Capítulo 29 — La tercera campanada #3
—¿Privado significa sin Madeleine?
—Por ahora, sí.
—Entonces será menos honesto, pero supongo que más ordenado.
No esperó a que la invitaran. Entró en el club y caminó hacia el salón pequeño orientado al jardín sur, el mismo donde Delacroix había hablado con ella el día anterior.
Allí estaban todavía los muebles de mimbre, el jarrón con lirios vencidos por el calor y una luz demasiado clara para una conversación semejante.
La sombrilla de Élodie descansaba en una esquina, cerrada, apoyada contra la pared.
Delacroix la miró.
Élodie también.
—Está pensando en la sombrilla —dijo.
—Sí.
—Los detectives deberían fingir un poco más.
—He observado que la gente miente lo suficiente por mí.
Marchand cerró la puerta. Baptiste se quedó fuera, por indicación del brigadier, aunque Delacroix notó que la viuda miraba un instante hacia el pasillo antes de sentarse.
No era miedo. Tampoco culpa. Era cálculo humano.
Élodie Marceau era una mujer que había sobrevivido demasiado tiempo midiendo cada mirada.
Se sentó junto a la ventana.
Delacroix tomó asiento frente a ella. Marchand permaneció de pie.
—Hemos encontrado una marca en el poste de la campana —dijo el brigadier—. Una rozadura. Y una fibra de cordel encerado.
Élodie escuchó sin moverse.
—La campana pudo accionarse a distancia —continuó Marchand—. No hacía falta estar junto al poste. Bastaba preparar un cordel, ocultarse entre los pinos y tirar una vez.
—Ingenioso —dijo ella.
—¿Lo sabía?
—No.
—¿Sabía que existía ese cordel en la caseta?
—No.
Delacroix intervino:
—Pero conocía la caseta.
Élodie no apartó la mirada.
—Sí.
—Conocía el escondite de la fotografía.
—Sí.
—Había estado allí al menos una vez.
—Sí.
—Sabía que Baptiste solía tocar la campana dos veces.
—Sí.
—Y sabía que Adrien despreciaba esa costumbre.
—También.
Marchand anotó cada respuesta, aunque ninguna era nueva por completo.
—¿Dónde estaba usted exactamente cuando Adrien leyó la nota de Henri? —preguntó Delacroix.
Élodie tardó un segundo.
—En la escalera principal, creo. Había bajado después del desayuno. Madeleine estaba conmigo.
—¿Vio la nota?
—Vi que Adrien leía algo.
—¿Vio su reacción?
—Sí.
—Sonrió.
—Adrien sonreía siempre que alguien cometía el error de darle material.
—¿A quién miró?
Élodie miró hacia el jardín, como si allí pudiera reconstruirse el vestíbulo.
—A Henri primero. Luego a Lucien.
—¿Está segura?
—No. Pero eso creo.
—¿Y a usted?
Una pausa.
—No.
—¿Le habría importado?
La viuda volvió hacia él.
—Adrien me miraba todos los días. No todas sus miradas merecían registro histórico.
—Esa sí quizá.
—No me miró.
Delacroix aceptó la respuesta por el momento.
—¿Sabía que Henri había escrito la nota?
—No.
—¿Pero entendió que era una provocación?
—Sí.
—¿Y entendió cómo reaccionaría Adrien?
—Todo el mundo que conociera a Adrien lo habría entendido.
—No todo el mundo lo conocía como usted.
Élodie no respondió.
El silencio fue breve, pero suficiente.
Marchand se acercó a la ventana.
—Madame Marceau, voy a ser directo. Usted tenía motivo.
Adrien pensaba separarse de usted, dañarla patrimonial y socialmente, quizá declararla inestable.
Iba a pronunciar un discurso humillante después de la copa.
Usted conocía su carácter, conocía la fotografía de Claire, sabía que Baptiste sería sospechoso, sabía que Henri estaba desesperado y estaba presente en el club.
También podía moverse por zonas donde nadie la vigilaría con verdadera atención.
—Porque soy mujer —dijo Élodie.
—Porque era la esposa de la víctima.
—Eso es casi lo mismo cuando la víctima es un hombre como Adrien.
Marchand cerró la boca.
Delacroix la observó con interés. Élodie no se defendía como los demás.
Henri se hundía en su culpa. Lucien se retorcía en su vergüenza.
Renard se refugiaba en la institución. Savary en la medicina.
Gérard en la reparación tardía. Élodie, en cambio, respondía desde una lucidez que no pedía absolución.
Eso era admirable.
Y peligroso.
—¿Preparó usted el cordel? —preguntó Delacroix.
—No.
—¿Tomó una bola de la caseta del lago?
—No.
—¿Colocó una segunda bola de Adrien en el hoyo diecisiete?
—No.
—¿Tiró del cordel para hacer sonar la campana?
—No.
—¿Retiró la nota del chaleco de su marido?
—No.
—¿Mató a Adrien Marceau?
Élodie sostuvo su mirada.
—No.
La palabra fue firme.
No teatral.
Delacroix había oído muchos no en Valombre. Algunos eran paredes. Otros cortinas. El de Élodie era una puerta cerrada con llave desde dentro. Pero una puerta cerrada no demostraba que no hubiera habitación al otro lado.
—¿Se alegra de que esté muerto? —preguntó.
Marchand lo miró de reojo.
Élodie no se ofendió.
—Sí.
La respuesta fue limpia.
—¿Se alegró al verlo caer?
—No.
—¿Después?
—Sí.
—¿Cuándo?
Élodie miró sus manos.
—Cuando comprendí que ya no iba a decir nada más. Fue horrible. No por Adrien. Por mí. Porque una parte de mí se sintió libre antes de sentirse viuda. Y porque, durante unos segundos, pensé que quizá la libertad siempre era una cosa indecente si llegaba demasiado tarde.
Delacroix no habló.
—¿Eso me hace culpable? —preguntó ella.
—No.
—¿Sospechosa?
—Mucho.
Élodie asintió.
—Justo.
Marchand tomó la palabra:
—¿Salió usted al campo antes de la muerte?
—No.
—¿En ningún momento?
—No.
—¿Al lago?
—No esa mañana.
—¿A la caseta?
—No.
—¿Quién puede confirmarlo?
—Madeleine, durante parte de la mañana. Después varias personas en la terraza.
—Parte de la mañana no basta.
—Casi nada basta, brigadier. Empiezo a entenderlo.
Delacroix miró la sombrilla cerrada en la esquina.
—No llevaba sombrilla al salir a la terraza hace un momento.
—No.
—Ayer la tenía casi siempre.
—Ayer hacía más sol.
—Hoy también.
—Hoy estoy cansada de esconderme debajo de objetos ridículos.
—Usted dijo que Adrien consideraba las sombrillas ridículas.
—Sí.
—Y, sin embargo, la usaba.
—Precisamente.
Delacroix se levantó y caminó hasta la sombrilla.
No la tocó todavía. Era de tela clara, mango de madera lacada, punta fina de metal.
Elegante, cara, práctica y teatral en la medida justa.
Un objeto de mujer en un club donde los objetos de mujer parecían pertenecer siempre al decorado, nunca al mecanismo del crimen.
Eso, por supuesto, era una tontería.
—¿Puedo? —preguntó.
Élodie alzó una ceja.
—¿Revisar mi sombrilla?
—Sí.
—Es la propuesta más íntima que he recibido desde que murió mi marido.
—Lamento la pobreza de la competencia.
—Adelante.
Delacroix tomó la sombrilla con cuidado y la abrió dentro de la sala.
La tela se desplegó con un sonido seco. No había manchas visibles.
El mango estaba limpio. La punta metálica presentaba algo de tierra, normal en un objeto usado en jardines.
La estructura interior tenía varias varillas finas, unidas por pequeños aros. Nada extraordinario.
Marchand lo miró.
—¿Busca un arma?
—No.
—¿Entonces?
—Una idea.
Élodie permanecía sentada, observándolo con una calma que podía ser inocencia, desafío o agotamiento.
Delacroix cerró la sombrilla y examinó la punta. Era estrecha. Suficientemente fina para guiar un cordel por detrás de un poste, quizá. O para levantarlo. O para tirar de algo sin acercarse demasiado. Pero la teoría era demasiado bonita y demasiado frágil. No bastaba.
—¿Llevaba esta sombrilla durante el golpe? —preguntó.
—Sí.
—¿Abierta?
—No lo recuerdo.
—Piénselo.
Élodie cerró los ojos.
—Sí. Creo que sí. Hacía sol. Estaba con Madeleine.
—¿La sostuvo usted todo el tiempo?
—No lo sé.
—¿Se la prestó a alguien?
—No.
—¿La dejó apoyada en algún lugar?
—Quizá en la terraza antes de salir hacia el hoyo. No durante el hoyo.
—¿Quién pudo tocarla?
—Cualquier persona que pasara cerca. Como todo en este club, parece.
Delacroix cerró la sombrilla.
—Ciertamente.
Marchand parecía poco convencido.
—Una sombrilla no cambia una bola.
—No. Pero puede ayudar a tirar de un cordel sin mancharse las manos.
Élodie soltó una risa baja.
—¿De verdad cree que maté a mi marido con una sombrilla?
—No. Creo que Adrien habría apreciado la ironía hasta que le rompiera la cabeza una bola.
La viuda sonrió apenas, pese a sí misma.
Fue un gesto mínimo.
Delacroix lo vio.
También vio que aquel gesto desaparecía enseguida.
—Usted no preparó el guante falso —dijo.
—No.
—No habría imitado una costura.
—No sabría.
—Tampoco habría usado a Baptiste de una forma tan vulgar.
Élodie miró hacia el pasillo.
—No.
—Pero sí habría dejado que otros creyeran lo que quisieran creer.
La mirada volvió hacia él.
—Eso no es un crimen.
—No siempre.
—Monsieur Delacroix, si cada vez que una mujer deja que un hombre se equivoque se considera homicidio, deberán ampliar mucho las cárceles.
—No lo dudo.
Marchand, menos interesado en la filosofía, volvió a la línea central.
—¿Sabía usted que Gérard había encontrado la fotografía y la había retirado de la caja?
—No.
—¿Sabía que Lucien había tomado una bola de Adrien?
—No.
—¿Sabía que Adrien había entrado en la habitación de Lucien y pudo haber visto esa bola?
Élodie frunció apenas el ceño.
—No.
—¿Pero sabía que Lucien era hijo del conde Marceau?
Élodie se quedó inmóvil.
Por primera vez, una pregunta parecía haber golpeado una zona que no tenía preparada.
Delacroix se inclinó ligeramente.
—No se lo habíamos dicho.
Élodie respiró despacio.
—No.
—¿No lo sabía?
—No.
—¿Ni lo sospechaba?
La viuda miró hacia la ventana.
—Sospechaba algo.
—¿Qué?
—Que Adrien se comportaba con Lucien de una forma demasiado personal. No era solo un protegido. No era solo un juguete. Había en él algo que enfadaba a Adrien de una manera extraña. Algo íntimo. Pensé que quizá Lucien era hijo de alguna amante de Adrien.
—Pero no de su padre.
—No.
—Eso cambia el motivo de Lucien.
—Sí.
—¿Y el suyo?
Élodie volvió hacia él.
—¿El mío?