Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 29 — La tercera campanada #4
86%

Capítulo 29 — La tercera campanada #4

—Lucien era medio hermano de Adrien. Si Adrien lo reconocía o si el secreto salía a la luz, la herencia, el nombre, la memoria familiar… todo podía complicarse.

La viuda soltó una risa seca.

—Adrien no habría permitido que Lucien heredara ni una servilleta usada.

—Pero el escándalo podía afectar su separación.

—Mi separación ya era una ejecución lenta. Lucien no la empeoraba.

—¿Está segura?

—Nada estaba seguro con Adrien. Esa era precisamente la enfermedad.

Delacroix aceptó la respuesta.

Élodie lo miró de forma más penetrante.

—Cree que Lucien pudo hacerlo.

—Sí.

—Pero ha venido a verme a mí.

—También.

—Porque una mujer con una sombrilla resulta menos sospechosa que un muchacho con lágrimas en los ojos.

—Porque una mujer que escucha puede saber más que un muchacho que habla.

Élodie no respondió enseguida.

Luego dijo:

—Lucien no es inocente.

—¿De la muerte?

—No lo sé. De Adrien, no. Ninguno de los que estuvimos cerca de Adrien salió inocente. Él tenía esa virtud: repartía culpa incluso cuando solo entraba en una habitación.

—Eso no contesta.

—Lucien aprendió de él. Lo vi. Todos lo vimos. Al principio lo adoraba. Después empezó a imitarlo. La postura. Las frases. Esa manera de herir y quedarse esperando a que el otro le agradeciera la precisión.

—¿Cuándo?

—Los últimos meses. Sobre todo cuando Adrien lo humillaba. Lucien salía destrozado y, al rato, trataba peor a algún caddie, a algún camarero, a alguien con menos defensas. No siempre. No mucho. Lo suficiente para entender que la crueldad también se hereda por admiración.

—¿Baptiste?

—No. A Baptiste le tenía miedo. O respeto. A veces son parecidos desde lejos.

—¿Y Gérard?

—A Gérard lo despreciaba un poco. Como todos los jóvenes que quieren ascender: necesitan convencerse de que los peldaños no son personas.

Delacroix guardó aquella frase. Élodie hablaba con una claridad que podía ser ayuda o dirección. Señalaba a Lucien con demasiada inteligencia, pero no con la prisa torpe de quien intenta salvarse. Eso la volvía más creíble y más peligrosa.

—¿Dónde estaba Lucien cuando sonó la campana? —preguntó Marchand.

—Cerca de Henri. Desde mi posición, lo veía parcialmente.

—¿Pudo alejarse?

—No antes de la campana. Lo habría notado.

—¿Está segura?

—No. Pero creo que sí.

—Entonces no pudo tirar del cordel si estaba en la salida.

Élodie miró a Delacroix.

—Depende de dónde terminara el cordel.

Marchand se volvió hacia ella.

—¿Qué quiere decir?

La viuda se encogió apenas de hombros.

—No soy ingeniera, brigadier. Pero si un cordel puede tirar de una campana desde los pinos, quizá también puede tenderse más lejos.

Hasta un arbusto, una estaca, una zona cercana a la salida.

No sé. Los hombres llevan dos días explicando que el campo es complicado. Tal vez lo sea también para matar.

Delacroix permaneció muy quieto.

La idea era obvia una vez pronunciada.

Y precisamente por eso le molestó no haberla formulado antes.

Marchand lo miró.

—¿Es posible?

—Sí.

—¿Desde la salida?

—Quizá no desde la salida misma, pero sí desde un punto intermedio. El cordel pudo estar tensado previamente y accionarse desde una zona menos sospechosa de lo que creíamos.

Élodie sostuvo su mirada.

—Me temo que acabo de ayudar a acusar a Lucien.

—O a usted.

—Yo no estaba cerca de la salida.

—Pero pudo entender el mecanismo.

—Ahora. No antes.

—Una mujer que escucha aprende rápido.

—No tan rápido como una mujer que sobrevive.

El silencio que siguió fue extraño. Había desafío, sí, pero también cansancio.

Élodie Marceau estaba siendo interrogada por el asesinato de un hombre que había pasado años interrogándola sin preguntas.

Tal vez por eso respondía con tanta precisión.

Había ensayado defensas durante su matrimonio, aunque no contra la policía.

Marchand se guardó la libreta.

—Por ahora permanecerá en esta habitación.

—¿Estoy detenida?

—No.

—Otra libertad decorativa. Valombre las colecciona.

—Está bajo vigilancia.

—Eso suena más honesto.

Delacroix dejó la sombrilla donde estaba.

Antes de salir, se detuvo.

—Madame Marceau.

—Sí.

—Cuando miró hacia El Ciego desde la terraza, parecía saber exactamente dónde estaba el punto del cordel.

—No lo sabía.

—Pero miró allí.

—Miré donde usted miraba.

Delacroix no respondió.

Élodie añadió:

—Así es como se aprende en este mundo, monsieur Delacroix. Una mira hacia donde miran los hombres, hasta descubrir qué intentan no ver.

La frase quedó en la sala como una cortina que no terminaba de caer.

Delacroix salió con Marchand. En el pasillo, el brigadier se detuvo.

—No me gusta.

—¿Élodie?

—Me gusta demasiado.

—Eso complica cualquier acusación.

—La viuda con motivo, inteligencia y sangre fría. Pero sin oportunidad clara.

—La oportunidad se está volviendo más flexible desde que apareció el cordel.

—¿Cree que pudo hacerlo?

Delacroix miró hacia la puerta cerrada del salón.

—Pudo comprenderlo. No sé si pudo prepararlo.

—¿Y Lucien?

—Lucien pudo quererlo, quizá prepararlo, quizá no ejecutarlo.

—¿Baptiste?

—Cada vez menos.

—¿Gérard?

—Preparó la revelación, no el crimen.

—¿Madeleine?

—Guardó demasiado, pero no parece haber construido la muerte.

—Renard y Savary.

—Encubridores viejos. No asesinos nuevos, creo.

Marchand soltó una exhalación áspera.

—Entonces estamos cerca y, de algún modo, seguimos lejos.

Delacroix miró por la ventana del pasillo.

Desde allí se veía una franja del campo y, más allá, parte de los pinos que rodeaban El Ciego.

La idea de Élodie seguía trabajando en su cabeza: un cordel no tenía por qué terminar donde ellos creían.

Podía serpentear, esconderse entre estacas, pasar por detrás de un arbusto, tensarse bajo una cuerda de delimitación, confundirse con el material de campo.

Una sola campanada.

Un tirón.

Quizá desde mucho más cerca de los jugadores.

Quizá desde alguien que todos habían visto y por eso nadie había considerado oculto.

—Necesito volver al hoyo diecisiete —dijo.

Marchand lo miró con una desesperación tranquila.

—Claro. No vaya a ser que el hoyo se sienta solo.

—Y necesito a Lucien allí.

—¿A Lucien?

—Sí.

—¿Y a Élodie?

Delacroix pensó en la mujer sin sombrilla, sentada en una habitación demasiado clara.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque si Élodie tiene razón, Lucien quizá no necesitó moverse para tocar la campana.

—¿Y si Lucien tampoco?

Delacroix empezó a caminar.

—Entonces alguien nos ha dejado mirar la cuerda demasiado tarde.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí tampoco.

Al pasar por el vestíbulo, Delacroix vio la pizarra descubierta.

Adrien seguía primero.

Henri segundo.

Lucien tercero.

Se detuvo ante ella unos segundos.

Marchand, impaciente, miró también.

—¿Qué ocurre?

Delacroix señaló los nombres.

—La clasificación.

—Sí.

—Adrien primero. Henri segundo. Lucien tercero.

—Eso ya lo sabíamos.

—No. Sabíamos que era una lista de jugadores. Quizá también sea una lista de víctimas de Adrien. Henri por la bola. Lucien por el padre.

—¿Y Adrien?

Delacroix miró el nombre escrito arriba.

—Adrien siempre se ponía primero. Incluso cuando escribía su propia sentencia.

Marchand frunció el ceño.

—No entiendo.

Delacroix no respondió todavía.

Porque algo acababa de moverse.

No en el campo.

En la frase de Élodie.

Una mira hacia donde miran los hombres, hasta descubrir qué intentan no ver.

Delacroix miró la pizarra. Luego la tela negra que había estado cubriéndola. Luego el punto donde Adrien había leído la nota. Luego la dirección de la salida al campo.

La nota.

La mirada.

La bolsa.

La pizarra.

Todos habían observado a Adrien leyendo.

Todos habían mirado hacia Henri, hacia Lucien, hacia la bolsa.

Pero quizá lo importante no había sido quién se acercó a la bolsa.

Quizá lo importante era quién se acercó a la pizarra.

—Brigadier —dijo despacio.

—¿Sí?

—¿Dónde se guardaban las tizas?

Marchand lo miró como si acabara de perder la paciencia en un idioma nuevo.

—¿Las tizas?

—Sí.

Renard, que estaba sentado bajo vigilancia cerca del despacho, levantó la cabeza.

—En el cajón inferior de la pizarra.

Delacroix se acercó y lo abrió.

Dentro había tizas blancas, un paño, un pequeño carrete de cordel encerado para trazar líneas rectas sobre el tablero y varias chinchetas.

Cordel encerado.

Del mismo tipo que el usado en el campo.

Marchand se inclinó.

—Por todos los…

Delacroix tomó el carrete con un pañuelo.

No estaba completo.

Le faltaba un tramo.

Renard se puso de pie.

—Eso no pertenece al campo. Es para la pizarra.

—Cordel encerado —dijo Delacroix—. Disponible en el vestíbulo. A la vista de todos. Sin necesidad de entrar en la caseta.

Marchand miró hacia la escalera.

—Entonces cualquiera pudo tomarlo.

—No cualquiera.

Delacroix cerró el cajón despacio.

—Alguien que se acercó a la pizarra en el instante en que todos miraban a Adrien leer la nota.

Marchand siguió su mirada.

La pizarra.

La clasificación.

Adrien primero.

Henri segundo.

Lucien tercero.

Lucien.

El muchacho que, según todos, se había acercado a mirar la pizarra.

Lucien, que podía tomar cordel sin tocar la bolsa.

Lucien, que quizá no necesitó cambiar la bola en ese momento porque la bola ya había pasado por sus manos y por las de Adrien.

Lucien, que había aprendido de Adrien que las cosas perdidas encuentran mejores dueños cuando uno sabe recogerlas.

Delacroix sintió que el caso se estrechaba con una elegancia cruel.

—Traiga a monsieur Morel al hoyo diecisiete —dijo.

Marchand asintió.

—¿Y si intenta huir?

Delacroix miró otra vez la pizarra.

—No lo hará.

—¿Por qué?

—Porque Adrien le enseñó a mirar la copa, no la puerta.