Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 20 — El encargado del campo
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Capítulo 20 — El encargado del campo

El guante parecía demasiado limpio para ser inocente.

No porque estuviera limpio, exactamente.

Tenía barro rojizo en los dedos, una mancha seca cerca de la palma y una leve señal oscura junto al puño.

Pero estaba colocado de una forma demasiado útil, demasiado visible, demasiado dispuesto a ser encontrado.

A Delacroix le desagradaban los objetos que parecían gritar su propia importancia.

Los verdaderamente importantes solían tener más pudor.

El empleado detenido por el agente temblaba junto a la puerta de la sala auxiliar.

Era un muchacho de rostro estrecho, chaqueta de servicio y ojos grandes, más propios del susto que de la culpa.

Se llamaba Rémy, según informó Lefèvre, y llevaba apenas seis meses trabajando en el club.

Repetía que había ido a buscar unas mantas porque monsieur Renard había pedido que prepararan habitaciones adicionales para los socios retenidos.

—¿Monsieur Renard? —preguntó Marchand.

—Sí, brigadier. Dijo que hacían falta mantas del armario auxiliar.

Renard, naturalmente, no estaba allí.

Delacroix miró el cajón forzado. No parecía violentado con destreza, sino abierto con torpeza suficiente para hacer ruido. El guante estaba en el suelo, a unos pasos de la mesa donde descansaban las prendas de Adrien Marceau. Dentro del guante, asomaba el trozo de fotografía antigua.

—Nadie toca nada —dijo Marchand.

—Una frase excelente que conviene pronunciar antes de que medio club pisotee un hoyo —murmuró Delacroix.

El brigadier no respondió. Se arrodilló, examinó el guante desde cierta distancia y luego indicó a Lefèvre que lo recogiera con cuidado usando un pañuelo limpio.

El joven agente obedeció con solemnidad, como si levantara una reliquia.

Sacó primero el fragmento de fotografía y lo dejó sobre una bandeja. Después colocó el guante a su lado.

Todos miraron la imagen.

Era pequeña, arrancada de una fotografía mayor.

Se veía un brazo femenino, delgado, con la manga clara de un vestido de servicio.

Una mano masculina sujetaba la muñeca. No se veía el rostro de la mujer.

No se veía el rostro del hombre. Solo la mano, firme, demasiado cerrada, y un trozo de chaqueta clara.

En el borde inferior aparecía una franja de madera: el embarcadero.

Delacroix sintió que la pieza encajaba no en la solución, sino en la trampa.

—Es la fotografía que faltaba —dijo Marchand.

—Un fragmento de ella.

—Dentro del guante de Baptiste.

—Presuntamente.

—¿Presuntamente?

Delacroix señaló el guante.

—Aún no sabemos si es suyo. Solo sabemos que alguien desea que lo parezca.

Rémy gimió.

—Yo no puse eso ahí, monsieur. Lo juro.

Marchand lo miró.

—¿Quién le pidió exactamente que viniera?

—Monsieur Renard.

—¿Con qué palabras?

—Me dijo que faltaban mantas en el ala este. Que revisara el armario de la sala auxiliar y que no molestara a los agentes si estaban ocupados. Yo no sabía que estaba prohibido entrar. Bueno, sí, pero pensé… pensé que si lo decía monsieur Renard…

—Pensó que la orden del club pesaba más que la de la policía —dijo Delacroix.

El muchacho bajó la cabeza.

—Sí, monsieur.

Marchand maldijo por lo bajo.

—Lefèvre, busque a Renard.

—Sí, brigadier.

El agente salió con rapidez.

Delacroix permaneció mirando el fragmento de fotografía.

La mano masculina era fuerte, ancha, con dedos cortos.

No parecía la mano fina de Adrien Marceau.

Tampoco la de Renard, larga y estrecha. Podía ser de Savary.

Podía ser de alguno de los socios antiguos.

Podía ser de cualquiera si uno tenía suficiente voluntad de equivocarse.

—¿Qué ve? —preguntó Marchand.

—Una fotografía incompleta.

—Eso lo veo yo.

—Entonces vamos progresando.

—Delacroix.

—Veo una mano sujetando a Claire Marin, probablemente poco antes de su muerte.

Veo que alguien arrancó esta imagen del álbum.

Veo que alguien conservó al menos un fragmento.

Veo que ahora aparece dentro de un guante manchado de barro en una sala donde no debería aparecer nada.

Y veo que nuestro asesino, o nuestro escenógrafo, tiene un gusto excesivo por las pruebas que llegan tarde.

Marchand se incorporó.

—¿Escenógrafo?

—Sí. Esto es teatro. Malo, además. Demasiado evidente. El guante, el barro, Claire, la foto. Todo empuja hacia Baptiste con una energía casi vulgar.

—Quizá porque Baptiste es culpable.

—Quizá. Pero si Baptiste tenía esta fotografía, si tenía por fin una prueba relacionada con su hermana, ¿por qué esconder solo un fragmento en su propio guante y abandonarlo junto a la ropa de Adrien?

¿Para que lo encuentren? ¿Para incriminarse después de haber negado todo con razonable inteligencia?

Marchand no respondió.

Rémy seguía temblando junto a la pared. Delacroix se acercó a él.

—Rémy.

—Sí, monsieur.

—¿Vio a alguien salir de esta sala antes de entrar?

—No.

—¿A alguien en el pasillo?

—Al agente. Estaba al fondo. Y antes, creo que monsieur Lenoir.

—¿Gérard Lenoir?

—Sí.

Marchand giró la cabeza.

—¿Cuándo?

—Un momento antes. Iba hacia el pasillo de servicio.

—¿Entró en la sala?

—No lo vi entrar.

—¿Llevaba algo?

Rémy pensó.

—Una caja pequeña. O herramientas. No sé.

Delacroix miró a Marchand.

El brigadier apretó la mandíbula.

—Traigan a Lenoir.

No hizo falta buscarlo demasiado. Gérard Lenoir apareció por el pasillo apenas unos minutos después, acompañado por otro agente.

No parecía sorprendido de que lo llamaran.

Eso, en una noche así, podía significar inocencia cansada o culpa resignada.

Venía con las mangas arremangadas y una caja de herramientas en la mano.

—Brigadier —dijo.

—¿Dónde estaba?

—En el cuarto de mantenimiento.

—¿Pasó por este pasillo?

—Sí.

—¿Entró en esta sala?

—No.

—¿Llevaba esa caja?

—Sí.

—¿Para qué?

—Renard pidió revisar una ventana que no cerraba bien en el ala este.

Marchand soltó una risa breve, sin humor.

—Renard está muy activo para un hombre al que le pedí que no moviera ni una silla sin avisarme.

Gérard miró el guante en la bandeja. Su rostro cambió apenas.

Delacroix lo vio.

—Lo reconoce.

—Es un guante.

—No he preguntado qué es.

Gérard dejó la caja en el suelo.

—Parece de Baptiste.

—Parece —repitió Delacroix—. Otro verbo que trabaja mucho esta noche.

Marchand le mostró el fragmento de fotografía.

—¿Y esto?

Gérard se quedó rígido.

—La foto.

—¿La fotografía arrancada del álbum?

—Sí.

—¿La había visto?

—Sí.

—¿Cuándo?

El encargado del campo miró hacia la puerta, como si midiera cuántas salidas le quedaban. Luego bajó los ojos.

—Hace años.

—Ya lo dijo. Necesito más.

—La vi completa.

—¿Qué mostraba?

Gérard tragó saliva.

—A Claire. Cerca del embarcadero. Un hombre la sujetaba del brazo.

—¿Quién?

—No se veía la cara.

—Pero usted sospecha.

—No.

Delacroix se acercó un paso.

—Monsieur Lenoir, esta noche ya hemos escuchado demasiados no que venían vestidos de miedo. Procure no añadir otro si no le queda bien.

Gérard apretó los puños.

—Era Savary.

Marchand se quedó inmóvil.

—¿El doctor Savary?

—Sí.

—Antes dijo que no sabía.

—Dije que no se veía la cara. Y no se veía. Pero era su mano. Su forma de agarrar. Yo lo había visto muchas veces sujetar así a la gente, como si tranquilizara y ordenara al mismo tiempo. Además llevaba un anillo en el meñique. Savary usaba uno entonces. En la foto completa se veía.

—¿En este fragmento?

—No. Falta esa parte.

Marchand miró la imagen.

—¿Por qué no lo dijo antes?

Gérard soltó una risa seca.

—Porque hasta hace media hora no tenía una fotografía para respaldarlo. Y ahora solo hay un trozo que no muestra lo que importa. Muy conveniente, ¿no?

Delacroix lo observó.

—¿Quién arrancó la foto?

—No lo sé.

—¿Quién tenía el álbum cuando usted la vio completa?

—Estaba en la galería, durante una reforma. Lo vi por casualidad. Después desapareció.

—¿Se lo dijo a alguien?

Gérard bajó la mirada.

—A mi padre.

—¿Y?

—Me dijo que dejara en paz a los muertos si quería seguir comiendo con los vivos.

La frase cayó con una crudeza sin adornos.

—Su padre trabajaba aquí —dijo Marchand.

—Sí.

—Y encontró el cuerpo de Claire con usted.

—Sí.

—¿Sabía más de lo que dijo?

Gérard no respondió.

Delacroix miró la caja de herramientas. Había tierra seca en una esquina.

No barro húmedo, sino tierra del campo. Normal en un encargado.

Todo en Gérard era normal, y precisamente por eso resultaba difícil separarlo del terreno.

Había hombres que podían moverse por un club sin ser vistos porque eran demasiado elegantes.

Gérard podía hacerlo porque era parte del paisaje laboral.

—Esta mañana vio una figura junto al sendero —dijo Delacroix.

—Sí.

—Ropa clara. Mano o guante claro.

—Sí.

—¿Pudo ser Savary?

Gérard cerró los ojos.

—No lo sé.

—Pero lo pensó.

—Sí.

Marchand dio un paso.

—¿Por qué?

—Porque Savary estuvo cerca del lago antes de la muerte de Adrien.

—¿Esta mañana?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes de que el grupo llegara al diecisiete. Lo vi caminar por el sendero. Dijo que necesitaba sombra y aire. Los médicos siempre tienen excusas mejores que los jardineros.

—¿Llevaba guantes?

—No lo recuerdo.

—¿Habló con alguien?

—Con Renard, creo. Cerca de los pinos.

Marchand cerró los ojos un instante.

—¿Y tampoco dijo eso?

Gérard lo miró con rabia cansada.

—¿Quiere una lista de todo lo que no dije, brigadier? Porque puede que necesitemos otra mesa.

—Quiero que deje de proteger a este club.

—No protejo al club.

—Entonces, ¿qué protege?

Gérard abrió la boca. La cerró. Miró hacia la bandeja, hacia el guante, hacia la mano de la fotografía sujetando a una muchacha muerta desde hacía años.

—A mi padre —dijo al fin.

Delacroix no se movió.

Marchand bajó la libreta.

—Explíquese.

Gérard respiró hondo.

—Mi padre encontró a Claire antes que yo.

—Usted dijo que la vio primero.

—Mentí.

—Continúe.