Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 21 — La segunda bola
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Capítulo 21 — La segunda bola

La campana sonó una sola vez.

En mitad de la noche, sin jugadores, sin público, sin viento suficiente para moverla y sin torneo que justificara su voz.

El sonido llegó desde el hoyo diecisiete con una claridad casi obscena. Atravesó el lago viejo, subió entre los pinos, cruzó el campo oscuro y alcanzó a los hombres reunidos junto al embarcadero como si alguien hubiera tirado de una cuerda atada directamente al pasado.

Marchand echó a correr.

Gérard Lenoir lo siguió. No con la torpeza de un hombre sorprendido, sino con la velocidad seca de quien conoce cada curva del terreno aun de noche.

Lefèvre, que había llegado jadeando desde el sendero, fue detrás con la lámpara levantada.

El doctor Savary permaneció junto al lago, con el botón nacarado en la mano, demasiado hundido en su confesión para reaccionar con rapidez.

Delacroix no corrió al principio.

No por orgullo, aunque algo de eso había siempre en la dignidad de un hombre. Corrió tarde porque, durante un segundo, se quedó escuchando el eco.

Una campanada.

No dos.

Otra vez una sola.

Y eso, en Valombre, ya no era una señal.

Era una firma.

—Monsieur Delacroix —dijo Savary, con la voz rota.

Delacroix se volvió hacia él.

—No se mueva de aquí.

—Renard…

—Precisamente.

—Puede hacerse daño.

—Doctor, en este club todos parecen haberse hecho daño hace años. Esta noche solo estamos encontrando las cicatrices.

Savary bajó la mirada.

Delacroix tomó la lámpara que el médico había dejado sobre el banco de piedra y siguió a los demás por el sendero hacia el hoyo diecisiete.

El camino, de noche, era otro.

De día podía parecer un paseo discreto entre pinos.

Ahora era una garganta estrecha, húmeda, llena de raíces, sombras y respiración vegetal.

La tierra rojiza se pegaba a los zapatos.

Las ramas bajas rozaban las mangas. A lo lejos, la luz de Lefèvre se movía entre los troncos como un fuego nervioso.

El campo, que por la mañana había sido una superficie perfecta y casi arrogante, se había vuelto una cosa antigua, negra, llena de honduras.

Delacroix avanzó con cuidado. El aire olía a barro, resina y agua quieta.

A medio camino, oyó la voz de Marchand.

—¡Alto! ¡No toque nada!

Eso lo hizo acelerar.

Cuando llegó a la zona de la campana, encontró al brigadier junto al poste, con la lámpara en alto. Lefèvre estaba unos pasos más atrás, pálido. Gérard permanecía cerca del sendero, respirando con fuerza, los ojos clavados en el suelo.

Octave Renard estaba allí.

No corría. No se ocultaba. No parecía haber intentado escapar.

Estaba de pie junto a la campana, vestido todavía con su traje oscuro, aunque manchado de barro en los bajos.

Tenía una mano apoyada en el poste y la otra cerrada contra el pecho.

El rostro, iluminado desde abajo por la lámpara de Marchand, parecía el de un hombre que acababa de despertar dentro de una pesadilla que él mismo había ordenado por carpetas.

—Suelte lo que tenga en la mano —dijo Marchand.

Renard no obedeció.

—No lo entiende.

—Lo entenderé mejor cuando suelte lo que tenga en la mano.

—He cometido un error.

Delacroix llegó junto al brigadier.

—En Valombre, monsieur Renard, esa frase necesita apellido. Hay demasiados candidatos.

Renard lo miró. Por primera vez desde que Delacroix lo había conocido, el secretario no intentó parecer correcto. Estaba asustado. No asustado por su reputación, ni por el club, ni por el comité. Asustado de verdad. Un miedo desnudo, desagradable, tardío.

—No fui yo —dijo.

Marchand avanzó un paso.

—La mano.

Renard abrió lentamente los dedos.

Sobre su palma había una bola de golf.

Blanca.

Con una línea roja dibujada alrededor.

La marca de Adrien Marceau.

Gérard soltó una maldición.

Lefèvre dio un paso involuntario hacia delante.

Delacroix no se movió.

La bola, bajo la luz de la lámpara, parecía demasiado limpia. No tenía sangre. No tenía barro. No tenía hierba pegada. Era una bola de Adrien Marceau, o al menos una bola marcada como las de Adrien Marceau.

—¿Dónde la encontró? —preguntó Delacroix.

Renard tragó saliva.

—Junto a la campana.

—No.

El secretario lo miró.

—¿Qué?

—No la encontró junto a la campana. Si la hubiera encontrado aquí, no habría tocado la campana para llamarnos. Habría gritado, o habría venido al club, o la habría guardado en su despacho como guarda todas las cosas peligrosas hasta decidir a quién pertenecen. ¿Dónde la encontró?

Marchand miró a Renard con más dureza.

El secretario cerró la mano de nuevo, pero ya era tarde.

—En el hueco del poste.

—¿Qué hueco? —preguntó Marchand.

Gérard se acercó, con cuidado de no pisar demasiado.

—El poste está viejo. Detrás tiene una grieta. La rellenamos hace años, pero la madera volvió a abrirse.

Marchand levantó la lámpara.

Delacroix se inclinó hacia la parte posterior del poste. Allí, en la madera oscura, había una abertura estrecha, apenas visible desde la cara frontal. Una grieta vertical, profunda, lo bastante ancha para introducir una bola si uno sabía que existía. O para esconder algo pequeño.

—Interesante —murmuró.

—No sabía que estaba allí —dijo Renard.

Gérard lo miró con desprecio.

—Mentira. Usted pidió reparar ese poste dos veces.

Renard no respondió.

Marchand tendió la mano.

—La bola.

Renard la entregó al fin. El brigadier la tomó con un pañuelo y la acercó a la luz.

La línea roja era similar a la marca de Adrien, pero no idéntica.

Había una pequeña interrupción en el trazo, casi imperceptible, y junto al número se veía una raspadura muy fina, como si la bola hubiese golpeado piedra o madera.

—¿Es de Marceau? —preguntó Marchand.

Delacroix la miró de cerca.

—Eso quiere que creamos.

—¿Falsa?

—No necesariamente. Pero no es la que encontramos después de la muerte.

—¿Cómo lo sabe?

—La bola hallada en el campo tenía una línea continua y una pequeña mancha verde junto al número. Esta tiene el trazo cortado y una raspadura.

Marchand se volvió hacia Lefèvre.

—Traiga la otra bola. Ahora.

El agente asintió y echó a correr hacia el club.

Renard parecía cada vez más pálido.

—Yo no la puse ahí.

—¿Entonces por qué vino? —preguntó Marchand.

El secretario miró hacia el sendero del lago. Luego hacia el campo oscuro. Luego hacia la campana.

—Savary me dijo que había recordado algo.

Delacroix no corrigió la mentira. Esperó.

—Me dijo que la bola de Adrien… que quizá no era la bola de Adrien.

—¿Cuándo se lo dijo?

—Esta noche. Antes de ir al lago.

—No —dijo Delacroix.

Renard cerró los ojos.

—¿Por qué no?

—Porque Savary estaba deshecho por el botón. No por una bola. Y porque, si Savary le hubiera dicho eso, usted no habría venido solo a la campana en mitad de la noche. Habría mandado a alguien. Usted no se ensucia los zapatos si puede ensuciar los de otro.

Gérard soltó una risa breve y amarga.

Renard abrió los ojos. La derrota empezaba a convertirlo en algo parecido a un hombre.

—Encontré una nota.

Marchand se puso rígido.

—¿Otra nota?

—En mi despacho. Después de cenar. Dentro de la carpeta del torneo.

—¿Qué decía?

Renard se humedeció los labios.

—«Busque donde sonó. Allí empieza lo que quiso terminar.»

—¿Dónde está esa nota? —preguntó Marchand.

Renard bajó la mirada.

—La quemé.

Marchand soltó una maldición que probablemente no habría sido aceptada en la terraza.

Delacroix, en cambio, sonrió apenas.

—Naturalmente.

—Me asusté.

—No. Se reconoció.

Renard levantó la vista.

—¿Qué quiere decir?

—Que la frase estaba escrita para usted. No para la policía. No para el club. Para usted. Alguien sabía que vendría si le hablaban en el idioma correcto: culpa y control.

Renard se estremeció.

—Yo solo quería saber qué había aquí.

—Y tocó la campana.

—Sí.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Monsieur Renard.

—Porque estaba allí. Porque la cuerda… porque pensé que quizá alguien me observaba. Porque quería que vinieran. Porque no quería estar solo.

La respuesta fue patética.

Y por eso mismo, quizá, verdadera.

Marchand miró hacia el campo oscuro.

—¿Alguien más estaba aquí cuando llegó?

—No.

—¿Vio movimiento?

—No.

—¿Cómo encontró la bola?

—La nota decía «donde sonó». Revisé el poste. La vi en la grieta.

—¿La grieta estaba tapada?

—Con un trozo de madera suelto. Lo quité.

Gérard se acercó al poste y encontró el pequeño trozo en el suelo, junto a unas raíces. Lo levantó con un pañuelo. Tenía barro en un borde.

—Esto estaba colocado de nuevo —dijo.

Delacroix examinó la grieta.

La bola no podía haber llegado allí por accidente. Alguien la había escondido con cuidado. Antes o después de la muerte. Esa era la cuestión. Y, como casi siempre, la cuestión no deseaba responder deprisa.

—Si esta es una segunda bola de Adrien —dijo Marchand—, ¿qué significa?

Delacroix miró la depresión del hoyo diecisiete.

—Que tal vez Adrien no encontró su bola.

—Encontró una bola marcada como suya.

—Exacto.

—Colocada donde alguien quería.

—Sí.

Marchand siguió el razonamiento con los ojos.

—La bola real pudo quedar en otro sitio.

—Quizá en la marca circular que vimos en la hierba.

—Y alguien colocó esta segunda bola en el punto visible para atraerlo.

—O para hacerle creer que debía jugar desde allí.

—Pero esta bola estaba escondida en el poste.

—Después de cumplir su función, alguien la retiró y la escondió aquí.

—¿Por qué no tirarla al lago?

—Porque quizá necesitaba recuperarla. O porque no tuvo tiempo. O porque la campana, el poste y la bola formaban parte de una prueba que alguien pensaba usar más tarde.

Marchand miró a Renard.

—¿Usted?

—No.

—¿Quién sabía de la grieta?

Gérard respondió antes que Renard.

—Los empleados del campo. Renard. Algunos caddies. Baptiste seguro.

—Siempre Baptiste —murmuró Marchand.

—Y yo —añadió Gérard.

Todos lo miraron.

El encargado no se echó atrás.

—Yo también sabía. Mi padre arregló ese poste. Yo lo ayudé.

—¿Pudo esconder la bola? —preguntó Marchand.

—Sí.

—¿La escondió?

—No.

—¿Puede probarlo?

Gérard soltó una risa cansada.