Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 2 — La abadía de Saint-Aubin #2
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Capítulo 2 — La abadía de Saint-Aubin #2

Tenía el cabello rubio oscuro, los ojos claros y una elegancia descuidada que probablemente le había costado mucho trabajo parecer natural. Al ver a Mathilde, enderezó la espalda.

—Tía Mathilde —dijo—. ¿Ya ha llegado nuestro invitado ilustre?

—Adrien, te presento a monsieur Armand Delacroix. Monsieur Delacroix, mi sobrino Adrien Beaumont.

Adrien se acercó con una sonrisa abierta.

—Un honor, monsieur. Mi tío ha hablado de usted con tanta frecuencia que casi empezaba a creer que era una invención familiar.

Delacroix aceptó el saludo.

—Las familias inventan muchas cosas. Personas, fortunas, virtudes. Yo, por desgracia, soy real.

Adrien soltó una risa breve, demasiado rápida.

—Henri estará encantado de verle. Está nervioso, claro. Los novios suelen estarlo.

—Los deudores también —dijo Mathilde.

El comentario cayó en el salón con una suavidad venenosa.

Adrien perdió una pequeña parte de su sonrisa.

—Mi querida tía confunde la sinceridad con la puntería —dijo.

—Y tú confundes el encanto con una profesión.

Delacroix observó el intercambio sin intervenir.

Adrien Beaumont era exactamente la clase de hombre que podía resultar agradable durante una cena y peligroso en una herencia.

Tenía manos finas, uñas cuidadas, una chaqueta excelente y una ansiedad mal escondida bajo la elegancia.

Miraba demasiado a las puertas, demasiado a las copas, demasiado a su tía.

Un hombre que debía dinero, pensó Delacroix, rara vez mira de frente durante mucho tiempo. Teme que el acreedor pueda aparecer en cualquier rostro.

—¿Se aloja también en la abadía? —preguntó Delacroix.

—Naturalmente. La familia debe estar reunida en los grandes momentos.

—Qué frase tan útil. Permite distinguir muy poco entre una boda y una ejecución.

Adrien volvió a reír, esta vez con más sinceridad.

—Empiezo a entender por qué mi tío le aprecia.

—No se entusiasme. Henri tiene debilidades antiguas.

Mathilde consultó un pequeño reloj sujeto al vestido.

—Adrien, deberías ocuparte de que las cajas de vino lleguen al refectorio antes de la cena.

—Creía que ya había hombres ocupándose de eso.

—Los hay. Por eso conviene que alguien vigile.

—Siempre tan confiada.

—Siempre tan justificada.

Adrien inclinó la cabeza con fingida obediencia, apuró la copa y salió del salón por una puerta lateral. Al pasar junto a Delacroix, dejó un aroma discreto a colonia cara y preocupación reciente.

Cuando se marchó, Mathilde habló sin mirarlo.

—Mi sobrino tiene la edad en que algunos hombres creen que el mundo aún puede perdonarlos por ser inútiles.

—Una edad muy extendida. Algunos no la abandonan jamás.

—Henri le tiene cariño.

—Henri parece tener cariño por muchas cosas imprudentes.

—Sí —dijo ella.

Esa sola palabra tuvo más peso que un discurso.

Delacroix la miró de perfil.

Mathilde Beaumont observaba el salón como quien contempla una posición militar antes del asedio. No veía flores, mesas ni candelabros. Veía tareas pendientes, errores posibles, grietas bajo la pintura. La boda de su hermano no parecía emocionarla. Parecía ocuparla.

—Ha hecho usted mucho por conservar Saint-Aubin —dijo Delacroix.

—Alguien tenía que hacerlo.

—Frase peligrosa.

—¿Por qué?

—Porque quienes la pronuncian suelen creer que eso les da derecho a todo lo demás.

Mathilde se volvió hacia él lentamente.

—No todo el mundo puede permitirse el lujo de observar la vida desde fuera, monsieur Delacroix.

—No. Algunos prefieren organizarla desde dentro.

—Esta casa habría desaparecido sin orden.

—Muchas cosas sobreviven gracias al orden. Las cárceles, por ejemplo.

Mathilde sostuvo su mirada.

No parecía ofendida. Eso la hacía más interesante.

—Henri me advirtió que usted podía ser desagradable.

—Henri siempre se quedó corto cuando quería ser amable.

—También me dijo que era justo.

—Eso depende de quién pregunte.

Antes de que Mathilde pudiera responder, un hombre entró en el salón con una carpeta bajo el brazo.

Era de mediana edad, barba recortada, traje impecable y una expresión de cansancio profesional. Tenía el aspecto de alguien habituado a explicar malas noticias con voz baja y vocabulario caro.

—Mathilde —dijo—. Perdona la interrupción. Necesito revisar con Henri los documentos antes de la cena.

Ella frunció apenas el ceño.

—Henri está ocupado.

—Precisamente por eso quiero hacerlo ahora. Mañana no habrá tiempo.

Mathilde respiró con control.

—Monsieur Delacroix, le presento a Lucien Dargent, abogado de la familia y viejo amigo de Henri.

—Abogado y amigo —dijo Delacroix—. Una combinación que exige una fe considerable.

Lucien sonrió con una cortesía más cansada que divertida.

—La fe no entra en mi profesión, monsieur. Solo los documentos.

—Peor aún. Los documentos sobreviven a la fe.

Lucien lo estudió con interés.

—Henri me habló de usted.

—Empiezo a temerlo.

—Dijo que tenía una mente incómoda.

—Qué generoso. Una mente cómoda suele ser una habitación mal ventilada.

Lucien miró a Mathilde.

—¿Henri está en su despacho?

—Estaba con Claire.

El nombre de la novia produjo un silencio breve.

No fue mucho. Apenas una pausa. Pero Delacroix la notó.

Lucien bajó los ojos hacia la carpeta.

—Entonces esperaré.

—Los documentos pueden esperar hasta después de la ceremonia —dijo Mathilde.

—Algunos no deberían.

La frase quedó suspendida entre ellos.

Delacroix no se movió, pero su atención se afinó.

Mathilde se acercó un paso a Lucien.

—No es el momento.

—Lo sé. Pero Henri insistió.

—Henri insiste en muchas cosas estos días.

Lucien apretó la carpeta con los dedos.

—Porque algunas importan.

Mathilde no contestó.

Delacroix observó las manos de ambos. Mathilde las mantenía quietas, perfectamente cruzadas delante del vestido. Lucien, en cambio, marcaba con el pulgar el borde de la carpeta, una y otra vez. Un gesto pequeño. Ansioso.

—No quisiera entrometerme —dijo Delacroix—, aunque reconozco que es una de mis pocas habilidades sociales.

Lucien pareció recordar su presencia.

—Nada grave, monsieur. Asuntos de familia.

—Los asuntos de familia tienen una extraordinaria capacidad para volverse graves cuando alguien dice que no lo son.

Mathilde tomó la palabra antes de que Lucien pudiera responder.

—Henri desea poner ciertos papeles en orden antes de la boda. Eso es todo.

—Qué considerado por su parte. Hay hombres que esperan a morirse para causar molestias administrativas.

Lucien no sonrió.

Mathilde sí, pero solo con la boca.

—La boda devolverá orden a esta casa —dijo.

Delacroix giró levemente la cabeza hacia ella.

La frase había sido pronunciada con serenidad, casi con orgullo.

Pero no había hablado de felicidad. Ni de amor. Ni siquiera de esperanza.

Orden.

En una casa antigua, pensó Delacroix, esa palabra podía significar muchas cosas.

Incluida la eliminación de todo aquello que no encajaba.

Un criado apareció en la puerta.

—Mademoiselle Beaumont, madame Vasseur pregunta por las flores de la capilla. Dice que falta una caja de cintas blancas.

Mathilde cerró los ojos un instante, como si le hubieran anunciado una pequeña guerra.

—Dígale que iré enseguida.

El criado se retiró.

—Madame Vasseur se ocupa de los arreglos —explicó Mathilde—. Es competente cuando no decide angustiarse por detalles que nadie verá.

—Los detalles que nadie ve suelen ser los únicos importantes —dijo Delacroix.

Mathilde lo miró.

—Espero que mañana los únicos detalles importantes sean los visibles.

—Las bodas se construyen sobre esa esperanza.

Lucien murmuró una excusa y salió con su carpeta. Mathilde indicó a Delacroix que la siguiera de nuevo por la galería.

Mientras atravesaban el corredor, Delacroix volvió a mirar hacia la capilla.

La puerta estaba entornada.

Dentro, entre sombras doradas y olor a flores recién cortadas, alguien colocaba dos cojines pequeños junto al altar. Uno de ellos parecía destinado a los anillos.

Un objeto mínimo.

Una promesa redonda.

Una pieza tan pequeña que cabía en la palma de una mano y, sin embargo, suficiente para cambiar una vida entera.

O terminarla.

Delacroix apartó la mirada.

—¿Le gusta Saint-Aubin? —preguntó Mathilde.

—No sé si «gustar» es el verbo adecuado.

—¿Cuál usaría?

—Resistir.

Mathilde pareció satisfecha, aunque quizá solo porque aquella palabra coincidía con una idea que llevaba años repitiéndose.

—Esta casa ha resistido guerras, deudas, inviernos, malas decisiones y demasiados hombres Beaumont.

—Eso último debió de ser lo más difícil.

—Sin duda.

Por primera vez, Delacroix creyó detectar en ella algo parecido al humor.

No simpatía.

El humor era más antiguo que la simpatía y bastante más fiable.

Llegaron al pie de la escalera principal. Era una escalera ancha, de piedra clara, con una barandilla restaurada. En el rellano superior colgaba otro retrato familiar: una mujer joven, de ojos oscuros, vestida de novia.

Delacroix se detuvo.

—¿Una antepasada?

Mathilde siguió su mirada.

—Agnès Beaumont. Murió poco después de casarse.

—Qué detalle tan oportuno para presidir una boda.

—Fue una fiebre.

—Naturalmente. Las familias antiguas prefieren que sus tragedias tengan causas limpias.

Mathilde no respondió.

Un ruido de pasos descendió desde el piso superior. Una doncella apareció cargando varias sábanas dobladas y se detuvo al verlos. Hizo una reverencia apresurada.

—Perdón, mademoiselle.

—Ten cuidado con el pasillo de la capilla —dijo Mathilde—. Están colocando flores.

—Sí, mademoiselle.

La muchacha bajó deprisa, demasiado deprisa para alguien que no quería llamar la atención.

Delacroix la siguió con la mirada.

—Parece nerviosa.

—Hay una boda mañana.

—He conocido funerales con criados más tranquilos.

—Los funerales son más sencillos. Nadie espera que salgan bien.

Mathilde empezó a subir la escalera.

Delacroix la acompañó hasta el primer piso.

Los corredores eran largos, de techos altos, con alfombras antiguas y lámparas de pared que suavizaban sin calentar.

Las puertas llevaban pequeños números de latón, añadidos seguramente cuando la abadía empezó a alojar invitados con más frecuencia que monjes.

Mathilde se detuvo ante una habitación al final del pasillo.

—La habitación azul —dijo—. Tiene vistas al jardín norte. Espero que sea de su agrado.

—Me conformo con que no tenga parientes escondidos en los armarios.

—En Saint-Aubin solemos esconderlos en los retratos.

—Mucho más elegante.

La puerta se abrió.

La habitación era amplia, fría y bien dispuesta. Había una cama con dosel sencillo, una chimenea apagada, una mesa junto a la ventana y cortinas de un azul desvaído que probablemente había dado nombre al cuarto varias décadas antes. La maleta de Delacroix ya descansaba sobre un banco tapizado.

Desde la ventana se veía el jardín norte.

Más allá de los setos, la capilla sobresalía como una sombra piadosa.

Mathilde permaneció en el umbral.

—La cena será a las ocho. Henri desea verle antes, si consigue liberarse de los preparativos.

—Los novios rara vez se liberan antes de la ceremonia. Después, a veces, tampoco.

—Henri está contento —dijo ella.

La frase sonó menos como una confidencia que como una corrección.

Delacroix se quitó los guantes despacio.

—No he sugerido lo contrario.

—Pero lo ha pensado.

—Pensar cosas desagradables en silencio es una de las pocas cortesías que aún practico.

Mathilde lo miró con esa quietud suya que no pedía permiso para incomodar.

—Mi hermano ha tomado una decisión importante. Es natural que haya tensiones alrededor.

—Las decisiones importantes suelen producir dos clases de tensión: la de quienes temen equivocarse y la de quienes temen perder algo.

—¿Y usted cuál cree que hay aquí?

Delacroix dejó los guantes sobre la mesa.

—Acabo de llegar, mademoiselle Beaumont. Sería descortés acertar tan pronto.

Mathilde aceptó la respuesta con una leve inclinación de cabeza.

—Descanse, monsieur Delacroix. Saint-Aubin puede parecer severa al principio.

—No se preocupe. Algunas personas también.

Esta vez, ella sí sonrió. Muy poco. Lo justo.

—Henri tenía razón —dijo—. Su presencia incomodará a varios invitados.

—Entonces procuraré no defraudarle.

Mathilde se marchó.

Delacroix esperó a que sus pasos se alejaran por el corredor antes de acercarse a la ventana.

La lluvia seguía cayendo con una paciencia casi religiosa.

Abajo, dos criados cruzaban el jardín llevando un arco de flores hacia la capilla.

Más allá, junto al claustro, Lucien Dargent hablaba con un hombre al que Delacroix no conocía.

Adrien Beaumont apareció bajo una galería, encendió un cigarrillo, miró hacia las ventanas del primer piso y desapareció al ver que alguien podía observarlo.

La abadía se movía.

No de manera visible para los ojos impacientes, pero sí para los de Delacroix. Cada figura parecía ocupar un lugar previsto. Cada puerta se abría y cerraba con una finalidad. Cada sonrisa tenía una carga. Cada silencio, una propiedad.

Sobre la mesa de la habitación, alguien había dejado un programa de la ceremonia.

Delacroix lo tomó.

El papel era excelente. La impresión, sobria. Los nombres de Henri Beaumont y Claire Duvall aparecían unidos por una tipografía elegante, casi demasiado delicada para soportar el peso de una casa como aquella.

Debajo figuraba una frase escogida para la ocasión:

Hasta que la muerte nos separe.

Delacroix la leyó una vez.

Luego otra.

Después dejó el programa sobre la mesa con el mismo cuidado con que se deja un arma cargada.

—Qué optimismo tan imprudente —murmuró.

En el jardín, una ráfaga de viento arrancó varios pétalos blancos de un arreglo floral y los esparció sobre la grava mojada.

Delacroix observó cómo caían.

Parecían pequeños restos de una celebración que aún no había empezado.