Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 28 — La última lección #3
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Capítulo 28 — La última lección #3

—Para ganar tiempo. Para que durante unas horas todos creyeran que era mío. Después, si alguien miraba mejor y veía que no lo era, la sospecha ya habría cambiado de sitio. Ya habría arrastrado a Claire, a Savary, a Renard, a todos.

Delacroix miró al caddie con una atención nueva.

—Está diciendo que el guante falso no pretendía condenarlo del todo.

—No. Pretendía abrir una puerta.

—La de Claire.

—Sí.

—Y dejarlo a usted de pie en el umbral.

Baptiste sostuvo su mirada.

—Como siempre.

Aquella frase golpeó la habitación con una fuerza tranquila.

Marchand se pasó una mano por la frente.

—Entonces el guante no es una prueba contra Baptiste. Es una herramienta para obligarnos a mirar hacia Claire.

—Y hacia la caseta —dijo Delacroix—. Y hacia quien podía fabricarlo.

—Gérard.

Lucien levantó la cabeza.

—No.

Marchand se volvió hacia él.

—¿Ahora qué?

—Gérard no mataría para proteger a nadie del discurso de Adrien.

—¿Por qué está tan seguro?

—Porque lo odiaba demasiado para esperar a una ceremonia. Si Gérard hubiese querido matar a Adrien, lo habría hecho de una forma menos… —buscó la palabra—. Menos parecida a Adrien.

Delacroix lo miró.

—Explique eso.

—Este crimen usa a la gente. Usa a Henri, a Baptiste, a mí, a Claire, a Savary, a Renard. Gérard es brusco. Amargo. Callado. Pero no piensa así.

—¿Y quién piensa así?

Lucien no respondió.

—Monsieur Morel.

El joven miró las bolas, el guante, el fragmento de fotografía.

—Alguien que aprendió de Adrien.

La respuesta volvió hacia él como un boomerang.

Lucien lo entendió y sonrió con dolor.

—Sí. Ya sé.

Delacroix permaneció en silencio.

Baptiste también.

Marchand ordenó que Lucien fuera llevado al salón bajo vigilancia. El joven se levantó sin protestar. Antes de salir, miró a Delacroix.

—Adrien tomó la bola. Estoy seguro.

—No ha dicho que lo viera.

—No lo vi.

—Entonces no está seguro.

—Lo estoy de otra manera.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Las otras maneras son muy útiles para sufrir y muy pobres para condenar.

Lucien asintió.

—Lo sé.

Salió con el agente.

La biblioteca quedó casi vacía. Solo permanecieron Delacroix, Marchand y Baptiste. Sobre la mesa, las bolas parecían absurdamente pequeñas para sostener tanta miseria.

—Lucien miente —dijo Marchand.

—Sí.

—Pero quizá no sobre el asesinato.

—Sí.

—Tomó una bola. Encontró la fotografía. Calló. Vio a Madeleine. Ocultó todo. Pudo estar en la línea de la nota.

—Sí.

—Y aun así…

—Y aun así —dijo Delacroix—, hay algo que no encaja.

—El guante.

—El guante. La costura. La caseta. La segunda campanada nocturna. La nota a Renard. El botón devuelto a Savary. Todo eso parece diseñado no solo para matar a Adrien, sino para obligar a Valombre a confesarse después.

Baptiste miró hacia la ventana.

—Gérard quería eso.

Marchand se volvió hacia él.

—¿Lo sabía?

—Lo intuía. No el asesinato. Lo otro. Gérard hablaba a veces de que el club debía abrirse como una herida infectada. Decía que su padre había muerto con barro en la conciencia. Decía que los hombres como Renard solo entendían cuando se les llenaba el despacho de aquello que habían escondido.

—¿Por qué no lo dijo antes?

Baptiste lo miró.

—Porque hasta hace diez minutos todos pensaban que el hombre que quería justicia era yo.

Marchand aceptó el golpe con una mueca.

Delacroix tomó el guante falso. La puntada burda, la imitación consciente, el barro rojizo, la fotografía.

No era una prueba torpe. Era una prueba deliberadamente imperfecta.

Lo bastante buena para acusar a Baptiste durante unas horas.

Lo bastante mala para que, después, al descubrir la falsedad, la investigación mirara hacia la caseta y hacia el artesano del campo.

¿Gérard había querido ser descubierto?

O quizá alguien quería que pensaran eso.

La pregunta era incómoda.

Demasiado.

—¿Dónde está Lenoir? —preguntó Delacroix.

Marchand abrió la puerta y llamó al agente del pasillo.

El agente respondió desde la escalera:

—En el vestíbulo, brigadier.

—Tráigalo.

El agente tardó demasiado en volver.

Cuando apareció, venía solo.

—Brigadier…

Marchand no necesitó más.

—¿Dónde está?

—No está en el vestíbulo.

—¿Salidas?

—Vigiladas.

Delacroix ya caminaba hacia la puerta.

—No irá a las salidas.

Marchand lo siguió.

—¿A dónde?

Delacroix no respondió al principio.

Baptiste sí.

—A la campana.

Los tres se miraron.

Y echaron a andar.

Por primera vez, Baptiste no esperó permiso para acompañarlos. Marchand tampoco se lo negó.

Atravesaron el vestíbulo con rapidez. Los socios volvieron la cabeza. Élodie Marceau apareció junto a la escalera. Madeleine, detrás de ella. Lucien, escoltado, estaba en el salón y se puso de pie al verlos pasar.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Delacroix no se detuvo.

—Que quizá hemos confundido una confesión con una persecución.

Salieron al campo.

El sol estaba alto.

El aire olía a hierba recién cortada y a calor.

Delacroix avanzó hacia el hoyo diecisiete con Marchand y Baptiste a su lado. A cada paso, el terreno parecía menos hermoso y más exacto. La loma. La depresión. Los pinos. El sendero del lago. La campana.

Y junto a la campana, de pie, con una mano sobre la cuerda, estaba Gérard Lenoir.

No parecía intentar huir.

Parecía esperar.

A sus pies había una pala.

Y sobre el poste, clavado con una navaja pequeña, un papel.

Delacroix se detuvo a unos metros.

Marchand levantó la mano para que nadie se acercara demasiado.

Baptiste no se movió.

El papel se agitó levemente con la brisa.

Delacroix pudo leer la frase desde donde estaba.

La tercera vez será la verdad.

Gérard miró a Delacroix.

—Ya era hora —dijo.

Y tiró de la cuerda.

La campana sonó una vez.

Luego otra.

Y después una tercera.