Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 26 — El hijo sin apellido
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Capítulo 26 — El hijo sin apellido

Lucien Morel los esperaba en la biblioteca.

Esta vez sí leía.

O, al menos, sostenía un libro abierto con suficiente convicción como para fingirlo.

Delacroix pensó que era un progreso curioso.

La noche anterior, el muchacho no había sabido qué hacer con el cuerpo; aquella mañana, en cambio, ya había encontrado una postura.

Eso no lo volvía culpable. Solo lo volvía más peligroso.

La inocencia, cuando se ve acorralada, suele desordenarse.

La culpa inteligente aprende rápido a sentarse derecha.

Lucien levantó la mirada cuando entraron. Primero vio a Marchand. Después a Delacroix. Luego a Gérard Lenoir y Baptiste Marin, que venían detrás bajo vigilancia. Al reconocer al encargado del campo, algo en su rostro se tensó.

Muy poco.

Lo suficiente.

—Monsieur Morel —dijo Marchand—, necesitamos hablar otra vez.

Lucien cerró el libro con cuidado.

—Empiezo a sospechar que aquí nadie necesita hablar. Solo turnarse para confesar algo.

—Hoy le toca a usted —dijo Delacroix.

El joven palideció, aunque intentó convertirlo en una sonrisa.

—Qué alentador.

La biblioteca parecía más pequeña que la noche anterior.

Quizá porque la luz de la mañana, entrando por los ventanales, no dejaba espacio a la imaginación.

Las estanterías, los retratos, la mesa redonda, las lámparas verdes, el globo terráqueo: todo tenía un aire de decorado agotado.

Incluso los libros parecían cansados de fingir cultura en un sitio donde la verdad había sido tan maltratada.

Marchand se sentó frente a Lucien. Delacroix permaneció de pie. Gérard se quedó junto a la puerta, con los brazos cruzados. Baptiste, a un lado, no miraba a Lucien. Eso, en él, era casi una acusación.

—Estuvo usted en la caseta del lago hace unos días —dijo Marchand.

Lucien no respondió de inmediato.

—Sí.

—No lo mencionó.

—Nadie me preguntó por mis paseos.

—Tampoco por sus mentiras, y han ido apareciendo solas.

El joven bajó la vista hacia sus manos.

—Fui a entrenar.

—¿Por orden de Marceau?

Lucien levantó la cabeza.

—Por consejo.

—Qué palabra tan amable para Adrien.

—Me dijo que practicara desde terreno húmedo. Que en Valombre los jugadores mediocres perdían golpes no por falta de talento, sino por falta de humildad ante el suelo.

—Una frase casi útil —dijo Delacroix—. Qué raro en él.

Lucien lo miró.

—Adrien sabía mucho de golf.

—Y de suelos donde otros podían hundirse.

El joven tragó saliva.

Marchand apoyó la libreta sobre la mesa.

—En esa caseta había una caja con bolas perdidas. Varias marcadas por Adrien Marceau.

—No lo sabía.

Gérard soltó una risa breve.

Lucien se volvió hacia él.

—¿Qué?

—La viste.

—Vi una caja. No revisé las bolas.

Gérard dio un paso.

—Mentira.

El aire de la biblioteca cambió.

Marchand levantó la mano.

—Monsieur Lenoir.

—Lo vi coger una —dijo Gérard, sin apartar la vista de Lucien—. Una bola con línea roja. La levantó, la miró y dijo que Adrien dejaba incluso sus desperdicios marcados como propiedad.

Lucien se puso muy pálido.

Delacroix no se movió.

—Una frase bastante memorable —dijo.

—Yo… —Lucien abrió la boca, la cerró, volvió a empezar—. Fue una tontería.

—Las tonterías son la infancia de los delitos —dijo Marchand—. Conviene atenderlas antes de que crezcan.

—No robé nada.

Gérard frunció el ceño.

—Te la metiste en el bolsillo.

—Y luego la dejé.

—¿Dónde?

Lucien tardó.

—En la misma caja.

—No —dijo Gérard—. Cuando revisé después, faltaba una.

Marchand miró al joven.

—Monsieur Morel.

—La tiré.

—¿Dónde?

—Al lago.

Baptiste levantó la vista por primera vez.

—¿Por qué?

Lucien sostuvo su mirada apenas un segundo antes de apartarla.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—Porque estaba harto —dijo Lucien, de golpe—. Porque llevaba semanas respirando Adrien en cada rincón. Sus frases, sus consejos, sus amenazas, sus marcas en las bolas, sus iniciales en los palos, su nombre en la pizarra. Cogí una de sus bolas y la lancé al lago. Eso es todo.

—¿Cuándo? —preguntó Marchand.

—Hace tres días.

—¿Quién lo vio?

—Nadie.

—Conveniente.

—¡No maté a nadie por tirar una bola al agua!

—No —dijo Delacroix—. Pero acaba de admitir que supo dónde encontrar bolas de Adrien fuera de su bolsa.

Lucien se quedó quieto.

La frase había hecho su trabajo con precisión. No lo condenaba, pero retiraba una de sus paredes.

—No usé ninguna bola —dijo.

—No hemos llegado aún a ese punto.

—Todos han llegado ya.

Baptiste habló con voz baja:

—No todos.

Lucien lo miró, sorprendido.

El caddie no añadió nada.

Delacroix se sentó al fin. Cuando lo hizo, la conversación pareció volverse más estrecha.

—Hablemos de su padre.

Lucien cerró los ojos.

—No.

—Sí.

—No tiene relación.

—Monsieur Morel, si cada persona que ha dicho eso en Valombre tuviera razón, Adrien Marceau habría muerto de aburrimiento y no de un golpe en la sien.

Marchand se inclinó hacia delante.

—Dijo usted anoche que Adrien lo chantajeaba con su origen.

Lucien abrió los ojos. Había miedo en ellos, pero también una rabia que ya no encontraba dónde esconderse.

—No era chantaje.

—Curiosa epidemia de gente atrapada por Adrien y empeñada en protegerle el vocabulario —dijo Delacroix.

—Era… control.

—Mejor.

—Adrien sabía quién era mi padre. Lo sabía desde antes de acercarse a mí. Yo creí que me había elegido por talento. Qué idiotez, ¿no? El gran Adrien Marceau fijándose en el chico prometedor del club, aconsejándolo, ayudándolo, presentándolo a gente.

Se rio con una amargura joven, todavía demasiado viva.

—No me eligió. Me encontró.

Delacroix sostuvo su mirada.

—¿Quién era?

Lucien no respondió.

Marchand esperó.

Gérard, junto a la puerta, bajó la vista. Baptiste permaneció inmóvil.

—El conde Marceau —dijo Lucien al fin.

El nombre quedó suspendido en la biblioteca con una violencia silenciosa.

Marchand dejó de escribir.

Delacroix no se sorprendió del todo. Había esperado un apellido importante. Pero aun así, la pieza tenía un filo nuevo al encajar.

—El padre de Adrien —dijo.

Lucien asintió.

—También el mío.

Nadie habló durante varios segundos.

Desde fuera llegó el ruido lejano de un plato en el comedor. Una vida menor insistiendo en continuar.

—Adrien era su hermano —dijo Marchand.

—Medio hermano. Según él, eso era importante. Decía que la sangre, cuando no pasaba por el altar, se quedaba a mitad de camino.

Baptiste apretó la mandíbula.

Lucien lo vio y sonrió sin alegría.

—Sí. Una frase encantadora. Adrien tenía muchas.

Delacroix cruzó las manos sobre el bastón.

—¿Su madre trabajó para la familia Marceau?

—Sí. Antes de casarse con Morel. Antes de tenerme.

O, mejor dicho, antes de fingir que otro hombre me había tenido.

El conde la ayudó durante años. Dinero discreto.

Pagos. Una casa pequeña. Estudios. Mi madre decía que era por bondad de una antigua familia.

Yo era niño. Los niños creen cosas peores.

—¿Cuándo lo supo Adrien?

—No lo sé. Quizá siempre. Quizá lo descubrió entre los papeles de su padre. Quizá alguien se lo dijo. Lo importante es que, cuando me lo dijo a mí, ya lo tenía todo preparado.

—¿Qué quería de usted?

Lucien se encogió de hombros.

—Obediencia. Admiración. Utilidad. Lo que Adrien quería siempre, pero con una gracia añadida: podía recordarme que yo no era nadie sin su silencio.

Si decía la verdad, mi madre quedaría como amante pagada.

Mi apellido legal quedaría como una broma.

La familia Marceau me negaría. Los socios me mirarían como miran aquí a los accidentes: con pena decorativa y alivio de que no les haya ocurrido a ellos.

—¿Y si callaba?

—Si callaba, Adrien me protegía. Me presentaba. Me dejaba estar cerca. Me prestaba un poco de su luz, como si uno pudiera calentarse con el incendio que lo amenaza.

Delacroix observó al joven con interés. En aquella frase había dolor real. Pero también algo más. Un eco de Adrien. Una elegancia herida. Una forma de decir la verdad de manera que siguiera resultando bella.

Los discípulos se reconocen incluso cuando odian al maestro.

—La lista de Adrien llevaba junto a su nombre la palabra «padre» —dijo Marchand.

Lucien cerró los puños.

—Sí.

—Iba a usarlo en el discurso.

—Sí.

—¿Lo sabía?

—No. Lo temía.

—¿Cuándo empezó a temerlo?

—Cuando le dije que quería alejarme de él. Cuando le dije que prefería perder sin él a ganar bajo su mano. Adrien sonrió y dijo que eso era muy noble para alguien que había nacido gracias a una mano ajena.

—¿Quiso matarlo entonces? —preguntó Delacroix.

Lucien lo miró.

Esta vez no respondió enseguida.

—Sí.

Marchand anotó.

—¿Y esta mañana?

—También.

—¿En el vestíbulo, cuando leyó la nota de Henri?

Lucien se quedó quieto.

—Yo no sabía que la nota era de Henri.

—Pero vio que Adrien sonrió.

—Sí.

—Y creyó que la nota podía alterar el torneo.

—Sí.

—Y pensó en tocar su bolsa.

Lucien bajó la cabeza.

—Sí.

—Y había estado en la caseta donde se guardaban bolas perdidas de Adrien.

—Sí.

—Y conocía que Baptiste solía tocar dos veces la campana.

—Sí.

—Y sabía lo bastante de Claire para comprender que, si aparecía un guante con barro y una fotografía, todos mirarían hacia Baptiste.

El joven levantó la cabeza de golpe.

—No.

—¿No qué?

—No habría hecho eso.

Baptiste lo miró.

—¿Por qué?

La pregunta salió del caddie como una piedra.

Lucien tragó saliva.

—Porque ya lo habían hecho bastante.

—¿Quiénes?

—Todos.

Baptiste sostuvo su mirada durante un segundo largo.

—Eso es una respuesta bonita.

—Es verdad.

—A veces son lo contrario.

Lucien no supo qué contestar.

Delacroix intervino:

—¿Cogió usted cuero o material de la caseta?

—No.

—¿Agujas?

—No.

—¿Vio la reparación de los guantes de Baptiste?

—Sí. Muchas veces.

—¿Pudo imitarla?

—No sé coser.

—La imitación era mala.

Lucien palideció de ira.

—No hice ese guante.

—No he dicho que lo hiciera.

—Pero lo está dejando caer.

—Estoy dejando caer varias cosas. Me interesa ver cuál recoge.

El joven se levantó.