Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 24 — La cortesía de los verdugos #6
73%

Capítulo 24 — La cortesía de los verdugos #6

—Los empleados —confirmó Delacroix—. Pero también el secretario que ordena movimientos, el médico que acude donde hay cuerpos, el encargado que cruza el campo sin llamar la atención, la viuda a la que todos apartan por delicadeza, la amante a la que todos prefieren no mirar demasiado, el joven que entra y sale como protegido, el rival al que todos observan por razones equivocadas.

La invisibilidad no siempre pertenece a los pobres. A veces la concede la costumbre.

Élodie sostuvo su mirada.

—¿Sospecha de mí otra vez?

—Nunca he dejado de hacerlo, madame.

—Agradezco la constancia.

—No hay de qué.

Madeleine habló con suavidad.

—Yo pude escribir una nota. Pude moverme por el club. Pude odiarlo. Pero no conozco el hoyo diecisiete como para hacer eso.

—Eso es cierto —dijo Delacroix—. Usted odiaba a Adrien con memoria, no con geometría.

—Qué consuelo tan extraño.

—Es el único que tengo a mano.

Savary se inclinó hacia delante.

—Yo estuve en el lago por la mañana, sí. Hablé con Renard. Pero no toqué la campana. No cambié bolas. No sé distinguir una bola de Adrien de otra.

Baptiste lo miró con frialdad.

—Eso último sí lo creo.

Savary aceptó el golpe sin responder.

Renard habló:

—Yo encontré la segunda bola porque alguien me envió una nota. Quemé la nota, sí. Fue una estupidez. Pero no puse esa bola en el poste.

—¿Quién conocía la grieta? —preguntó Marchand.

Gérard respondió:

—Yo. Mi padre antes. Los empleados antiguos. Renard. Baptiste. Probablemente Adrien, si alguna vez se fijó. Puede que algún otro caddie.

—Adrien no se fijaba en defectos del campo que no pudiera culpar a otro —dijo Baptiste.

Delacroix miró al caddie.

—Usted sí.

—Era mi trabajo.

—También era su ventaja.

Baptiste no respondió.

La frase quedó allí, flotando entre ellos.

Delacroix tomó el guante crema.

—Este guante apareció anoche, con barro rojizo, junto al fragmento de la fotografía. Todos pensamos en Baptiste. Era lógico. Sus guantes habían desaparecido.

—Ese guante es mío —dijo Baptiste.

La sala entera pareció contener el aliento.

Marchand se volvió hacia él.

—¿Lo reconoce?

—Sí.

—¿Por qué no lo dijo antes?

—No me lo habían mostrado de cerca.

—¿Está seguro?

Baptiste miró el guante sin tocarlo.

—Sí. La costura del pulgar está reparada. La hice yo.

Marchand apretó la mandíbula.

—Entonces sus guantes no desaparecieron. Uno apareció en la sala auxiliar con barro y una fotografía.

—No lo puse allí.

—Pero es suyo.

—Sí.

Delacroix observó a Baptiste con atención. Había contestado demasiado rápido para un hombre que descubre una prueba incriminatoria, o quizá con la rapidez exacta de quien entiende que negar lo evidente solo empeora la verdad.

—¿Dónde estaba el otro? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Los usó durante el hoyo diecisiete?

—Sí.

—¿Ambos?

—Sí.

—¿Cuándo se los quitó?

Baptiste pensó.

—Después del golpe. Cuando caí junto a Adrien. O antes. No lo recuerdo.

—Inténtelo.

El caddie cerró los ojos.

—Bajamos. Buscamos la bola. Llevaba guantes. Sonó la campana. El golpe. Adrien cayó. Dejé la bolsa. Me arrodillé. Creo que me quité un guante para tocarle el cuello. No lo toqué al final. O quizá sí. No sé.

—¿Y el otro?

—No lo sé.

—¿Pudo caérsele junto al cuerpo?

—Sí.

—¿Pudo alguien recogerlo?

—Sí.

Marchand miró el guante.

—Eso permite que cualquiera lo plantara después.

—Sí —dijo Delacroix—. Pero también permite que Baptiste dejara parte de sí mismo en la escena.

El caddie abrió los ojos.

—No maté a Adrien.

—Lo sé —dijo Élodie.

Todos la miraron.

La viuda se irguió.

—No lo sé como prueba. Lo sé porque Adrien no le habría dado esa victoria.

—Madame —dijo Marchand—, los muertos no deciden…

—Adrien sí —interrumpió ella—. Incluso muerto, si podía.

Si Baptiste lo hubiera matado por Claire, Adrien habría logrado lo que llevaba años queriendo: convertir el dolor de ese hombre en una vulgaridad, en resentimiento de empleado, en noticia incómoda.

Baptiste lo sabe. Adrien también lo habría sabido.

Baptiste bajó la mirada.

Delacroix observó a Élodie. La afirmación era emocional, no judicial. Pero contenía una verdad sobre Adrien. Y quizá también una verdad sobre Baptiste. No bastaba para absolverlo. Pero sí para seguir dudando.

—Adrien conocía demasiado bien a todos ustedes —dijo Delacroix—. Y, aun así, murió porque alguien lo conoció mejor a él.

Lucien habló desde su silla.

—Su soberbia.

—Sí.

—La nota le hizo creer que podía ganar dos veces.

—Continúe, monsieur Morel.

El joven tragó saliva.

—Ganar el torneo y ganar la provocación. Si la nota hablaba del diecisiete, Adrien no iba a jugar con prudencia. Iba a demostrar que nadie podía asustarlo allí. Por eso arriesgó.

—Exactamente.

Baptiste miró al joven.

—Yo le aconsejé prudencia.

—Lo sé —dijo Lucien—. Todos lo oímos más de una vez.

Delacroix tomó una de las bolas de Adrien, la verdadera.

—Pero la nota no bastaba. Aunque Adrien arriesgara el golpe, aún debía estar en el punto adecuado al recibir el impacto. Para eso hacía falta la segunda bola. Y para eso hacía falta acceso a su bolsa o a su reserva de bolas.

—Baptiste —dijo Renard.

—Sí. Baptiste.

El caddie no se movió.

—Pero también alguien que pudiera acercarse a la bolsa antes del hoyo diecisiete. ¿Quién estuvo cerca de la bolsa de Adrien después de que él leyera la nota?

Silencio.

Delacroix miró a cada uno.

—Baptiste, naturalmente. Marceau mismo. Los empleados del cuarto de palos. Renard cuando revisó el orden de salida. Lucien cuando se cruzó con él en el vestíbulo. Paul cuando dejó la nota. Gérard si entró por material. Incluso Savary si se acercó con alguna excusa médica o social.

Savary abrió la boca.

—No me acerqué a su bolsa.

—Lo anotaremos entre sus frases potencialmente sinceras.

El médico volvió a callar.

Marchand se apoyó sobre la mesa.

—Necesitamos el otro guante.

—Sí —dijo Delacroix.

—Si aparece con barro de la cuerda…

—Nos dirá algo.

—¿Algo?

—Quizá que tocó la campana. Quizá que alguien lo frotó contra la cuerda después. Quizá que al asesino le gusta demasiado nuestro entusiasmo.

Marchand cerró los ojos.

—No puedo detener a un entusiasmo.

—Una lástima. Haría mucho bien en ciertos círculos.

Renard, inesperadamente, habló con voz baja:

—Hay una caja de objetos perdidos.

Todos lo miraron.

—¿Qué?

—En la administración. Objetos encontrados en el campo, en la terraza, en vestuarios. Guantes, pañuelos, lápices, bolas, broches. Se revisa cada semana.

—¿Y por qué lo dice ahora? —preguntó Marchand.

Renard parecía no tener fuerzas para ofenderse.

—Porque anoche alguien pudo dejar allí algo. O buscar algo. La caja no está cerrada con llave.

—¿Quién tiene acceso?

—El personal de administración. Empleados. Yo. Cualquiera que entre al despacho auxiliar.

Delacroix miró a Marchand.

—Conviene verla.

—Lefèvre —llamó el brigadier.

El agente salió.

La espera fue breve y, como todas las esperas en aquel club, muy larga. Nadie habló. Cada uno parecía ocupado en contar sus propias cercanías con la muerte de Adrien y la de Claire. Delacroix miró la carta antigua de Madeleine. Luego la lista de Adrien. Luego la fotografía mutilada.

La cortesía de Valombre había funcionado durante años como una sábana.

Había cubierto a Claire, a Savary, a Renard, al padre de Gérard, al dolor de Baptiste, a la crueldad de Adrien.

Todos habían participado de alguna forma, incluso quienes habían sufrido.

Esa era la verdadera indecencia de los sistemas cerrados: obligaban a las víctimas a aprender también el lenguaje de sus verdugos.

Lefèvre regresó con una caja de madera.

La dejó sobre la mesa.

Dentro había de todo: dos guantes desparejados, una hebilla, lápices, una pitillera vacía, varias bolas sin reclamar, un pañuelo bordado, un botón de nácar que no era el de Savary, tarjetas arrugadas, una cinta de sombrero y un pequeño cortaplumas.

Y un guante crema.

El segundo guante de Baptiste.

Marchand lo levantó con cuidado.

Estaba limpio.

Demasiado limpio.

Sin barro.

Sin mancha.

Sin nada.

Baptiste lo miró, desconcertado.

—Ese es mío.

—¿Seguro? —preguntó Marchand.

—Sí.

Delacroix se acercó.

—¿Cuándo pudo llegar aquí?

Renard negó.

—No lo sé.

—¿Quién revisó esta caja ayer?

—Nadie, que yo sepa.

Delacroix observó el guante limpio y luego el guante manchado.

Uno incriminaba.

El otro absolvía demasiado poco.

Pero había algo más.

Tomó el guante limpio con un pañuelo y lo comparó con el manchado.

El limpio estaba reparado en la costura del pulgar, igual que Baptiste había dicho.

El manchado también. Pero la reparación no era idéntica.

En el guante limpio, la puntada era firme, cruzada, casi invisible.

En el manchado, la puntada era más burda. Parecida. No igual.

—Monsieur Marin —dijo Delacroix—, ¿reparó usted ambos guantes?

Baptiste se inclinó.

Observó.

Su rostro cambió.

—No.

Marchand se acercó.

—¿Qué?

—Ese guante no es mío.

Baptiste señaló el manchado.

—Creí que sí por la costura. Pero esa reparación no la hice yo.

Renard palideció.

Delacroix sintió que, por fin, el olor de la pista cambiaba.

—Alguien imitó la reparación.

—Sí —dijo Baptiste—. Mal.

—¿Quién sabía que su guante tenía esa costura reparada?

—Cualquiera que lo hubiera visto de cerca.

—¿Caddies?

—Sí.

—¿Empleados?

—Sí.

—¿Adrien?

Baptiste dudó.

—Adrien no miraba mis guantes.

—¿Y Gérard?

Gérard levantó las manos.

—Pude verlo. Pero no hice eso.

—¿Renard?

—Yo no reparo guantes —dijo el secretario.

—No le he preguntado por sus aficiones textiles.

Delacroix siguió examinando el guante manchado.

La imitación cambiaba todo. El guante no era una prueba plantada usando algo perdido por Baptiste.

Era una fabricación. Alguien había buscado o conseguido un guante parecido, había imitado la costura reparada, lo había manchado de barro y había colocado dentro el fragmento de fotografía.

Una puesta en escena más elaborada de lo que parecía.

—Esto no acusa a Baptiste —dijo Marchand.

—No —respondió Delacroix—. Esto acusa a alguien que quería acusarlo.

Baptiste cerró los ojos un instante. No de alivio. De cansancio. Como si incluso la prueba de no ser propietario de la mentira pesara demasiado.

Renard se agarró al respaldo de una silla.

—Entonces…

—Entonces alguien no solo usó el dolor de Baptiste —dijo Delacroix—. Lo estudió. Conocía sus objetos, su rutina, su historia, su hermana, su relación con Adrien y la manera exacta en que todos miraríamos hacia él.

Madeleine habló en voz baja:

—Alguien muy cerca.

—Sí.

Delacroix dejó el guante falso sobre la mesa.

La sala entera pareció retroceder de él, aunque nadie se movió.

—Y ahora —dijo— sabemos algo más.

Marchand levantó la vista.

—¿Qué?

Delacroix miró primero a Baptiste, luego a Gérard, luego a Renard, Savary, Henri, Lucien, Élodie y Madeleine.

—Que nuestro asesino no solo conocía el campo. Conocía el relato que Valombre iba a aceptar.

Nadie habló.

Porque era cierto.

Y porque, por primera vez, la comodidad de culpar a Baptiste empezaba a derrumbarse delante de todos.

Delacroix volvió a cubrir la Copa Valombre con el paño negro, que alguien había movido unos centímetros durante la revisión.

—Todavía no hemos terminado.

Marchand miró la mesa repleta de pruebas.

—¿Qué falta?

Delacroix tomó la segunda bola de Adrien, la de la raspadura.

—Falta saber quién pudo cambiar esto antes del hoyo diecisiete sin que Adrien, Baptiste ni el resto del club lo advirtieran.

Baptiste levantó la cabeza.

—La bolsa.

—Sí —dijo Delacroix—. Pero no cualquier momento. Uno muy concreto.

—¿Cuál? —preguntó Marchand.

Delacroix miró la lista de Adrien.

Henri. Madeleine. Lucien. Élodie. Savary. Marin. Renard.

Nombres convertidos en amenazas.

—El momento en que Adrien dejó de mirar su propia bolsa porque estaba mirando la nota.

La sala volvió a quedarse en silencio.

Delacroix sintió que la estructura del crimen, por fin, empezaba a mostrar sus vigas.

Alguien había visto a Adrien leer la nota.

Alguien había aprovechado ese instante.

Alguien había metido la mano en la bolsa.

Y esa persona no necesitaba ser invisible todo el tiempo.

Solo durante unos segundos.

—Mañana —dijo Marchand— reconstruiremos esa salida.

—No mañana —respondió Delacroix.

El brigadier lo miró.

—¿No?

Delacroix observó la luz que entraba por los ventanales. El sol ya estaba alto. El campo brillaba con una belleza que empezaba a parecer una provocación personal.

—Ahora. Antes de que Valombre tenga tiempo de inventar otra cortesía.