Capítulo 27 — Las cartas que no ardieron
Madeleine Vasseur estaba en el salón azul.
El nombre de la estancia era generoso. Azul había sido quizá en otro siglo, cuando las telas no habían perdido color y los hombres que elegían nombres para las habitaciones aún confiaban en que las cosas permanecieran donde uno las dejaba.
Ahora el salón tenía un tono indefinido, entre el gris, el humo y una nostalgia cara.
Las cortinas estaban medio corridas, la chimenea apagada y una mesa baja sostenía una bandeja de té que nadie había tocado.
Madeleine se hallaba sentada junto a la ventana.
No parecía sorprendida de ver entrar a Delacroix y al brigadier Marchand. Tampoco pareció sorprendida cuando, detrás de ellos, apareció Élodie Marceau. La viuda no había sido invitada. Eso, naturalmente, no le había impedido acudir.
—Madame Marceau —dijo Marchand—, preferiría hablar primero a solas con madame Vasseur.
—Y yo preferiría que mi marido no hubiera muerto en un campo de golf. Todos estamos haciendo concesiones, brigadier.
Madeleine miró a Élodie con una mezcla de cansancio y afecto herido.
—Está bien. Puede quedarse.
Marchand no parecía satisfecho, pero aceptó. A esas alturas, oponerse a las mujeres de Valombre requería más energía de la que él estaba dispuesto a invertir sin una orden judicial y una buena silla.
Delacroix tomó asiento frente a Madeleine. Marchand permaneció de pie junto a la chimenea. Élodie se quedó cerca de la puerta, como si no quisiera admitir del todo que estaba allí por protección, curiosidad o miedo.
Quizá por las tres cosas.
—Monsieur Morel dice que la vio salir de la caseta del lago esta mañana temprano —dijo Delacroix.
Madeleine cerró los ojos.
No fue sorpresa.
Fue confirmación.
—Sí.
Élodie se irguió.
—Madeleine.
—No empieces, Élodie.
—¿Fuiste a la caseta?
—Sí.
—¿Por qué?
Madeleine abrió los ojos y miró a Delacroix.
—Supongo que esa era su pregunta.
—Una de ellas.
—Fui por una fotografía.
Marchand dejó de apoyarse en la chimenea.
—¿La fotografía arrancada del álbum?
—No. La fotografía completa.
El salón azul pareció volverse más estrecho.
Delacroix no se movió.
—Explíquese.
Madeleine apoyó las manos sobre el regazo. Tenía dedos largos, finos, sin anillos llamativos. Manos de mujer que había escrito muchas cartas y había roto pocas. O quizá demasiadas.
—Hace años encontré una copia de aquella fotografía. La de Claire junto al embarcadero. La que mostraba a un hombre sujetándola del brazo.
—¿Dónde la encontró?
—Entre papeles de Adrien.
Élodie bajó la mirada.
—Naturalmente —murmuró.
Madeleine siguió:
—No era la fotografía original del álbum. Era una copia pequeña, quizá encargada por Adrien, quizá robada del archivo antes de que alguien arrancara la otra. No lo sé. La encontré dentro de una caja con cartas. Creí que Adrien la guardaba por miedo.
—Adrien no guardaba cosas por miedo —dijo Élodie—. Las guardaba por placer.
Madeleine asintió, con tristeza.
—Lo entendí tarde.
Delacroix cruzó las manos sobre el bastón.
—¿Qué hizo con esa fotografía?
—La robé.
Marchand levantó una ceja.
—¿A Marceau?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años. Después de recibir una de sus cartas. La carta sobre Claire. La que les entregué ayer. Fui a verlo para pedirle que dejara de escribirme. Discutimos. Él salió un momento. Vi la caja abierta. Encontré la fotografía. La tomé.
—¿Por qué?
Madeleine respiró hondo.
—Porque era lo único que probaba que Claire no había estado sola.
—¿La entregó a la justicia?
Ella sonrió con una amargura que apenas movió la boca.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no se veía el rostro del hombre.
—Pero sí el anillo de Savary.
—Sí.
Marchand endureció el gesto.
—Eso podía haber servido.
—Podía. También podía no haber servido para nada y destruirme a mí antes de rozarlos a ellos. Yo era joven. Estaba casada. Había sido amante de Adrien. Tenía cartas que podían mancharme. Tenía un marido que habría preferido verme culpable antes que humillado. Tenía miedo.
—Todos tenían miedo —dijo Élodie, en voz baja.
Madeleine la miró.
—Sí. Y todos hicimos con ese miedo algo bastante repugnante.
Delacroix no suavizó el silencio.
—¿Dónde guardó la fotografía?
—En la caseta del lago.
Marchand parpadeó.
—¿Por qué allí?
—Porque no podía tenerla en mi casa. Adrien podía sospechar.
Mi marido podía encontrarla. Aquí, en cambio, entre herramientas y objetos olvidados, parecía segura.
Absurdo, lo sé. Pero durante un tiempo tuve la idea ridícula de que las pruebas, si se dejaban cerca del lugar de la culpa, conservaban algún tipo de fuerza.
—No es la idea más absurda que he oído en Valombre —dijo Delacroix.
—La escondí en una caja metálica, detrás de un estante de la caseta. Nadie iba allí salvo el personal del campo. O eso creí.
—¿Y volvió a buscarla esta mañana?
—Sí.
—¿Por qué precisamente hoy?
Madeleine bajó la mirada.
—Porque Adrien vino a verme antes de la última jornada.
Élodie se apartó de la puerta.
—¿Cuándo?
—Muy temprano. Antes del desayuno. Me dijo que sabía que yo había conservado cosas. Cartas, recuerdos, pequeñas reliquias sentimentales. Lo dijo así. Reliquias. Como si mi vergüenza fuera un objeto de devoción.
—¿Mencionó la fotografía?
—No directamente. Pero habló de Claire. De Savary. Del lago. Dijo que quizá ya era hora de que todos los fantasmas del club salieran a tomar un poco de sol.
Delacroix sintió que la frase encontraba su lugar junto a la lista de Adrien.
—¿Le habló del discurso tras la Copa?
—Sí.
—¿Qué le dijo?
—Que, cuando ganara, iba a brindar por Valombre. Por sus viejas tradiciones, por sus silencios, por las personas que sabían mantener la elegancia incluso cuando la verdad tenía barro en los zapatos.
—Un encanto de hombre —dijo Marchand.
—Adrien disfrutaba más preparando una frase cruel que otros preparando una boda —dijo Élodie.
Madeleine asintió.
—Creí que sabía lo de la fotografía. Creí que iba a mencionarla, quizá a usarla, quizá a acusarme de haberla robado. No sé. Me asusté.
—Y fue a la caseta.
—Sí.
—¿La encontró?
Madeleine tardó demasiado.
—No.
Marchand se acercó.
—¿No estaba?
—No.
—¿La caja metálica?
—Sí estaba. Vacía.
Élodie cerró los ojos.
—Madeleine…
—Fui hasta allí al amanecer —continuó Madeleine—. Abrí la caseta con una llave vieja que conservaba desde hacía años. La caja estaba detrás del estante, donde la había dejado. Pero la fotografía ya no estaba. Solo quedaban algunas cartas mías.
Delacroix alzó ligeramente la cabeza.
—¿Cartas suyas?
—Copias. No todas. Dos o tres. Cartas antiguas a Adrien. Supongo que las guardé junto a la fotografía porque eran parte de la misma vergüenza. O porque una no siempre separa bien las pruebas del castigo que cree merecer.
—¿Qué hizo con esas cartas?
Madeleine miró hacia la chimenea apagada.
—Las quemé.
Marchand cerró los ojos.
—Por supuesto que las quemó.
—No eran relevantes.
—En este club, madame, cada vez que alguien decide lo que no es relevante, aparece una prueba nueva con barro.
Madeleine aceptó el reproche sin defenderse.
—Lo sé.
Delacroix la observó.
—Lucien Morel dice que usted salió llorando.
—Sí.
—¿Por la fotografía perdida?
—Por todo. Por Claire. Por Adrien. Por mí.
Por haber guardado una prueba durante años y descubrir, justo cuando quería usarla o destruirla, ya no lo sé, que alguien la había tomado antes.
Lloré porque comprendí que ni siquiera mi cobardía me pertenecía del todo.
Alguien había entrado en ella y se había servido.
La frase era demasiado sincera para ser cómoda.
Marchand anotó.
—¿Quién sabía que la fotografía estaba en la caseta?
—Nadie.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Madame Vasseur.
—Nadie que yo sepa —corrigió.
—¿Adrien?
—Quizá. Si notó que se la robé, tal vez. Pero nunca me lo dijo de forma clara.
—¿Baptiste?
—No.
—¿Renard?
—No.
—¿Savary?
—No.
—¿Lucien?
—No.
Élodie habló desde la puerta:
—Yo lo sabía.
Madeleine se volvió hacia ella con una expresión de dolor puro.
—Élodie.
Marchand cerró la libreta despacio.
—Madame Marceau.
Élodie entró unos pasos en la habitación. Ya no parecía una viuda defendiendo su espacio. Parecía una mujer que acababa de decidir que el silencio no era refugio sino habitación en llamas.
—Lo sabía —repitió—. Madeleine me lo contó.
—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.
—Hace dos años.
Madeleine bajó la cabeza.
—No quería hacerlo.
—Pero lo hiciste —dijo Élodie—. Y te lo agradecí, aunque jamás lo pareciera.
Delacroix miró de una a otra.
—Cuéntenlo.
Élodie se sentó por fin, no junto a Madeleine, sino frente a Delacroix. La postura tenía algo de rendición y de desafío.
—Adrien me había humillado durante una cena. No de una forma extraordinaria. Solo una de esas pequeñas crueldades que los demás podían confundir con un comentario brillante si bebían lo suficiente. Madeleine me encontró después en la galería. Yo estaba llorando. Ella me habló de Claire.
—¿Por qué?
Madeleine respondió:
—Porque vi en Élodie una expresión que había visto antes.
—¿Cuál?
—La de una mujer que empieza a creer que el problema es ella por no saber soportar bien la crueldad de un hombre encantador.
Élodie no la miró, pero sus dedos se cerraron sobre el borde de la silla.
—Me contó que Adrien había estado implicado en la muerte de una muchacha. Me habló de la carta. De la fotografía. De Savary. Del lago. No todo con precisión. No creo que ninguna de las dos estuviera en condiciones de ser precisa.
—¿Y la caseta? —preguntó Marchand.
—Me dijo que la fotografía estaba escondida cerca del lago. No me dijo exactamente dónde al principio. Después sí.
—¿Fue usted a verla?
Élodie guardó silencio.
Madeleine cerró los ojos.
—Sí —dijo Élodie.
—¿Cuándo?
—Hace un año.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Vio la fotografía?
—Sí.
—¿La dejó allí?
—Sí.
—¿Está segura?
La viuda sostuvo la mirada de Marchand.
—Si la hubiera tomado, no estaría aquí fingiendo que no.
—La gente finge cosas más absurdas.
—Yo también. Pero no esa.
Delacroix intervino con suavidad: