Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 18 — La nota imposible #2
49%

Capítulo 18 — La nota imposible #2

Durante unos segundos, nadie habló. La frase era breve, casi torpe.

Pero tenía la precisión venenosa de las amenazas que no necesitan explicar demasiado.

El diecisiete. Ganar. Adrien sonriendo al leerla antes de salir.

Adrien creyendo, quizá, que alguien lo desafiaba.

Adrien incapaz de resistir una ocasión de demostrar que nada podía alcanzarlo.

—Esto cambia las cosas —dijo Marchand.

—Sí —respondió Delacroix.

—¿Es la nota?

—Es la huella de la nota.

—Escrita aquí.

—O copiada aquí.

Renard recuperó la voz.

—Ese papel lo usan los caddies.

—También cualquier persona con acceso a este cuarto.

—Pero la frase apunta a Baptiste.

Delacroix lo miró.

—¿De veras?

—El hoyo diecisiete. La muerte de Claire. La venganza. ¿Quién más escribiría eso?

—Qué rapidez, monsieur Renard. Si alguna vez decide abandonar la administración, la acusación temeraria parece una salida natural.

—No sea injusto. Es evidente.

—Las evidencias que se presentan a sí mismas con tanta puntualidad suelen haber recibido ayuda.

Marchand tomó la hoja marcada con el carbón y la observó.

—Tinta negra.

—Sí.

—Papel de caddie.

—Sí.

—Frase que parece de venganza.

—Sí.

—¿La escribió Baptiste?

—Quizá.

Renard soltó una exhalación impaciente.

—Otra vez quizá.

Delacroix se volvió hacia él.

—¿Preferiría que mintiera con seguridad? Entiendo que aquí es tradición, pero aún no he solicitado ser socio.

Lefèvre fingió toser.

Marchand, más práctico, se acercó al armario.

—¿Quién estuvo aquí esta mañana antes de la salida?

Renard respondió:

—Los jugadores, sus caddies, algunos empleados.

—Nombres.

—Baptiste Marin, Paul, el caddie de Delaunay, los caddies de Morel y de otros jugadores. Adrien pasó por aquí brevemente. Delaunay también. Gérard entró a comprobar el material de señalización. Yo vine a revisar el orden de salida. Uno o dos empleados de limpieza.

—¿Lucien Morel?

—Sí. Creo que entró un momento.

—¿Madame Vasseur?

—No.

—¿Madame Marceau?

—No.

Delacroix miró la mesa.

—El mensaje no estaba escrito en una hoja cualquiera. Si Adrien lo leyó en el vestíbulo, alguien tuvo que entregárselo o dejarlo en su casilla.

—Baptiste podía hacerlo —dijo Renard.

—También usted.

—Yo no escribí esa nota.

—Todavía nadie le ha preguntado.

Renard apretó los labios.

Marchand miró a Delacroix.

—Hay que comparar la tinta.

—Con la de los tinteros del cuarto, la biblioteca, la recepción y su despacho —dijo Delacroix, mirando a Renard.

—Por supuesto —respondió el secretario, con una frialdad forzada.

—Y la caligrafía.

—Si encontramos la nota completa.

—O si la presión conserva bastante forma.

Lefèvre se inclinó sobre la hoja.

—La letra parece inclinada. No mucho.

—No se entusiasme —dijo Delacroix—. Las letras fantasmas tienen la mala costumbre de parecerse a quien uno desea.

Marchand ordenó custodiar la mesa, el taco de papel, los tinteros y el fragmento hallado bajo la pata. Luego salieron al pasillo. Renard iba más pálido que antes.

—Monsieur Renard —dijo Delacroix—, una curiosidad.

—¿Solo una?

—No prometo detenerme.

—Pregunte.

—Cuando Adrien leyó la nota, según Lucien, sonrió.

—Eso no me sorprende. Adrien sonreía ante cualquier provocación que le permitiera sentirse superior.

—¿Le habló a usted de alguna nota?

—No.

—¿Lo vio leer algo?

Renard dudó.

—No.

La pausa fue mínima.

Pero no inexistente.

—Qué lástima —dijo Delacroix.

—¿Por qué?

—Porque esta vez ha mentido peor que de costumbre.

Marchand se volvió hacia Renard.

El secretario se detuvo en mitad del pasillo.

—Vi un papel en su mano —admitió—. No sabía que fuera una nota.

—¿Cuándo?

—Antes de la salida. En el vestíbulo.

—¿Qué hizo Adrien?

—Lo leyó. Sonrió. Lo dobló. Lo guardó.

—¿Dónde?

Renard tragó saliva.

—En el chaleco.

—Exactamente como dijo Lucien.

—Sí.

—¿Y no creyó relevante mencionarlo?

—Había olvidado el detalle.

Delacroix lo miró casi con tristeza.

—Monsieur Renard, usted no olvida una silla fuera de sitio. No nos insulte fingiendo que olvida a un hombre muerto guardándose un mensaje antes de jugar el hoyo donde lo mataron.

Renard se apoyó en la pared. Durante un segundo pareció realmente agotado.

—Pensé que, si la nota no aparecía, quizá no había existido.

—Una forma muy administrativa de pensamiento mágico.

—Pensé que complicaría más las cosas.

—Las cosas ya estaban complicadas. Usted solo intentó impedir que lo parecieran.

Marchand dio un paso hacia él.

—¿Por qué ocultarlo?

—Porque si la nota hablaba del diecisiete, entonces ya no era accidente.

—Eso lo sabíamos.

—Usted quizá. El club no.

—Un muerto tampoco —dijo Marchand—. Y parece que le importaba menos.

Renard cerró los ojos.

—Estoy cansado de que me acusen de no sentir la muerte de Adrien.

Delacroix respondió con voz baja:

—No lo acuso de no sentirla. Lo acuso de sentir antes el daño al club.

La frase no tuvo respuesta.

Siguieron hasta la sala de lectura. Marchand mandó llamar a Baptiste, a Paul y a los caddies principales para preguntar por el papel, la mesa y la nota. Mientras esperaban, Delacroix revisó una vez más los objetos de Adrien.

El recibo del bar.

La pitillera.

La moneda.

El lápiz.

La tarjeta de clasificación.

La tarjeta.

Volvió a tomarla.

En la esquina inferior, la marca que había visto antes no era una línea sin sentido. Bajo la luz de la lámpara parecía algo más: un pequeño trazo hecho con presión, como si Adrien hubiera escrito o dibujado sobre ella con la nota apoyada encima. Delacroix inclinó la tarjeta.

Allí, casi invisible, había una palabra incompleta marcada por presión.

No tinta. Solo huella.

Mar…

Podía ser muchas cosas.

Marceau.

Marin.

Mar.

Madeleine.

Marchand.

Delacroix no apreciaba las coincidencias con tantos candidatos.

—Brigadier.

Marchand se acercó.

—¿Qué ocurre ahora?

—La nota se apoyó sobre esta tarjeta en algún momento.

—¿Cómo lo sabe?

—Hay una presión aquí. Una palabra incompleta. «Mar».

—¿Marin?

—Quizá.

Renard, que permanecía junto a la chimenea, se tensó.

—Eso confirmaría…

—No confirma nada —cortó Delacroix—. Adrien pudo escribir sobre la tarjeta.

Pudo apoyar la nota encima. Pudo trazar el inicio de un nombre.

Pudo empezar a anotar algo y detenerse. «Mar» puede ser Marin, Marceau, Madeleine, marcha, martirio o, si quiere ponerse poético, mar.

Aunque reconozco que este club no parece inclinado a la poesía salvo cuando necesita encubrir una indecencia.

Marchand miró la huella.

—Pero Adrien pudo haber reconocido al autor.

—O creyó reconocerlo.

—Y empezó a escribir el nombre.

—Quizá.

—¿Por qué no terminó?

Delacroix miró la bandeja de objetos. La tarjeta estaba en el bolsillo de la chaqueta.

La nota, en el chaleco. Si Adrien sonrió, guardó la nota y conservó la tarjeta, quizá el trazo había sido hecho después de leer, en algún momento previo al juego.

O quizá durante una pausa. O quizá Adrien, al encontrar la nota en su casilla, había apoyado el papel sobre la tarjeta para responder algo y luego no lo hizo.

Demasiadas posibilidades.

Pero una idea empezaba a formarse.

—Porque tal vez no estaba escribiendo un nombre —dijo.

—¿Entonces?

—Tal vez estaba copiando una palabra de la nota. O una marca. O una firma.

—¿La nota estaba firmada?

—No lo sabemos.

—Si estaba firmada por Marin…

—Entonces sería una nota demasiado idiota para un asesino tan paciente como todos quieren que sea Baptiste.

La puerta se abrió. Baptiste entró escoltado por Lefèvre.

El caddie vio la bandeja, vio a Renard, vio a Delacroix y después vio la hoja marcada con carbón sobre la mesa.

No preguntó. Eso fue lo primero que Delacroix notó.

Un inocente quizá habría preguntado de inmediato.

Un culpable también. Baptiste, en cambio, miró como quien reconoce que otra pieza acaba de moverse contra él antes de saber cuál.

Marchand le mostró la hoja.

—¿Escribió usted una nota a Adrien Marceau esta mañana?

—No.

—La nota decía: «En el diecisiete sabrás lo que cuesta ganar.»

Baptiste cerró los ojos.

Solo un instante.

—No la escribí.

—¿La había visto?

—No.

—¿Sabía que Marceau recibió una nota?

—No.

—Está escrita en papel usado por los caddies.

—Eso parece.

—Con tinta del cuarto de palos, quizá.

—Yo uso lápiz casi siempre.

—Pero sabe escribir con tinta.

—También sé usar un cuchillo para cortar pan. No por eso todo cadáver apuñalado me pertenece.

Lefèvre bajó la mirada para esconder una reacción.

Marchand no.

—No juegue conmigo, Marin.

—No estoy jugando, brigadier. Ese era Adrien.

Delacroix intervino.

—La frase habla del diecisiete. Del coste de ganar. De una especie de castigo.

Baptiste lo miró.

—Sí.

—Parece escrita por alguien que quería que Adrien pensara en una deuda.

—Adrien debía muchas.

—¿Pensó en Claire al oírla?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque todos quieren que piense en Claire cuando algo me acusa.

La respuesta fue rápida, amarga y dolorosamente lúcida.

Renard dio un paso.

—Baptiste, esto no es una conspiración contra usted.

El caddie se volvió hacia él.

—No. Las conspiraciones requieren esfuerzo. Lo de ustedes siempre fue costumbre.

Renard se quedó blanco.

Marchand golpeó la mesa con los nudillos.

—Basta.

Baptiste volvió a mirar al brigadier.

—No escribí esa nota. No toqué esa campana. No moví la bola de Adrien. Si alguien quiere que parezca lo contrario, lo está haciendo mejor que yo defendiéndome.

Delacroix sostuvo su mirada.

—¿Reconoce esta presión en la tarjeta?

Le mostró la marca incompleta: Mar.

Baptiste la observó.

—No.

—Podría ser su nombre.

—También el de Adrien.

—O el de Madeleine.

—O el principio de una palabra que no conozco.

—Exacto.

Baptiste lo miró con una mezcla de cansancio y una gratitud que no se permitió terminar.

—Adrien nunca me habría citado firmando con mi nombre.

—¿Por qué?

—Porque no me habría tomado en serio.

—¿Ni con una amenaza?

—Menos todavía. Si yo le hubiera escrito eso, habría llamado a Renard para reírse. O me habría obligado a cargar su bolsa hasta el diecisiete solo para demostrarme que seguía mandando.

—Y sonrió al leerla.

—Entonces creyó que era un desafío.

—¿De quién?

Baptiste pensó.

—De Henri. De Lucien. De Madeleine. De alguien a quien considerara capaz de querer ganarle.

—¿No de usted?

—Yo no podía ganarle nada, según él.

Delacroix dejó la tarjeta sobre la mesa.

Aquello no absolvía a Baptiste. Pero explicaba la sonrisa de Adrien con más precisión que la versión cómoda.

Adrien no habría sonreído ante una amenaza de su caddie.

Habría despreciado la insolencia. En cambio, sonrió como quien recibe una ocasión de ganar, había dicho Lucien.

Una ocasión de demostrar superioridad ante alguien que sí consideraba parte del juego.

Henri.

Lucien.

Madeleine.

Quizá Élodie, aunque Adrien no parecía verla como rival, sino como propiedad en proceso de reorganización.

Marchand despidió a Baptiste con la orden de no alejarse. El caddie salió sin protestar. Renard también pidió retirarse, pero Marchand le ordenó quedarse disponible. El secretario obedeció con los labios apretados.

Cuando quedaron solos, Marchand se dejó caer en una silla.

—La nota apunta a Baptiste, pero Marceau quizá no habría reaccionado así si viniera de Baptiste.

—Sí.

—Entonces apunta a alguien que quería que Marceau creyera estar jugando otra partida.

—Sí.

—Y luego desaparece del chaleco.

—Sí.

—¿Quién la retira?

—Alguien que comprendió después que la nota decía demasiado.

—Savary.

—Pudo.

—Baptiste.

—Pudo.

—Renard.

—Pudo.

—Me está empezando a parecer que en este club todos pudieron todo.

—No. Todos pudieron algo. La clave es averiguar quién pudo la secuencia completa.

Marchand frotó la frente con dos dedos.

—Escribir la nota, colocarla donde Marceau la recibiera, hacer que sonriera, mover la bola, tocar la campana, retirar la nota del cuerpo y quizá hacer desaparecer los guantes de Baptiste.

—Exactamente.

—Eso requiere acceso a muchas zonas.

—Sí.

—Conocimiento del club.

—Sí.

—Y frialdad.

—También.

Marchand levantó la vista.

—Renard.

Delacroix no respondió.

El nombre estaba en el aire, desde luego.

Renard tenía acceso, conocimiento, miedo al escándalo y habilidad para moverse por el club.

Pero el móvil directo no terminaba de encajar.

Proteger Valombre podía justificar encubrimientos, no necesariamente el asesinato de Adrien.

Salvo que Adrien, con su costumbre de coleccionar debilidades, estuviera a punto de abrir una puerta que Renard no podía permitir que se abriera.

—Quizá —dijo Delacroix.

Marchand gruñó.

—Me lo imaginaba.

Delacroix tomó de nuevo la hoja con la huella de la nota. Las palabras incompletas seguían allí, grises, espectrales.

…diecisiete… sabrás… cuesta ganar…

Una frase para un jugador. No para una víctima. Una frase destinada a tocar la vanidad de Adrien, no su miedo.

En el diecisiete sabrás lo que cuesta ganar.

Adrien había creído que alguien le proponía un desafío.

No sabía que le habían enviado una esquela con vocabulario deportivo.

Delacroix dejó la hoja sobre la mesa.

—Brigadier.

—¿Sí?

—Mañana tendremos que reconstruir la mañana completa. Desde el desayuno hasta la campana. No solo el crimen. La circulación de la nota.

—¿Con todos?

—Con todos los que pudieron tocarla, verla o beneficiarse de que desapareciera.

Marchand se levantó con un suspiro.

—Entonces será una noche larga.

—No necesariamente.

—¿Por qué?

Delacroix miró hacia la ventana. El campo estaba negro. Ni siquiera la campana podía verse ya.

—Porque alguien en este club acaba de descubrir que la nota ha empezado a hablar. Y cuando los papeles hablan, los culpables suelen cometer la descortesía de intentar callarlos.

—¿Espera otro movimiento?

—Lo temo.

—¿Y qué hacemos?

Delacroix apagó una de las lámparas de la sala, dejando la mesa en una luz más baja, menos cómoda.

—Mirar donde Valombre no espera que miremos.

Marchand lo observó con cansancio.

—¿Y dónde demonios es eso?

Delacroix tomó la tarjeta de clasificación de Adrien y señaló la marca incompleta.

—No en el diecisiete. No todavía. Primero, en ese «Mar».

—¿Marin?

—Quizá.

—¿Marceau?

—Quizá.

—¿Madeleine?

—Quizá.

Marchand cerró los ojos.

—Si vuelve a decir quizá, le arrojo por la ventana.

Delacroix guardó la tarjeta en un sobre de prueba.

—Entonces seré prudente.

—Gracias.

—Digamos que empieza por «Mar». Y en este club, brigadier, todo lo que empieza así parece acabar en agua, barro o sangre.