Capítulo 15 — La cuerda, el barro y la campana
Al caer la tarde, el hoyo diecisiete parecía menos un lugar que una acusación.
El sol había descendido lo suficiente para alargar las sombras de los pinos sobre la hierba, y eso le devolvía al campo una honestidad que la mañana le había negado.
A plena luz, Valombre había parecido limpio.
A esa hora, en cambio, empezaban a verse mejor los desniveles, las marcas, las zonas húmedas, los pequeños defectos del terreno.
Era curioso, pensó Delacroix, que a veces hiciera falta menos luz para distinguir más cosas.
El brigadier Marchand caminaba a su lado con el gesto de un hombre que ya no esperaba que el día mejorara.
Llevaba la libreta bajo el brazo, el sombrero ligeramente ladeado y una expresión de resignación práctica.
A unos metros, el agente Lefèvre vigilaba la cuerda de la campana como si aquel objeto pudiera intentar fugarse.
—Repítame por qué hemos vuelto aquí —dijo Marchand.
—Porque la escena tiene la mala educación de seguir existiendo.
—Eso les ocurre a todas las escenas.
—No a todas. Algunas se dejan explicar y descansan. Esta insiste.
Marchand gruñó.
—La campana sonó. Eso lo oyeron todos.
—Exactamente.
—Delaunay golpeó después. Eso también.
—Sí.
—Marceau murió por la bola. También.
—Sin duda.
—Y aun así, estamos otra vez mirando una cuerda.
Delacroix se detuvo frente al poste.
—No una cuerda, brigadier. Una decisión.
La campana colgaba inmóvil sobre ellos, de bronce oscuro, con el borde ligeramente gastado por los años.
No era grande, pero sí lo bastante pesada para que el viento no pudiera moverla con facilidad.
La cuerda descendía desde el badajo hasta la altura de una mano adulta.
Cerca del nudo inferior seguía la mancha de barro rojizo, ya menos húmeda que por la mañana, pero todavía visible.
Lefèvre había tenido el acierto de protegerla con una pequeña cubierta improvisada para evitar que alguien la rozara.
Delacroix se inclinó.
—El barro no está en la parte alta de la cuerda.
—No.
—Ni en el poste.
—No.
—Ni en el suelo inmediato.
—Tampoco.
—Solo en el nudo y en la zona inferior.
—Alguien tiró con la mano sucia.
—O con un guante sucio.
—Eso dijimos.
—Lo dijimos. Ahora hay que escucharlo.
Marchand miró hacia el sendero del lago viejo.
La tierra rojiza se extendía allí en manchas irregulares, mezclada con raíces y hojas secas.
No era un barro abundante, pero sí característico.
Se pegaba al cuero, al algodón, a los bajos de los pantalones, a todo lo que tuviera la imprudencia de rozarlo.
—Renard tenía barro en el dobladillo —dijo el brigadier.
—Sí.
—Savary vio barro y hierba húmeda en la manga de Marceau.
—Sí.
—Baptiste tenía barro en la chaqueta anoche.
—Sí.
—Y cualquiera que pasara por el lago también.
—También.
Marchand se quitó el sombrero y se rascó la cabeza.
—Es un barro muy sociable.
—Como casi todo en Valombre.
Delacroix se apartó de la campana y caminó hacia la zona donde había caído Adrien Marceau.
El cuerpo ya no estaba, pero la hierba conservaba su recuerdo.
La mancha de sangre había sido cubierta parcialmente con un paño mientras se terminaban las observaciones, aunque el césped alrededor seguía aplastado por pisadas, rodillas, carreras y torpezas bienintencionadas.
A Delacroix le disgustaba la contaminación de una escena, pero comprendía que en los crímenes cometidos delante de medio club no podía esperarse la pureza de un laboratorio.
La humanidad era muy mala conservando pruebas cuando se asustaba.
—Aquí —dijo.
Marchand se acercó.
Delacroix señaló el punto exacto donde había caído Marceau.
—Para que la bola de Henri lo alcanzara en la sien, Adrien debía encontrarse en esta línea.
Le pidió a Lefèvre que subiera a la salida con una vara y se colocara donde había golpeado Delaunay.
El agente obedeció, algo confuso pero entusiasmado por tener una tarea concreta.
Desde abajo, su figura se veía parcialmente por encima de la loma, y la línea imaginaria entre ambos puntos atravesaba la depresión con una claridad incómoda.
—Henri golpeó fuerte —dijo Marchand—. Su caddie lo confirma.
—Golpeó como un hombre que necesitaba convertir una bola en respuesta.
—Y alguien lo sabía.
—Sí.
Delacroix caminó hacia el punto donde se había encontrado la bola de Adrien. La pequeña estaca provisional seguía marcándolo. Luego volvió a la marca circular en la hierba, unos metros más atrás. Se agachó.
—Hay dos lugares que nos interesan.
—La bola encontrada y la posible posición original.
—Exacto.
—Si la bola fue movida, alguien quería que Marceau creyera que debía jugar desde aquí.
—O que se acercara hasta aquí para comprobarlo.
—Baptiste podía hacerlo.
—Podía.
—También Marceau mismo.
—Si alguien le señaló mal la bola.
—¿Quién?
Delacroix miró hacia la loma.
—Alguien que conociera la marca de Adrien. O alguien que colocara una bola suya donde convenía. O alguien que supiera que Adrien, vanidoso y bajo presión, no toleraría una posición dudosa sin acercarse a mirarla.
Marchand siguió la línea con la vista.
—Mucha preparación.
—No tanta. El campo preparaba la mitad. Henri preparaba otra parte con su desesperación. Marceau aportaba la soberbia. El asesino solo necesitaba conocer los tiempos.
—Y tocar la campana.
—La campana era la llave. Sin ella, Henri no golpeaba.
—¿Y si la tocó Marceau por error?
Delacroix se volvió hacia él.
—Entonces Baptiste miente.
—Puede mentir.
—Sí. Pero si Baptiste fuese culpable y quisiera esconderse detrás de un accidente, le habría convenido decir que Marceau la tocó. Todo habría sido más sencillo. «El señor se equivocó, creyó haber despejado el hoyo, volvió sobre sus pasos, y el rival golpeó.» Trágico, lamentable, cerrado.
—En cambio dice que no sabe quién la tocó.
—Y con eso abre la puerta al asesinato.
Marchand frunció el ceño.
—A menos que quiera parecer inocente precisamente por eso.
—Siempre existe la posibilidad de que un culpable sea muy inteligente.
—¿Y Baptiste lo es?
—Sí.
—Entonces volvemos al principio.
—No. Volvemos a una pregunta mejor: si Baptiste mató a Adrien, ¿por qué eligió un método que obliga a investigar la campana?
Marchand miró la cuerda.
—Porque quería que se supiera.
—¿Y se supiera qué?
—Que alguien lo mató.
—No. Eso no basta. Baptiste no odiaba a Adrien solo por Adrien.
Lo odiaba por Claire. Si su crimen era justicia, debía hablar de Claire.
Pero la escena habla primero de Henri. De su bola.
De su amenaza. De su trampa. Baptiste, si es el asesino, ha permitido que la historia inicial sea la de un rival celoso, no la de una hermana muerta.
El brigadier se quedó pensativo.
—Quizá le daba igual.
—Quizá. O quizá el plan no está completo todavía.
—Eso no me gusta.
—A mí tampoco. Y por eso estamos aquí antes de la noche.
Delacroix se dirigió al sendero del lago.
Las marcas en el barro habían sido protegidas de forma rudimentaria, aunque no eran claras.
Algunas correspondían a zapatos de empleados, otras a botas de campo, otras a suelas elegantes que jamás habrían aceptado ser descritas como sospechosas.
Marchand se agachó junto a una huella parcial.
—Esto podría ser de Renard.
—O de Savary. O de un socio. O de medio mundo con acceso a una zapatería decente.
—No ayuda.
—Ayuda a no ser idiotas. Es menos satisfactorio, pero más frecuente.
Siguieron el sendero hasta el punto desde el cual se podía volver hacia la campana por detrás de la loma.
Desde allí, el poste quedaba a poca distancia.
Una persona que viniera del lago podía tirar de la cuerda y retirarse hacia los pinos antes de que nadie desde la salida llegara a verla con claridad.
No hacía falta correr demasiado. Solo elegir el momento.
—Hagamos la prueba —dijo Delacroix.
Marchand lo miró con sospecha.
—¿Qué prueba?
—Usted subirá a la salida con Lefèvre. Yo me quedaré aquí. Cuando tire de la campana, observe cuánto ve.
—¿Por qué no sube usted?
—Porque mi relación con las pendientes ya ha sido suficientemente intensa hoy.
Marchand soltó algo parecido a un bufido y subió con el agente.
Delacroix esperó junto a la campana. El campo había quedado quieto.
Una brisa suave movía la cuerda apenas, sin producir sonido.
Delacroix miró hacia el lago viejo. Desde allí no se veía el agua, pero se sentía su humedad en el aire, un frescor terroso que parecía subir entre los pinos.
Pensó en Claire Marin.
En una muchacha joven caminando por ese mismo sendero años atrás, quizá llorando, quizá enfadada, quizá huyendo de alguien.
Pensó en Adrien Marceau con zapatos blancos, limpio sobre la grava.
Pensó en Baptiste, años después, aprendiendo cada curva del campo mientras los hombres que habían sepultado a su hermana bebían en la terraza.
No hacía falta ser novelista para imaginar el odio.
Hacía falta ser justo para no confundirlo con prueba.
Desde arriba, Marchand levantó una mano. Delacroix tiró de la cuerda.
La campana sonó.
Una sola vez.
El sonido atravesó el hoyo con una claridad casi cruel. Delacroix soltó la cuerda y dio tres pasos rápidos hacia los pinos, ocultándose tras un tronco ancho. No corrió. No hizo ningún esfuerzo heroico. Bastaron tres pasos y el conocimiento del lugar.
—¡Otra vez! —gritó Marchand desde arriba.
Delacroix salió de la sombra.
—¿Me vio?
—Al principio. Luego no.
—¿Lo bastante para identificarme?
—Sabiendo que era usted, sí.
—Sin saberlo.
Marchand tardó un segundo.
—No.
Delacroix volvió junto al poste.
—Entonces el asesino pudo tocar la campana y desaparecer del campo visual antes de que nadie entendiera que debía mirar aquí.
—Si estaba junto a la campana.
—O junto al sendero.