Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 19 — La noche de Claire Marin #2
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Capítulo 19 — La noche de Claire Marin #2

Miró la imagen de Adrien junto a Claire. La mano demasiado cerca. La bandeja. El joven Baptiste en el fondo.

—Baptiste estaba allí —dijo.

—Sí.

—No lo recordaba.

—¿O no quería?

Madeleine levantó los ojos hacia él.

—Esta noche no tengo fuerzas para defender mis cobardías con elegancia, monsieur Delacroix. Así que sí: quizá no quería.

Delacroix aceptó la sinceridad sin suavizarla.

—Mire esta.

Le mostró la fotografía del lago con Claire cerca del sendero y la figura cortada por el borde.

Madeleine se inclinó.

—No se ve bien.

—¿Reconoce la manga?

—Todos vestían claro.

—¿La postura?

—No.

—¿Dónde estaba usted después del brindis?

Madeleine cerró los ojos para ordenar el recuerdo.

—En la terraza lateral. Discutí con mi marido. Adrien me había ignorado toda la noche y yo, como idiota, sufría por eso. Mi marido lo notó. Bebió de más. Me dijo algo cruel. Yo le respondí algo peor. Luego fui a buscar mi chal.

—¿Vio a Claire?

—Antes sí. Después no.

—¿Y a Adrien?

—No durante un rato. Luego volvió desde el sendero del lago.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Cómo estaba?

Madeleine miró la fotografía.

—Molesto. Ya se lo dije.

—¿Barro en los zapatos?

—No. Zapatos blancos.

—Impecables.

—Sí.

—¿Era posible volver del lago sin mancharse?

—Si se caminaba por el sendero de piedra, sí. Si uno entraba en la zona húmeda, no.

Marchand anotó.

—¿Quién más desapareció durante ese tramo?

Madeleine pensó.

—Savary estuvo fuera un rato. Renard iba y venía. Dos socios jóvenes, los hermanos Delatour, creo, estaban borrachos cerca del embarcadero. El conde Marceau apareció más tarde, cuando ya se hablaba de buscar a Claire.

—¿Baptiste?

—No lo sé. Pero si aparece en esa foto, quizá estaba vigilando.

Gérard Lenoir llegó entonces, con el pelo revuelto y la camisa mal abrochada bajo la chaqueta. No parecía haber dormido; parecía haber intentado hacerlo y haber perdido la discusión consigo mismo. Al ver el álbum, su rostro se tensó.

—¿De dónde salió eso?

—Archivo fotográfico —dijo Marchand—. Necesitamos que mire.

Gérard se acercó. Cuando vio la imagen de Claire y Adrien, apartó la mirada por instinto.

—Mire —ordenó Marchand, no con crueldad, sino con firmeza.

El encargado obedeció.

—Sí. Esa noche.

—¿Recuerda esta escena?

Gérard tragó saliva.

—Adrien hablándole. Claire incómoda. Baptiste al fondo.

—¿Baptiste estaba trabajando?

—No. Creo que había venido a buscar a Claire. Su turno terminaba antes de la medianoche. O su madre le había pedido que la acompañara. No recuerdo.

—¿Discutió con Adrien?

—No que yo viera.

Delacroix mostró la siguiente fotografía.

—¿Y esta figura?

Gérard se inclinó mucho.

—No sé.

—Piense.

—No sé, monsieur. Esa manga… podría ser de cualquiera.

—¿Renard?

—Renard era más delgado. Esta persona parece… no sé.

—¿Más corpulenta?

—Quizá. O es el ángulo.

—¿Savary?

Gérard dudó.

—Podría.

Madeleine volvió la cabeza.

—Savary estuvo cerca del lago.

—Sí —dijo Gérard—. Lo vi hablar con Adrien antes de que Adrien volviera a la terraza.

Marchand levantó la pluma.

—Eso no lo dijo antes.

Gérard se puso rígido.

—No lo recordaba.

—Otra epidemia.

Delacroix intervino antes de que Gérard se cerrara.

—¿Dónde hablaron?

—Cerca del embarcadero. Savary parecía enfadado. Adrien se reía.

—¿De qué?

—No pude oír.

—¿Claire estaba con ellos?

—No la vi.

—¿Baptiste?

—Tampoco.

Madeleine miró al encargado.

—¿Savary enfadado?

—Sí.

—El doctor Savary estaba prometido entonces —dijo ella, muy despacio.

Delacroix se volvió hacia ella.

—¿Con quién?

—Con una prima de Claire. No prima cercana. Una muchacha del pueblo. Duró poco. La familia de ella rompió el compromiso después de la muerte.

Marchand dejó la pluma sobre la mesa.

—¿Por qué nadie mencionó eso?

Madeleine cerró los ojos.

—Porque he tardado años en convertirme en alguien capaz de recordar sin proteger a los hombres equivocados.

Gérard bajó la cabeza.

—Savary conocía a Claire de antes.

—¿Bien? —preguntó Delacroix.

—Lo bastante para saludarla por su nombre. Lo bastante para que ella confiara en él, quizá.

Una pieza nueva cayó sobre la mesa.

No con estruendo.

Peor: con lógica.

Savary no era solo el médico que había firmado un informe conveniente. Había estado cerca del lago. Había discutido con Adrien. Conocía a Claire. Tenía una relación indirecta con su familia. Y años después había reducido la muerte a accidente.

—El doctor Savary dijo que acudió después —murmuró Marchand.

—Los hombres que llegan después rara vez aparecen enfadados antes en las fotografías —dijo Delacroix.

Madeleine se llevó una mano a la garganta.

—No creo que Savary matara a Claire.

—¿Por qué no? —preguntó Marchand.

—Porque era cobarde. No violento.

Delacroix miró la imagen arrancada.

—La cobardía se vuelve violenta cuando teme ser descubierta.

Gérard señaló la página.

—Esa foto falta.

—Sí.

—Había otra. Lo recuerdo.

Todos lo miraron.

—¿Qué mostraba? —preguntó Marchand.

Gérard se frotó la frente.

—No estoy seguro. La vi años después, cuando limpiábamos la galería antes de una reforma. Había un álbum abierto. Esa foto estaba. Claire aparecía cerca del embarcadero. Había un hombre sujetándola del brazo.

—¿Quién?

—No se veía la cara. O quizá sí, pero estaba movida. Recuerdo una mano en su brazo. Recuerdo que pensé en lo que Baptiste decía: que alguien la había sujetado.

—¿Dónde está esa fotografía?

Gérard señaló la página mutilada.

—Ahí debería estar.

Marchand se puso en pie.

—¿Quién pudo arrancarla?

Gérard miró a Madeleine. Madeleine miró hacia la puerta. Delacroix no necesitó seguir sus miradas.

Renard.

O Savary.

O alguien que sabía que esa fotografía, aun borrosa, podía resucitar demasiado pasado.

En ese momento, desde el pasillo llegó un ruido seco.

No fue fuerte. Un golpe breve, seguido de pasos apresurados.

Marchand abrió la puerta de inmediato.

—¡Lefèvre!

El agente apareció al fondo, corriendo.

—Brigadier. La sala auxiliar.

—¿Qué ocurre?

—Alguien ha intentado entrar donde está la ropa de Marceau.

Marchand maldijo y salió con él. Delacroix lo siguió, dejando a Madeleine y Gérard junto al álbum abierto.

El pasillo estaba iluminado a medias. Uno de los agentes sujetaba a un empleado joven, tembloroso, que insistía en que solo iba a buscar mantas.

La puerta de la sala auxiliar estaba abierta.

Dentro, sobre una mesa, seguían las prendas de Adrien bajo custodia.

Pero un cajón lateral había sido forzado.

Y en el suelo, cerca de la mesa, había un guante claro.

Delacroix se agachó.

No lo tocó.

Era de color crema.

Tenía barro rojizo en los dedos.

Marchand llegó detrás de él, respirando con fuerza.

—¿Es de Baptiste?

Delacroix miró el guante, luego el cajón forzado, luego al empleado detenido, que parecía demasiado aterrado para haber planeado nada y demasiado útil para haber sido enviado por casualidad.

—Eso —dijo— es exactamente lo que alguien quiere que preguntemos.

El brigadier se inclinó.

—Hay algo dentro.

Delacroix lo vio entonces. Asomando por la abertura del guante, doblado con cuidado, había un pequeño trozo de fotografía antigua.

Marchand se quedó inmóvil.

Delacroix tomó aire lentamente.

—No lo toque todavía.

La noche de Claire Marin acababa de entrar en la muerte de Adrien Marceau por la puerta más torpe y más teatral posible.

Y eso, para Delacroix, era casi una confesión.

No de culpabilidad.

De puesta en escena.