Capítulo 29 — La tercera campanada #2
La palabra se deslizó por el campo con más fuerza que un grito.
Marchand frunció el ceño.
—¿Está seguro?
—No. Eso es lo peor. No estoy seguro. Pero la figura era más pequeña de lo que dije. La postura… no sé. No era Baptiste. No era Henri. No era yo.
Delacroix sintió que algunas piezas se movían con suavidad, como si hubieran estado esperando permiso.
Élodie.
Madeleine.
O alguien que quería parecer mujer.
—¿Ropa clara? —preguntó.
—Sí.
—¿Sombrilla?
—No vi sombrilla.
—¿Sombrero?
—Quizá.
—¿Hacia dónde fue después?
—No lo vi. Sonó la campana, Henri golpeó, todo se rompió.
Marchand apretó la mandíbula.
—Ha ocultado información esencial durante más de un día.
—Sí.
—Ha manipulado pruebas.
—Sí.
—Ha contaminado la escena.
—Sí.
—¿Y espera que le creamos cuando dice que no mató a Marceau?
Gérard lo miró con cansancio.
—No espero nada.
Delacroix sí lo miraba de otro modo.
—Yo le creo.
Marchand giró hacia él.
—¿Qué?
—Le creo cuando dice que no tocó la primera campana.
—¿Por qué?
Delacroix señaló la cuerda.
—Porque la ha tocado ahora tres veces. Y porque, cuando un hombre prepara una confesión simbólica alrededor de una campana, suele apropiarse de la campanada que lo define.
Gérard habría tocado dos veces, como Baptiste, para hablar de Claire; o tres, como acaba de hacer, para hablar de verdad.
Pero la primera campanada fue una sola. Seca.
Funcional. Sin moral. Sin teatro. Era la campanada de alguien que quería que Henri golpeara, no que Valombre despertara.
Gérard bajó la cabeza.
—Gracias.
—No me dé las gracias todavía. Le queda cárcel suficiente para arrepentirse con método.
Marchand hizo una señal a los agentes.
—Gérard Lenoir, queda detenido por manipulación de pruebas, obstrucción a la investigación y lo que mi paciencia decida añadir cuando encuentre vocabulario.
Los agentes se acercaron.
Gérard no se resistió. Antes de que lo tomaran por los brazos, miró a Baptiste.
—Lo siento.
Baptiste sostuvo su mirada.
—No por Claire.
Gérard tragó saliva.
—No.
—Por usarme.
—Sí.
Baptiste asintió una sola vez.
No era perdón.
Era el reconocimiento mínimo de que la disculpa había encontrado la puerta correcta, aunque no pudiera entrar.
Delacroix se acercó al poste. Retiró con cuidado el papel clavado.
La navaja había penetrado en la madera justo junto a la grieta donde había estado escondida la bola verdadera.
Al hacerlo, notó algo que la luz de la mañana revelaba mejor que la noche: una marca fina en la parte posterior del poste, casi horizontal, a la altura del nudo inferior de la cuerda.
No era barro.
Era una rozadura.
Como si algo delgado hubiera frotado la madera.
—Brigadier —dijo.
Marchand, que supervisaba la detención de Gérard, se volvió.
—¿Qué pasa ahora?
—Necesito que nadie pise esta zona.
—Ya está contaminada hasta por la Divina Providencia.
—La Providencia ha sido bastante negligente, pero aun así.
Delacroix se inclinó. La rozadura nacía junto al nudo de la cuerda, pasaba por detrás del poste y se perdía hacia los pinos. Era leve, pero continua en algunos tramos. Miró el suelo. Entre la hierba, casi invisible, había una fibra oscura enganchada en una astilla.
La tomó con un pañuelo.
—Cordel encerado —dijo Gérard, antes de que se lo llevaran.
Todos lo miraron.
—De la caseta —añadió—. Lo usamos para marcar líneas y atar estacas.
Marchand se acercó.
—¿Usted lo puso?
Gérard negó.
—No.
Delacroix examinó la fibra.
—La campana no tuvo que tocarse desde aquí.
Marchand frunció el ceño.
—¿Qué?
Delacroix señaló el nudo inferior.
—Alguien pudo atar un cordel a la cuerda, pasarlo por detrás del poste y extenderlo hacia los pinos. Desde allí, bastaba tirar. Una sola vez. La cuerda se mueve, la campana suena, y el cordel se recupera o se rompe. El barro en el nudo pudo venir del cordel, no de una mano.
Baptiste se acercó, con el rostro cada vez más pálido.
—Entonces quien tocó la campana…
—No estaba necesariamente junto a la campana.
Marchand miró hacia los pinos.
—Pudo estar oculto en el sendero.
—Sí.
—O más arriba.
—Dependiendo del recorrido del cordel, sí.
Gérard, entre los agentes, cerró los ojos.
—Por eso no vi bien la figura.
Delacroix siguió la dirección de la rozadura.
El cordel habría ido hacia una zona de arbustos situada entre el sendero del lago y la loma, un punto desde el que se podía ver parcialmente la salida de Henri y la zona baja donde estaba Adrien.
No era necesario permanecer junto al poste.
No era necesario acercarse a la cuerda con la mano.
No era necesario ser visto en el instante exacto.
—Esto cambia la oportunidad —dijo Marchand.
—Mucho.
—Lucien podía estar más arriba y tirar.
—Quizá.
—No diga…
Delacroix alzó una mano.
—No lo he dicho.
—Pero lo ha pensado.
—Lo pienso con todos.
Baptiste se agachó y miró la marca.
—El cordel pudo estar preparado antes.
—Sí —dijo Delacroix—. Muy temprano. Antes de que el hoyo se llenara de gente.
—¿Desde la caseta?
—Lo más probable.
Gérard habló otra vez:
—El cordel de marcar está en el segundo estante. Faltaba un carrete pequeño.
Marchand se volvió hacia él.
—¿Y tampoco lo dijo?
—No lo noté hasta ahora. Había mucho material.
—Esto es un club de golf o un almacén de coartadas —murmuró el brigadier.
Delacroix miró la fibra oscura. Luego el camino hacia los pinos. Luego el club.
La campana había sonado una sola vez porque alguien había tirado de un cordel con precisión.
La mano podía estar lejos. La figura vista por Gérard y Lucien quizá no era la asesina junto al poste, sino alguien recogiendo o retirando el cordel.
O quizá una sombra colocada allí para ser vista.
El crimen volvía a abrirse, pero no hacia cualquiera.
Hacia quien había podido preparar el cordel al amanecer.
Hacia quien conocía la caseta.
Hacia quien sabía del hoyo diecisiete.
Hacia quien podía moverse sin que Baptiste estuviera cerca de la bolsa.
Hacia quien no necesitaba tocar la campana para hacerla sonar.
—¿Quién estuvo en la caseta antes de las seis? —preguntó Marchand.
Gérard respondió:
—Yo no.
—Madeleine salió después.
—Sí.
—Lucien pasó por allí.
—Dice que vio a Madeleine, no que entrara esa mañana.
Delacroix miró el campo.
—Y Élodie conocía el escondite de la fotografía.
Marchand lo miró.
—¿La viuda?
—La viuda escuchaba los torneos, brigadier. Recuerde eso.
Baptiste levantó la vista.
—Pero no habría sabido del cordel.
—¿Seguro?
—No.
Delacroix guardó la fibra en un pañuelo.
—La tercera campanada ha dicho algo útil, monsieur Lenoir.
Gérard, ya en manos de los agentes, soltó una risa cansada.
—Por fin.
—No se alegre demasiado. Ha tardado lo suficiente para volverse sospechoso incluso de la puesta de sol.
Gérard asintió.
Los agentes lo llevaron hacia el club.
Baptiste se quedó junto a la campana. Delacroix notó que no miraba a Gérard, sino al nudo de la cuerda.
—Una sola campanada —dijo Baptiste.
—Sí.
—Nunca fue una mano.
—Probablemente no.
—Y todos pensamos en mis guantes.
—Eso era lo que alguien quería.
Baptiste miró hacia el club.
—Entonces Gérard no fue el único que me usó.
—No.
El caddie respiró hondo.
—¿Quién?
Delacroix siguió con la vista la línea imaginaria del cordel hacia los pinos, luego hacia el sendero que llevaba a la caseta, luego hacia la terraza donde las mujeres habían observado el torneo, luego hacia la biblioteca donde Lucien había leído una página sobre El Ciego.
—Alguien que entendió que, en Valombre, para matar a un hombre no hacía falta tocar la campana.
—¿Qué hacía falta?
Delacroix miró el campo perfecto, el sol impecable, la sombra de la loma.
—Hacer que todos creyeran saber quién la había tocado.
A lo lejos, en la terraza del club, apareció Élodie Marceau.
Estaba de pie bajo el sol, sin sombrilla.
La luz le daba de lleno en el rostro.
Y, por primera vez desde la muerte de su marido, parecía mirar directamente hacia El Ciego.
No hacia el cadáver.
No hacia la campana.
Hacia el lugar exacto entre los pinos desde donde un cordel podía hacer sonar una mentira.
Capítulo 30 — La mujer que escuchaba
Élodie Marceau no se movió cuando los vio regresar del hoyo diecisiete.
Permaneció en la terraza, de pie bajo el sol, sin sombrilla, sin guantes y sin aquella rigidez de viuda colocada en un sitio por manos ajenas.
El vestido negro absorbía la luz de una manera casi violenta.
A su alrededor, el campo brillaba con una limpieza insoportable.
El contraste hacía que pareciera una mancha consciente en medio de una postal.
Delacroix subió los escalones despacio.
Marchand venía a su lado con la fibra de cordel guardada en un sobre improvisado.
Baptiste caminaba unos pasos detrás, en silencio.
Los agentes llevaban a Gérard Lenoir hacia el interior por otro acceso, detenido ya por manipular pruebas, aunque no por asesinato.
El encargado del campo había dejado detrás una confesión incompleta, tres campanadas y una nueva forma de mirar la cuerda.
Élodie esperó.
—Lo han detenido —dijo.
—A Gérard Lenoir —respondió Marchand—. Sí.
—¿Por matar a Adrien?
—No.
La viuda no pareció sorprendida.
—Por fin una detención que no pretende cerrar más de lo que puede.
Delacroix se detuvo frente a ella.
—Está aprendiendo el lenguaje policial con rapidez, madame.
—No. Estoy aprendiendo a reconocer cuándo los hombres necesitan un culpable y cuándo solo han encontrado a alguien que les resulta útil.
Baptiste, detrás de ellos, levantó apenas la mirada.
Élodie lo vio.
Durante un instante, algo pasó entre ambos. No afecto. No complicidad. Algo más incómodo: el reconocimiento entre dos personas que habían sido obligadas a vivir alrededor del mismo hombre y habían descubierto que el mundo siempre encuentra una manera elegante de culpar a quien ya está herido.
—Necesitamos hablar con usted —dijo Marchand.
—Lo imaginaba.
—En privado.
Élodie miró a Delacroix.