Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 1 — La invitación
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Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10)

Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10)

Por Dorian Leblanc

© inepub.com

Capítulo 1 — La invitación

Armand Delacroix recibió la invitación una mañana de lluvia fina.

No era una lluvia decidida, de esas que caen con el orgullo de arruinar sombreros y conversaciones, sino una humedad persistente que parecía desprenderse del propio aire. París se deshilachaba con delicadeza sobre los tejados, los carruajes y los paraguas negros.

La carta llegó en una bandeja de plata que ya no brillaba como antes y que madame Vernet, su ama de llaves, insistía en conservar por puro orgullo doméstico.

Delacroix siempre había pensado que los objetos viejos se dividían en dos clases: los que recordaban una vida y los que fingían haberla tenido. La bandeja pertenecía, sin duda, a la segunda categoría, pero la señora Vernet la limpiaba con tanta devoción que él jamás se había atrevido a decírselo.

—Una carta, monsieur —anunció ella, dejándola junto a la taza de café—. Parece importante.

Delacroix levantó la vista del periódico.

En la primera página se hablaba de un ministro, de una dimisión y de una promesa pública de honradez, tres elementos que, reunidos en una misma frase, le parecieron una forma bastante refinada de literatura fantástica.

—Las cartas importantes no suelen anunciarse con buen papel —dijo.

—Esta tiene lacre.

—Entonces será de alguien que desea parecer más serio de lo que es.

Madame Vernet hizo un gesto de paciencia.

Lo conocía desde hacía demasiados años para confundirse. Cuando Delacroix se mostraba desagradable antes de desayunar, no era porque estuviera de mal humor, sino porque todavía no había decidido si el mundo merecía una segunda oportunidad aquella mañana.

Le dejó la carta al alcance de la mano y se retiró con la discreción de las personas que han aprendido que algunas inteligencias funcionan mejor cuando se las deja solas con su veneno.

Delacroix no abrió el sobre de inmediato.

Lo observó unos segundos, con esa quietud suya que a menudo desesperaba a los impacientes y ponía nerviosos a los culpables.

Era un sobre grueso, de papel marfil, escrito con una caligrafía elegante y ligeramente inclinada hacia la derecha. El lacre rojo llevaba una inicial estampada: una B mayúscula, rodeada por dos ramas de laurel.

No necesitó más para saber de quién venía.

Henri Beaumont.

El nombre apareció en su memoria con la nitidez incómoda de las cosas que uno no ha olvidado, aunque se haya esforzado en no recordarlas.

Henri Beaumont no era exactamente un amigo íntimo. Delacroix desconfiaba de las intimidades como otros hombres desconfiaban de los perros grandes, de los médicos demasiado sonrientes o de los discursos familiares antes del postre.

Pero había sido, en una época lejana, una de esas presencias que no hacen ruido en la vida de un hombre y, sin embargo, ocupan más espacio del que parece.

Se habían conocido en la juventud, cuando Delacroix todavía no llevaba el mundo escrito en los párpados y Henri Beaumont tenía la clase de sonrisa que abría puertas sin necesidad de empujarlas.

Henri pertenecía a una familia antigua, de esas que conservaban retratos, deudas y una magnífica incapacidad para distinguir la dignidad de la ruina.

Era alto, cordial, algo imprudente en sus afectos y extraordinariamente hábil para caer bien incluso a quienes habían decidido odiarlo por principios.

Delacroix, por aquel entonces, ya tenía principios suficientes como para incomodar en cualquier salón, pero aún no había aprendido a convertirlos en una forma de cortesía.

Henri fue de los pocos que no intentó corregirlo.

Una noche, muchos años atrás, durante una cena universitaria en la que un joven noble con más apellido que inteligencia había insinuado que Delacroix se creía superior al resto por no participar de ciertas bromas miserables, Henri se levantó de la mesa.

Dejó la servilleta con una tranquilidad casi ofensiva.

Y dijo:

—No, Delacroix no se cree superior. Esa es la parte que más os irrita. Lo es sin hacer ningún esfuerzo.

La frase provocó un silencio exquisito.

Después, Henri pagó la cuenta de todos, insultó con educación al joven noble y acompañó a Delacroix bajo la lluvia hasta su alojamiento.

No hablaron demasiado. Delacroix nunca agradecía lo que consideraba justo, y Henri nunca exigía gratitud por aquello que hacía con gusto.

Desde entonces, entre los dos quedó una alianza extraña, construida sobre pocas visitas, algunas cartas, favores nunca mencionados y la certeza de que, si uno escribía al otro en una hora verdadera, el otro respondería.

Delacroix rompió por fin el lacre.

Dentro había una tarjeta de boda, primorosamente impresa, y una carta manuscrita.

La tarjeta anunciaba, con toda la solemnidad que las familias antiguas reservaban para los nacimientos, las alianzas y las defunciones de buen gusto, el enlace entre monsieur Henri Beaumont y mademoiselle Claire Duvall, que tendría lugar el sábado siguiente en la capilla privada de la abadía de Saint-Aubin.

Delacroix leyó el nombre de la novia dos veces.

Claire Duvall.

No le decía nada.

Eso, tratándose del futuro matrimonio de un hombre como Henri, podía significar muchas cosas: que ella era discreta, que Henri se había vuelto prudente o que ambos habían decidido esconder una catástrofe bajo una capa aceptable de flores blancas.

La abadía de Saint-Aubin, en cambio, sí la conocía. No personalmente, pero había oído hablar de ella.

Una antigua construcción religiosa reconvertida en propiedad familiar por algún antepasado Beaumont con más dinero que escrúpulos y suficiente piedad como para conservar la capilla después de apropiarse del resto.

Según recordaba, el lugar se alzaba entre colinas húmedas, no lejos de un pequeño pueblo donde las campanas seguían tocando más por costumbre que por fe.

Los Beaumont habían restaurado parte del edificio durante años, aunque en París se decía que la restauración avanzaba al mismo ritmo que su fortuna: por zonas, con grietas y gracias a préstamos que nadie mencionaba durante la cena.

Delacroix dejó la tarjeta sobre la mesa y abrió la carta.

La letra de Henri seguía siendo reconocible. Elegante, segura, con cierta inclinación natural hacia el encanto. Había hombres que incluso al pedir ayuda parecían estar invitando a una copa.

Querido Armand:

Permíteme empezar con una imprudencia: me caso.

Sé que esa frase bastará para que arquees una ceja, quizá las dos si la mañana te ha encontrado generoso. Puedes estar tranquilo. No he perdido por completo el juicio, aunque admito que algunos invitados podrían discutirlo con entusiasmo.

Me caso con Claire Duvall en Saint-Aubin, y deseo que estés presente.

Delacroix hizo precisamente lo que Henri había previsto.

Arqueó una ceja.

Solo una.

La generosidad, a aquellas horas, le pareció excesiva.

Siguió leyendo.

No te invito por cortesía. Te conozco lo suficiente para saber que la cortesía rara vez te mueve a salir de casa, y mucho menos a presenciar una ceremonia donde varias personas prometen delante de Dios virtudes que no han practicado delante de sus criados.

Te invito porque hay días en que uno necesita cerca a alguien que recuerde quién era antes de convertirse en la versión presentable de sí mismo.

Ahí estaba Henri, pensó Delacroix.

Encantador incluso cuando pedía ayuda sin admitirlo.

Había hombres que utilizaban la sinceridad como un cuchillo; Henri la usaba como una llave, y por eso resultaba tan peligroso decirle que no.

La carta continuaba con detalles prácticos. La ceremonia sería íntima, aunque esa palabra, en boca de ciertas familias, podía significar desde doce personas hasta sesenta y cinco enemigos cuidadosamente distribuidos por parentesco.

Los invitados se alojarían en la propia abadía. Habría una cena la noche anterior, ceremonia al mediodía y banquete después en el antiguo refectorio.

Delacroix imaginó la escena con una claridad casi dolorosa.

Velas. Piedra húmeda. Vajilla heredada. Mujeres vestidas con colores pálidos. Hombres fingiendo no calcular herencias. Un sacerdote diciendo palabras eternas ante personas que no eran capaces de sostener una verdad durante media hora.

—Qué horror —murmuró.

Madame Vernet, que había reaparecido con una jarra de café, lo miró con interés.

—¿Malas noticias?

—Peor. Una boda.

—Ah. Eso explica el papel bueno.

—El papel bueno siempre precede a las desgracias. Las malas noticias corrientes vienen en sobres baratos.

La mujer se inclinó apenas para ver la tarjeta, sin tocarla.

Tenía una curiosidad respetuosa, de la clase que permite enterarse de todo sin parecer indiscreta.

—¿Alguien cercano?

Delacroix tardó un instante en responder.

—Un antiguo amigo.

—No sabía que tuviera de eso.

—Yo tampoco. Debe de ser una de esas cosas que aparecen con la edad, como las molestias en la rodilla o la decepción ante los vinos caros.

Madame Vernet sonrió muy poco, lo justo para que él no pudiera acusarla de insolencia.

—¿Irá?

Delacroix miró de nuevo la carta.

La respuesta sensata era no.

Las bodas le resultaban sospechosas por principio. Demasiados testigos, demasiadas flores y una cantidad inadmisible de esperanza concentrada en un solo edificio.

Además, detestaba los discursos, los brindis y esa costumbre, tan extendida entre los familiares de los novios, de confundir la emoción con el derecho a hablar durante más tiempo del necesario.

Pero Henri Beaumont no le había enviado una tarjeta social.

Le había enviado una llamada.

—No lo sé —dijo.

Madame Vernet recogió la taza vacía.

—Cuando dice que no lo sabe, monsieur, suele significar que ya ha decidido ir y solo está buscando una razón para sentirse molesto.

—La lucidez en el servicio doméstico debería estar regulada por ley.

—Sería una ley difícil de aplicar en esta casa.

Delacroix volvió al periódico cuando ella se marchó, pero las noticias habían perdido su encanto habitual, que ya era escaso.

El ministro seguía dimitiendo. La promesa de honradez seguía ofendiendo a la gramática. La lluvia golpeaba los cristales con una monotonía casi eclesiástica.

Pensó en Henri.