Capítulo 18 — La nota imposible
La nota no estaba en la ropa de Adrien Marceau.
Lefèvre lo confirmó media hora después, con la cara roja, las manos manchadas de polvo y la expresión abatida de quien ha revisado un cadáver sin encontrar más que la obstinación de los muertos.
La chaqueta, el chaleco, los bolsillos interiores, los forros, los pantalones, incluso los zapatos.
Nada. Ningún papel doblado. Ningún mensaje.
Ninguna frase capaz de explicar por qué Adrien había sonreído en el vestíbulo antes de salir a jugar el último tramo de su vida.
El agente dejó sobre la mesa una bandeja con los objetos personales de Marceau: reloj, pañuelo, cartera, pitillera, cerillas, una pequeña navaja de plata, una moneda antigua usada quizá como amuleto, un lápiz corto, un recibo del bar del club y una tarjeta con la clasificación parcial del torneo.
Ni rastro de la nota.
Marchand miró la bandeja como si esperara que el papel apareciera por vergüenza.
—Quizá Morel se equivocó.
—Quizá —dijo Delacroix.
—No parece creerlo.
—Lucien Morel puede mentir sobre muchas cosas. Pero cuando habló de esa nota no parecía estar protegiéndose. Parecía haber recordado algo que lo asustaba por llegar tarde.
—También pudo ver cualquier papel.
—Sí.
—Un horario, una tarjeta, una carta vieja.
—Sí.
—¿Entonces?
Delacroix tomó el lápiz de Marceau y lo giró entre los dedos. Era pequeño, de madera oscura, con la punta recién afilada. Un lápiz corriente, salvo por el hecho de que nada en Adrien Marceau parecía resignarse a ser corriente.
—Entonces alguien hizo desaparecer un papel que quizá no importaba. Eso, en mi experiencia, suele ser una excelente manera de darle importancia.
Marchand suspiró.
Se encontraban de nuevo en la sala de lectura.
La noche había caído sobre Valombre y el club se había encendido por dentro como una casa que teme a sus propios jardines.
Las lámparas de pantalla verde dejaban charcos de luz sobre la mesa, mientras los rincones quedaban en una penumbra espesa, casi cómoda.
Afuera, el campo era una masa negra. El hoyo diecisiete ya no existía para los ojos, pero Delacroix lo sentía allí, más presente que nunca, con su loma, su campana y su cuerda manchada.
—¿Quién tuvo acceso al cuerpo antes de Lefèvre? —preguntó.
El agente consultó sus notas.
—El doctor Savary lo examinó en el hoyo.
Baptiste estaba junto a él cuando llegamos.
El brigadier, usted, monsieur Renard, madame Marceau se acercó, madame Vasseur también, pero no tocaron el cuerpo.
Luego dos empleados ayudaron a trasladarlo bajo supervisión.
Yo revisé los bolsillos después, en la sala auxiliar.
—¿Savary pudo retirar la nota?
Marchand contestó antes que Lefèvre.
—Pudo.
—¿Baptiste?
—También. Estaba arrodillado junto a Marceau cuando llegamos.
—¿Renard?
—Se acercó lo suficiente en algún momento, pero no recuerdo que tocara el cuerpo.
—¿Élodie?
—No.
—¿Madeleine?
—No.
Delacroix dejó el lápiz en la bandeja.
—Si la nota estaba en el bolsillo del chaleco, como cree Lucien, alguien tuvo que retirarla antes de la revisión formal.
—O Adrien la destruyó antes de morir.
—¿En el campo?
—Pudo leerla, memorizarla y tirarla.
—Adrien Marceau no parecía la clase de hombre que tiraba un arma antes de comprobar si podía apuntarla hacia alguien.
Marchand aceptó el razonamiento con un gruñido.
—Entonces buscamos un papel pequeño que cualquiera pudo esconder o quemar.
—No necesariamente.
—¿Por qué?
—Porque quien la escribió quizá necesitaba que Adrien la leyera, no que desapareciera para siempre.
—No sigo.
—Todavía no sé si yo tampoco.
Delacroix se puso de pie y caminó hasta la bandeja.
Tomó la tarjeta de clasificación. Era una copia pequeña de la pizarra general, con los nombres principales y los golpes acumulados.
Adrien primero. Henri segundo. Lucien tercero.
En la esquina inferior, Marceau había trazado una marca con lápiz.
No era una palabra. Solo una línea breve, como si hubiese señalado algo.
—¿Esto estaba en su bolsillo? —preguntó.
—Sí —dijo Lefèvre—. En el derecho de la chaqueta.
—¿Y la nota, según Morel, fue al chaleco?
—Eso dijo.
—Bien.
La puerta se abrió y apareció Octave Renard. Llevaba una carpeta bajo el brazo y el rostro de un hombre que había decidido sobrevivir a base de formalidad.
—Brigadier, los socios han sido informados de que deberán permanecer esta noche en el club. Algunos han protestado.
—Qué sorpresa.
—He dispuesto habitaciones para quienes no tenían alojamiento previsto.
—Excelente.
—También he separado al personal en las dependencias inferiores, según sus indicaciones.
—Bien.
Renard miró la bandeja.
—¿Han encontrado algo?
—Una ausencia —dijo Delacroix.
El secretario cerró la boca.
—¿Perdón?
—Una nota que Adrien Marceau leyó antes de salir al campo. Ya no está.
Renard frunció el ceño.
—¿Una nota?
—Sí.
—No sé nada de ninguna nota.
—Todavía nadie le ha preguntado.
Renard no respondió. Marchand lo observó con atención.
—¿Se entregaban mensajes a los jugadores antes de la salida? —preguntó el brigadier.
—A veces. Recados, avisos, horarios, cambios de orden.
—¿Dónde?
—En el vestíbulo, en la sala de jugadores o en las casillas del cuarto de palos.
—¿Quién tenía acceso a esas casillas?
—Los jugadores, sus caddies, personal autorizado y administración.
—Usted.
—Sí.
—Baptiste.
—Como caddie de Marceau, sí.
—Otros caddies.
—Sí.
—¿Papel del club?
—Se usa para recados internos.
Delacroix tomó una hoja de la mesa. El membrete de Valombre aparecía en la parte superior, discreto y elegante.
—¿También papel sin membrete?
—En el cuarto de palos hay hojas pequeñas para anotaciones de los caddies.
—¿Dónde se guardan?
—En un armario lateral.
—¿Y tinta?
—En varios lugares. Mi despacho, administración, biblioteca, recepción.
—Su despacho tiene tinta negra.
—Como medio club.
—Pero la suya es de buena calidad.
Renard lo miró con disgusto.
—No sé qué pretende.
—De momento, irritarlo. Es una forma modesta de comprobar la circulación.
Marchand se levantó.
—Vamos al cuarto de palos.
Renard pareció a punto de protestar, pero tuvo el buen criterio de no hacerlo.
Los cuatro salieron de la sala: Marchand, Delacroix, Lefèvre y el secretario.
El pasillo estaba más silencioso que antes.
Desde el comedor llegaban murmullos apagados.
El club había servido cena, aunque nadie parecía disfrutarla.
No había peor compañía para un plato caliente que la sospecha.
El cuarto de palos estaba iluminado por dos lámparas de pared.
Un agente vigilaba la entrada. Baptiste Marin ya no estaba allí; Marchand había ordenado trasladarlo a una sala del personal, con vigilancia.
Las bolsas permanecían ordenadas en sus soportes, salvo las de Adrien y Henri, separadas para revisión.
El aire fresco de la estancia contrastaba con la tensión del pasillo.
Renard abrió un armario lateral.
—Aquí se guardan las hojas de anotación.
Dentro había pequeños tacos de papel color crema, sin membrete, cortados en rectángulos. También lápices, tarjetas, sobres, cordeles y etiquetas. Delacroix tomó una hoja. Era de buen gramaje, resistente, fácil de doblar en dos.
—¿Los caddies usan esto?
—Sí.
—¿Baptiste?
—Todos.
—¿Faltan hojas?
Renard lo miró como si la pregunta fuera absurda.
—No llevo inventario de cada papel.
—Qué alivio. Por un instante temí que fuera usted omnipotente.
Marchand tomó varias hojas y las entregó a Lefèvre.
—Guárdelas.
El agente asintió.
Delacroix se acercó a la mesa donde los caddies hacían sus anotaciones.
Había tinteros, aunque la mayoría usaba lápices.
Una mancha seca de tinta negra marcaba una esquina de la madera.
En una papelera cercana había papeles arrugados, virutas de lápiz, una cuerda rota, restos de hierba y una cáscara de manzana.
—La papelera —dijo.
Lefèvre se agachó con una resignación que ya empezaba a parecer experiencia.
Extendieron los papeles sobre la mesa. Eran anotaciones inútiles: distancias, nombres de palos, una lista de provisiones, un recado sobre limpiar la bolsa de un socio, números sueltos.
Delacroix revisó cada uno con paciencia.
Nada.
Entonces vio un pequeño fragmento atrapado bajo la pata de la mesa. No estaba en la papelera. Era apenas una esquina de papel crema, rasgada, con una mancha negra en el borde. Se agachó y lo recogió con ayuda del pañuelo.
Marchand se acercó.
—¿Qué es?
—Una esquina.
—Eso lo veo.
—No subestime las esquinas. Suelen saber de qué fueron arrancadas.
Sobre el fragmento apenas quedaba parte de una letra. Tal vez una «g». Tal vez una «y». La tinta era negra, ligeramente brillante incluso seca. Delacroix lo sostuvo bajo la lámpara.
Renard exhaló.
—Eso puede ser cualquier cosa.
—Sin duda. Qué generosa es la expresión cualquier cosa cuando aparece algo pequeño.
Marchand entregó el fragmento a Lefèvre para guardarlo.
Delacroix siguió revisando la mesa. Había marcas de presión sobre una hoja en blanco del taco, como ocurre cuando se escribe en la hoja superior y la de debajo conserva la huella leve de las palabras. Tomó la hoja con cuidado y la inclinó hacia la luz.
—Brigadier.
Marchand se acercó.
—¿Ve algo?
—Quizá.
Pidieron un lápiz de carbón blando. Delacroix no hizo el procedimiento de inmediato; antes examinó la hoja desde distintos ángulos. Algunas líneas hundidas eran visibles, aunque incompletas. Con una suavidad casi ofensiva para la impaciencia de Marchand, pasó el carbón de lado sobre la superficie.
Las palabras empezaron a aparecer como fantasmas.
No completas.
No limpias.
Pero suficientes.
…diecisiete… sabrás… cuesta ganar…
Lefèvre abrió mucho los ojos.
Renard no dijo nada.
Marchand se inclinó.
—Repita eso.
Delacroix leyó despacio, reconstruyendo los huecos.
—«En el diecisiete sabrás lo que cuesta ganar.»
El cuarto de palos pareció encogerse.