Capítulo 17 — El joven que admiraba al monstruo #2
—¿Quiso matarlo en ese momento?
Lucien abrió los ojos.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Después, como si comprendiera demasiado tarde su propio peligro, añadió:
—Pero no lo hice.
—Eso suelen añadirlo todos.
—Es la verdad.
—No lo dudo. Dudo de todos por igual.
Lucien se levantó y caminó hacia la ventana. La biblioteca daba a una parte lateral del jardín, no al campo. Desde allí se veía una fuente pequeña, unos setos y el sendero que llevaba hacia la terraza. Nada mortal. Al menos no a simple vista.
—Cuando murió —dijo—, lo primero que sentí fue horror. Después sentí miedo. Y luego… vergüenza.
—¿Por qué?
—Porque una parte de mí pensó que estaba libre.
No era la primera persona que se lo decía aquel día. Élodie lo había formulado de otra manera. Baptiste también. Adrien Marceau había tenido un talento extraordinario para hacer que su muerte pareciera una liberación culpable para demasiada gente.
—La libertad que llega con un cadáver suele traer factura —dijo Delacroix.
—Sí.
Lucien apoyó la frente en el cristal.
—No puedo pagar más.
Delacroix dejó que el joven respirara unos segundos.
—Vio la campana esta mañana.
—No.
—¿Seguro?
—No desde donde estaba.
—¿Dónde estaba exactamente?
Lucien volvió a la mesa y tomó una hoja. Dibujó un esquema mucho menos preciso que el de Baptiste, pero suficiente. Marcó la salida, la posición de Henri, la de Paul, la suya propia, algunos espectadores, la loma.
—Yo estaba aquí. Quería ver el golpe de Henri. Si lo hacía bien, aún podía presionar a Adrien. Era absurdo, porque yo ya no podía ganar, pero… no sé. Quería verlo. Quería ver a Adrien sentir miedo aunque fuera un segundo.
—¿Vio a alguien moverse hacia el sendero del lago?
Lucien dudó.
—No lo sé.
—Eso no es no.
—Había gente. Renard iba y venía. Savary estaba bajo el árbol. Gérard más abajo. Madeleine y Élodie arriba. No presté atención.
—¿A Baptiste?
—Bajó con Adrien.
—¿Podía haberse separado de él?
—No lo sé. La loma los ocultó.
—¿Oyó una o dos campanadas?
—Una.
—¿Sabía que Baptiste solía tocar dos?
Lucien levantó la vista.
—Sí.
—¿Lo pensó en ese momento?
—No.
—¿Después?
—Sí.
—¿Y por qué no lo dijo?
Lucien soltó una risa sin humor.
—Porque entonces habría tenido que admitir que conocía las costumbres de Baptiste mejor de lo que un socio joven debería conocer las costumbres de un caddie.
—Explique eso.
El muchacho se sentó otra vez. Parecía cada vez más cansado, como si cada respuesta le quitara una capa de piel.
—Yo hablaba con Baptiste a veces.
—¿Sobre golf?
—Al principio. Luego sobre Adrien.
—¿Baptiste hablaba de Adrien?
—Poco. Pero cuando hablaba, decía más que los demás.
—¿Le contó lo de Claire?
—No. Yo lo sabía por rumores.
—¿Le preguntó usted?
—Una vez.
—¿Y?
Lucien tragó saliva.
—Me dijo que los rumores eran lo que quedaba de una verdad cuando los ricos terminaban de masticarla.
Delacroix guardó esa frase. Baptiste tenía una precisión amarga que lo volvía peligroso incluso cuando callaba.
—¿Baptiste le parecía capaz de matar a Adrien?
Lucien no respondió de inmediato.
—Sí.
—Gracias por no decir «no así».
El joven lo miró con tristeza.
—Pero también me parecía capaz de no hacerlo por desprecio a Adrien.
—Interesante.
—Baptiste lo odiaba demasiado para darle el gusto de convertirlo en su destino.
—¿Y usted?
—Yo era más débil.
—No le he preguntado por su carácter.
—Pero es la respuesta. Yo sí dejé que Adrien se convirtiera en parte de mi destino. Por eso lo admiraba. Por eso lo odiaba. Por eso, cuando cayó, sentí que algo dentro de mí se soltaba y se rompía a la vez.
Delacroix permaneció en silencio. El joven no era el asesino más probable, pero sí era una víctima distinta de Adrien. Una víctima con orgullo, miedo, ambición y secreto. En un crimen, esa combinación nunca debía tratarse con condescendencia.
—¿Dónde estaba su caddie en el momento de la campana?
—Cerca de mí.
—¿Puede confirmarlo?
—Sí.
—¿Y usted puede confirmar dónde estaba Renard?
Lucien pensó.
—Lo vi antes de la campana cerca de los espectadores. Después no. No estoy seguro durante los segundos exactos.
—¿Savary?
—Bajo el árbol. Creo.
—¿Élodie?
—Arriba, con Madeleine.
—¿Madeleine?
—Sí.
—¿Gérard?
—Más abajo.
—¿Y una figura junto al sendero del lago?
Lucien se quedó inmóvil.
—¿Quién dijo eso?
—Yo estoy preguntando.
—Gérard vio algo, ¿verdad?
Delacroix no respondió.
Lucien se pasó una mano por la boca.
—Entonces quizá yo también.
—Ahora sí estamos llegando.
—No quiero inventarlo.
—No se lo permitiría.
—Fue un movimiento. Nada más. Entre los pinos. Pensé que era un empleado. O una sombra. La campana sonó casi enseguida.
—¿Antes o después de ver el movimiento?
—Después.
—¿Cuánto después?
—Segundos. No sé. Tres, cuatro.
—¿Podría identificar a la persona?
—No.
—¿Ropa?
—Clara.
—¿Altura?
—Media.
—¿Hombre o mujer?
—No lo sé.
—¿Guantes?
Lucien cerró los ojos, obligándose a recordar.
—Había algo blanco o crema en la mano. Pero no sé si era un guante, un pañuelo, una manga. Lo vi de reojo. Estaba mirando a Henri.
—Todo el mundo miraba a Henri.
—Sí.
—Eso era lo conveniente.
Lucien abrió los ojos.
—¿Conveniente para quién?
—Para quien no quería ser mirado.
El joven se puso muy pálido.
—Entonces no fue Henri.
—No saque conclusiones tan deprisa. Eso suele ser tarea de los clubes.
Lucien respiró hondo.
—Pero alguien estaba allí.
—Eso parece.
—Y tocó la campana.
—Quizá.
—Y usó a Henri.
—Quizá.
—Y a Baptiste.
Delacroix lo miró.
—¿Por qué dice eso?
Lucien se encogió ligeramente, como si acabara de hablar más de lo que pretendía.
—Porque todos pensarán en él.
—¿Usted pensó en él?
—Sí.
—¿De inmediato?
—No. Después. Cuando supe lo de la campana. Cuando recordé a Claire. Cuando todos empezaron a hablar del accidente como si esa palabra no hubiera matado ya a alguien antes.
—Una observación muy adulta.
—Adrien envejecía a la gente.
Delacroix no pudo negar eso.
Se levantó y caminó unos pasos entre los estantes. Sacó un libro al azar, lo abrió, vio que era una recopilación de discursos de antiguos presidentes de Valombre y lo devolvió a su sitio con la sensación de haber escapado a tiempo de una enfermedad aburrida.
—¿Adrien recibió alguna nota esta mañana? —preguntó.
Lucien parpadeó.
—¿Una nota?
—Sí.
—No lo sé.
—Piense.
Lucien apoyó los codos sobre la mesa.
—Lo vi abrir algo antes de salir al campo.
Delacroix se volvió lentamente.
—¿Dónde?
—En el vestíbulo. Cerca de la pizarra. Baptiste estaba a unos pasos, hablando con un empleado. Adrien sacó un papel del bolsillo de su chaqueta. Lo leyó. Sonrió.
—¿Qué hizo con él?
—Lo guardó.
—¿En qué bolsillo?
—El del chaleco, creo.
—¿Vio quién se lo entregó?
—No.
—¿Cuándo pudo recibirlo?
—No lo sé. Antes del desayuno quizá. O en su casilla del cuarto de palos.
—¿Qué le hizo pensar que era una nota y no cualquier papel?
—La forma. Pequeño. Doblado en dos. Adrien lo leyó como se leen las cosas destinadas a uno, no como se revisa un horario.
—¿Se lo mencionó a alguien?
—No.
—¿Por qué?
Lucien dejó escapar una risa amarga.
—Porque un hombre murió, monsieur Delacroix. Y yo estaba ocupado intentando recordar si me alegraba de estar vivo.
Delacroix aceptó la respuesta.
Aquella nota era nueva. O quizá no tan nueva.
Tal vez Savary, Renard o los agentes la habían pasado por alto entre las pertenencias de Adrien.
Tal vez estaba todavía en alguna prenda.
Tal vez había desaparecido. Pero si Adrien había leído algo antes de salir al campo, y si ese algo le había hecho sonreír, podía ser una provocación, una cita, una amenaza o una promesa.
Los muertos, por desgracia, conservaban mal la correspondencia cuando alguien se ocupaba de sus bolsillos antes que la policía.
—Necesito que le diga esto al brigadier Marchand —dijo.
Lucien asintió.
—Lo haré.
—Todo. La nota. Su secreto. Adrien. La figura junto al sendero.
El joven palideció.
—Mi secreto no tiene relación.
—Tiene relación con su motivo.
—Me destruirá.
—No necesariamente.
—No conoce a mi padre.
—No. Pero empiezo a conocer Valombre. Y eso me basta para saber que sus secretos no lo protegerán mucho más. Solo decidirán quién lo hiere primero.
Lucien bajó la cabeza. Durante unos segundos pareció más joven de lo que era. No un jugador prometedor, ni un protegido, ni un posible sospechoso. Solo un muchacho agotado, sentado frente a un libro que no leía, tratando de decidir cuánta verdad podía soportar su vida antes de romperse.
—Adrien me dijo una vez que el talento no basta —murmuró—. Que hay que saber elegir a quién pertenecer.
—Una frase muy reveladora.
—Yo le creí.
—Todos hemos creído alguna vez a la persona equivocada. La diferencia está en cuánto tardamos en dejar de obedecerla.
Lucien levantó los ojos.
—¿Y si se deja demasiado tarde?
Delacroix pensó en Baptiste. En Élodie. En Madeleine. En Renard. En Savary. En una muchacha del lago cuyo nombre había tardado años en volver a ser pronunciado con limpieza.
—Entonces —dijo—, a veces otro paga el precio.
No fue una respuesta amable.
Pero Lucien no necesitaba amabilidad. Necesitaba una verdad que no estuviera al servicio de Adrien Marceau, y esas verdades rara vez acariciaban.
La puerta de la biblioteca se abrió. Marchand apareció con el agente Lefèvre detrás. El brigadier miró primero a Delacroix, luego al joven.
—Monsieur Morel.
Lucien se levantó.
—Brigadier. Tengo algo que declarar.
Marchand observó su cara y pareció comprender que aquello no iba a ser breve.
—Muy bien.
Delacroix caminó hacia la puerta.
—Los dejo.
—No —dijo Lucien.
La palabra salió rápida.
Delacroix se detuvo.
—Preferiría que se quedara.
Marchand alzó una ceja.
—Esto es irregular.
—Hoy un hombre ha muerto por una bola de golf después de una campanada falsa —dijo Delacroix—. La regularidad ya ha hecho bastante el ridículo.
Marchand gruñó, pero aceptó.
Lucien volvió a sentarse. Tardó en empezar.
Cuando lo hizo, habló primero de Adrien.
De la protección, del dinero, de los favores.
Luego de su origen. No dijo el nombre de su padre al principio.
Marchand no lo presionó. Al menos no de inmediato.
Después habló de la amenaza, del deseo de liberarse, de la figura junto al sendero y, finalmente, de la nota que Adrien había leído antes de jugar.
Cuando terminó, la biblioteca parecía más oscura.
Marchand cerró la libreta.
—Esa nota no apareció entre las pertenencias de Marceau.
Delacroix no se sorprendió.
—¿Quién revisó sus bolsillos?
—Savary al examinarlo superficialmente. Luego Lefèvre cuando se trasladó el cuerpo.
Lefèvre se puso rojo.
—No había nota, monsieur. Lo juro.
—No dudo de usted —dijo Delacroix—. Dudo del tiempo anterior a usted.
Marchand se volvió hacia el agente.
—Revise la ropa otra vez. Todo. Bolsillos, forros, chaleco, chaqueta. Y pregunte quién tuvo acceso al cuerpo antes del traslado.
—Sí, brigadier.
Lefèvre salió casi corriendo.
Lucien miró a Delacroix.
—¿Era importante?
—Si alguien envió a Adrien una nota antes del hoyo diecisiete, quizá sabía que no llegaría al dieciocho.
Marchand se puso de pie.
—Y si la nota desapareció, alguien más lo sabía después.
El joven cerró los ojos.
—Dios mío.
—En este club —dijo Delacroix—, monsieur Morel, Dios aparece mucho en las conversaciones y muy poco en la vigilancia.
Marchand lo miró con impaciencia.
—Vamos.
Delacroix se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se volvió hacia Lucien.
—Una última pregunta.
—Sí.
—Cuando vio a Adrien leer la nota, dijo que sonrió.
—Sí.
—¿Cómo?
Lucien pareció no entender.
—¿Cómo?
—Un hombre puede sonreír por placer, por burla, por desafío, por miedo. Adrien tenía un repertorio amplio.
El joven pensó. Luego respondió en voz baja:
—Sonrió como cuando alguien le ofrecía una ocasión de ganar.
Delacroix asintió.
Salió de la biblioteca con Marchand.
En el pasillo, las lámparas acababan de encenderse. La luz artificial caía sobre la alfombra con una calidez falsa, cuidadosamente elegida. Valombre empezaba a prepararse para la noche, esa hora en la que las casas antiguas parecen más dispuestas a soltar lo que han retenido durante el día.
—Una nota desaparecida —dijo Marchand.
—Sí.
—Una figura junto al sendero.
—Sí.
—Baptiste cada vez más cerca y, al mismo tiempo, más usado.
—Sí.
—Y un joven con un padre secreto.
—No olvide que, en Valombre, los secretos familiares suelen tener mejor habitación que los empleados.
Marchand suspiró.
—Este caso se está llenando de sombras.
Delacroix miró hacia una ventana al fondo del pasillo.
Más allá del cristal, el campo era ya una extensión negra.
El sol se había ido por fin, pero no había dejado más claridad detrás.
Solo formas imprecisas, árboles inmóviles y, en alguna parte que no se veía, una campana que había sonado una vez de más o una vez de menos, según quién contara la historia.
—No, brigadier —dijo—. Las sombras ya estaban. El sol solo nos dio la arrogancia de creer que no.