Capítulo 28 — La última lección #2
—Era una figura. Lejos. Tal vez Gérard. Tal vez un empleado. Tal vez nadie. Estaba oscureciendo y yo tenía una bola robada en el bolsillo, monsieur Delacroix. Mi atención moral no estaba en su mejor momento.
—¿Ropa?
—Oscura.
—¿Hombre? ¿Mujer?
—No lo sé.
—¿Le pareció que lo había visto salir?
—Sí.
—¿Y aun así dejó la fotografía allí?
—Sí.
—Curioso.
—No quería más pruebas. La bola ya era bastante absurda.
Baptiste habló desde la puerta:
—¿Por qué abriste la caja?
Lucien lo miró.
—Porque estaba allí.
—No basta.
—Porque Adrien me enseñó a mirar dentro de las cosas que la gente esconde.
La frase hizo más daño de lo que quizá pretendía.
Baptiste bajó la mirada.
—Sí —dijo—. Eso sí suena a él.
Delacroix tomó el guante falso y lo colocó junto al auténtico.
—¿Fabricó usted este guante?
Lucien negó de inmediato.
—No.
—¿Sabe coser?
—No.
—¿Imitó la reparación del guante de Baptiste?
—No.
—¿Tomó cuero de la caseta?
—No.
—¿Tocó alguna aguja, hilo, herramienta?
—No.
Marchand lo observaba con dureza.
—Sus negativas serían más conmovedoras si no llegaran después de tres confesiones tardías.
—No sé coser —repitió Lucien—. Y no habría hecho eso.
—¿Por qué?
El joven miró el guante manchado.
—Porque es demasiado sucio.
Marchand soltó un bufido.
—¿Y asesinar a un hombre no?
—No me refiero a barro. Me refiero a Baptiste.
El caddie levantó los ojos.
Lucien continuó con dificultad:
—Adrien ya lo había usado bastante. Todos lo habían usado bastante. Si yo hubiese querido matar a Adrien… —se detuvo.
—Continúe —dijo Delacroix.
Lucien tragó saliva.
—Si yo hubiese querido matarlo, no habría puesto a Baptiste en medio.
—Una frase noble.
—Es verdad.
—Las dos cosas pueden convivir, monsieur Morel. A veces para desgracia de los jueces.
Lucien apoyó los codos sobre la mesa y se cubrió la cara con las manos.
—No sé cómo defenderme.
—Pruebe con la verdad entera —dijo Marchand—. Ha tenido un rendimiento irregular, pero no nulo.
El joven dejó caer las manos.
—Quería que Adrien no ganara.
La frase llegó sin adornos.
—No quería matarlo. No esa mañana. No con una bola, ni con una campana, ni con Henri, ni con nada.
Pero quería que no ganara. Quería que fallara.
Que se equivocara. Que Henri lo alcanzara.
Que alguien lo humillara antes de que él nos humillara a todos.
Cuando vi la nota, pensé que quizá Henri por fin iba a hacer algo que no fuera temblar.
Y cuando Adrien sonrió… joder, cuando sonrió, supe que no.
Que incluso esa nota iba a usarla él. Que iba a convertirla en otra cosa suya.
—Entonces pensó en tocar la bolsa —dijo Delacroix.
—Sí.
—Pensó en cambiar algo.
—Sí.
—Pero no lo hizo.
—No.
—¿Por miedo?
—Por él.
—¿Adrien?
—Sí. Porque habría sabido. No sé cómo, pero habría sabido. Adrien tenía esa manera de notar cuando alguien intentaba salirse de su relato. Te miraba y ya estabas dentro otra vez.
Delacroix no respondió.
Esa frase tenía demasiada verdad psicológica para ignorarla. Lucien podía ser culpable y entender a Adrien. O podía entenderlo precisamente porque había sido su víctima.
—¿Dónde estaba usted cuando la campana sonó? —preguntó Marchand.
—Arriba, cerca de la salida. Ya lo dije.
—¿Quién lo vio?
—Varios. Paul, Henri, quizá el coronel Beaumont, algunos socios.
—¿Pudo bajar al sendero, tocar la campana y volver?
—No sin que me vieran.
—¿Pudo ir antes?
—No. Estaba allí cuando Adrien bajó con Baptiste.
—¿Pudo colocar la bola falsa antes de que ellos llegaran abajo?
Lucien negó.
—No. No bajé.
—¿Pudo tener un cómplice?
El joven soltó una risa amarga.
—¿Quién? ¿Henri? ¿Baptiste? ¿Mi inexistente familia Marceau? Estoy solo, brigadier. Ese ha sido más o menos el argumento de mi vida.
Marchand no pareció compadecerlo.
—La soledad no absuelve.
—Lo sé.
Delacroix tomó una de las bolas de la caseta.
—La bola que robó de la caseta desapareció de su habitación. ¿Quién podía entrar?
—Cualquiera con llave de habitaciones. Servicio. Administración. Renard.
Renard no estaba allí, pero su nombre parecía vivir ya en todas las cerraduras.
—¿La puerta estaba cerrada?
—Sí.
—¿Ventana?
—Cerrada.
—¿Revisó sus cosas alguien antes de usted?
—No que yo sepa.
—¿Dónde la había escondido?
Lucien bajó la mirada.
—En un cajón, dentro de un calcetín.
Marchand lo miró.
—Muy sofisticado.
—No estaba preparando un asesinato. Estaba escondiendo una estupidez.
Delacroix casi aceptó la frase. Casi.
—¿Alguien sabía que la tenía?
—No.
—¿La mencionó a Adrien?
Lucien levantó la cabeza.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Ni para provocarlo?
—No.
—¿Adrien pudo verla en su habitación?
El joven se quedó quieto.
—Adrien entró en mi habitación ayer.
Marchand cerró los ojos.
—Por supuesto.
—No pensé…
—Ese será el lema del club.
Lucien se apresuró:
—Fue por la tarde. Antes de la cena. Me buscó. Dijo que quería hablar. Entró sin permiso, como hacía con todo. Yo estaba cambiándome. Abrió un cajón para burlarse de mi desorden. Pudo verla.
—¿Abrió el cajón donde estaba la bola?
—Sí.
—¿Y no dijo nada?
—No.
—¿Eso no le pareció extraño?
Lucien se quedó helado.
—Adrien no siempre decía en el momento lo que encontraba.
Delacroix sintió que una pieza nueva se encendía.
—No. Lo guardaba.
—Sí.
—Entonces Adrien pudo saber que usted tenía una bola suya.
—Sí.
—Y pudo tomarla.
Lucien pareció comprender al mismo tiempo que ellos.
—Dios mío.
—No abusemos —dijo Delacroix—. Hasta ahora no ha demostrado vigilancia suficiente para merecer una cita.
Marchand se inclinó sobre la mesa.
—¿Está sugiriendo que Marceau tomó la bola que Lucien había robado?
—Sugiero que pudo verla. Y si la vio, quizá la tomó, quizá la dejó, quizá la usó para otra de sus pequeñas crueldades.
—Pero Marceau murió por una bola sustituida.
—Sí.
—¿Y si Marceau tenía la bola falsa consigo?
La pregunta de Marchand llenó la habitación.
Delacroix guardó silencio unos segundos.
Era posible. Adrien, al encontrar una bola propia en el cajón de Lucien, podía haberla tomado.
Podía haber planeado usarla en su discurso, en una broma, en otra humillación.
Pero entonces ¿cómo terminó esa bola en el campo?
¿La colocó él mismo? ¿La llevó en su bolsa?
¿Alguien más la tomó de él? La teoría no cerraba, pero abría una puerta peligrosa: tal vez la segunda bola no había salido directamente de la caseta a manos del asesino. Tal vez había pasado por Adrien.
Y por Lucien.
—Monsieur Morel —dijo Delacroix—, cuando Adrien entró en su habitación, ¿llevaba guantes?
—No.
—¿Bastón? ¿Bolsa? ¿Chaqueta?
—Chaqueta. Una chaqueta clara.
—¿Pudo guardar la bola en un bolsillo?
—Sí.
—¿Lo vio hacerlo?
—No.
—¿Qué le dijo antes de irse?
Lucien cerró los ojos.
—Que incluso las cosas perdidas encontraban mejores dueños cuando uno sabía recogerlas.
Delacroix se quedó inmóvil.
Marchand bajó lentamente la pluma.
—Repita eso.
Lucien abrió los ojos.
—Eso dijo. «Incluso las cosas perdidas encuentran mejores dueños cuando uno sabe recogerlas.» Pensé que hablaba de mí. De mi apellido. De… no sé. Adrien siempre hablaba de tres cosas a la vez.
Delacroix miró las bolas sobre la mesa.
Las cosas perdidas.
Bolas perdidas en la caseta.
Lucien robando una.
Adrien encontrándola.
Adrien quizá guardándola.
Si Adrien sabía que Lucien había tomado una bola de la caseta, podía haberlo añadido a su arsenal. Podía haber pensado usarlo contra él. Podía haber llevado esa bola encima o en su bolsa. Y el asesino, al registrar sus cosas o al estar cerca de él, podía haberla usado.
Pero eso complicaba la secuencia.
Y la volvía más humana.
Los crímenes planeados sobre miserias ajenas rara vez son líneas rectas. Se alimentan de accidentes previos, secretos torpes, oportunidades súbitas. Un asesino inteligente no siempre diseña todas las piezas. A veces sabe reconocer una pieza caída en el suelo y colocarla donde hará más daño.
—La última lección de Adrien —murmuró Delacroix.
—¿Qué? —preguntó Marchand.
—Que todo objeto perdido puede convertirse en propiedad del hombre adecuado. Incluso una bola. Incluso un hijo.
Lucien bajó la vista.
—No diga eso.
—Lo siento.
—No lo siente.
—No lo bastante, quizá. Pero era necesario.
El joven temblaba.
—Adrien vio la bola. Estoy seguro ahora. La vio. La tomó o no la tomó, pero la vio. Y no dijo nada porque quería usarlo. Iba a usarlo todo. La nota de Henri, mis papeles, la bola, mi padre… Todo.
—¿Y usted no hizo nada para detenerlo? —preguntó Marchand.
Lucien lo miró con los ojos húmedos.
—Eso es lo peor. No. No hice nada. Pensé en hacerlo.
Deseé hacerlo. Imaginé mil veces que se caía, que fallaba, que alguien lo golpeaba, que se ahogaba en su propia sonrisa.
Pero cuando llegó el momento, no hice nada.
Como todos. Como siempre. Y ahora parece que quizá esa es la única cosa que no puedo demostrar.
El silencio posterior no fue amable.
Baptiste se apartó de la puerta y caminó hasta la mesa. Marchand estuvo a punto de detenerlo, pero Delacroix hizo un gesto mínimo para que lo dejara.
El caddie tomó el guante falso con el pañuelo y lo miró de cerca.
—Lucien no hizo esto.
Marchand frunció el ceño.
—¿Ahora defiende sospechosos?
—No lo defiendo. Digo que no hizo esto.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque quien hizo esta costura conoce el trabajo manual, pero no la paciencia de un guante. Quiso imitar la reparación, no reparar. Un jugador no cose así. Un empleado que ha reparado herramientas, cuero duro, correas, sí.
Gérard no estaba en la sala.
Pero su ausencia se hizo muy presente.
Marchand miró a Delacroix.
—Lenoir.
Delacroix no respondió.
Baptiste dejó el guante falso sobre la mesa.
—Y quien lo hizo quiso que yo lo reconociera de lejos, pero dudara de cerca.
—¿Por qué? —preguntó Marchand.