Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 1 — La invitación #2
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Capítulo 1 — La invitación #2

En su risa fácil. En aquella juventud compartida por accidente. En el modo en que algunas personas permanecen en la memoria no por lo que fueron cada día, sino por lo que hicieron una vez cuando nadie más estaba dispuesto a hacerlo.

Volvió a tomar la carta.

Había algo en el tono de Henri que no encajaba del todo.

No era miedo.

Henri jamás había sido un cobarde evidente; los cobardes evidentes, al menos, tienen la cortesía de anunciarse.

Era otra cosa.

Cansancio, quizá.

O culpa.

Una culpa envuelta con tanta elegancia que casi podía pasar por nostalgia.

Delacroix se levantó y se acercó a la ventana.

París se extendía bajo la lluvia como una ciudad absuelta por falta de pruebas.

En la acera de enfrente, un cochero discutía con un hombre bajo un paraguas.

Una mujer levantaba ligeramente el bajo del vestido para evitar un charco.

Dos niños corrían sin preocupación alguna por mojarse, lo que confirmaba que la felicidad, a ciertas edades, no es una virtud sino una incapacidad de prever consecuencias.

Pensó en Saint-Aubin.

En la capilla privada.

En Henri Beaumont pronunciando votos solemnes con una mujer desconocida a su lado.

La imagen le pareció, por algún motivo, incompleta.

Henri siempre había amado la belleza, pero no necesariamente la paz. Había en él una tendencia a ordenar el mundo en el último momento, como esos invitados que llegan tarde a una función y pretenden sentarse en primera fila sin molestar a nadie.

Delacroix leyó la última parte de la carta, que hasta entonces había dejado pasar con cierta negligencia.

Allí el tono de Henri cambiaba.

La letra, aunque seguía siendo firme, parecía menos decorativa, menos dispuesta a seducir.

Me gustaría hablar contigo después de la ceremonia, antes del banquete si es posible. Hay asuntos que he aplazado demasiado.

Supongo que todos creemos disponer de más tiempo del que tenemos, y luego llega una mañana en que descubrimos que el tiempo también exige intereses.

No te preocupes: no pretendo convertir mi boda en una confesión. Sería de mal gusto, incluso para mí.

Pero hay cosas que uno solo puede ordenar antes de casarse.

Te espero, viejo amigo.

Henri.

Delacroix se quedó inmóvil con la carta en la mano.

No le gustó aquella frase.

No le gustó nada.

Hay cosas que uno solo puede ordenar antes de casarse.

Sonaba a testamento sin notario, a pecado con flores, a una de esas decisiones tardías que los hombres llaman reparación cuando ya no queda nadie intacto para agradecerla.

Henri podía ser muchas cosas, pero rara vez escribía una frase por accidente. Si había elegido esas palabras, era porque detrás de ellas había un peso.

Madame Vernet asomó la cabeza por la puerta.

—¿Desea que prepare respuesta?

Delacroix dobló la carta con cuidado y la guardó de nuevo en el sobre.

Durante un instante tuvo la sensación absurda de que, si la dejaba abierta, algo de aquel asunto entraría demasiado pronto en la habitación.

—Sí.

—¿Acepta la invitación?

—Por supuesto que no.

La mujer esperó.

Delacroix suspiró.

—Escriba que asistiré.

—Muy bien, monsieur.

—Y no ponga «con mucho gusto».

—¿Qué pongo entonces?

—Ponga que tendré el placer de acompañarle.

Madame Vernet alzó apenas la mirada.

—Eso significa lo mismo.

—No sea vulgar. En sociedad, las mentiras se distinguen por el corte de la chaqueta.

La señora Vernet se retiró antes de que él pudiera añadir alguna observación más sobre la decadencia moral de las ceremonias nupciales.

Delacroix permaneció junto a la ventana, mirando cómo la lluvia convertía los tejados en una sucesión de sombras brillantes.

No era supersticioso.

La superstición le parecía una forma perezosa de ordenar el miedo. Pero había aprendido a desconfiar de ciertas coincidencias, sobre todo cuando venían perfumadas, impresas en papel grueso y acompañadas de frases que intentaban parecer ligeras mientras arrastraban cadenas.

A media tarde mandó la respuesta.

Aceptaba la invitación. Llegaría a Saint-Aubin la víspera de la ceremonia. No necesitaba habitación especial, ni atenciones, ni ninguna de esas comodidades que los anfitriones ofrecen con la esperanza secreta de que uno no las use.

Añadió, por pura crueldad amistosa, que confiaba en que Henri hubiera elegido esposa con más criterio que el que solía emplear para escoger vinos.

La contestación de Henri llegó dos días después, breve y alegre.

Querido Armand:

Tu presencia mejora considerablemente la boda y empeora, sin duda, el ánimo de varios invitados. Ambas cosas me complacen.

Claire desea conocerte. Yo deseo que no la espantes antes del postre.

Ven pronto. Saint-Aubin parece menos lúgubre cuando uno sabe que alguien inteligente la está juzgando en silencio.

H.

Delacroix leyó la nota una vez y sonrió con desgana.

Esa era la clase de frase que Henri escribía cuando quería parecer despreocupado.

Lo consiguió a medias.

Quizá con otro lector habría bastado. Pero Delacroix conocía demasiado bien la música de las palabras para no percibir cuándo un hombre silbaba en la oscuridad.

La mañana del viaje, madame Vernet le preparó una maleta sobria: dos trajes oscuros, camisas, corbatas, guantes, un abrigo adecuado para la humedad de Saint-Aubin y una petaca que ella fingió no haber visto.

Delacroix añadió por su cuenta una libreta pequeña.

No porque esperase necesitarla, sino porque los acontecimientos desagradables tenían la costumbre de sentirse invitados cuando él salía de casa sin papel.

—¿Cuánto tiempo estará fuera? —preguntó ella.

—Lo imprescindible.

—Eso puede significar una noche o una semana.

—Exactamente.

—¿Le preocupa algo?

Delacroix se colocó los guantes con calma.

La pregunta merecía una respuesta sincera, y las respuestas sinceras, como las armas cargadas, convenía manipularlas con cuidado.

—Me preocupan las bodas.

—Ya lo ha dicho.

—Entonces me preocupa haber tenido razón tan pronto.

Madame Vernet no insistió.

Le entregó el sombrero y lo acompañó hasta la puerta.

Antes de salir, Delacroix miró una vez más el sobre de Henri, que había dejado sobre el escritorio. La letra elegante. El lacre rojo. La inicial familiar. La promesa de una ceremonia íntima en una abadía restaurada.

Todo parecía en orden.

Y eso, precisamente, era lo que le resultaba insoportable.

Las tragedias rara vez entraban gritando. Las mejores llamaban con educación.

Delacroix salió a la calle bajo un cielo bajo y gris.

El coche lo esperaba junto al bordillo. Mientras el cochero acomodaba la maleta, él volvió a pensar en la última frase de Henri, no como quien recuerda una confidencia, sino como quien examina una grieta en una pared antigua.

Hay cosas que uno solo puede ordenar antes de casarse.

Subió al coche y cerró la portezuela.

París empezó a retirarse detrás de los cristales empañados. Delacroix apoyó el bastón entre las rodillas y se permitió, al fin, una mueca de fastidio.

—Una boda —murmuró—. Qué forma tan aparatosa de tentar al destino.

El coche avanzó hacia la estación, y la lluvia, discreta y persistente, siguió cayendo sobre la ciudad como si ya estuviera ensayando el luto.