Capítulo 25 — El instante de la bolsa
La reconstrucción empezó en el vestíbulo.
No en el hoyo diecisiete.
Eso irritó a casi todos, lo cual confirmó a Delacroix que había elegido bien.
La gente suele preferir volver al lugar donde ocurrió la muerte, porque allí la sangre ofrece una explicación grosera y tranquilizadora.
Pero los crímenes, como ciertas enfermedades, empiezan muchas veces antes de que aparezca el síntoma visible.
Adrien Marceau había muerto en El Ciego.
Pero el asesinato, si Delacroix no se equivocaba, había comenzado junto a una bolsa de palos, una nota doblada y un hombre demasiado vanidoso para no leer un desafío.
El vestíbulo fue despejado. Marchand ordenó a los socios que permanecieran en el comedor y colocó a dos agentes en las puertas. Renard protestó débilmente por el «efecto escénico» de la medida.
—Monsieur Renard —dijo Marchand—, después de una bola falsa, un guante falso y una fotografía arrancada, creo que el efecto escénico ya no es responsabilidad mía.
Renard aceptó el golpe con la cabeza baja.
Delacroix pidió que trajeran la bolsa de Adrien Marceau, la de Henri Delaunay y una bolsa vacía de entrenamiento para no manipular más de lo necesario las pruebas.
Baptiste Marin fue colocado junto a la entrada del cuarto de palos, exactamente donde recordaba haber estado aquella mañana.
Paul, pálido y tembloroso, se situó cerca de la casilla de Adrien.
Lucien Morel quedó junto a la pizarra, a unos pasos de donde había visto a Adrien leer la nota.
Renard marcó su posición junto a la mesa de horarios.
Gérard Lenoir señaló el punto desde el que había entrado con material de señalización.
El doctor Savary se ubicó junto a la puerta lateral que conducía hacia la terraza.
Élodie y Madeleine, que no habían estado en el vestíbulo en ese instante exacto según sus declaraciones, observaron desde la escalera.
Henri Delaunay, bajo custodia, pidió estar presente.
Marchand dudó.
Delacroix no.
—Que se quede.
—¿Por qué? —preguntó el brigadier.
—Porque la culpa entiende mejor cuando ve cómo la usaron.
Henri no agradeció la frase. Quizá porque no estaba formulada para aliviarlo.
La pizarra de clasificación seguía cubierta por la tela negra. Delacroix pidió que la retiraran.
Renard levantó la cabeza.
—¿Es necesario?
—No. Por eso resulta interesante.
Un agente quitó la tela.
Los nombres aparecieron otra vez, escritos con tiza blanca.
Adrien Marceau.
Henri Delaunay.
Lucien Morel.
Debajo, el resto.
El vestíbulo quedó más frío.
Élodie miró el nombre de su marido con una expresión imposible de leer. Baptiste no lo miró. Eso también dijo algo.
Delacroix se situó en el centro.
—Vamos a repetir la mañana. No el golpe. Todavía no. El instante de la nota.
Paul tragó saliva.
—Yo la dejé en la casilla de monsieur Marceau.
—¿A qué hora?
—Poco antes de la salida. Monsieur Delaunay me la dio doblada.
—¿Alguien lo vio?
—No lo sé.
—Hoy lo sabremos un poco mejor. Hágalo otra vez.
Marchand le entregó una hoja doblada, sin texto, del mismo tamaño aproximado que la nota original. Paul la tomó con dedos torpes, caminó hasta la zona de casillas del cuarto de palos y la introdujo en la correspondiente a Adrien Marceau. Luego retrocedió.
—¿Dónde estaba Baptiste en ese momento? —preguntó Delacroix.
Baptiste señaló el banco cercano.
—Revisando los palos de Adrien.
—¿Pudo ver a Paul dejar la nota?
—No. La casilla queda detrás del armario. Además, yo estaba limpiando el hierro tres.
—¿Y usted, monsieur Renard?
Renard miró el lugar.
—Entré después. Revisé los horarios.
—¿Vio la nota en la casilla?
—No.
—¿Vio a Paul?
—No lo recuerdo.
Paul cerró los ojos, como si cada «no recuerdo» de Valombre fuera otra piedra sobre su cabeza.
Delacroix hizo un gesto a Lefèvre.
—Ahora Adrien entra.
El joven agente, que por edad y complexión era lo más parecido disponible a un campeón arrogante, aceptó el papel con incomodidad.
Tomó la bolsa de entrenamiento y caminó desde la puerta principal hacia la casilla.
El resultado fue tan poco parecido a Adrien que Delacroix sintió una breve simpatía por el muerto: hasta sus defectos requerían cierta técnica.
—No camine como un hombre que pide permiso para existir, Lefèvre —dijo Marchand.
El agente se enderezó demasiado.
—Tampoco como un emperador con calambres —añadió Delacroix.
Lefèvre se detuvo, rojo.
—Basta con que recoja la nota.
Lo hizo. Sacó el papel de la casilla, lo abrió y fingió leerlo.
—Adrien sonrió aquí —dijo Lucien, desde su lugar.
—¿Mirando hacia quién? —preguntó Delacroix.
Lucien señaló primero a Henri, luego dudó.
—Hacia esa dirección.
—No he preguntado una dirección. He preguntado una persona.
—Creí que miraba a Henri.
—Hagamos la prueba. Monsieur Delaunay, colóquese donde estaba.
Henri obedeció. Se situó cerca de la entrada hacia la terraza, algo apartado de la pizarra. Desde la posición de Lefèvre, era visible. Pero detrás de él, en la misma línea de mirada, quedaban otras personas: Lucien a la izquierda, Renard algo más atrás, y el corredor hacia el cuarto de palos.
Delacroix pidió al agente que mirara hacia Henri con la nota en la mano.
Lucien palideció.
—Desde donde yo estaba, parecía que lo miraba a él.
—Y desde donde estaba Adrien, podía mirar a Henri, a usted, a Renard o incluso hacia la bolsa si alguien se movía detrás.
—Sí —admitió Lucien.
Henri apretó los labios.
—Yo creí que se burlaba de mí.
—Adrien tenía el talento de burlarse de varias personas con una sola mirada —dijo Delacroix.
Élodie, desde la escalera, murmuró:
—Era una de sus pocas economías.
Nadie sonrió, aunque quizá alguno habría querido hacerlo en otras circunstancias.
Delacroix se acercó a la bolsa de entrenamiento, colocada junto a la casilla.
—Ahora, lo importante. Mientras Adrien lee la nota, ¿quién puede acercarse a su bolsa?
Baptiste respondió primero:
—Yo estaba junto a ella normalmente.
—Pero esa mañana no.
—No exactamente.
—¿Por qué?
Baptiste frunció el ceño.
—Un empleado me llamó.
—¿Qué empleado?
Baptiste miró alrededor.
—Rémy.
El muchacho, que estaba junto a una puerta bajo vigilancia, se sobresaltó.
—Yo… sí. Le dije que monsieur Lenoir quería revisar las estacas del diecisiete.
Gérard levantó la cabeza.
—Yo no pedí eso.
El vestíbulo cambió de temperatura.
Rémy palideció.
—A mí me dijeron que se lo dijera.
Marchand avanzó un paso.
—¿Quién?
Rémy miró a Renard por instinto.
Renard se puso rígido.
—Yo no le dije nada de Baptiste.
—No, monsieur —dijo Rémy, rápido—. Usted me pidió otras cosas. Lo de las mantas anoche. Pero eso de la mañana… fue otro.
—¿Quién? —insistió Marchand.
Rémy tragó saliva.
—No lo sé. Creí que era monsieur Gérard. Me habló desde el pasillo de mantenimiento. No le vi bien la cara. Dijo: «Dígale a Marin que venga un momento, que hay un problema con las estacas del diecisiete.» Yo fui.
Gérard apretó los puños.
—Yo no hice eso.
—La voz —dijo Delacroix—. ¿Era de monsieur Lenoir?
Rémy dudó.
—Parecía. Pero había ruido. Gente. Y yo no pensé…
—En Valombre nadie piensa cuando una orden parece venir del lugar correcto —dijo Baptiste.
Delacroix lo miró.
—¿Fue entonces cuando se separó de la bolsa?
—Sí. Dejé la bolsa un momento junto a la casilla y fui al pasillo. No encontré a Gérard. Volví casi enseguida.
—¿Cuánto es casi enseguida?
—Un minuto. Tal vez menos.
—Suficiente.
Baptiste no respondió.
Delacroix hizo repetir la escena. Lefèvre, como Adrien, abría la nota y sonreía. Baptiste, llamado por Rémy, se alejaba unos pasos hacia el pasillo de mantenimiento. La bolsa quedaba sola junto a la casilla.
No completamente sola.
A su alrededor, durante esos segundos, se movían personas.
Paul retrocedía desde la casilla de Henri.
Lucien se acercaba a mirar la pizarra. Renard revisaba la mesa de horarios.
Gérard, según su declaración, entraba por la puerta lateral con material.
Savary cruzaba hacia la terraza. Dos caddies pasaban al fondo.
Un camarero dejaba una bandeja junto a la entrada.
—Un minuto —dijo Marchand—. Cualquiera pudo meter la mano.
—No cualquiera —corrigió Delacroix.
Se acercó a la bolsa de entrenamiento y señaló el bolsillo lateral.
—Para tomar una bola de la reserva de Adrien hay que saber dónde están. Si uno abre el bolsillo equivocado, encuentra tees, lápices, tarjetas, un paño, quizá nada. El ladrón necesitaba extraer una bola marcada con línea roja sin detenerse demasiado.
—Baptiste lo sabía —dijo Renard.
—Baptiste se había alejado por una orden falsa.
—Pudo fingir.
—Pudo. Pero entonces no necesitaba una orden falsa. Además, si Baptiste hubiera querido una bola de Adrien, la tenía bajo la mano todo el día sin necesidad de montar una comedia matinal.
Renard cerró la boca.
Delacroix miró a Paul.
—¿Usted sabía dónde estaban las bolas de Adrien?
—No, monsieur.
—¿Y las marcas?
—Solo de verlas alguna vez.
—¿Podría haber tomado una en esos segundos?
Paul abrió los ojos.
—No.
—No por virtud. Por torpeza.
—Sí, monsieur.
—Agradezco la honestidad.
El muchacho bajó la cabeza.
Delacroix miró a Lucien.
—Usted sí conocía las marcas de Adrien.
Lucien sostuvo su mirada con visible esfuerzo.
—Sí.
—¿Y sabía dónde guardaba las bolas?
—Más o menos. Todos los jugadores guardamos reservas en bolsillos similares.
—¿Pudo acercarse?
—Pasé cerca de la bolsa.
Un murmullo se movió entre los presentes.
Lucien se apresuró:
—Pero no la toqué.
—Eso lo veremos.
Delacroix le pidió que repitiera su movimiento de aquella mañana. Lucien caminó desde la biblioteca hacia la pizarra, se detuvo al ver a Adrien leer la nota, miró la clasificación y pasó junto a la bolsa. La distancia era suficiente. Demasiado suficiente.
—Deténgase —dijo Delacroix.
Lucien se quedó paralizado.
—Extienda la mano hacia el bolsillo lateral.
El joven obedeció. Sus dedos alcanzaban la cremallera con facilidad.
—Ábralo.
—Monsieur Delacroix…
—Ábralo.