Capítulo 27 — Las cartas que no ardieron #2
—¿Por qué fue a verla?
Élodie miró hacia la ventana.
—Porque necesitaba saber que Adrien no era solo cruel conmigo.
Suena mezquino, lo sé. Pero cuando una vive con un hombre así, empieza a buscar pruebas de que no se está volviendo loca.
La fotografía era horrible. Y, al mismo tiempo, me alivió.
Había algo fuera de mí. Algo que demostraba que Adrien llevaba años dejando heridas a su paso y que yo no era simplemente una esposa débil, resentida o incapaz de comprender el carácter de un hombre brillante.
—No suena mezquino —dijo Madeleine, muy bajo.
Élodie no respondió.
Delacroix apoyó el bastón contra la silla.
—Entonces, además de usted, madame Vasseur, otra persona conocía el escondite.
—Sí —dijo Élodie.
Marchand la miró.
—Y esa persona era la esposa de la víctima.
—Sí.
—Con motivo suficiente para matarlo.
—Sí.
—Con acceso a sus cosas.
—Sí.
—Con conocimiento de la fotografía y de Claire.
—Sí.
Élodie no tembló. Cada sí fue una piedra colocada con cuidado.
—Pero no con conocimiento del golf —dijo Delacroix.
Ella se volvió hacia él.
—No juego. Eso no significa que sea ciega.
—Desde luego.
—Durante años acompañé a Adrien a torneos.
Oí hablar del hoyo diecisiete más veces de las que habría deseado.
Oí la campana. Oí a Baptiste tocarla dos veces.
Oí a Adrien burlarse de esa costumbre. Oí a Henri perder los nervios.
Oí a Lucien admirarlo. Oí a Renard explicar los horarios.
Oí a los hombres hablar del campo como si las mujeres fuéramos parte del mobiliario de terraza.
Madeleine la miró con una mezcla de miedo y admiración.
Élodie continuó:
—No sé jugar al golf, monsieur Delacroix. Pero sé escuchar cuando nadie cree que estoy escuchando.
La frase tuvo peso.
Delacroix no la contradijo.
—¿Tomó usted la fotografía de la caseta?
—No.
—¿Tomó una bola de Adrien?
—No.
—¿Escribió o vio la nota de Henri antes de que Adrien la leyera?
—No.
—¿Retiró la nota del chaleco de su marido después de la muerte?
Élodie tardó una fracción de segundo.
—No.
Delacroix la observó.
—Esa fue distinta.
—Porque estuve cerca del cuerpo. Podría haberlo hecho.
—¿Pero no lo hizo?
—No.
—¿Quién podría haberlo hecho delante de usted?
Élodie pensó.
—Savary. Baptiste. Renard se acercó bastante. Los agentes llegaron después. En ese caos, cualquiera con sangre fría.
—¿Y usted no tenía sangre fría?
La viuda lo miró con una calma casi perfecta.
—Monsieur Delacroix, llevo años casada con Adrien Marceau. No me insulte preguntando si tengo sangre fría. Pregúnteme si quería gastarla en él.
Madeleine bajó la vista.
Marchand dejó escapar un suspiro apenas audible. No de impaciencia. De reconocimiento.
Delacroix aceptó el golpe.
—Bien. ¿Quería?
Élodie se quedó callada.
El silencio fue largo.
—No lo sé —dijo al fin.
—Una respuesta honesta.
—Quería que se callara. Ya se lo dije. Quería que dejara de tocar cada herida para comprobar si seguía sangrando. Quería que no subiera a ese estrado, o a esa mesa, o donde demonios pensaba levantar la copa, para convertirnos a todos en parte de su último número.
—¿Sabía de la lista?
—No.
—¿Pero imaginaba algo parecido?
—Sí. Adrien estaba demasiado contento. Cuando Adrien estaba demasiado contento, alguien iba a sufrir.
—¿Y usted? —preguntó Marchand—. ¿Iba a sufrir más que los demás?
Élodie sonrió sin alegría.
—Siempre hay una pequeña competencia de dolor en estas situaciones, brigadier. No me interesa ganarla.
—Responda.
—Adrien pensaba separarse de mí y dejarme con menos de lo que me correspondía. Pensaba insinuar que yo era inestable. Quizá infiel. Quizá incapaz. No sé. Tenía abogados, frases y una facilidad repugnante para hacer que otros dudaran de mí antes de que yo abriera la boca. Sí. Iba a sufrir.
—¿Y eso bastaba para matarlo?
—Para desearlo muerto, sí. Para hacerlo, no lo sé.
—¿No lo sabe? —preguntó Marchand.
—No lo hice. Eso lo sé. Lo que no sé es qué parte de mí habría sido capaz de hacerlo si otra persona no se hubiese adelantado.
La frase dejó el salón azul en silencio.
Delacroix se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí se veía el jardín, no el campo. Un jardín ordenado, limpio, sin hoyos ni campanas. Los lugares donde las mujeres esperaban mientras los hombres competían solían parecer más tranquilos. A veces solo escondían otros tipos de violencia.
—La fotografía desapareció antes de esta mañana —dijo.
Madeleine levantó la cabeza.
—¿Cómo lo sabe?
—No lo sé. Lo deduzco. Si alguien la utilizó para fabricar el guante falso y plantar el fragmento, necesitó tiempo. No se improvisa una imitación de costura, barro, fotografía y puesta en escena en medio de la noche sin haber preparado antes al menos parte del material.
—Entonces alguien encontró mi escondite antes.
—Sí.
—¿Quién?
Delacroix miró a Élodie.
—Esa es una pregunta que acaba de volverse más interesante.
Élodie no apartó la mirada.
—No fui yo.
—Usted conocía el escondite.
—Sí.
—Y quizá Adrien también.
—Quizá.
—Si Adrien encontró la fotografía, pudo incluirla en su lista de amenazas.
Madeleine palideció.
—No aparecía como fotografía. Solo «cartas» junto a mi nombre. Y «lago» junto a Savary. «Hermana» junto a Marin.
—Adrien no necesitaba escribir todos los detalles. Le bastaba con saber qué palabra abría cada puerta.
Marchand se acercó a la mesa.
—Hay otra posibilidad. Madeleine va a buscar la fotografía esta mañana, no la encuentra, llora. Pero quizá ya la había retirado antes y está fingiendo.
Madeleine no se defendió.
Élodie sí.
—No.
—Madame Marceau.
—No. Madeleine puede ser cobarde. Puede ser sentimental. Puede guardar cartas durante veinte años como si fueran cilicios perfumados. Pero no fabricaría un guante para acusar a Baptiste.
Madeleine la miró.
—Gracias. Creo.
—No era un elogio.
—Lo sé.
Delacroix casi sonrió. Casi.
—Madame Vasseur —dijo—, cuando encontró la caja vacía esta mañana, ¿alguien más estaba cerca?
—No vi a nadie.
—¿Oyó algo?
—Pájaros. El agua. Quizá pasos.
—¿Pasos?
—No estoy segura. Al salir de la caseta creí oír alguien en el sendero. Me sequé la cara y caminé hacia el lago. No quería que nadie me viera llorando.
—Pero Lucien la vio.
—Sí. Aunque yo no lo vi.
—¿Los pasos venían del lago o del campo?
Madeleine cerró los ojos para recordar.
—Del campo. Creo.
—¿Hacia la campana?
—Quizá.
Marchand miró a Delacroix.
La palabra estaba prohibida por agotamiento, pero flotó igualmente.
—¿A qué hora fue eso? —preguntó el brigadier.
—Poco después de las seis.
—Muy anterior al crimen.
—Sí.
—Entonces alguien pudo tomar la fotografía de la caseta antes de esa hora, preparar el guante falso y usarlo por la noche.
Delacroix asintió.
—O alguien pudo tomarla mucho antes y dejar la caja vacía para que Madeleine, si volvía, comprendiera que ya no controlaba ese fragmento del pasado.
—Adrien —dijo Élodie.
—Adrien, quizá. O alguien que había aprendido de él.
El silencio que siguió hizo que el nombre no pronunciado se volviera visible.
Lucien.
Madeleine lo entendió.
—El muchacho.
—Estuvo en la caseta hace unos días —dijo Delacroix—. Vio las bolas. Pudo ver la caja. Pudo tomar una bola. Pudo encontrar la fotografía.
—¿Por qué haría eso? —preguntó Élodie.
—Porque Adrien lo había enseñado a coleccionar debilidades.
—Lucien no es Adrien.
—No. Pero los monstruos, madame, no siempre dejan discípulos que se les parezcan por completo. A veces basta con enseñarles el método.
Madeleine se levantó.
—No.
—¿No?
—Lucien está asustado. Herido. Humillado. Pero no creo que haya hecho esto.
—¿Por qué?
—Porque lo vi mirar a Adrien durante años. No lo miraba como se mira a alguien a quien se quiere matar. Lo miraba como se mira a alguien de quien todavía se espera una absolución.
Delacroix sostuvo la mirada de Madeleine.
—A veces, cuando la absolución no llega, uno descubre que quería otra cosa.
Madeleine no respondió.
Élodie se acercó a la ventana, junto a él.
—¿Cree que fue Lucien?
Delacroix no contestó enseguida.
Pensó en el joven leyendo en la biblioteca.
En su origen secreto. En su frase sobre pertenecer a alguien.
En la bola lanzada al lago, según él. En su presencia en la caseta.
En su conocimiento de Baptiste. En su declaración contra Madeleine, verdadera o útil.
En Adrien sonriendo no solo hacia Henri, sino quizá hacia el muchacho al que había convertido en discípulo, espía, hermano negado y amenaza.
—Creo que Lucien tenía la inteligencia suficiente para hacerlo —dijo.
—Eso no responde.
—Y el dolor suficiente para desearlo.
—Tampoco.
—Y quizá la vanidad suficiente para creer que podía controlar la historia después.
Élodie cerró los ojos.
—Eso sí responde.
Madeleine se dejó caer de nuevo en la silla.
—Pobre chico.
Marchand la miró con dureza.
—Un hombre ha muerto.
—Lo sé.
—No empiece con pobre chico.
Madeleine levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos, pero no débiles.
—Brigadier, en este club se puede ser culpable y pobre al mismo tiempo. De hecho, sospecho que casi todos hemos sido ambas cosas en distinto orden.
Marchand no respondió.
Delacroix caminó hacia la puerta.
—Necesitamos volver a hablar con Lucien.
Élodie lo detuvo con una pregunta:
—¿Y conmigo?
Delacroix se volvió.
—¿Qué ocurre con usted?
—También conocía la fotografía. También conocía a Adrien. También quería impedir su discurso. También podía escuchar sin ser vista. No me aparte de la lista solo porque Lucien parezca más interesante.
Delacroix la miró con una atención sobria.
—No la aparto, madame. Solo le concedo el dudoso privilegio de esperar su turno.
Élodie asintió.
—Eso suena bastante justo.
—No se acostumbre. La justicia suele llegar peor vestida.
Salió del salón azul con Marchand. En el pasillo, el brigadier cerró la puerta y se quedó unos segundos en silencio.
—Madeleine escondió la fotografía. Élodie sabía dónde. Lucien pudo encontrarla. Adrien quizá también. La caseta tiene bolas, cuero, agujas y acceso al sendero. Este caso se ha convertido en una maldita tienda de disfraces.
—No de disfraces —dijo Delacroix—. De herencias.
—¿Herencias?
—Sí. Cada uno ha heredado algo de Valombre. Silencio, miedo, culpa, crueldad, método.
—¿Y Lucien?
Delacroix miró hacia la biblioteca.
—Lucien quizá heredó lo peor de Adrien sin llevar su apellido.
Marchand suspiró.
—Vamos a verlo.
—Sí.
—¿Y si no fue él?
Delacroix empezó a caminar.
—Entonces alguien ha hecho un trabajo admirable para que por fin creamos que no estamos mirando a Baptiste.
—Eso sería muy retorcido.
—Brigadier, estamos en un club donde un trofeo casi recibió más atención que una muchacha ahogada. La línea de lo retorcido quedó atrás hace varios hoyos.