Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 2 — La abadía de Saint-Aubin
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Capítulo 2 — La abadía de Saint-Aubin

La estación de Saint-Aubin tenía la modestia de los lugares que habían sido construidos con más esperanza que presupuesto.

Consistía en un edificio bajo, de piedra clara, con un reloj algo retrasado, dos bancos húmedos bajo una marquesina de hierro y un jefe de estación que parecía haber envejecido esperando trenes que nunca traían nada verdaderamente interesante.

Delacroix descendió del vagón con el abrigo cerrado hasta el cuello y el sombrero apenas inclinado contra la llovizna.

No llovía con violencia. Eso habría sido demasiado honesto. El cielo se limitaba a gotear con la perseverancia de una mala conciencia.

El jefe de estación lo miró con esa mezcla de curiosidad y respeto que provocan los hombres bien vestidos cuando aparecen en pueblos donde todo el mundo conoce el apellido de los demás desde antes de que nazcan.

—¿Monsieur Delacroix? —preguntó un cochero, acercándose con el sombrero en la mano.

Era un hombre delgado, de bigote gris y hombros vencidos, aunque conservaba en la mirada una disciplina antigua.

—Depende del motivo —respondió Delacroix.

El cochero tardó un segundo en decidir si aquello era una broma.

—Vengo de parte de la familia Beaumont, monsieur. Para llevarle a la abadía.

—Entonces, por desgracia, soy yo.

El hombre tomó su maleta. No sonrió, pero pareció agradecer que la conversación hubiera terminado antes de volverse peligrosa.

El coche esperaba junto al camino, negro, sobrio, con el escudo de los Beaumont pintado en la portezuela. El blasón había perdido parte del dorado, pero no la pretensión. Dos ramas de laurel rodeaban la misma B que Delacroix había visto en el lacre de la carta.

Subió al coche y se acomodó frente a la ventanilla.

El trayecto comenzó entre campos oscuros, setos mojados y árboles desnudos que agitaban las ramas con una tristeza perfectamente ensayada.

Saint-Aubin no era exactamente un pueblo.

Era más bien una suma de casas agrupadas alrededor de una iglesia, una plaza, una posada y varias miradas que debían de saber más de lo que confesaban.

A medida que se alejaban de la estación, el camino empezó a ascender.

La abadía apareció al cabo de veinte minutos, sobre una elevación suave, rodeada de cipreses, muros antiguos y jardines que la lluvia había convertido en una acuarela severa.

Delacroix la observó sin moverse.

Saint-Aubin no era hermosa en el sentido cómodo de la palabra. No invitaba a ser admirada. Se imponía.

Tenía una belleza austera, casi resentida, hecha de piedra gris, ventanas altas, contrafuertes restaurados y tejados de pizarra que parecían absorber la luz en vez de reflejarla.

La antigua iglesia se conservaba en uno de los laterales, unida al cuerpo principal por un claustro de arcos bajos.

Más allá se distinguían un invernadero, una terraza abierta hacia los jardines y varias dependencias cubiertas de hiedra.

Era un lugar magnífico para celebrar una boda.

También para ocultar un pecado durante generaciones.

—La han restaurado bastante —dijo Delacroix.

El cochero miró apenas por encima del hombro.

—Lo suficiente para que no se caiga, monsieur.

—Una ambición razonable.

—Mademoiselle Beaumont dice que una casa antigua debe conservar su dignidad.

—Las casas suelen tener más suerte que las personas. Nadie les exige conservar también la alegría.

El cochero no contestó.

Delacroix se fijó en él. No parecía un criado reciente. Tenía esa discreción de quien había visto demasiados inviernos en la misma familia y había aprendido que la lealtad, a veces, consiste en no escuchar correctamente.

—¿Lleva mucho tiempo al servicio de los Beaumont? —preguntó.

—Desde antes de que monsieur Henri heredase la casa.

—Entonces habrá visto cambiar muchas cosas.

—Las suficientes para saber que las importantes no cambian, monsieur.

Delacroix dejó que la frase quedara en el aire.

El coche cruzó una verja de hierro flanqueada por dos pilares con urnas de piedra. Uno de ellos tenía una grieta visible, remendada con un cuidado casi vergonzoso.

El camino hasta la entrada principal estaba cubierto de grava.

A ambos lados, los jardineros habían dispuesto flores blancas y ramas verdes para la boda.

La decoración intentaba suavizar la severidad de la abadía, pero el resultado era más inquietante que alegre, como si alguien hubiera colocado encajes sobre una armadura.

Había varios carruajes detenidos frente a la escalinata.

Criados cargaban baúles. Un lacayo joven discutía en voz baja con una doncella que sostenía una caja de sombreros. Desde alguna parte llegaba el sonido de un piano mal tocado, o quizá tocado con demasiada confianza por alguien que no merecía tenerla.

Delacroix descendió.

Antes de que el cochero pudiera anunciarlo, la puerta principal se abrió y una mujer apareció en lo alto de los escalones.

No necesitó preguntar quién era.

Mathilde Beaumont tenía el aspecto exacto de una mujer que había nacido para corregir la postura de los demás.

Era alta, delgada, de unos cincuenta años, quizá más, aunque pertenecía a esa clase de personas que no envejecen sino que se afilan. Llevaba un vestido oscuro, sin adornos inútiles, y el cabello recogido con una severidad que habría intimidado a un santo de poca vocación.

No era bella. Probablemente nunca había intentado serlo.

Tenía algo más duradero: autoridad.

—Monsieur Delacroix —dijo, bajando dos escalones—. Bienvenido a Saint-Aubin.

Su voz era tranquila, medida, con una cortesía tan precisa que casi resultaba una advertencia.

Delacroix se inclinó apenas.

—Mademoiselle Beaumont, supongo.

—Mathilde Beaumont. Hermana de Henri.

—Entonces acepte mis condolencias.

Ella parpadeó una vez.

—¿Mis condolencias?

—Por tener que organizar una boda familiar. Hay duelos más breves.

Durante un segundo, el rostro de Mathilde permaneció inmóvil. Después esbozó una sonrisa mínima, no porque le hubiera hecho gracia, sino porque había decidido que aquello no merecía una guerra.

—Henri me había dicho que era usted… particular.

—Qué generoso por su parte. Otros hombres habrían elegido palabras más cortas.

—Mi hermano conserva un afecto sincero por usted.

—Eso demuestra que el matrimonio no es su única imprudencia reciente.

Mathilde lo observó con más atención.

Delacroix conocía bien esa mirada. Era la de las personas que intentan decidir si un hombre incómodo puede ser domesticado mediante protocolo. La respuesta, por fortuna para todos, era no.

—Henri le recibirá en cuanto termine con unos asuntos —dijo ella—. La llegada de los invitados ha sido algo más agitada de lo previsto.

—Las bodas tienen esa virtud. Convocan a personas que, en circunstancias normales, tendrían la delicadeza de evitarse.

—En Saint-Aubin procuramos que la familia se reúna cuando corresponde.

—Qué expresión tan francesa: «cuando corresponde». Sirve para bautizos, entierros y errores irreparables.

Mathilde no respondió. Se volvió hacia un criado.

—Lleve la maleta de monsieur Delacroix a la habitación azul.

El criado inclinó la cabeza y tomó el equipaje.

Delacroix siguió a Mathilde hacia el interior.

El vestíbulo de la abadía era amplio y frío.

El suelo de piedra conservaba marcas antiguas, como si generaciones enteras hubieran pasado por allí con el cuidado de no dejar más rastro que el necesario.

Sobre una mesa central descansaba un gran arreglo de flores blancas.

Lirios, rosas, ramas de mirto. El perfume era intenso, casi funerario.

En las paredes colgaban retratos de los Beaumont. Hombres de mandíbula dura. Mujeres de cuello largo. Niños vestidos como adultos pequeños, todos ellos condenados por la pintura a parecer más serios de lo que cualquier niño debería.

Delacroix se detuvo ante uno de los cuadros.

Un antepasado con armadura lo miraba desde el siglo XVII con una expresión de fatiga aristocrática.

—Veo que su familia ha tenido siempre talento para la incomodidad —dijo.

Mathilde se detuvo a su lado.

—Ese es Étienne Beaumont. Murió defendiendo estas tierras.

—Qué considerado. Así no tuvo que administrarlas.

La sonrisa de Mathilde volvió a aparecer, aún más delgada.

—Henri dijo que usted tenía sentido del humor.

—Henri siempre fue indulgente con mis defectos.

—No todos los defectos son graciosos, monsieur Delacroix.

—No. Algunos son hereditarios.

Por primera vez, algo casi vivo cruzó los ojos de Mathilde. Desapareció enseguida.

—Venga. Le mostraré el salón antes de que lo conduzcan a su habitación.

Atravesaron una galería larga, abierta hacia el claustro por una sucesión de ventanas estrechas. La lluvia resbalaba por los cristales y deformaba el jardín exterior. Entre los arcos se veía la capilla privada, unida al edificio principal por un corredor cubierto.

Delacroix se detuvo un instante.

La capilla tenía una puerta de madera oscura, adornada ya con flores blancas. Dos criados colocaban bancos adicionales bajo la supervisión de un sacerdote anciano que sostenía un misal contra el pecho como si temiera que alguien pudiera robárselo.

—Padre Laurent —dijo Mathilde, siguiendo su mirada—. Oficia la ceremonia de mañana. Bautizó a Henri, enterró a nuestros padres y ahora bendecirá su matrimonio.

—Un hombre perseverante.

—Es casi parte de la familia.

—Espero, por su bien, que no lo traten como tal.

Mathilde reanudó la marcha.

El salón principal ocupaba el antiguo refectorio de la abadía.

Era una sala larga, de techo alto y vigas oscuras, con una chimenea inmensa al fondo.

Los preparativos del banquete estaban a medio terminar.

Varias mesas descansaban contra las paredes, cubiertas por manteles aún doblados.

Cajas de vajilla, candelabros, bandejas y arreglos florales esperaban su turno con esa quietud inquietante de las cosas que pronto serán utilizadas para fingir felicidad.

Junto a la chimenea, un joven de unos treinta años hablaba con una copa en la mano y una seguridad excesiva para la hora del día.