Capítulo 15 — La cuerda, el barro y la campana #2
Marchand bajó de nuevo con Lefèvre. El agente parecía emocionado por haber participado en una reconstrucción. Delacroix tuvo la sospecha de que, si la investigación duraba mucho, Lefèvre acabaría dibujando planos con excesiva pasión.
—La campana no pudo sonar sola —dijo Marchand.
—No.
—Y quien la tocó sabía que Marceau seguía abajo.
—Sí.
—Eso reduce mucho.
—A quienes podían saberlo.
—Baptiste, sobre todo.
—Baptiste estaba abajo. Si dice la verdad, estaba cerca de Marceau. Si miente, pudo separarse, venir hasta aquí, tocar la campana y volver.
—¿Le daba tiempo?
Delacroix miró la distancia.
—Sí, pero justo. Tendría que moverse con rapidez y sin ser visto por Marceau.
—Conocía el terreno.
—Sí.
—Y quizá Marceau estaba distraído con su bola.
—Sí.
Marchand se cruzó de brazos.
—Cada vez que intentamos sacarlo, vuelve a entrar.
—Los buenos sospechosos son así.
—¿Buenos?
—Desde el punto de vista narrativo. No judicial.
—Procure no usar ese punto de vista en mi informe.
Delacroix sonrió apenas.
Volvieron al centro de la depresión. El sol ya rozaba la parte alta de la loma.
Las sombras de los pinos cruzaban la hierba como barro oscuro.
A esa hora, El Ciego hacía honor a su nombre.
No porque impidiera ver, sino porque obligaba a aceptar que durante toda la mañana habían visto sin comprender.
—Hay algo más —dijo Delacroix.
—Me temía esa frase.
—La campana sonó una sola vez.
—Todos lo dijeron.
—¿Es lo habitual?
Marchand llamó a Gérard Lenoir, que esperaba a cierta distancia después de haberlos guiado hasta allí. El encargado se acercó.
—Monsieur Lenoir, cuando se despeja el hoyo, ¿cómo se toca la campana normalmente? —preguntó Delacroix.
—Una vez.
—¿Siempre?
—La mayoría.
—¿Y Baptiste?
Gérard dudó.
—Baptiste suele tocar dos veces.
Marchand alzó la cabeza.
—¿Dos?
—Sí. No por norma. Por costumbre. Una primera fuerte, una segunda más corta. Dice que con viento puede confundirse el sonido.
Delacroix sintió que la pieza se movía dentro del tablero.
—¿Y Marceau?
—Si la tocaba él, una vez. Rápida. No le gustaba esperar ni para avisar.
—¿Quién más lo sabía?
—Los caddies, algunos jugadores, los empleados.
—Henri Delaunay, desde arriba, ¿habría distinguido esa diferencia?
Gérard se encogió de hombros.
—En competición, con nervios, esperando la señal… quizá no. La campana suena y uno golpea.
—Pero Baptiste habría sabido que esa no era su forma habitual.
—Sí.
—Y al decir que él no la tocó, también está diciendo algo más.
Marchand lo miró.
—Que no sonó como él la habría tocado.
—Exacto.
Gérard bajó la mirada.
—Yo también lo pensé.
Delacroix se volvió hacia él despacio.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Y por qué no lo dijo?
El encargado apretó la mandíbula.
—Porque nadie me preguntó eso.
—Monsieur Lenoir.
—Porque no quería meterme en medio.
—Un hombre estaba muerto.
—Y otro club entero estaba vivo —dijo Gérard, con una amargura repentina—. No sabe lo que es trabajar aquí, monsieur. Usted pregunta y se va. Nosotros nos quedamos. Si uno dice demasiado, al día siguiente hay otra persona cortando el césped.
Marchand intervino con dureza:
—Eso puede ser obstrucción.
Gérard lo miró.
—Puede ser hambre, brigadier.
La frase los dejó callados.
Delacroix no justificó al encargado. Tampoco lo condenó.
Valombre llevaba años enseñando a sus empleados que la verdad tenía coste y que el coste rara vez lo pagaban los socios.
Pedir valentía desde fuera siempre era fácil.
La dignidad, como tantas cosas nobles, se administraba mejor con el estómago lleno.
—¿Vio usted a alguien cerca de la campana antes de que sonara? —preguntó Delacroix.
Gérard respiró hondo.
—Una figura.
Marchand dio un paso hacia él.
—¿Figura?
—Entre los pinos. No vi la cara.
—¿Hombre? ¿Mujer?
—No lo sé. Llevaba ropa clara. Todos llevaban ropa clara.
—¿Empleado? ¿Socio?
—No lo sé.
—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó Marchand.
Gérard lo miró con cansancio.
—Porque no sabía si había visto algo o si quería haberlo visto después. Fue un segundo. Alguien junto al sendero. Luego la campana. Luego el golpe. Luego el grito. Todo se mezcló.
—¿Altura?
—Media.
—¿Complexión?
—No puedo decirlo.
—¿Guantes?
Gérard cerró los ojos, intentando recuperar la imagen.
—Claros. Creo. O quizá eran las manos.
—¿Barro?
—No lo vi.
Marchand parecía a punto de estallar.
—Eso no sirve para nada.
—Sirve para algo —dijo Delacroix.
—¿Para qué?
—Para saber que no todos estaban mirando a Henri antes de la campana. Y que alguien más podía estar donde no debía.
Gérard bajó la cabeza.
—Lo siento.
—No lo sienta todavía —dijo Delacroix—. Guárdelo para cuando sepamos si ha callado algo útil.
Marchand ordenó a Lefèvre que tomara declaración formal al encargado. Gérard aceptó con resignación. Mientras el agente escribía, Delacroix caminó una vez más desde la campana hasta el punto de impacto, midiendo mentalmente los segundos.
Campana.
Henri respira.
Coloca la bola.
Ajusta los pies.
Levanta el palo.
Golpea.
La bola vuela.
Marceau oye quizá algo.
Se vuelve.
Impacto.
Todo dependía del tiempo. No solo de la distancia.
La campana debía sonar cuando Marceau aún no pudiera apartarse, pero Henri tuviera la confianza suficiente para lanzar.
Si sonaba demasiado pronto, Baptiste o Adrien podían gritar.
Si sonaba demasiado tarde, Marceau ya estaría fuera de peligro.
El asesino no había improvisado. Había medido el temperamento de Henri, la soberbia de Adrien y la mecánica del hoyo.
Había medido hombres.
No solo terreno.
—Brigadier —dijo Delacroix.
Marchand se acercó.
—¿Qué?
—Necesito saber quiénes, además de Baptiste, conocían la costumbre de las dos campanadas.
—Los caddies y empleados.
—Y jugadores antiguos.
—Marceau.
—Sí. Aunque está descartado para tocar la campana que lo mata, salvo que decidamos acusarlo de exceso de colaboración.
—Henri.
—Quizá.
—Lucien.
—Posiblemente.
—Renard.
—Seguro. Renard conoce hasta las arrugas de las servilletas.
—Savary.
—Tal vez.
—Élodie y Madeleine.
—No lo sé. Pero escucharon torneos durante años.
Marchand cerró los ojos.
—Otra vez medio club.
—No. Un grupo más pequeño: quienes sabían que una sola campanada podía parecer menos propia de Baptiste y más propia de Marceau u otro jugador.
—¿Eso incrimina o libera a Baptiste?
—Ambas cosas.
—Me está cansando.
—La verdad suele hacerlo antes de dignarse a ser clara.
El cielo empezó a tomar un color anaranjado sobre el campo.
La jornada, por fin, se retiraba. Había sido un día largo, lleno de sol, de muerte, de barro y de confesiones incompletas.
Delacroix sintió el cansancio en los hombros, pero también esa claridad interior que aparecía cuando un caso dejaba de ser una colección de datos y empezaba a revelar una forma.
No tenía aún la figura completa.
Pero ya sabía algo: la campana no había sonado solo para Henri.
Había sonado para todos.
Para decirles dónde mirar.
O dónde dejar de mirar.
Cuando regresaron hacia el edificio principal, Octave Renard los esperaba al pie de la terraza con el rostro sombrío.
—Brigadier —dijo—, los socios están cada vez más inquietos. Algunos consideran ofensivo seguir retenidos aquí.
—Un hombre muerto también resulta bastante ofensivo y se está quejando menos —respondió Marchand.
Renard tragó saliva.
—No puede mantener encerrado al club indefinidamente.
—No indefinidamente. Solo hasta que deje de parecerme lleno de sospechosos.
—Eso podría tardar.
—Entonces empiece a servir cena.
Delacroix miró hacia la terraza. Varias figuras observaban desde las ventanas: Élodie, Madeleine, Lucien Morel, el doctor Savary. Rostros separados por cristales. Sombras elegantes detrás de una luz interior.
—Monsieur Renard —dijo Delacroix—, una pregunta.
El secretario se volvió hacia él con visible esfuerzo.
—¿Sí?
—¿Sabía usted que Baptiste Marin solía tocar dos veces la campana del diecisiete?
Renard no respondió enseguida.
Fue apenas una pausa.
Pero en una tarde llena de barro, cuerdas y silencios, aquella pausa sonó casi como una tercera campanada.
—Sí —dijo al fin—. Lo sabía.
—Gracias.
—¿Tiene importancia?
Delacroix miró hacia El Ciego, ya medio tragado por la sombra.
—Todavía no lo sé. Pero empieza a comportarse como si la tuviera.