Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 25 — El instante de la bolsa #2
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Capítulo 25 — El instante de la bolsa #2

Lucien abrió el bolsillo. Tardó dos segundos. Metió la mano. Sacó una bola de prueba.

—Suficiente —dijo Marchand.

Lucien soltó la bola como si quemara.

—Yo no lo hice.

—Pero pudo —dijo el brigadier.

—Sí.

La palabra le costó más que una negación.

Delacroix se volvió hacia Savary.

—Doctor.

—Yo no sabía nada de bolsas.

—No le he preguntado. Repita su movimiento.

Savary cruzó desde el pasillo del salón de fumadores hacia la terraza, pasando cerca de la bolsa, pero no lo bastante para manipularla sin desviarse.

Si se hubiera acercado, alguien lo habría notado.

O eso parecía. Savary tenía torpeza de hombre cansado y poca gracia para un hurto discreto.

No lo descartaba, pero no era una imagen natural.

Renard repitió el suyo. Desde la mesa de horarios hasta la pizarra, luego hacia la puerta del despacho. Pasaba cerca de la bolsa. Demasiado cerca. Y tenía la serenidad mecánica necesaria para abrir un bolsillo sin que el mundo se moviera.

—Podía hacerlo —dijo Marchand.

Renard asintió, agotado.

—Sí.

—Al menos ya no lo niega todo —dijo Delacroix.

—Empiezo a comprender que aquí negar no sirve de mucho.

—Sirve. Pero solo al principio.

Gérard Lenoir hizo su recorrido. Entró por la puerta lateral con unas estacas y una cuerda bajo el brazo. Pasó a tres pasos de la bolsa. Para acercarse a ella debía dejar el material o girar el cuerpo de forma clara.

—No pudo —dijo Renard, demasiado rápido.

Delacroix lo miró.

—Qué generoso.

Gérard apretó la mandíbula.

—Pude si dejaba las estacas en el banco.

—¿Lo hizo?

—No.

—¿Quién puede confirmarlo?

—Nadie. Como casi todo lo que importa.

Delacroix no respondió. Pidió que repitiera el movimiento, esta vez dejando las estacas. Gérard lo hizo. Con el material en el banco, podía inclinarse hacia la bolsa bajo pretexto de recoger una cuerda caída. Era posible. No cómodo. Pero posible.

Baptiste observó la reconstrucción con el rostro cerrado.

—No fue así —dijo.

—¿Qué cosa?

—Yo volví antes de que Gérard hubiera salido del vestíbulo. Si él hubiera tocado la bolsa, lo habría visto.

—¿Y vio a alguien cerca de ella?

Baptiste pensó.

—A Lucien.

Lucien palideció.

—No la toqué.

—No he dicho que la tocaras —respondió Baptiste.

—¿Dónde estaba exactamente monsieur Morel cuando usted volvió? —preguntó Delacroix.

—Junto a la pizarra. Muy cerca de la bolsa.

—¿Y Adrien?

—Leyendo todavía la nota. Sonriendo.

—¿Y Renard?

—En la mesa de horarios.

—¿Paul?

—Alejándose.

—¿Savary?

—Cerca de la terraza.

—¿Gérard?

—Entrando con las estacas.

Delacroix cerró los ojos un segundo.

La escena empezaba a tomar forma.

No una forma definitiva.

Pero sí una distribución más precisa.

La orden falsa aleja a Baptiste. Adrien lee la nota. La bolsa queda expuesta. Lucien, el discípulo, cerca de la pizarra. Renard, el secretario, cerca de los horarios. Gérard entrando con material. Paul saliendo. Savary pasando. Un minuto de confusión elegante.

Un minuto.

Los crímenes a veces no necesitan más.

—Monsieur Morel —dijo Delacroix—, cuando Adrien leyó la nota y sonrió, usted dijo que lo vio. ¿Qué hizo después?

—Miré la pizarra.

—¿Por qué?

—No lo sé. Nervios.

—Su nombre estaba tercero.

—Sí.

—¿Miró el de Adrien?

—Sí.

—¿Y el de Henri?

—Sí.

—¿Y la bolsa?

Lucien tragó saliva.

—Quizá.

—No quizá.

—Sí. La miré.

Marchand dio un paso hacia él.

—¿Por qué?

—Porque Adrien acababa de mirar hacia Henri, o eso creí, y porque Baptiste se había apartado. No sé. Miré.

—¿Sabía que la bolsa estaba sola? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—¿Pensó en tocarla?

Lucien se quedó helado.

—No.

Delacroix lo observó largo rato.

—Miente.

El joven se puso blanco.

—No la toqué.

—No le he preguntado eso. He dicho que pensó en tocarla.

Lucien abrió la boca. La cerró. Luego bajó la mirada.

—Sí.

El vestíbulo contuvo el aliento.

—¿Por qué? —preguntó Marchand.

—No lo sé.

—Monsieur Morel —dijo Delacroix—, no me obligue a despreciar su inteligencia. Es demasiado joven para malgastarla tan pronto.

Lucien se llevó una mano al cabello.

—Porque Adrien había recibido la nota y yo pensé que quizá Henri lo había hecho por fin.

Que quizá alguien iba a desafiarlo de verdad.

Y entonces vi la bolsa sola. Pensé… pensé que sería tan fácil.

Cambiar algo. Desordenar algo. Hacerle perder seguridad.

No matarlo. Solo tocar su mundo. Hacerle sentir que no controlaba todo.

—¿Tocó la bolsa?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Quién lo vio no tocarla?

Lucien soltó una risa desesperada.

—Nadie puede ver lo que uno no hace.

—Al contrario. En Valombre llevan años practicando.

La frase quedó colgando.

Élodie bajó un escalón.

—Lucien no lo hizo.

Marchand la miró.

—¿Cómo puede saberlo?

—Porque si Lucien hubiera tocado la bolsa, Adrien lo habría notado.

—Adrien estaba leyendo.

—Adrien podía leer una nota, humillar a un hombre y vigilar su propiedad al mismo tiempo. Era una de las pocas formas de multitarea que respetaba.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Una observación útil.

Lucien la miró con gratitud y vergüenza.

—Gracias.

—No te absuelve —dijo Élodie.

—Lo sé.

Delacroix volvió hacia Renard.

—Usted, en cambio, podía acercarse sin que Adrien se sintiera amenazado. Era parte del mecanismo del club.

—No toqué su bolsa.

—¿Lo pensó?

Renard tardó.

—Sí.

Marchand alzó las cejas.

—¿También?

—La lista no la encontré anoche por casualidad.

Yo ya sabía que Adrien guardaba papeles.

Había pensado revisar sus cosas antes de la entrega.

No la bolsa de palos. Su habitación, su chaqueta, su escritorio.

Pero aquella mañana, al verlo leer la nota, pensé que quizá llevaba algo encima. Pensé en acercarme. No lo hice.

—Todo el mundo pensó y nadie hizo —murmuró Marchand—. Milagroso.

Delacroix, en cambio, miraba la bolsa.

—Hay un problema.

—¿Cuál? —preguntó el brigadier.

—Estamos suponiendo que la segunda bola fue tomada de la bolsa en ese minuto.

—Usted lo propuso.

—Propuse reconstruirlo. No casarme con la idea.

Marchand cerró los ojos.

—Delacroix.

—La reconstrucción demuestra que era posible, pero no cómodo.

Y demuestra otra cosa más interesante: demasiados podían acercarse a la bolsa.

Si el asesino planificó el crimen con precisión, no habría elegido un momento tan lleno de ojos y posibles interrupciones para conseguir una bola que podía obtener de forma más sencilla.

Baptiste levantó la vista.

—Objetos perdidos.

Delacroix sonrió apenas.

—Exactamente.

Renard se tensó.

—¿Qué?

—Adrien perdía bolas como todos los jugadores —dijo Baptiste—. Algunas se recuperaban en el campo y se llevaban a la caja de objetos perdidos o al cuarto de palos. Las marcadas se devolvían si alguien las reclamaba. Adrien no siempre lo hacía. Tenía demasiadas.

—¿Y esas bolas conservaban su marca? —preguntó Marchand.

—Sí.

—Una línea roja.

—Sí.

Delacroix se volvió hacia Renard.

—¿Hay registro de bolas devueltas?

—No siempre.

—No siempre es un pasillo muy transitado esta mañana.

—A veces se anotaban objetos de valor. Las bolas, rara vez.

—¿Quién las recogía del campo?

—Caddies, empleados, jardineros.

—Gérard.

—Sí.

—Baptiste.

—Sí.

—Otros.

—Sí.

—Entonces el asesino no necesitaba robar una bola de la bolsa de Adrien esta mañana. Podía tener una bola antigua, marcada por Adrien, guardada desde antes.

Marchand miró las bolas de prueba.

—Eso amplía la lista.

—No. La reduce.

—¿Cómo demonios la reduce?

—Porque no basta con tener una bola de Adrien. Había que saber que Adrien seguía usando en el hoyo diecisiete una bola distinta, la de la raspadura. Había que colocar una antigua en el campo y, después, retirar la verdadera. Eso requiere conocer la bola en juego esa mañana.

—Baptiste.

—Sí.

Baptiste no se movió.

—Pero también alguien que vio la bola entre el quince y el diecisiete.

—Jugadores.

—Jugadores, caddies y quien recogiera bolas o estuviera suficientemente cerca del juego.

Lucien cerró los ojos.

—Yo la vi.

Todos lo miraron.

—¿La de la raspadura? —preguntó Delacroix.

—Sí. En el quince. Adrien la levantó después de embocar y la limpió. La raspadura estaba cerca del número. Me fijé porque él hizo un comentario sobre que hasta las bolas acababan marcadas cuando tenían carácter.

—Qué hombre tan infatigable —dijo Élodie.

Lucien continuó:

—Henri también pudo verla. Baptiste, por supuesto. Paul quizá. Gérard estaba cerca del borde del campo. No sé quién más.

Delacroix miró a Gérard.

El encargado levantó la cabeza lentamente.

—Yo la vi.

—¿La raspadura?

—Sí.

—No lo había dicho.

—Nadie me preguntó por la bola de Adrien antes de que aparecieran dos.

—Ahora se lo pregunto.

Gérard miró la bolsa, luego la pizarra.

—La vi en el quince. Adrien se la lanzó a Baptiste para que la limpiara. Cayó cerca de donde yo estaba colocando unas estacas. Baptiste la recogió antes, pero la vi. Tenía esa marca.

—¿Y sabía que Adrien la seguiría usando?

—La mayoría de jugadores no cambia de bola si va bien.

—¿Y sabía dónde podía conseguir una bola vieja de Adrien?

Gérard no respondió.

Marchand avanzó un paso.

—Monsieur Lenoir.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Sí, sabía.

El silencio fue afilado.

—¿Dónde? —preguntó Delacroix.

—En la caseta del lago.

Renard se volvió hacia él.

—¿Qué bolas hay en la caseta del lago?

—Las que encontramos cuando limpiamos esa zona. Bolas perdidas. Algunas se devuelven, otras quedan allí hasta que alguien las lleva al club.

—Eso no es procedimiento —dijo Renard.

Gérard lo miró con desprecio.

—No. Es trabajo. Suele parecerse menos a los papeles.

Marchand intervino:

—¿Había bolas de Adrien allí?

—Sí.

—¿Una con línea roja continua?

—Varias.

—¿Quién tenía llave de la caseta?

Gérard miró a Renard.

—Él. Yo. Algunos empleados. La llave está en su despacho, pero la puerta no siempre cierra bien.