Capítulo 19 — La noche de Claire Marin
A medianoche, Valombre seguía despierto.
No con vida, exactamente. Más bien con esa vigilia forzada de las casas donde nadie duerme porque todos esperan que alguien cometa el primer error.
Las lámparas del vestíbulo permanecían encendidas, aunque la mayoría de los socios se había retirado a las habitaciones asignadas o fingía hacerlo.
En los pasillos, las alfombras amortiguaban los pasos hasta volverlos sospechosos.
De vez en cuando se oía una puerta, una voz baja, el crujido de una madera antigua o el tintineo de una copa que alguien no debería estar bebiendo.
Delacroix no tenía intención de dormir.
El aire puro, el sol y el ejercicio ajeno no habían conseguido curarlo de su peor enfermedad: la curiosidad.
Marchand, por su parte, había aceptado la noche con resignación policial.
Había instalado a Lefèvre en la sala de lectura con las pruebas recogidas, dos agentes en las salidas principales y otro en el pasillo de servicio.
Nadie podía abandonar el club sin ser visto.
Aquella medida había producido un escándalo silencioso entre los socios, que toleraban los cadáveres con más elegancia que las restricciones.
—Si alguien protesta otra vez —había dicho Marchand—, le ofreceré una pala y lo mandaré a discutir con Marceau.
Delacroix había considerado aquella frase muy prometedora para un hombre sin pretensiones literarias.
La pista de la nota seguía abierta sobre la mesa como una herida de papel. El fragmento hallado bajo la pata, la hoja marcada por presión, la tarjeta de clasificación con el incompleto Mar. Todo apuntaba hacia algún lugar sin llegar a tocarlo.
Marin.
Marceau.
Madeleine.
Mar.
Demasiados comienzos posibles para una sola verdad.
—No me gusta esa palabra incompleta —dijo Marchand, mirando la tarjeta dentro del sobre.
—A las palabras incompletas tampoco suele gustarles que las interrumpan.
—¿Cree que Adrien intentó escribir el nombre de su asesino?
—Quizá.
Marchand alzó la vista.
Delacroix recordó tarde su promesa de prudencia.
—Digamos que es una posibilidad con buena educación —corrigió.
—Mejor.
—Pero también pudo estar copiando una palabra de la nota. O el inicio de una firma. O simplemente marcando algo que no llegó a desarrollar.
—Marin encaja.
—Demasiado.
—Madeleine también empieza por Mar.
—Y Marceau. Y Marchand, aunque sería una sorpresa administrativa considerable.
El brigadier no sonrió.
—La broma sería mejor si yo no llevara diez horas interrogando a golfistas.
—Entonces la culpa es del golf.
Lefèvre entró en ese momento con una caja de cartón cubierta de polvo. La llevaba con ambas manos, orgulloso y algo asustado.
—Monsieur Delacroix. Brigadier. Encontré esto en el archivo fotográfico.
Marchand se volvió.
—¿Qué es?
—Álbumes de fiestas antiguas. Busqué el año de Claire Marin, como pidieron. Hay varias fotografías de aquella noche.
Delacroix se acercó a la mesa.
La caja contenía tres álbumes de tapas oscuras, varios sobres con negativos, tarjetas sueltas y fotografías pegadas sobre cartulina.
Algunas estaban fechadas. Otras llevaban anotaciones a lápiz.
El polvo sobre los lomos indicaba que Valombre no visitaba a menudo aquel pasado.
O quizá lo visitaba solo quien sabía exactamente qué no quería encontrar.
—Buen trabajo, Lefèvre —dijo Marchand.
El joven agente se iluminó como si le hubieran concedido una medalla.
—Gracias, brigadier.
Delacroix abrió el primer álbum.
Aparecieron cenas, torneos, entregas de premios, bailes, fiestas de verano.
Hombres con trajes claros. Mujeres con vestidos largos.
Farolillos. Copas. Mesas junto al lago. Músicos en una terraza.
Risas detenidas en el papel con una alegría que ahora parecía obscena.
La fotografía tenía esa capacidad cruel de conservar la superficie y dejar que el tiempo revelara lo que la superficie ocultaba.
—Aquí —dijo Lefèvre.
Señaló una página.
Fiesta de verano. Julio.
La misma noche.
Delacroix recorrió las imágenes con atención.
En una, Adrien Marceau aparecía junto a Madeleine Vasseur, entonces más joven, bellísima, con una sonrisa que intentaba parecer social y no íntima.
En otra, el doctor Savary levantaba una copa junto a dos socios.
En otra, Octave Renard, delgado, servicial, casi invisible en su propia rigidez, hablaba con un camarero.
Al fondo de varias fotografías se veía el lago viejo iluminado por farolillos.
Y en una esquina, en una imagen algo borrosa, estaba Claire Marin.
No en el centro. Nunca en el centro.
Llevaba un vestido sencillo de servicio, claro, con el pelo recogido de forma práctica.
Sostenía una bandeja con copas. No sonreía.
Miraba hacia alguien fuera del encuadre.
Había en su rostro algo que Delacroix reconoció de inmediato: la expresión de una persona que acaba de comprender que el lugar donde está no la protege.
—Pobre muchacha —murmuró Marchand.
—No empiece por pobre —dijo Delacroix, más seco de lo habitual.
El brigadier lo miró.
—¿Qué?
Delacroix no apartó la vista de la fotografía.
—Primero muchacha. Después veremos qué le hicieron.
Marchand no respondió. Pero asintió.
Pasaron la página.
La siguiente fotografía era más reveladora.
Adrien Marceau, joven, sonriente, inclinado hacia Claire junto a una mesa de bebidas.
Ella sostenía la bandeja contra el cuerpo, con los hombros algo tensos.
Él tenía una mano apoyada demasiado cerca de su cintura, no tocándola del todo, pero invadiendo el espacio con esa confianza de los hombres que no necesitan agarrar para poseer.
Detrás de ellos, parcialmente oculto por una columna, aparecía un joven Baptiste Marin.
Delacroix se quedó inmóvil.
Baptiste tendría poco más de veinte años. El rostro más delgado, más abierto, todavía no endurecido del todo. Miraba a Adrien y a Claire con una mezcla de preocupación y rabia contenida. No era una presencia accidental. No miraba la cámara. Miraba la escena. A su hermana. A Marceau.
—Dios mío —dijo Lefèvre.
—Otra vez él —murmuró Marchand.
Delacroix no habló.
La fotografía no probaba que Baptiste hubiera matado a Adrien años después.
Pero sí probaba algo más íntimo y, quizá, más peligroso: que Baptiste había visto.
No solo había reconstruido la historia por rumores, ni por expedientes desaparecidos, ni por confesiones tardías de cobardes.
Había estado allí. Había mirado el principio de la noche que terminaría con su hermana en el lago.
Y no había podido impedirlo.
Delacroix pasó la página con cuidado.
Otra imagen. El lago. Farolillos. Un grupo de jóvenes riendo cerca del embarcadero.
Adrien estaba en el centro, copa en mano.
Claire aparecía al fondo, más cerca del sendero, sola.
O casi sola. Una sombra masculina se distinguía junto a ella, cortada por el borde de la fotografía.
Solo se veía parte del brazo, una manga clara, una mano con guante blanco o quizá un pañuelo.
—¿Quién es? —preguntó Marchand.
Delacroix acercó la lámpara.
—No se ve.
—¿Marceau?
—Podría.
—¿Renard?
—Podría.
—¿Otro socio?
—También.
Marchand soltó una exhalación irritada.
—Este club está lleno de podrían.
—Así se construyen los encubrimientos. Con suficientes posibilidades para que ninguna tenga que responder sola.
Lefèvre señaló el borde inferior.
—Hay algo escrito.
La fotografía tenía una anotación a lápiz, casi borrada:
Lago. Después del brindis.
Delacroix miró la hora aproximada en otras páginas.
Las fotografías estaban ordenadas. Antes del brindis, Claire aparecía sirviendo.
Después, cada vez menos. Adrien, en cambio, seguía visible: en la terraza, junto al lago, con Madeleine, con Savary, con otros socios.
En varias imágenes faltaba durante un tramo.
—Necesitamos reconstruir la secuencia —dijo.
Marchand miró el reloj.
—¿Ahora?
—Los muertos antiguos no duermen más por esperar al desayuno.
El brigadier suspiró.
—Lefèvre, traiga a Gérard Lenoir. Y a Madeleine Vasseur si sigue despierta.
—Sí, brigadier.
—Y a Renard.
Delacroix levantó la vista.
—A Renard no.
Marchand frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque quiero ver qué hace cuando descubra que no lo llamamos.
El brigadier lo estudió un instante. Luego asintió.
—Lefèvre, solo Lenoir y madame Vasseur.
El agente salió.
Mientras esperaban, Delacroix siguió revisando el álbum. Había una fotografía arrancada. No faltaba la página completa, solo una imagen. Quedaban las esquinas pegadas, pequeños triángulos de papel y una mancha rectangular menos amarillenta que el resto.
—Aquí falta una —dijo Marchand.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—No lo sabremos preguntándole al álbum.
—¿Qué había?
Delacroix examinó la secuencia. La fotografía anterior mostraba el sendero hacia el lago. La siguiente, el embarcadero vacío, con dos copas abandonadas sobre el banco de piedra.
—Algo entre el sendero y el embarcadero —dijo.
—Claire.
—Tal vez.
—Marceau.
—Tal vez.
—O alguien que no quería seguir en la caja.
Delacroix miró los pequeños restos de papel. Uno de los triángulos conservaba parte de una sombra clara. Nada más.
Madeleine Vasseur llegó antes que Gérard. Llevaba una bata oscura sobre el vestido y el cabello recogido con menos precisión que de costumbre. Parecía haber envejecido desde la tarde. O quizá la noche le había quitado el barniz social que el día todavía le imponía.
—Brigadier. Monsieur Delacroix.
—Lamento molestarla a estas horas —dijo Marchand.
—No lo lamenta. Y, si lo lamenta, no lo bastante para dejar de hacerlo. Muéstreme.
Delacroix giró el álbum hacia ella.
Madeleine no necesitó que le explicaran. Reconoció la noche de inmediato. Su rostro se cerró con una rapidez dolorosa.
—Hace años que no veía estas fotografías.
—¿Las buscó alguna vez? —preguntó Delacroix.
—No.
—¿Por miedo?
—Por vergüenza.
—A veces son habitaciones contiguas.
Ella no respondió.