Capítulo 20 — El encargado del campo #2
—Yo estaba recogiendo vasos cerca de la terraza.
Mi padre había ido al lago temprano para revisar el embarcadero.
Volvió blanco como cal. Me dijo que lo acompañara.
Cuando llegamos, Claire estaba en el agua, entre los juncos.
Él ya la había sacado parcialmente. La había tocado.
Había intentado… no sé. Ayudar. Aunque ya estaba muerta.
—¿Por qué mentir sobre eso?
—Porque mi padre movió el cuerpo.
Marchand quedó quieto.
—¿Qué hizo exactamente?
—La sacó del agua hasta la orilla. La cubrió con su chaqueta. Vio marcas. Vio el brazo. Vio el golpe en la cabeza. Y vio algo más.
—¿Qué?
Gérard apretó la mandíbula con tanta fuerza que pareció dolerle.
—Un botón en su mano.
—¿Un botón?
—Claire tenía la mano cerrada. Mi padre la abrió. Había un botón claro, nacarado, arrancado de una chaqueta o camisa.
—¿Lo conservó?
—No.
—¿Qué hizo?
—Se lo entregó a Renard.
Delacroix sintió que el aire de la sala cambiaba.
—¿A Renard?
—Sí. Renard llegó antes que Savary. Mi padre le mostró el botón. Renard le dijo que no se metiera, que aquello podía confundirse, que quizá era de la propia Claire, que dejara actuar a los señores. Luego se guardó el botón.
—¿Y desapareció?
—Como todo.
Marchand murmuró una maldición más seria que las anteriores.
—¿Su padre declaró eso?
—No.
—¿Por qué?
—Porque Renard le recordó que el club le daba trabajo, casa, médico para mi madre. Porque el conde Marceau habló con él después. Porque mi padre era un hombre bueno y los hombres buenos, cuando tienen miedo, a veces se vuelven cobardes sin aprender siquiera a perdonarse.
La voz de Gérard se quebró al final.
Delacroix no apartó la mirada. Había en aquella confesión una culpa heredada.
Una de las formas más injustas de la culpa.
El hijo cargando con el silencio del padre, el padre enterrado quizá con el botón todavía pesándole en la conciencia, Claire reducida a accidente mientras un pequeño objeto nacarado desaparecía en el bolsillo de un hombre correcto.
—¿De quién era el botón? —preguntó Marchand.
—Mi padre creyó que de Savary.
—¿Por qué?
—Porque Savary llevaba una chaqueta clara aquella noche. Y porque, cuando llegó al lago, le faltaba un botón en la manga.
Marchand golpeó la mesa con la mano.
—Por todos los santos.
Rémy se estremeció junto a la pared.
Delacroix, en cambio, permaneció muy quieto.
La tentación era sencilla: Savary había sujetado a Claire, ella le arrancó un botón, él la golpeó o la dejó caer, luego firmó un informe para encubrirse.
Años después, el crimen de Adrien resucitaba la historia.
Savary retiraba la nota, plantaba el guante, usaba a Baptiste.
Sencillo.
Demasiado sencillo.
La investigación llevaba todo el día ofreciendo culpables perfectos con una generosidad sospechosa.
—¿El doctor Savary mató a Claire? —preguntó Delacroix.
Gérard lo miró.
—No lo sé.
—Pero su padre lo creyó.
—Sí.
—¿Y Baptiste?
—No sé si Baptiste supo lo del botón.
—¿Su padre se lo contó?
—No. Creo que no. Mi padre se llevó ese silencio a la tumba.
—¿Cuándo murió?
—Hace seis años.
—¿Y usted por qué calló hasta ahora?
Gérard pareció encogerse sin moverse.
—Porque hablar significaba ensuciar a mi padre. Admitir que vio una prueba y la entregó. Admitir que Claire pudo haber tenido justicia si él hubiese sido más valiente. Y porque… porque yo también trabajo aquí. Porque mi vida está hecha de las mismas cobardías, solo que con menos excusas.
Marchand lo miró con dureza, pero ya no con ira.
—Necesitaré su declaración formal.
—La tendrá.
—Toda.
—Sí.
Delacroix señaló el guante.
—Ahora hablemos de esto.
Gérard respiró hondo.
—No lo puse yo.
—No le he acusado.
—Lo pensó.
—Pienso muchas cosas. Algunas incluso contradictorias.
—Pasé por el pasillo, sí. Llevaba la caja. No entré. Vi a Rémy entrar después. Antes de eso, vi a Renard cerca de la puerta de servicio. Parecía esperar a alguien.
—¿A quién?
—No lo sé.
—¿Savary?
—Tal vez.
—¿Lo vio?
—No.
—¿Baptiste?
—No.
Marchand miró al empleado.
—Rémy, ¿Renard le entregó la orden en persona?
—Sí, brigadier.
—¿Dónde?
—En el pasillo junto al comedor.
—¿Había alguien con él?
Rémy pensó.
—El doctor Savary pasó cerca. No sé si venía de hablar con él.
Delacroix miró otra vez el fragmento de fotografía.
—Esto no es solo para acusar a Baptiste —dijo.
Marchand se volvió hacia él.
—¿No?
—No. Es para unirlo a Claire de una manera visible. Hasta ahora, la acusación contra Baptiste era moral, circunstancial. Motivo, conocimiento, oportunidad. Pero este guante con barro y una fotografía de Claire transforma su dolor en prueba teatral. Demasiado teatral.
—¿Y Savary?
—También queda implicado por el fragmento.
—Si se demuestra que la mano era suya.
—Exacto. La fotografía acusa a Baptiste por posesión y a Savary por contenido. Eso es lo interesante.
Gérard frunció el ceño.
—No entiendo.
—Alguien está distribuyendo culpa como quien reparte cartas en una mesa. A Henri le dejó la bola. A Baptiste, el guante. A Savary, la fotografía. A Renard, el encubrimiento. Todos tienen una parte. Pero quizá ninguno tiene la mano completa.
Marchand miró el guante.
—¿Quién gana con eso?
—Alguien que necesita que miremos muchas culpas antiguas para no ver la acción exacta de esta mañana.
La puerta se abrió con brusquedad. Lefèvre apareció en el umbral.
—Brigadier. Monsieur Renard no está en su despacho.
Marchand giró hacia él.
—¿Cómo que no está?
—Tampoco en el comedor ni en su habitación.
—¿Salidas?
—Vigiladas.
—Entonces está dentro.
Delacroix miró hacia el pasillo.
—O en un lugar que considera más suyo que su despacho.
—¿El archivo? —preguntó Marchand.
—El archivo. La galería de trofeos. O quizá el único sitio donde esta historia no deja de volver.
—El lago —dijo Gérard.
El nombre quedó suspendido.
Marchand dio órdenes rápidas. Un agente a las salidas. Lefèvre al archivo. Otro al ala este. Delacroix no esperó a que terminaran. Salió al pasillo y tomó el camino hacia la terraza. Marchand lo alcanzó a los pocos pasos.
—No irá solo.
—Qué alivio. Empezaba a temer disfrutar de la noche.
Atravesaron el vestíbulo. La tela negra seguía cubriendo la pizarra.
Algunos socios asomaron desde el comedor, alarmados por el movimiento.
Beaumont se levantó a medias de una silla, pero Delacroix le hizo un gesto para que permaneciera donde estaba.
Élodie apareció al pie de la escalera, con una bata clara y el rostro despierto. Madeleine estaba detrás de ella.
—¿Qué ocurre? —preguntó Élodie.
—El club se mueve mientras todos deberían estar quietos —respondió Delacroix—. Una costumbre muy suya.
Salieron a la terraza.
La noche era tibia y oscura. El campo se extendía como un mar negro, apenas cortado por la luz que salía de las ventanas del club.
A lo lejos, el lago viejo no se veía, pero su dirección parecía marcada por un frescor húmedo y un silencio más denso.
Marchand tomó una lámpara de mano de un empleado y se la entregó a Delacroix. Este la miró con disgusto.
—Preferiría que la naturaleza hiciera su parte.
—Esta noche la naturaleza está como testigo, no como ayuda.
Caminaron por el sendero lateral.
La grava crujía bajo sus zapatos. De día, aquel camino había parecido decorativo.
De noche, en cambio, revelaba su verdadera función: permitir movimientos discretos entre el club, el campo y el lago.
Valombre estaba lleno de rutas para que los socios pasearan sin mezclarse con el servicio, para que los empleados trabajaran sin interrumpir las vistas, para que las cosas ocurrieran sin atravesar la zona iluminada.
Un club elegante no evitaba las sombras.
Las diseñaba.
Cuando llegaron al borde del lago, vieron una figura junto al embarcadero.
No era Renard.
Era el doctor Savary.
Estaba de pie, inmóvil, mirando el agua. En una mano sostenía algo pequeño. Al oír los pasos, se volvió. La luz de la lámpara le iluminó el rostro: pálido, desencajado, envejecido.
—Doctor —dijo Marchand.
Savary cerró la mano.
Demasiado tarde.
—¿Qué tiene ahí? —preguntó Delacroix.
El médico miró hacia el lago.
Durante un segundo, pareció que iba a arrojar el objeto al agua.
Marchand avanzó.
—No lo haga.
Savary soltó una risa rota.
—Siempre llego tarde, ¿verdad?
Abrió la mano.
Sobre la palma había un botón nacarado.
Pequeño.
Antiguo.
Con el borde astillado.
Gérard Lenoir, que había llegado detrás de ellos sin que Delacroix lo oyera, soltó un sonido ahogado.
—Mi padre…
Savary cerró los ojos.
—Renard me lo dio esta noche.
—¿Renard? —preguntó Marchand.
—Sí.
—¿Dónde está?
Savary negó despacio.
—No lo sé.
Delacroix se acercó al médico.
—¿Por qué se lo dio?
Savary miró el botón, como si aquel objeto pesara más que toda su vida.
—Porque dijo que ya era hora de devolver cada cosa a su dueño.
—¿Y quién es su dueño, doctor?
Savary levantó la vista.
En sus ojos había miedo.
No culpa.
Miedo.
—Claire lo arrancó de mi chaqueta —dijo—. Pero yo no la maté.
Gérard dio un paso hacia él.
—Mentiroso.
Marchand lo sujetó del brazo.
—No.
—¡Mi padre lo vio!
—Su padre vio parte de una verdad —dijo Savary, con voz quebrada—. Y todos dejamos que esa parte pareciera el todo.
Delacroix miró el lago. El agua estaba negra, inmóvil. Años atrás, Claire Marin había terminado allí. Ahora un botón regresaba a la orilla como si el pasado, harto de tanta prudencia, hubiese empezado a escupir pruebas.
—Doctor Savary —dijo—, va a contarnos exactamente qué ocurrió esa noche.
Savary bajó la mirada hacia el botón.
—No aquí.
—Sí —respondió Delacroix—. Precisamente aquí.
El médico tragó saliva.
Durante un momento, solo se oyó el leve roce de los juncos.
Luego Savary habló.
—Claire vino a buscarme.
Nadie interrumpió.
—Adrien la había humillado. O algo peor. No lo sé. Lloraba. Decía que quería irse, que él se había reído de ella, que otros también. Yo intenté calmarla. Ella no quería que la tocara. Me apartó. Me arrancó el botón. Después apareció Adrien.
Gérard respiraba con furia.
Savary cerró los ojos.
—Discutimos. Adrien me dijo que no hiciera teatro de médico compasivo, que la muchacha solo había descubierto su lugar.
Quise golpearlo. No lo hice. Él se fue. Claire corrió hacia el embarcadero.
Yo fui detrás. La sujeté otra vez. Resbaló.
Cayó. Se golpeó la cabeza contra el borde.
Yo… yo pensé que estaba aturdida. Bajé a buscar ayuda.
No tardé mucho. Cuando volví con Renard, ya estaba en el agua.
—¿Viva? —preguntó Marchand.
Savary abrió los ojos.
—No lo sé.
La frase fue peor que una confesión.
Gérard intentó soltarse.
—¡No lo sabe!
—No lo sé —repitió Savary, con la voz rota—. Y llevo años oyéndolo cada noche.
Delacroix lo observó.
—¿Quién la puso en el agua?
Savary miró hacia el club.
—No lo sé.
—Doctor.
—No lo sé.
—¿Renard?
—Renard llegó conmigo. O eso creo. Dios mío, no sé.
Todo fue confuso. Había gritos, música, gente.
Cuando volvimos, Claire no estaba en el embarcadero.
Estaba en el lago. Renard dijo que no había nada que hacer.
Dijo que si contábamos lo del golpe, lo del brazo, lo de Adrien, destruiríamos a todos y no la salvaríamos a ella.
Yo firmé. Firmé lo que convenía. Y después…
después uno aprende a vivir con una frase hasta que la frase aprende a despertarlo.
Marchand soltó a Gérard, pero se colocó entre él y el médico.
Delacroix miró el botón.
—¿Por qué conservó Renard esto?
Savary negó.
—No lo sé.
—Los hombres como Renard no conservan objetos peligrosos por sentimentalismo.
—Quizá para controlar el relato. Quizá para controlar mi silencio. Quizá porque Renard nunca tiraba nada que pudiera necesitar después.
Delacroix pensó en el guante, la fotografía, la nota, la tarjeta, la carpeta desaparecida.
Todo aparecía por fragmentos. Demasiadas pruebas antiguas surgían justo cuando podían enturbiar el asesinato presente.
Renard repartiendo objetos. Savary asustado.
Gérard confesando. Baptiste cada vez más rodeado.
—¿Renard le dijo algo más esta noche? —preguntó.
Savary asintió lentamente.
—Dijo que Adrien había muerto como debía morir Valombre: por una regla respetada hasta el absurdo.
Marchand y Delacroix se miraron.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—¿Dónde está Renard?
Savary miró hacia la oscuridad del campo.
—Dijo que iba a terminar lo que empezó.
Desde algún lugar lejano, casi imperceptible, llegó un sonido metálico.
Una campana.
Una sola vez.
La noche entera pareció detenerse.
Delacroix volvió la cabeza hacia la oscuridad del hoyo diecisiete.
Marchand ya corría.