Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 17 — El joven que admiraba al monstruo
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Capítulo 17 — El joven que admiraba al monstruo

Lucien Morel estaba en la biblioteca.

No leía.

Eso, en una biblioteca, siempre parecía una forma menor de traición, pero Delacroix decidió perdonársela. El muchacho tenía motivos suficientes para desconfiar de las palabras impresas. Las palabras habladas ya le estaban causando bastantes problemas.

Se hallaba sentado junto a una mesa redonda, con un libro abierto delante y las manos apoyadas a ambos lados, como si intentara sujetar la página para que no escapara.

Llevaba todavía la ropa de juego, aunque se había quitado el jersey y lo tenía doblado sobre el respaldo de una silla.

La camisa blanca mostraba una arruga en el hombro, quizá de la bolsa que había llevado antes su caddie, quizá de haber permanecido demasiado tiempo encorvado bajo el peso de la mañana.

La biblioteca del club era pequeña, más decorativa que intelectual.

Los estantes contenían volúmenes sobre historia militar, genealogías locales, manuales de golf, memorias de políticos olvidables y varias novelas encuadernadas en piel que, a juzgar por la rigidez de los lomos, habían sido compradas más para tranquilizar conciencias que para ser leídas.

Había una escalera baja, dos lámparas verdes, un globo terráqueo y un retrato de un antiguo presidente del club que miraba a los visitantes con la expresión de un hombre convencido de que el mundo había empezado a decaer justo después de su muerte.

Lucien levantó la vista al oír la puerta.

—Monsieur Delacroix.

—Monsieur Morel.

—¿Viene a interrogarme?

—Prefiero pensar que vengo a conversar.

—Eso suena peor.

—Suele serlo.

Lucien intentó sonreír, pero el gesto no llegó a formarse del todo.

Tenía veintitrés años, quizá veinticuatro, y esa clase de belleza joven que todavía no ha decidido si será encanto o arrogancia.

Su rostro fino, sus ojos claros y su postura cuidada hablaban de buena educación, ambición y una inseguridad que él se esforzaba mucho en disimular.

No era un niño, pero al lado de los hombres de Valombre aún parecía alguien que había entrado en una partida sin conocer todas las reglas y acababa de descubrir que algunas se escribían con sangre.

Delacroix se sentó frente a él.

—¿Qué lee?

Lucien miró el libro, como si acabara de reparar en su existencia.

—No lo sé.

—Una elección literaria arriesgada.

El joven cerró el volumen. En la cubierta figuraba una historia del club, publicada varias décadas atrás.

—Lo abrí por hacer algo.

—Los libros agradecen incluso las atenciones desesperadas.

Lucien apoyó las manos sobre la mesa.

—No sé qué hacer con el cuerpo.

Delacroix no dijo nada.

—Quiero decir… con el mío. No sé dónde poner las manos, si debo sentarme, caminar, hablar con alguien, llorar, no llorar.

Todos parecen saber qué gesto corresponde a cada momento.

Yo solo sé que esta mañana Adrien estaba vivo y ahora todos hablan de él en pasado, como si llevaran años esperando poder hacerlo.

—Algunos quizá sí.

Lucien bajó la mirada.

—Eso es horrible.

—La verdad rara vez se esfuerza por ser delicada.

El joven se pasó una mano por el cabello.

—Yo lo admiraba.

—Lo sé.

—No debería decirlo así, supongo.

—¿Por qué no?

—Porque ahora todos parecen competir para demostrar que siempre supieron que era un monstruo.

—Es una competición muy popular cuando mueren los monstruos.

Lucien levantó la vista, herido y agradecido a la vez.

—Yo no lo sabía.

—No del todo.

—No. No del todo. Sabía cosas. Claro que sabía cosas.

Adrien podía ser cruel. Lo vi humillar a Henri, a Baptiste, incluso a Élodie.

A mí también. Pero luego… luego te miraba como si fueras la única persona inteligente de la sala.

Te daba un consejo exacto. Te presentaba a alguien importante.

Te decía que tenías talento, pero que el talento sin disciplina era una forma decorativa de pereza. Y uno pensaba: me ve. Él me ve.

—Los depredadores también tienen buena vista.

Lucien cerró los ojos.

—Sí.

—¿Cuándo empezó a verlo de otra manera?

El joven no respondió enseguida. Afuera, detrás de los cristales, la tarde se estaba apagando.

El campo ya no brillaba. Las sombras habían tomado posesión del césped con una paciencia casi natural.

En algún punto del club, un camarero dejó caer una bandeja o cerró mal una puerta.

El sonido llegó amortiguado, como si Valombre intentara incluso equivocarse en voz baja.

—Hace unos meses —dijo Lucien—. Quizá antes, pero hace unos meses lo entendí.

—¿Qué entendió?

—Que Adrien no ayudaba a nadie a crecer. Ayudaba a la gente a depender de él.

Delacroix asintió ligeramente.

—Una distinción importante.

—Al principio me prestó dinero para pagar la inscripción a unos torneos.

No mucho. Lo suficiente para que yo pudiera decirme que era generosidad y no una deuda.

Luego habló con un patrocinador. Después convenció al comité de permitirme entrenar aquí con mejores horarios.

Me dio consejos sobre mi swing, sobre mi ropa, sobre con quién debía cenar, a quién debía evitar, cuándo callar, cuándo sonreír. Todo parecía ayuda.

—Hasta que empezó a cobrarla.

Lucien sonrió con tristeza.

—Sí.

—¿Cómo?

—Pequeñas humillaciones. Pequeños encargos.

Me pedía que repitiera comentarios que él no quería decir en persona.

Que me acercara a Henri para escuchar si estaba nervioso.

Que le contara qué socios hablaban de sus deudas.

Que averiguara si Madeleine seguía conservando ciertas cartas.

Que dijera a otros jóvenes que convenía estar de su lado si querían futuro en Valombre.

—Un discípulo convertido en mensajero.

—En espía.

La palabra le costó. Precisamente por eso parecía verdadera.

—¿Y aceptó?

Lucien tragó saliva.

—Sí.

—¿Por admiración?

—Por ambición. La admiración era la parte bonita. La ambición era la que obedecía.

Delacroix observó al joven con cuidado. Lucien no estaba intentando embellecerse demasiado. Eso lo volvía más interesante y un poco menos inocente.

—¿Adrien lo chantajeaba?

—No al principio.

—Luego sí.

—Sí.

—¿Con qué?

Lucien miró hacia la puerta.

—¿El brigadier está escuchando?

—No.

—¿Debería estar?

—Probablemente. Pero no siempre conviene llenar una habitación de justicia antes de que la verdad se atreva a entrar.

El joven soltó una risa breve, rota.

—Habla usted como si eso tuviera sentido.

—A veces lo tiene.

Lucien se inclinó hacia delante.

—Mi padre no es quien todos creen.

Delacroix no se movió.

—Continúe.

—Mi madre trabajó durante años para una familia de socios antiguos. Yo crecí pensando que mi padre había muerto antes de que yo naciera. Era lo que ella decía. No por vergüenza. Para protegerme, creo. Hace dos años descubrí que mi padre estaba vivo. Y que era miembro de este club.

—¿Adrien lo sabía?

—Sí.

—¿Quién es?

Lucien se quedó callado.

Delacroix esperó.

—No quiero decirlo.

—Eso rara vez mejora los secretos.

—No tiene relación con la muerte de Adrien.

—Todos dicen eso en esta casa. Empiezo a sospechar que significa lo contrario.

Lucien cerró los puños sobre la mesa.

—Es un hombre casado. Tiene hijos legítimos. Un apellido antiguo. Mi madre aceptó dinero durante años para callar. Yo no quiero destruirla.

—¿Y Adrien quería usarlo?

—Adrien lo usaba. Me dijo que, si yo seguía bajo su protección, nadie tendría por qué enterarse.

Que él podía ayudarme a construir una carrera sin necesidad de reclamar un apellido que quizá me cerraría más puertas de las que abriría.

Pero si yo dejaba de obedecerle, si aceptaba la ayuda de otros, si me acercaba demasiado a Henri o a cualquier rival suyo…

entonces quizá la historia saldría a la luz.

Por accidente, claro. En Valombre todo ocurre por accidente.

Delacroix guardó silencio.

La frase no era de Lucien. Era del club hablando a través de él.

—¿Adrien tenía pruebas?

—Una carta de mi madre. Antigua. Y recibos de pagos. No sé cómo los consiguió.

—Adrien coleccionaba debilidades.

—Sí.

—¿Y usted quería liberarse de él?

Lucien cerró los ojos.

—Sí.

—¿Cuándo se lo dijo?

—Ayer por la mañana. Después de jugar. Le dije que no quería seguir haciéndole favores, que buscaría mi propio patrocinador, que estaba cansado de ser su muchacho prometedor. Él se rio.

—¿Qué dijo?

—Que los muchachos prometedores son útiles porque todavía no han cumplido nada. Que yo confundía dignidad con impaciencia. Y que debía recordar que algunos hombres nacen con apellido y otros con expediente.

Delacroix sintió otra vez aquel asco frío que Adrien Marceau parecía despertar incluso muerto. No era odio. El odio requería una intimidad que no tenía con él. Era una forma de repugnancia moral, más sobria y más duradera.

—¿Lo amenazó?

—Sí.

—¿Delante de alguien?

—No. Adrien rara vez amenazaba delante de testigos. Solo humillaba. La amenaza la reservaba para cuando uno ya no podía fingir que no entendía.

—¿Baptiste pudo oírlo?

Lucien pensó.

—No creo. Fue en la galería lateral, cerca de las vitrinas.

—¿Renard?

—No lo vi.

—¿Madeleine?

—Tampoco.

—¿El doctor Savary?

—No.

—Entonces solo su palabra.

—Sí.

—Una palabra bastante incómoda para usted.

Lucien sonrió con amargura.

—A estas alturas, mi comodidad ha perdido relevancia.

Delacroix se recostó ligeramente en la silla.

—Esta mañana, antes del hoyo diecisiete, ¿habló con Adrien?

Lucien bajó la vista.

—Sí.

—¿De qué?

—Me dijo que aún podía quedar tercero. Que un tercer puesto era digno para alguien de mi origen.

—Qué hombre tan incansable.

—Yo le respondí mal.

—¿Qué dijo?

—Que prefería quedar último por mí mismo que tercero bajo su sombra.

—¿Y él?

—Se acercó y me dijo: «Tenga cuidado, Lucien. Los jóvenes sin padre no deberían despreciar a quienes les ofrecen apellido, aunque sea prestado.»

Delacroix observó cómo el joven apretaba la mandíbula. No era solo vergüenza. Era furia. Una furia que había sido educada durante años para no levantar demasiado la voz.