Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 26 — El hijo sin apellido #2
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Capítulo 26 — El hijo sin apellido #2

Marchand hizo un gesto al agente, que dio un paso hacia él.

—Siéntese —ordenó el brigadier.

Lucien obedeció, aunque temblaba.

—No maté a Adrien.

—Esa frase no basta —dijo Marchand.

—Ya lo sé. Lo he oído desde ayer con distintos acentos.

—Entonces ayude a que sirva de algo.

Lucien respiró hondo. Miró a Delacroix, luego a Baptiste, luego a Gérard.

—Vi a alguien en la caseta.

Delacroix no se movió.

—¿Cuándo?

—La mañana del crimen.

Marchand golpeó la libreta con la pluma.

—¿Y lo dice ahora?

—No sabía que importaba.

Baptiste soltó una risa seca.

Lucien cerró los ojos.

—Sí. Ya sé cómo suena.

—Suena a Valombre —dijo Baptiste.

El joven abrió los ojos, herido.

—Fui al lago antes del desayuno. No podía dormir. Caminé. Pasé cerca de la caseta. La puerta estaba entreabierta.

—¿A qué hora? —preguntó Marchand.

—Muy temprano. Poco después de las seis.

—¿Quién estaba?

Lucien dudó.

—Madeleine Vasseur.

El nombre cayó de forma inesperada.

Delacroix sintió que la biblioteca entera cambiaba de eje.

—¿Madame Vasseur? —preguntó Marchand.

—Sí.

—¿Dentro de la caseta?

—No exactamente. Salía de allí.

—¿Con algo?

—No lo vi bien. Llevaba guantes y una especie de pañuelo o bolsa pequeña.

—¿La saludó?

—No. Me escondí.

—¿Por qué?

Lucien sonrió con vergüenza.

—Porque estaba llorando.

—¿Usted?

—Ella.

Silencio.

—Madeleine salía de la caseta llorando —repitió Delacroix.

—Sí.

—¿Hacia dónde fue?

—Hacia el lago. Luego al club por el sendero lateral.

—¿Lo dijo a alguien?

—No.

—¿Por qué?

—Porque pensé que estaba allí por Adrien. Por las cartas. Por… no sé. Madeleine y Adrien tenían historia. No quería meterme.

—En Valombre nadie quiere meterse —dijo Marchand—. Y, sin embargo, todos parecen estar metidos hasta el cuello.

Delacroix se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí se veía una franja del jardín, luminosa, tranquila. El nombre de Madeleine abría una puerta distinta.

Madeleine conocía a Adrien, conocía la muerte de Claire, conservaba cartas, podía tener acceso emocional al pasado. Pero ¿conocía la caja de bolas? ¿El guante? ¿La campana? Menos que otros. Sin embargo, si había estado en la caseta la mañana del crimen, la reconstrucción cambiaba.

—¿Pudo confundirla? —preguntó.

Lucien negó.

—No.

—¿Seguro?

—Era ella. Llevaba un pañuelo oscuro en el cabello. La vi de perfil.

—¿A qué distancia?

—Unos veinte metros.

—¿La vio entrar en el club?

—No. Solo alejarse.

—¿Qué hizo usted?

—Me quedé un rato junto al lago. Después volví por la terraza.

—¿Alguien puede confirmar ese paseo?

—No lo sé.

—Naturalmente.

Lucien se apoyó en el respaldo de la silla.

—No inventaría esto ahora si quisiera defenderme. Solo empeora las cosas.

—A veces una verdad que acusa a otro es la mejor defensa disponible —dijo Marchand.

—Lo sé. Pero es verdad.

Delacroix lo observó con atención. Lucien podía estar desviando la sospecha.

También podía haber callado por miedo y vergüenza.

Y Madeleine, hasta ahora, había sido una mujer de cartas, no de campo.

Pero había pasado años alrededor de Valombre.

Había conocido sus rincones como se conocen los lugares donde uno ha sufrido demasiado: no por mapas, sino por heridas.

—Una pregunta más —dijo Delacroix.

Lucien se tensó.

—¿Sí?

—Cuando Adrien leyó la nota en el vestíbulo y sonrió, ¿a quién cree ahora que miró?

El joven tardó.

—A mí.

Henri, que había permanecido en silencio junto al agente, levantó la cabeza.

—¿Qué?

Lucien no lo miró.

—Anoche creía que miraba a Henri. Pero al repetir la escena… no lo sé. Adrien sabía que yo miraba. Siempre sabía cuándo lo miraba. Sonrió como si la nota fuera de Henri, sí. Pero después levantó los ojos y me buscó a mí. Estoy seguro.

—¿Por qué? —preguntó Marchand.

Lucien se tocó el pecho con dos dedos, casi sin darse cuenta.

—Porque quería que supiera que seguía teniendo el control.

Delacroix se acercó a la mesa y tomó la lista de Adrien. La abrió en silencio.

Henri: bola.

Madeleine: cartas.

Lucien: padre.

Élodie: abogado.

Savary: lago.

Marin: hermana.

Renard: archivo.

—Adrien tenía una lista de personas a las que pensaba recordar su lugar —dijo.

—Sí —respondió Lucien.

—Usted ocupaba el tercer lugar.

—Eso no significa nada.

—Al contrario. En una lista de Adrien Marceau, el orden casi siempre significaba algo.

Lucien cerró los ojos.

—Henri primero porque era su rival. Madeleine porque le preocupaban las cartas. Yo… yo porque era fácil.

—O porque era el verdadero golpe —dijo Delacroix.

El joven abrió los ojos.

—¿Qué?

—Henri era la humillación deportiva. Madeleine, la sentimental. Pero usted era algo más íntimo. Un hijo del conde Marceau sin apellido Marceau. Un recordatorio de que la pureza familiar de Adrien tenía una mancha anterior incluso a sus propias crueldades.

Lucien se quedó quieto.

—Adrien no iba a destruirlo solo a usted —continuó Delacroix—. Iba a ridiculizar la memoria de su padre. Y quizá eso lo enfadaba más que su propio secreto.

Lucien se puso en pie otra vez, esta vez más lentamente.

—No hable de mi padre.

—Adrien sí iba a hacerlo.

—Adrien no tenía derecho.

—Casi nadie en este club parece haber tenido derecho a lo que hizo.

El joven respiraba con dificultad.

—Yo no lo maté.

—Puede que no.

—No.

—Pero lo odiaba de una manera distinta.

Lucien lo miró con ojos brillantes.

—Sí.

La palabra salió sin defensa.

—Lo odiaba porque era mi hermano y me trataba como un perro agradecido.

Lo odiaba porque tenía el apellido que mi madre se pasó la vida evitando pronunciar.

Lo odiaba porque, cuando me miraba, no veía un rival ni un discípulo.

Veía una broma de su padre. Una broma que podía entrenar, vestir, exhibir y esconder cuando dejara de divertirle.

La confesión dejó a la biblioteca en silencio.

Incluso Marchand tardó un momento en escribir.

Lucien se sentó otra vez. Parecía haberse vaciado un poco.

—Pero no lo maté.

Delacroix asintió despacio.

—Entonces necesitaremos hablar con madame Vasseur.

El joven cerró los ojos, quizá aliviado, quizá derrotado.

Marchand ordenó a un agente que lo mantuviera allí, vigilado. Henri fue retirado de nuevo. Paul también. Gérard salió primero, con el rostro sombrío. Baptiste se quedó un momento más.

—Monsieur Morel —dijo el caddie.

Lucien levantó la vista.

—Sí.

—Si miente sobre Madeleine para salvarse, lo sabré.

—No miento.

—Eso espero.

—¿Por qué le importa?

Baptiste miró hacia la puerta.

—Porque en este club, cuando alguien quiere salvarse, casi siempre empuja a otro hacia el lago.

No esperó respuesta.

Salió.

Delacroix lo siguió con Marchand. En el pasillo, el brigadier se detuvo.

—Madeleine en la caseta.

—Sí.

—Lucien como hijo del conde Marceau.

—Sí.

—Una bola robada, quizá tirada al lago.

—Quizá.

Marchand lo miró con una advertencia silenciosa.

Delacroix levantó las manos.

—Lo siento. Digamos: una bola robada según él para tirarla al lago.

—¿Le cree?

—Le creo la emoción. No necesariamente el hecho.

—¿Y lo de Madeleine?

Delacroix miró hacia el corredor que llevaba al salón donde las mujeres esperaban bajo vigilancia.

—Lucien acaba de acusarla cuando la sospecha empezaba a cerrarse sobre él. Eso lo vuelve sospechoso. Pero el detalle del llanto…

—¿Qué?

—Un mentiroso suele inventar una imagen útil. Madeleine saliendo de la caseta llorando no es útil. Es incómoda, imprecisa y humana.

—Entonces puede ser verdad.

—Sí.

—¿Y si es verdad?

Delacroix pensó en Madeleine Vasseur, en las veintisiete cartas, en la fotografía mutilada, en el pasado de Adrien, en una mujer que había amado a un monstruo antes de reconocerlo como tal y quizá había pasado media vida castigándose por no haber gritado a tiempo.

—Entonces la mañana del crimen empezó mucho antes de la nota de Henri.

—¿En la caseta?

—No.

Delacroix miró hacia el fondo del pasillo, donde una ventana dejaba ver una línea de sol sobre el suelo.

—En una mujer que quizá fue a despedirse de una prueba antes de que otro la usara.

Marchand suspiró.

—Eso ha sonado poético.

—Me temo que sí.

—¿Y útil?

Delacroix caminó hacia el salón.

—Eso vamos a averiguarlo.