Capítulo 16 — El caddie invisible #2
—No le he preguntado si la tiene.
—Pero iba a hacerlo.
—Sin duda. Me alegra que podamos ahorrar tiempo.
Baptiste lo miró por primera vez con algo parecido a una sombra de humor. Duró poco.
—La carpeta no estaba.
Delacroix se quedó quieto.
—¿Cuando entró en el archivo?
—No.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Entonces alguien la retiró antes.
—Sí.
—¿Quién?
—Renard. Savary. El comité. Adrien. No lo sé.
—¿Por qué no dijo que había entrado en el archivo?
—Porque entrar en un archivo es un delito cuando lo hace un empleado. Hacer desaparecer una carpeta es prudencia cuando lo hace un caballero.
Delacroix inclinó apenas la cabeza.
—Touché, monsieur Marin.
—No hablo francés elegante.
—Ha hablado lo bastante bien.
Baptiste bajó la mirada otra vez.
—Quería saber qué habían escrito. Qué habían borrado. Qué nombre le habían puesto a mi hermana después de quitarle el suyo.
—No encontró la carpeta.
—No.
—Entonces fue a ver a Madeleine Vasseur.
—Sí.
—Y al doctor Savary.
—Sí.
—Le preguntó a Savary por el hoyo diecisiete.
Ahora sí hubo una reacción. Mínima, pero real. Sus dedos se cerraron sobre la rodilla.
—Me dijo eso.
—¿Por qué le preguntó?
Baptiste tardó en responder.
—Porque Adrien siempre arriesgaba allí.
—No basta.
—Porque en El Ciego un hombre puede creer que controla el campo y no ver nada.
—Eso suena demasiado preparado.
—Lo pensé muchas veces.
—¿Para matarlo?
Baptiste levantó la vista.
—Para imaginarlo vulnerable.
El silencio posterior fue distinto. No era una confesión de crimen. Pero sí de deseo. Y los deseos, en una investigación, eran semillas peligrosas.
—¿Imaginó su muerte? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Muchas veces?
—Sí.
—¿En el hoyo diecisiete?
—A veces.
—¿Con una bola de Henri Delaunay?
—No.
La respuesta fue rápida. Sincera o bien preparada.
—¿Con qué, entonces?
Baptiste miró hacia el suelo.
—Con nada concreto. Con que un día Adrien entendiera qué se siente al depender de algo que no puedes ver. Eso era todo.
—Un deseo bastante próximo al crimen de esta mañana.
—Lo sé.
—¿Y aun así no lo cometió?
—No.
—¿Por qué debería creerlo?
Baptiste se incorporó un poco.
—Porque si yo hubiera matado a Adrien por Claire, habría pronunciado su nombre.
La frase llegó limpia, dura, sin adornos.
Delacroix no respondió de inmediato.
Era exactamente la objeción que él mismo se había formulado en el campo.
Baptiste, si había esperado años, si había convertido el hoyo en justicia, si había usado la campana para vengar a su hermana, ¿por qué dejar que todos hablaran de Henri, de una rivalidad deportiva, de una trampa menor?
¿Por qué permitir que Claire quedara otra vez fuera de la primera versión de la historia?
—Quizá quería evitar que lo atraparan —dijo Delacroix.
—Entonces no habría tocado la campana.
—Explíquese.
—Habría esperado otro momento. Adrien caminaba solo a veces. Bebía. Dormía. Confiaba en demasiadas puertas. Si quisiera matarlo y salvarme, había formas más simples.
—Pero menos simbólicas.
—Yo no necesito símbolos. Necesito que mi hermana no siga siendo una mentira.
—Y sin embargo no habló de ella esta mañana.
Baptiste apretó la mandíbula.
—Porque él estaba muerto y todos me miraban a mí.
—¿Tuvo miedo?
—Sí.
—¿De ser acusado?
—No.
—¿Entonces?
—De alegrarme delante de todos.
Delacroix lo miró con una atención nueva.
Baptiste no apartó la vista.
—Cuando vi caer a Adrien, grité. Después, durante un segundo, sentí alivio.
Un alivio asqueroso. Como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación donde llevaba años respirando humo.
Luego vi la sangre. Vi a Henri arriba. Vi la bola.
Y entendí que mi alivio iba a parecer culpa aunque no lo fuera.
—¿Y no lo era?
—No.
Había muchas formas de decir no. La de Baptiste no era suplicante. Tampoco desafiante. Era una piedra dejada sobre la mesa.
Delacroix se levantó y caminó entre las bolsas de palos. Encontró la de Adrien Marceau, ya revisada y marcada por la policía, aunque todavía colocada en un soporte aparte. Las iniciales A.M. brillaban en la placa. Una bolsa magnífica, cara, arrogante incluso sin dueño.
—Adrien lo trataba mal.
—Adrien trataba mal a todos. A mí solo podía hacerlo con menos teatro.
—¿Por qué seguía siendo su caddie?
—Porque era bueno.
—¿Usted?
—Yo. Y él lo sabía.
—¿Nada más?
Baptiste se levantó también.
—Porque desde su lado podía verlo perder.
—Pero no perdía.
—No siempre se pierde en el marcador.
Delacroix giró hacia él.
—¿Qué veía?
—Veía que tenía miedo.
—¿Adrien?
—Sí.
—¿De qué?
—De envejecer. De no ser admirado. De que los jóvenes dejaran de necesitarlo. De que las mujeres dejaran de sufrir por él. De que alguien dijera en voz alta lo que todos sabían. De que Claire no siguiera muerta del todo.
—¿Y esta semana?
Baptiste caminó hasta la mesa y tomó el esquema. Lo dobló una vez, sin pensar, luego se dio cuenta y lo dejó de nuevo.
—Esta semana estaba peor.
—¿Por Henri?
—Por Henri, por las cartas de madame Vasseur, por Élodie, por Lucien.
—¿Lucien?
—Adrien lo estaba apretando.
—¿Por qué?
—Lucien quería dejar de depender de él.
—¿Y Adrien no lo permitía?
—Adrien no soportaba que alguien saliera de su sombra por voluntad propia. Tenía que echarlo él.
Delacroix guardó ese dato.
—¿Qué sabía Adrien de Lucien?
Baptiste dudó.
—No lo sé.
—Eso ha sonado distinto.
—No sé detalles.
—Pero sabe que había algo.
—Sí.
—¿Y Henri?
—Su trampa.
—¿Madeleine?
—Las cartas.
—¿Élodie?
—La separación.
—¿Renard y Savary?
—Claire.
Delacroix lo observó en silencio.
—Usted conocía todas las cuerdas.
Baptiste no negó.
—Los caddies caminan al lado de los hombres cuando los hombres creen estar solos.
—Y escuchan.
—Aunque no quieran.
—¿Qué pensaba hacer con todo eso?
—Nada.
—No le creo.
—No me importa.
—Sí le importa.
Baptiste sostuvo su mirada un instante. Luego se sentó otra vez. Parecía agotado. No físicamente. O no solo. Hay cansancios que no pertenecen a un día, sino a una vida organizada alrededor de una herida.
—Quería marcharme después del torneo —dijo.
—¿Del club?
—Sí.
—¿Por qué ahora?
—Porque Savary habló. Porque Madeleine habló. Porque entendí que quizá jamás tendría una prueba suficiente, pero ya tenía bastante verdad para dejar de vivir aquí.
—¿Adrien lo sabía?
—Sí.
—¿Cómo reaccionó?
Baptiste soltó una risa baja, seca.
—Me dijo que los hombres como yo no se marchaban. Que simplemente cambiaban de patrón. Me ofreció recomendarme a otro club. Dijo que quizá allí tendría menos fantasmas, aunque dudaba que mis fantasmas tuvieran tan buen gusto.
Delacroix sintió un asco frío.
—¿Cuándo dijo eso?
—Ayer por la tarde. Antes de la cena.
—¿Alguien lo oyó?
—No lo sé. Adrien decía las cosas más crueles justo en el volumen necesario para que uno no pudiera probarlas.
—Sí. Eso también parece suyo.
Baptiste miró hacia la bolsa de Adrien.
—Después de eso pensé en matarlo.
La frase fue tan clara que el cuarto pareció encogerse alrededor.
Delacroix no se movió.
—¿Pensó?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Unos minutos. Quizá más. Pensé que si le hundía un hierro en la cabeza, todos entenderían por fin algo sencillo.
—¿Qué cosa?
—Que incluso los hombres invisibles tienen manos.
Delacroix dejó pasar la frase.
—Pero no lo hizo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque habría sido mío. El golpe. La sangre. La muerte. Todo. Y yo no quería que Adrien me dejara también eso.
Delacroix comprendió que aquella, más que cualquier otra, era la defensa verdadera de Baptiste. No una coartada. No una prueba. Una frontera moral cansada, pero aún visible. El problema era que las fronteras morales no siempre resistían los días exactos.
—Esta mañana, cuando sonó la campana una sola vez, ¿qué pensó?
—Que alguien se había equivocado.
—¿Quién?
—Adrien. O algún idiota del club.
—¿No pensó en asesinato?
—No tuve tiempo.
—Después.
—Después pensé en Claire.
—¿Por qué?
Baptiste miró hacia la ventana. Desde allí solo se veía una franja del campo, ya oscura.
—Porque Adrien estaba en el suelo y todos empezaron a hablar de accidente.
Delacroix asintió despacio.
Ahí estaba. El eco exacto. Claire en el lago. Adrien en el hoyo. Dos cuerpos y una misma palabra extendida encima como una sábana limpia.
—¿Tiene usted la carpeta 17-B?
—No.
—¿Sabe quién la tiene?
—No.
—¿Cree que Adrien la tenía?
Baptiste dudó.
—No.
—¿Por qué?
—Adrien no guardaba papeles que pudieran ensuciarlo si no podía usarlos contra alguien.
—Quizá podía.
—Entonces los habría mencionado. Adrien no sabía tener un arma sin acariciarla delante de la víctima.
Delacroix aceptó la lógica. Era cruel, pero sólida.
—¿Renard?
—Quizá.
—¿Savary?
—Quizá.
—¿Madeleine?
—No.
—¿Por qué está tan seguro?
—Porque ella vive de lo que conserva. Si tuviera la carpeta, la habría mirado tantas veces que ya no podría fingir no saber.
—Interesante.
Baptiste se encogió apenas de hombros.
—No soy detective.
—No. Pero lleva años investigando una sola muerte. Eso enseña más que algunos cargos.
La puerta del cuarto de palos se abrió. Marchand apareció en el umbral. Miró a Delacroix, luego a Baptiste.
—Aquí está.
—Nunca he estado escondido —dijo Baptiste.
—Eso dicen muchos hombres en habitaciones donde no deberían estar solos.
El caddie no respondió.
Marchand entró y cerró la puerta.
—Acaban de revisar los guantes principales.
Los de Renard tienen barro en el borde izquierdo.
Dice que se manchó después del accidente.
Los de Gérard también, lo cual no sorprende a nadie.
Los de Delaunay están limpios. Los de Savary tienen una mancha vieja, imposible saber de cuándo. Los de Baptiste…
Miró al caddie.
—No aparecen.
Delacroix volvió lentamente la cabeza hacia Baptiste.
—¿Sus guantes?
Baptiste se puso de pie.
—Los dejé en la bolsa.
—No están —dijo Marchand.
—Entonces alguien los ha sacado.
—O usted los hizo desaparecer.
—No.
Marchand avanzó un paso.
—Monsieur Marin, esto empieza a cansarme.
Baptiste abrió las manos.
—Mis guantes estaban en el bolsillo lateral de la bolsa de Adrien. Los usé durante el juego. Después del golpe, los guardé. O creí guardarlos. No los he vuelto a tocar.
Delacroix caminó hasta la bolsa de Adrien. Revisó el bolsillo lateral con permiso de Marchand. Paño blanco. Libreta. Un lápiz. Un trozo de cuerda fina usado quizá para atar tarjetas. Nada más.
—¿Eran claros? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Blancos?
—Crema.
—Como los guantes que Gérard creyó ver junto al sendero.
Marchand se puso rígido.
Baptiste palideció por primera vez de forma evidente.
—Yo no estaba junto al sendero.
—Alguien quiere que parezca que sí —dijo Delacroix.
Marchand lo miró.
—O estuvo.
—También.
Baptiste respiró hondo.
—No tengo cómo probarlo.
Delacroix sostuvo su mirada.
—No. Y eso es muy conveniente.
—Para mí no.
—No he dicho que sea conveniente para usted.
El caddie entendió. Su rostro cambió de miedo a algo más oscuro.
—¿Cree que alguien me está usando?
—Creo que alguien ha usado a Henri. No sería una novedad que intentara usarlo a usted también.
Marchand se cruzó de brazos.
—Pero si el asesino quiere incriminar a Baptiste, ¿por qué no dejar los guantes manchados donde podamos encontrarlos?
—Quizá porque todavía los necesita —dijo Delacroix.
—¿Para qué?
Delacroix miró la bolsa de Adrien, la libreta, el bolsillo vacío, el paño blanco.
—Para completar una historia.
Baptiste cerró los ojos.
—Claire.
Delacroix no respondió.
Porque también había pensado en ella.
Si aparecían los guantes de Baptiste manchados de barro junto a una prueba relacionada con Claire, la explicación sería casi irresistible. Hermano vengativo. Caddie invisible. Campana. Barro del lago. Pasado. Justicia torcida. Todo encajaría.
Demasiado.
—No salga de este cuarto sin avisar al agente —dijo Marchand.
Baptiste soltó una risa amarga.
—¿Sigo sin estar detenido?
—No lo ponga a prueba.
El caddie asintió. Luego miró a Delacroix.
—Monsieur.
—¿Sí?
—Si encuentran mis guantes donde no deben estar, no habrán encontrado mi culpa.
—Lo tendré en cuenta.
—No basta.
—Casi nada basta en una investigación.
Baptiste bajó la mirada.
—Entonces encuentre algo que sí.
Delacroix salió del cuarto de palos con Marchand. En el pasillo, la luz ya era más tenue. Desde el vestíbulo llegaban voces apagadas, cubiertos, pasos, el rumor de un club obligado a cenar con un cadáver en la memoria y una sospecha en cada plato.
Marchand caminó a su lado.
—Baptiste tenía intención, motivo, conocimiento y ahora guantes desaparecidos.
—Sí.
—¿Y sigue dudando?
—Más.
—Me va a matar antes que este caso.
—Procure no hacerlo cerca de una campana.
Marchand lo miró con muy poco humor.
Delacroix se detuvo junto a una ventana. El campo estaba casi oscuro. Solo se distinguían las últimas líneas verdes bajo el cielo violeta. A lo lejos, invisible ya, el hoyo diecisiete guardaba su campana en la sombra.
—Baptiste es el sospechoso perfecto —dijo.
—Eso suele ser útil.
—A veces. Pero recuerde algo, brigadier: en Valombre, los hombres perfectos han resultado bastante peligrosos. No veo por qué los sospechosos perfectos deberían ser más fiables.
Marchand guardó silencio.
Desde el comedor llegó una risa breve, nerviosa, que murió en seguida.
El club intentaba volver a ser un club.
Delacroix pensó que Baptiste Marin, caddie, hermano, empleado, sombra, era por fin visible para todos. Y que quizá esa visibilidad repentina no era justicia.
Quizá era solo otra forma de colocarlo en el punto exacto donde alguien quería que cayera la siguiente bola.