Capítulo 16 — El caddie invisible
Baptiste Marin estaba en el cuarto de palos.
No lo habían encerrado allí. No exactamente.
El brigadier Marchand había ordenado que permaneciera dentro del club y que un agente supiera en todo momento dónde encontrarlo.
Valombre, por su parte, había hecho lo que mejor sabía hacer: convertir una orden policial en una forma educada de confinamiento.
Nadie le había prohibido respirar, pero todos parecían sorprendidos de que siguiera haciéndolo.
El cuarto de palos ocupaba una estancia larga y fresca en la planta baja, cerca de la salida lateral hacia el campo.
Olía a cuero, madera encerada, metal limpio, hierba húmeda y orgullo masculino cuidadosamente guardado.
Las bolsas de los socios descansaban en soportes numerados.
Algunas llevaban iniciales doradas. Otras, placas de plata.
Los palos brillaban bajo la luz oblicua de las ventanas altas como si fueran armas que hubiesen conseguido entrar en sociedad.
Baptiste estaba sentado en un banco bajo, limpiando un hierro.
A Delacroix le interesó ese detalle.
El torneo había terminado en muerte. Su jugador estaba en una sala fría, cubierto por una sábana. La policía interrogaba a medio club. El pasado de su hermana volvía a flotar sobre Valombre como barro removido del fondo del lago. Y Baptiste limpiaba un palo.
No parecía indiferencia. Parecía disciplina. La clase de disciplina que algunos hombres desarrollan cuando la vida les enseña que romperse no cambia nada y, además, deja trabajo pendiente.
Al verlo entrar, Baptiste levantó la mirada.
—Monsieur Delacroix.
—Monsieur Marin.
El caddie bajó la vista al hierro y pasó el paño por la cabeza metálica, despacio, hasta que el reflejo de la ventana volvió a dibujarse en ella.
—¿Viene a preguntarme si maté a Adrien?
—Todavía no.
—Eso es cortesía.
—No abusemos de la palabra. Vengo a preguntarle por una campana.
Baptiste dejó el palo sobre sus rodillas.
—Ya dije que no la toqué.
—Lo sé.
—Y no sé quién la tocó.
—Eso también lo dijo.
—Entonces quizá debería hablar con alguien que tenga respuestas nuevas.
—La gente con respuestas nuevas suele haber preparado mentiras nuevas. De momento prefiero sus viejas incomodidades.
Baptiste lo miró sin sonreír. A aquella distancia, y sin la bolsa al hombro, parecía distinto.
No más relajado, sino menos borrado. Era un hombre delgado, fuerte, de rostro anguloso, con arrugas tempranas alrededor de los ojos y la piel tostada por años de sol.
Tenía las manos de alguien que ha trabajado más de lo que ha hablado.
Manos precisas. Manos capaces de limpiar un palo, medir viento, tirar de una cuerda o cerrar un puño durante años sin usarlo.
Delacroix tomó asiento frente a él, en otro banco. No pidió permiso. Los interrogatorios amables, había aprendido, a veces necesitaban no parecerlo demasiado.
—Usted suele tocar dos veces la campana del hoyo diecisiete.
Baptiste no se movió.
—Sí.
—Esta mañana sonó una sola vez.
—Sí.
—No lo mencionó.
—Nadie me preguntó.
—En Valombre esa frase empieza a merecer inscripción en mármol.
El caddie recogió el paño y lo dobló sobre la rodilla.
—Sonó una vez. Por eso supe que no la había tocado nadie que me imitara.
—Interesante precisión.
—No intento parecer inocente, monsieur Delacroix.
—¿No?
—No. Intento no decir más de lo que sé.
—Una ambición admirable. Y muy rara.
Baptiste lo miró con cansancio.
—Aquí decir de más sale caro.
—Eso me han explicado varios empleados. También varios socios, aunque ellos usan palabras mejores.
—Los socios siempre tienen palabras mejores.
—Y peores acciones, con frecuencia.
El silencio que siguió no fue hostil. Tampoco cómodo. En el cuarto de palos, los objetos parecían escuchar con una atención que sus dueños no siempre merecían.
—Cuando sonó la campana —dijo Delacroix—, usted estaba con Adrien Marceau.
—Sí.
—¿Dónde exactamente?
Baptiste se levantó.
—Venga.
Tomó un palo, no como arma ni como herramienta, sino como quien necesita dibujar en el aire una escena que todavía no ha conseguido sacarse de los ojos.
Fue hasta una mesa larga donde se guardaban tarjetas viejas y lápices.
Sobre una hoja en blanco trazó un esquema rápido del hoyo diecisiete: la salida, la loma, la depresión, la campana, el sendero del lago, la posición aproximada de la bola de Adrien y el lugar donde cayó el cuerpo.
La mano no le temblaba.
—Adrien golpeó hacia la derecha —dijo—. La bola cayó aquí, o eso parecía desde arriba. Bajamos por el sendero. Él caminaba deprisa. Estaba enfadado.
—¿Por el golpe?
—Por todo.
—Sea generoso. El todo suele esconder detalles.
Baptiste apretó la mandíbula.
—Por Henri. Por el golpe anterior. Por el viento. Por mí.
—¿Por usted?
—Le dije que en el diecisiete debía jugar seguro. Que con ventaja mínima no convenía arriesgar. Me respondió que, si quería consejos prudentes, habría contratado a una viuda.
—Una frase muy suya.
—Sí.
Baptiste señaló el dibujo.
—Encontramos la bola aquí.
Delacroix miró el punto. Coincidía con la posición oficial, no con la marca circular que él había visto más atrás.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Había otra marca en el césped.
El caddie alzó los ojos.
—Lo sé.
—¿La vio?
—Después.
—¿Después de la muerte?
—Sí.
—¿No antes?
—No.
—¿Podía ser la posición original de la bola?
Baptiste guardó silencio.
—Monsieur Marin.
—Podía.
—Entonces la bola de Adrien pudo haber sido movida.
—Sí.
—¿Por usted?
Baptiste sostuvo su mirada.
—No.
—¿Por Adrien?
—No lo vi hacerlo.
—No le he preguntado si lo vio. Le he preguntado si pudo.
—Adrien no habría movido su propia bola con medio torneo pendiente.
—Henri lo hizo.
—Henri estaba desesperado. Adrien era otra cosa.
—¿Qué cosa?
Baptiste bajó la vista al esquema.
—Adrien hacía trampas con las personas, no con las bolas.
Delacroix dejó que la frase se asentara. Era exacta. Demasiado exacta para ser improvisada, quizá. O tal vez llevaba años formándose en el silencio de un hombre obligado a mirar.
—¿Quién pudo moverla?
—Alguien que bajara antes.
—¿Por el sendero del lago?
—Sí.
—¿Se podía hacer sin ser visto?
—Si se conocía el camino, sí.
—Usted lo conoce.
—Sí.
—Renard también.
—Sí.
—Gérard.
—Sí.
—Otros caddies.
—Algunos.
—Adrien.
Baptiste miró el dibujo.
—Adrien conocía todo lo que pudiera usar.
—Y Henri, desde arriba, no podía ver nada.
—No.
—La campana sonó una vez. ¿Dónde estaba Adrien en ese momento?
Baptiste señaló la zona del cuerpo.
—Aquí.
—¿Por qué?
—Quería mirar la línea hacia el green.
—Desde la trayectoria del golpe de Henri.
—No lo sabía.
—Usted sí.
—No al principio.
—No al principio es una frase resbaladiza.
Por primera vez, Baptiste mostró irritación.
—Todo pasó en segundos.
—Muchas muertes lo hacen. La preparación suele tardar más.
El caddie dejó el palo sobre la mesa con cuidado. Demasiado cuidado.
—¿Cree que lo preparé?
—Creo que pudo prepararlo.
—Eso no responde.
—No. Pero es más honesto que fingir certeza.
Baptiste volvió a sentarse. Esta vez no tomó ningún palo.
Tenía las manos abiertas sobre las rodillas.
Delacroix notó una pequeña marca rojiza cerca de una uña, quizá tierra vieja, quizá una grieta de la piel, quizá nada.
El problema de las investigaciones era que, llegado cierto punto, hasta la piel de los hombres empezaba a parecer una declaración.
—Hábleme de Claire —dijo Delacroix.
La mirada de Baptiste se cerró.
—No.
—Muy bien.
El caddie pareció desconcertado.
—¿Muy bien?
—Sí. No voy a arrancarle el dolor como si fuera una muela para examinar la raíz. Pero entonces hablaremos de hechos.
—Los hechos no la ayudaron.
—Porque otros los administraron.
Baptiste soltó una respiración lenta.
—Claire tenía diecinueve años.
No miraba a Delacroix. Miraba hacia las bolsas alineadas, hacia las iniciales doradas, hacia todos aquellos apellidos que habían tenido durante años un sitio reservado donde descansar sus palos.
—Le gustaba leer novelas malas. Malísimas.
Decía que las buenas la obligaban a pensar demasiado después de trabajar.
Cantaba mientras lavaba platos. Tenía miedo al agua desde niña porque nuestro padre casi se ahogó una vez intentando salvar a un perro.
No bebía. No porque fuera santa. Porque el alcohol le daba náuseas.
Y porque mi madre decía que en los sitios de ricos una muchacha pobre tenía que mantenerse más despierta que los demás.
Delacroix escuchó sin interrumpir.
—Aquella noche volvió muerta. Al día siguiente, todos sabían quién había sido Claire mejor que nosotros.
Imprudente. Coqueta. Ambiciosa. Borracha.
Pobre chica. Mala suerte. Accidente. Desgracia.
Cada palabra le quitaba algo. Al final, de mi hermana solo dejaron un cuerpo mojado y una advertencia para las demás.
Baptiste bajó la cabeza.
—Yo grité mucho. Eso fue un error.
—¿Por qué?
—Porque los pobres, cuando gritan, parecen animales. Los ricos, cuando mienten en voz baja, parecen razonables.
Delacroix sintió un leve peso en el pecho. No compasión simple. Algo más incómodo: reconocimiento de una verdad dicha con demasiada limpieza.
—¿Acusó a Adrien?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ella me había hablado de él. Porque lo vi mirarla. Porque esa noche la vi llorar cerca del sendero. Porque Adrien volvió solo. Porque al día siguiente estaba limpio. Porque no le importaba.
—Eso no prueba que la matara.
—Lo sé.
—¿Lo sabía entonces?
Baptiste tragó saliva.
—No quería saberlo.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no necesito que la empujara para ser culpable.
—La ley quizá sí.
—La ley llegó tarde y se marchó pronto.
Delacroix no discutió. Habría sido inútil. Y, peor aún, habría sido indecente.
—Hace dos meses buscó el expediente de su hermana.
Baptiste no reaccionó.
—Sí.
—Robó la llave del archivo.
—La tomé prestada.
—Qué fórmula tan elegante. Valombre empieza a contagiarlo.
—La devolví.
—Y la carpeta 17-B desapareció.
—No la tengo.