Capítulo 28 — La última lección
Lucien Morel no seguía en la biblioteca.
Eso fue lo primero que Delacroix notó.
Lo segundo fue el libro abierto sobre la mesa.
Esta vez no estaba colocado para fingir lectura, sino abandonado con una brusquedad que no encajaba del todo con el muchacho.
La silla permanecía ligeramente apartada.
La lámpara verde seguía encendida aunque la mañana ya entraba generosa por la ventana.
Sobre el tablero de la mesa había una pequeña mancha de humedad, quizá de un vaso, quizá de una mano demasiado apoyada durante demasiado tiempo.
El agente que debía vigilarlo se puso blanco al ver entrar a Marchand.
—Estaba aquí, brigadier.
—Eso es evidente. Lo que me interesa es por qué ya no lo está.
—Pidió ir al lavabo. Lo acompañé hasta el pasillo. Otro socio me llamó desde la escalera, dijo que una dama se había desmayado en el salón…
Marchand cerró los ojos.
—Y no había ninguna dama desmayada.
—No, brigadier.
—Magnífico. Valombre acaba de descubrir el vodevil.
Delacroix se acercó a la mesa y miró el libro abierto. Era una historia antigua del club, con fotografías de torneos, presidentes, reformas del campo y algunas páginas dedicadas a la Copa Valombre. En el margen inferior de una página había una marca reciente hecha con la uña.
Delacroix inclinó el libro hacia la luz.
La página mostraba una fotografía del hoyo diecisiete, tomada años atrás. La campana aparecía en primer plano. El pie de foto decía:
El Ciego, orgullo técnico de Valombre. La confianza entre jugadores es aquí tan importante como el talento.
—Qué frase tan dispuesta a arrepentirse —murmuró.
Marchand se acercó.
—¿Qué es?
—La última lectura de monsieur Morel, si no me equivoco.
—¿Por qué miraría esto ahora?
—Porque está aprendiendo que el escenario también puede declarar.
El brigadier se volvió hacia el agente.
—Cierren las salidas interiores. Nadie se mueve sin autorización. Encuentren a Morel.
—Sí, brigadier.
El agente salió casi corriendo.
Delacroix siguió mirando la fotografía antigua.
El poste de la campana era más joven. Sin grieta visible.
La loma tenía menos vegetación. El sendero del lago se insinuaba a la derecha, más despejado que en la actualidad.
El Ciego no era solo un hoyo difícil. Era un mecanismo de confianza diseñado por hombres convencidos de que la confianza entre caballeros bastaba para ordenar el mundo.
A Delacroix siempre le había parecido admirable la capacidad de los caballeros para construir sistemas que solo funcionaban si nadie se comportaba como ellos.
—No ha huido —dijo.
Marchand lo miró.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque si quisiera huir, habría elegido antes un momento más confuso. Además, no tiene adónde ir. Lucien no está intentando escapar del club.
—¿Entonces?
Delacroix cerró el libro.
—Está intentando volver a la escena donde, por fin, puede entenderse a sí mismo.
Marchand murmuró algo desagradable y salió al pasillo. Delacroix lo siguió.
No tuvieron que buscar demasiado.
Encontraron a Lucien en la galería de trofeos.
Estaba de pie frente a la vitrina donde se conservaban las fotografías antiguas de la Copa Valombre.
No intentó esconderse al oírlos. Tampoco pareció sorprendido.
Llevaba en la mano una bola de golf vieja, amarillenta, tomada quizá de alguna bandeja decorativa o de una vitrina mal cerrada.
La sostenía entre los dedos como si pesara mucho más de lo que una bola podía pesar.
—Monsieur Morel —dijo Marchand—, tiene usted una idea bastante discutible de permanecer vigilado.
Lucien no se volvió enseguida.
—Quería ver si había una fotografía de él levantando la copa.
—¿De Adrien?
—Sí.
—¿Y la hay?
—Tres.
Delacroix se acercó. En efecto, varias imágenes mostraban a Adrien Marceau en distintas ediciones de la Copa Valombre, sonriente, impecable, joven primero, más seguro después, siempre rodeado de aplausos.
En una, Lucien aparecía al fondo, casi un adolescente, mirando al campeón con una admiración que resultaba dolorosa vista desde allí.
—Esa fue la primera vez que lo vi ganar —dijo Lucien.
—¿Cuántos años tenía usted?
—Diecisiete. Adrien me saludó después. Me dijo que yo tenía buen ojo para mirar lo que todavía no podía tocar.
—Una frase muy peligrosa para un muchacho hambriento.
—Yo la guardé como un tesoro.
—Los tesoros equivocados suelen cobrar intereses.
Lucien cerró los dedos alrededor de la bola.
Marchand se situó junto a la puerta de la galería, bloqueándola sin dramatismo.
—Tiene que volver con nosotros.
—Sí.
—Y explicar por qué estaba en la caseta del lago.
Lucien soltó una risa cansada.
—¿Solo eso? Me sorprende su modestia, brigadier.
—No se ponga ingenioso. Ya tuvimos bastante con Marceau.
La frase le hizo daño.
Se notó.
Lucien se volvió por fin. Tenía los ojos rojos, no de llanto reciente, sino de falta de sueño, de miedo y de algo más profundo: la vergüenza de alguien que ha sido descubierto antes de decidir si quería confesarse.
—Yo no soy Adrien.
—Nadie ha dicho eso —respondió Marchand.
—Todos lo están pensando.
Delacroix lo observó con calma.
—No todos. Pero usted sí.
Lucien bajó la mirada hacia la bola.
—Eso es peor.
Volvieron a la biblioteca. Esta vez Marchand cerró la puerta y dejó a un agente fuera.
Delacroix pidió que trajeran la caja de bolas de la caseta, el guante falso y la fotografía fragmentada.
No por necesidad inmediata, sino porque a veces los objetos, colocados cerca de un sospechoso, producían más verdad que las preguntas.
Lucien se sentó.
La bola vieja que había tomado en la galería quedó sobre la mesa. Marchand la miró.
—¿De dónde sacó eso?
—De una vitrina abierta.
—¿La robó?
—La tomé. Parece que en Valombre la diferencia depende del apellido.
Delacroix aceptó la frase con un leve movimiento de cabeza.
—Está aprendiendo demasiado bien.
Lucien no respondió.
Lefèvre entró con las pruebas. Las colocó sobre la mesa: las bolas de Adrien, la verdadera y la falsa; el guante crema manchado de barro; el guante auténtico de Baptiste; el fragmento de fotografía; y algunas bolas recuperadas de la caseta.
Al verlas juntas, el muchacho perdió parte del color que le quedaba.
—Reconozco que la composición resulta poco amable —dijo Delacroix.
—Parece un altar —murmuró Lucien.
—No. En un altar se sacrifica algo. Aquí intentamos averiguar quién lo hizo.
Marchand se sentó frente a él.
—Vamos a empezar de forma sencilla. ¿Tomó usted una bola de Adrien Marceau de la caseta del lago?
Lucien miró la mesa.
—Sí.
Marchand se quedó quieto.
—¿Cuándo?
—Hace tres días. Cuando fui a practicar junto al lago.
—Mintió antes.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque estoy acusado de suficientes cosas.
—Eso suele empeorar al mentir.
—Lo sé. Aún no he aprendido a salvarme con elegancia.
Delacroix se inclinó apenas hacia delante.
—¿Qué hizo con la bola?
Lucien cerró los ojos.
—La guardé.
—No la tiró al lago.
—No.
—¿Dónde la guardó?
—En mi habitación.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Marchand golpeó suavemente la mesa con la pluma.
—Monsieur Morel.
Lucien abrió los ojos.
—Porque era suya. Porque era ridículo. Porque yo ya sabía que era mi hermano y, aun así, no tenía nada suyo.
Nada que pudiera tocar sin pedir permiso.
Nada que no viniera con deuda. Cogí una bola perdida, una maldita bola de golf que él probablemente ni recordaba, y la guardé como si eso demostrara algo.
La confesión no sonó como defensa. Sonó como vergüenza infantil dicha demasiado tarde.
—¿La bola que tomó tenía línea roja? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Línea continua?
—Creo que sí.
Marchand señaló la bola falsa.
—¿Es esta?
Lucien la miró mucho tiempo.
—No lo sé.
—Mírela bien.
—No lo sé —repitió, más bajo—. Las bolas se parecen. La línea era roja. Estaba sucia. Yo la limpié.
—¿La usó para sustituir la bola de Adrien en el hoyo diecisiete?
—No.
—Pero pudo.
—Sí.
—¿Dónde está ahora esa bola?
Lucien tragó saliva.
—Desapareció.
Marchand se levantó.
—¿Desapareció?
—De mi habitación. Ayer por la noche, cuando fui a buscarla después de la muerte, ya no estaba.
—¿Después de la muerte quiso buscarla? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Por qué?
Lucien miró a Baptiste, que había sido traído y permanecía de pie cerca de la puerta.
—Porque cuando supe que había una bola falsa, pensé en la mía.
—Y no lo dijo.
—No.
—Porque si decía que había robado una bola de Adrien de la caseta…
—Todos me mirarían como me miran ahora.
—Tiene cierta lógica —dijo Delacroix—. Mala, pero humana.
Marchand se acercó a la puerta.
—Lefèvre, registre la habitación de monsieur Morel. Otra vez. Busque restos de barro, papeles, cuero, cualquier cosa relacionada con una bola marcada.
—Sí, brigadier.
El agente salió.
Lucien se hundió un poco en la silla.
—No la encontrarán.
—Eso ya lo ha dicho usted —respondió Marchand—. Y, como recomendación general, sus afirmaciones están perdiendo prestigio.
Delacroix tomó el fragmento de fotografía.
—¿Encontró esto en la caseta?
Lucien miró la imagen del brazo de Claire.
—No.
—¿Encontró una caja metálica?
El joven tardó.
—Sí.
—¿La abrió?
—Sí.
Madeleine había dicho que nadie sabía. Élodie sabía. Lucien también. La lista de posibles manos volvía a estrecharse y ensuciarse a la vez.
—¿Qué había dentro?
—Cartas. Una fotografía.
—¿La fotografía completa de Claire?
—Sí.
—¿La tomó?
—No.
—Pero la vio.
—Sí.
—¿Reconoció la mano de Savary?
—No al principio. Después, cuando todos hablaron del botón y del anillo, entendí.
—¿Por qué no lo dijo?
Lucien soltó una risa quebrada.
—Porque no quería admitir que había abierto una caja escondida en una caseta del lago tres días antes de que Adrien muriera.
Marchand respiró hondo por la nariz, como si estuviera contando hasta una cifra muy alta.
—¿Quién más pudo saber que usted la vio?
—Nadie.
—¿Seguro?
Lucien cerró los ojos.
—No.
Delacroix esperó.
—Cuando salí de la caseta, vi a alguien cerca del sendero.
—¿A quién?
—No lo sé.
—Otra vez no.