Capítulo 25 — El instante de la bolsa #3
Delacroix recordó la llave de la caseta del lago en la pared del despacho de Renard. Recordó también la supuesta ventana que Gérard debía revisar, las mantas, los recados cruzados, las órdenes que parecían venir de un sitio y nacían en otro.
—Vayamos a la caseta —dijo.
—Ahora sí volvemos al lago —murmuró Marchand.
—No al lago —respondió Delacroix—. A lo que Valombre deja cerca del lago para no tener que llevarlo dentro.
Salieron del vestíbulo con un grupo reducido: Marchand, Delacroix, Lefèvre, Gérard, Renard y Baptiste.
Los demás quedaron bajo vigilancia. Élodie quiso acompañarlos, pero Marchand se negó.
Ella no insistió; solo miró a Delacroix con una expresión que parecía decir que ya estaba demasiado cansada de que los hombres decidieran dónde debía quedarse.
El camino hacia la caseta del lago, a plena mañana, era menos siniestro que la noche anterior, pero no más inocente.
La luz mostraba lo que la oscuridad sugería: tierra rojiza, raíces, un sendero estrecho, zonas donde un hombre podía apartarse sin ser visto desde el campo.
La caseta era una construcción pequeña de madera, situada detrás de unos pinos, a medio camino entre el lago viejo y el hoyo diecisiete.
Guardaba herramientas, cuerdas, estacas, rastrillos y material de mantenimiento.
Gérard abrió la puerta.
El interior olía a humedad, madera y metal. Había una mesa de trabajo, varios estantes, una caja de herramientas, sacos de arena, rollos de cuerda, una lámpara vieja y, en un rincón, una caja baja llena de bolas de golf sucias.
Marchand se acercó.
—Maldición.
La caja contenía decenas de bolas. Algunas sin marca.
Otras con puntos, líneas, iniciales, pequeñas señales de colores.
Delacroix tomó una con un pañuelo. Línea roja alrededor.
No idéntica, pero parecida. Otra: línea roja más desvaída.
Otra más: línea roja continua, muy similar a la bola falsa hallada en la escena.
—¿Cuántas de Adrien? —preguntó.
Baptiste se inclinó sin tocarlas.
—Varias.
—¿Adrien sabía que estaban aquí?
—Probablemente no le importaba.
Gérard estaba quieto junto a la puerta.
Demasiado quieto.
Delacroix tomó otra bola. Línea roja continua. Cerca del número, una diminuta mancha verde, igual que la bola encontrada junto al cadáver. No la misma, quizá. Pero casi.
—Un asesino no necesitaba tocar la bolsa de Adrien —dijo.
Marchand miró a Gérard.
—Solo necesitaba venir aquí.
—Y saber cuál elegir —añadió Delacroix.
Renard, pálido, murmuró:
—La caseta del lago.
Delacroix lo miró.
—Sí. Curioso lugar. Demasiado cerca de Claire y lo bastante cerca de la campana.
Baptiste se volvió hacia Gérard.
—Tú sabías que estas bolas estaban aquí.
Gérard sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Y no lo dijiste?
—No pensé…
—No —lo interrumpió Baptiste—. No me digas que no pensaste. No aquí.
Gérard apartó la vista.
Delacroix observó aquel gesto. No era miedo a la policía. Era vergüenza ante Baptiste.
Eso no era prueba.
Pero pesaba.
Marchand abrió la caja de herramientas. Dentro había alicates, clavos, un carrete de hilo grueso, agujas curvas para cuero, tiras de tela, paños, grasa, una pequeña navaja y varios trozos de cuero claro.
El brigadier levantó una aguja.
—Para reparar guantes.
Gérard cerró los ojos.
Renard retrocedió un paso.
Baptiste no dijo nada.
Delacroix tomó uno de los trozos de cuero claro. Tenía un tono muy parecido al guante falso.
—Monsieur Lenoir —dijo.
El encargado abrió los ojos.
—Yo no hice el guante.
—No le he preguntado eso.
—Pero iba a hacerlo.
—Sí.
Gérard respiró hondo.
—Yo reparo guantes a veces. De jardineros, de empleados, de caddies. No es raro.
—¿Reparó alguna vez los de Baptiste?
—No.
—¿Vio la reparación?
—Sí.
—¿Cuándo?
Gérard miró a Baptiste.
—Muchas veces. En el campo.
—¿Pudo imitarla?
—Pudo cualquiera que la hubiera visto.
—Monsieur Lenoir.
—Sí. Pude.
El aire dentro de la caseta pareció volverse más denso.
Marchand se acercó a él.
—Necesito que sea muy cuidadoso con su próxima respuesta. ¿Tomó usted una bola de Adrien de esta caja antes del hoyo diecisiete?
Gérard miró a Baptiste, luego a Delacroix, luego al lago invisible detrás de las paredes de madera.
—No.
Delacroix lo observó.
La negación no sonó como las anteriores.
No fue automática. No fue defensiva. Fue una puerta cerrada desde dentro, con alguien apoyado al otro lado.
—¿La tomó después? —preguntó Delacroix.
Gérard no respondió.
Marchand tensó la mandíbula.
—Monsieur Lenoir.
El encargado bajó la cabeza.
—Después del golpe, vine aquí.
Baptiste dio un paso.
—¿Qué?
—Vine aquí cuando todos estaban con el cuerpo. Un momento. Nadie me vio.
—¿Para qué? —preguntó Marchand.
Gérard apretó los puños.
—Para comprobar la caja.
—¿Por qué?
—Porque al ver la bola junto al cadáver pensé que podía no ser la misma.
Delacroix no apartó los ojos de él.
—¿Por qué pensó eso?
Gérard tragó saliva.
—Porque yo había visto la raspadura de la bola de Adrien en el quince.
—Y la bola junto al cadáver no la tenía.
—Eso creí.
—¿Y en lugar de decirlo, vino aquí?
—Sí.
—¿Qué encontró?
Gérard miró la caja.
—Que faltaba una de las bolas de Adrien.
—¿Cómo podía saberlo entre tantas?
—Porque las de Adrien estaban juntas en una bolsa pequeña. Yo las había recogido hacía semanas y no las había subido al club. Había cuatro. Después del golpe había tres.
Marchand cerró los ojos un instante, reuniendo paciencia.
—¿Y no dijo nada?
—No.
Baptiste se acercó a él con una furia contenida que parecía mucho peor que un grito.
—Todos me estaban mirando a mí.
—Lo sé.
—¿Lo sabías y callaste?
Gérard levantó la vista hacia él. Tenía los ojos enrojecidos.
—Sí.
Baptiste parecía a punto de golpearlo.
Delacroix dio un paso entre ambos, sin teatralidad.
—¿Por qué calló, monsieur Lenoir?
Gérard respiró como si el aire le doliera.
—Porque si decía que faltaba una bola de Adrien en la caseta, tendría que explicar por qué yo sabía que estaba allí, por qué no la había devuelto, por qué había venido a comprobarlo, por qué llevaba años guardando cosas del club como mi padre guardó silencios. Y porque durante un segundo pensé…
Se interrumpió.
—Continúe.
—Pensé que quizá Baptiste lo había hecho.
Baptiste retrocedió como si la frase lo hubiese golpeado de verdad.
—Tú también.
Gérard cerró los ojos.
—Sí.
Aquello dolió más que una acusación formal. En el rostro de Baptiste apareció por fin algo quebrado, algo que no era ira ni miedo, sino cansancio de ser siempre el lugar donde los demás depositaban lo que no se atrevían a mirar de sí mismos.
—Claire era mi hermana —dijo Baptiste.
—Y mi padre la encontró —respondió Gérard, con voz rota—. Y calló. Y yo callé después. No digo que sea lo mismo. No lo es. Pero también viví con ella en esta tierra.
Baptiste no respondió.
Delacroix miró la caja de bolas.
—Una bola desapareció antes del crimen y volvió a aparecer junto al cadáver. La verdadera, la de la raspadura, apareció después en la grieta del poste. Eso significa que alguien tomó una bola de esta caseta antes de que Adrien jugara el diecisiete.
—Sí —dijo Marchand.
—Y esa persona conocía esta caja.
—Sí.
—Baptiste.
—Sí.
—Gérard.
—Sí.
—Renard, si conocía la caseta.
Renard levantó la cabeza.
—Yo no sabía que hubiera bolas aquí.
Gérard soltó una risa amarga.
—Claro que no. Usted solo sabía dónde estaban las llaves de todo lo que no miraba.
—¿Alguien más? —preguntó Marchand.
Gérard dudó.
—Lucien Morel estuvo aquí hace unos días.
Delacroix se volvió lentamente.
—¿Lucien?
—Sí.
—¿Para qué?
—Practicar golpes cerca del lago. Dijo que Adrien le había recomendado entrenar salidas desde terreno húmedo. Vino a pedirme unas estacas. Entró en la caseta.
—¿Vio la caja?
—No lo sé.
—Monsieur Lenoir.
—Sí. Pudo verla.
Marchand murmuró algo muy poco elegante.
Delacroix permaneció en silencio.
Lucien.
Otra vez Lucien.
El joven que vio la nota. El joven que conocía la bola raspada.
El joven que había pensado en tocar la bolsa.
El joven que había estado en la caseta del lago días antes.
El joven que sabía que Baptiste solía tocar dos veces la campana, que había hablado con él, que conocía el relato de Claire lo suficiente para saber hacia dónde miraría el club.
Y el joven que Adrien pensaba destruir con la palabra padre.
No era prueba.
Pero ya no era solo sombra.
Delacroix miró la caja de bolas, luego las agujas de cuero, luego el sendero que, desde la caseta, conducía casi directamente a la campana.
—Brigadier.
—Sí.
—Creo que ha llegado el momento de hablar otra vez con monsieur Morel.
Marchand asintió.
Baptiste seguía mirando a Gérard.
—Tú pensaste que fui yo.
Gérard no pudo sostenerle la mirada.
—Sí.
—Todos lo pensasteis.
Nadie respondió.
Baptiste soltó una risa breve, sin alegría, y salió de la caseta antes de que Marchand pudiera detenerlo. Un agente lo siguió.
Delacroix no intentó impedirlo.
A veces un hombre necesitaba caminar unos pasos para no romperse delante de quienes acababan de demostrarle que llevaban años usándolo como recipiente natural de la sospecha.
Marchand se acercó a la caja.
—Lucien Morel.
—Quizá.
El brigadier lo miró.
Delacroix alzó una mano.
—No he dicho quizá.
—Lo ha pensado.
—Eso no cuenta.
—En usted cuenta doble.
Delacroix no respondió.
Miró una última vez el interior de la caseta. Bolas perdidas, cuero claro, agujas, herramientas, barro, llaves. Todo lo necesario para preparar una mentira con aspecto de prueba. Todo allí, a medio camino entre el lago de Claire y la campana de Adrien.
Cuando salieron, el sol golpeó de lleno el sendero.
El campo volvió a parecer hermoso.
Eso, pensó Delacroix, empezaba a ser imperdonable.