedó quieto junto a la mesa.

—He sido cobarde, Armand.

Delacroix no respondió.

La palabra cayó sin teatralidad. Eso la hacía más seria.

Henri no la pronunció como los hombres que buscan consuelo. La pronunció como quien deja una llave sobre una mesa y espera que el otro comprenda que hay una puerta cerrada.

—Todos lo hemos sido alguna vez —dijo Delacroix al fin—. La diferencia está en cuánto daño ha tenido que pagar otro por nuestra comodidad.

Henri cerró los ojos un instante.

—Exactamente.

Fuera, en el jardín, una racha de viento agitó las ramas desnudas junto a la capilla. Unos pétalos blancos se desprendieron de una guirnalda y quedaron pegados al cristal por la humedad.

—Mañana, después de la ceremonia, haré un anuncio durante el banquete —dijo Henri—. Antes quería explicártelo a ti. No como detective. Como… viejo amigo, supongo.

—Una categoría peligrosa.

—Lo sé.

—Los viejos amigos tienen memoria. Y poca disposición a quedar bien.

—Por eso te necesito.

Delacroix se inclinó apenas hacia atrás.

—Henri, si has decidido utilizar tu boda para hacer penitencia pública, permíteme sugerirte una alternativa más discreta: un sacerdote, una carta o una enfermedad breve.

Henri soltó una risa cansada.

—No será una penitencia pública.

—Las familias convierten en público todo aquello que desean negar en privado.

—No puedo seguir negándolo.

—¿El qué?

Henri lo miró.

Durante un segundo pareció dispuesto a responder. Luego bajó la vista hacia su mano izquierda. Aún no llevaba anillo, claro. Pero se frotó el dedo anular con el pulgar, distraídamente.

El gesto fue mínimo.

Delacroix lo registró sin darle importancia todavía.

—Después de la ceremonia —dijo Henri—. Te lo contaré entonces.

—Qué costumbre tan común la de aplazar lo urgente.

—Si te lo cuento ahora, intentarás detenerme.

—Eso depende de la estupidez que estés planeando.

—No es una estupidez.

—Nadie planea una estupidez bajo ese nombre. Sería malo para la moral.

Henri volvió a sentarse.

Parecía debatirse entre la necesidad de hablar y el deseo cobarde de conservar unas horas más de paz. Delacroix no lo presionó. Presionar a un hombre culpable antes de tiempo podía producir una confesión, sí, pero también una mentira más ordenada.

—Claire lo sabe —dijo Henri finalmente—. No todo, pero lo suficiente.

—Eso reduce un poco mis esperanzas sobre su inteligencia.

—No. Al contrario. Aun sabiéndolo, se queda.

—Eso puede ser amor o una forma elegante de imprudencia.

—En mi experiencia, ambas cosas suelen vestir parecido.

Delacroix aceptó el comentario con un leve movimiento de cabeza.

Henri Beaumont podía estar cansado, asustado o arrepentido, pero seguía conservando una gracia peligrosa. Esa capacidad para volver soportable lo grave. Para poner una flor encima de una grieta y hacer que todos admirasen el color.

—¿La amas? —preguntó Delacroix.

Henri lo miró, sorprendido quizá por la sencillez de la pregunta.

—Sí.

—Qué incómodo.

—Mucho.

—¿Y ella?

Henri sonrió de una manera distinta.

Más vulnerable.

—Claire no ama como se espera que amen las mujeres en las bodas. No suspira, no se disuelve, no finge creer que el destino bordó nuestros nombres en la misma servilleta. Me mira como si supiera exactamente lo que soy y aun así hubiera decidido quedarse en la habitación.

—Eso suena menos a amor que a resistencia.

—Puede que sea una forma superior.

Delacroix guardó silencio.

Esa descripción le interesó más que cualquier elogio. Las personas capaces de mirar sin embellecer eran escasas. Las capaces de quedarse después, mucho más.

—¿Y tu familia? —preguntó.

—Mi familia cree que Claire llega tarde.

—¿Tarde a qué?

—A la ruina, supongo.