Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 14 — Una trampa menor #2
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Capítulo 14 — Una trampa menor #2

—Todo. Lo de mi trampa. Lo de las cartas. Lo de Élodie. Lo de Lucien. Lo de Claire. Adrien hablaba delante de él como se habla delante de una pared. Uno termina olvidando que las paredes escuchan.

Renard hizo un gesto de impaciencia.

—Eso no cambia que usted tenía el motivo inmediato.

Delacroix se volvió hacia él.

—Al contrario. Lo cambia todo.

—¿En qué sentido?

—En que el motivo inmediato de Henri era inútil si Adrien moría antes de denunciarlo.

Renard frunció el ceño.

—No veo por qué.

—Porque vivo, Adrien podía destruir a Henri. Muerto de esta manera, lo convierte en asesino probable. Es cierto. Pero también se lleva consigo la prueba más cómoda de la trampa.

—La bola está ahí.

—Sí. Y una trampa deportiva puede arruinar reputaciones. Pero no necesita asesinato para explicarse. Si Henri hubiese querido silenciar a Adrien, habría elegido algo menos público, menos dependiente de una campana, menos expuesto a que todos juraran que esperó la señal.

Marchand se cruzó de brazos.

—No descarte tan deprisa la estupidez criminal.

—Jamás. Es una de las fuerzas más constantes de la historia. Pero incluso los hombres estúpidos suelen elegir un crimen que responda a su deseo. Henri deseaba vencer a Marceau, no convertir su propia victoria imposible en una confesión de culpa.

Henri se dejó caer otra vez en el sillón. Por primera vez, no parecía ofendido por ser analizado como un mecanismo humano. Parecía agradecido, aunque le doliera.

—Exacto —dijo en voz baja—. Yo quería que perdiera.

—Y alguien quería que cayera —dijo Delacroix.

La diferencia quedó suspendida sobre la mesa.

Renard apartó la mirada.

Marchand tomó la bola marcada y la guardó como prueba.

Luego hizo traer a Paul, el caddie de Henri.

El muchacho entró todavía más nervioso que antes.

Confirmó que su jugador había estado extraño desde el hoyo nueve de la jornada anterior, que Marceau se acercó varias veces para decirle cosas en voz baja, que Henri casi perdió el control después de cada comentario y que, justo antes del golpe mortal, la campana sonó con claridad.

—¿Monsieur Delaunay dudó al oírla? —preguntó Delacroix.

Paul negó.

—No, monsieur. Estaba esperando. Al oírla, fue como si… como si por fin pudiera hacer lo único que sabía hacer.

—Golpear.

—Sí.

—¿Con rabia?

Paul miró a Henri. Henri no levantó la vista.

—Con todo.

—¿Es habitual que golpee así?

—Cuando está desesperado, sí.

—¿Y alguien que conociera su juego sabría que, si la campana sonaba en ese momento, él no esperaría ni pediría confirmación?

Paul dudó.

—Supongo.

—¿Quién?

—Los jugadores. Los caddies. Cualquiera que lo hubiera visto jugar bajo presión.

—Baptiste.

Paul bajó la mirada.

—Sí.

Renard exhaló con fuerza, como si el nombre confirmara por fin la ruta que deseaba seguir.

Delacroix lo ignoró.

—¿Y Marceau? —preguntó.

Paul lo miró, desconcertado.

—¿Monsieur Marceau?

—Él también conocía el juego de Henri.

—Sí. Claro.

—¿Y aun así, al oír la campana, permaneció en una zona peligrosa?

Paul se quedó callado.

La pregunta era simple. Precisamente por eso incomodaba.

—No lo sé —dijo al fin.

—Nadie lo sabe —respondió Delacroix—. Y, sin embargo, todos parecen dispuestos a explicar lo demás.

Marchand despidió al muchacho y ordenó que Henri regresara a la habitación vigilada. Antes de salir, Henri se detuvo junto a la puerta.

—Monsieur Delacroix.

—¿Sí?

—Si descubre que alguien tocó la campana para usarme… —se interrumpió.

—¿Qué?

Henri tragó saliva.

—No sé qué será peor. Ser culpable o haber sido tan fácil.

Delacroix lo miró con una sobriedad que no era compasión del todo, pero se le parecía lo suficiente para no humillarlo.

—A los hombres desesperados se les puede utilizar con facilidad. Por eso conviene desconfiar de quien señala demasiado pronto hacia ellos.

Henri asintió una sola vez y salió.

La sala quedó más silenciosa después de su marcha.

Renard fue el primero en hablar.

—No podemos permitir que la confesión de una trampa se trate como si lo absolviera.

—Nadie lo ha absuelto —dijo Marchand.

—Pero monsieur Delacroix parece empeñado en alejar la sospecha de él.

—Monsieur Delacroix —respondió Delacroix— está empeñado en alejar la comodidad de usted.

Renard apretó los labios.

—Es usted injusto.

—A veces. Pero procuro no serlo por sistema.

Marchand recogió las tarjetas.

—La trampa de Delaunay queda asentada. Motivo, mentira y vergüenza. Pero también explicación para sus contradicciones.

—Exacto —dijo Delacroix.

—Y Marceau sabía. Lo estaba usando.

—Sí.

—También Baptiste pudo saberlo.

—Sí.

—Y cualquiera que oyera las provocaciones.

—Sí.

Marchand se pasó una mano por la frente.

—Cada pista que encontramos acusa a alguien y libera a otro a medias.

—Eso significa que estamos avanzando.

—Tiene una definición muy generosa de avanzar.

Delacroix tomó la tarjeta de Adrien una vez más. La pequeña marca bajo el hoyo nueve seguía allí. Una señal mínima, casi infantil. Adrien había anotado la trampa de Henri como quien guarda una moneda para gastarla cuando el placer sea mayor. No buscaba justicia deportiva. Buscaba control.

—Adrien coleccionaba debilidades —dijo.

Marchand lo miró.

—¿Qué?

—La trampa de Henri. Las cartas de Madeleine. La separación de Élodie. El miedo de Lucien. El silencio de Renard. La culpa de Savary. La muerte de Claire. Todo lo convertía en una cuerda. Y luego esperaba a que la persona adecuada se acercara lo suficiente para sentirla en el cuello.

—Alguna de esas personas pudo decidir cortar la cuerda.

—Sí.

—Baptiste.

Delacroix dejó la tarjeta sobre la mesa.

—Baptiste era quien veía todas las cuerdas.

Renard, que se había mantenido junto a la puerta, dijo con frialdad:

—Entonces quizá decidió tirar de una.

Delacroix se volvió hacia él.

—Quizá. Pero recuerde algo, monsieur Renard: cuando una cuerda aparece manchada de barro, no basta con preguntar quién tenía las manos sucias.

—¿Qué más hay que preguntar?

—Quién llevaba años señalando dónde estaba la campana.

Renard no respondió.

Marchand ordenó llevar las tarjetas, las bolas y las notas al despacho que había improvisado como centro de investigación.

Delacroix se quedó unos segundos solo en la sala de lectura.

Afuera, la tarde empezaba a volverse más suave.

El sol se inclinaba sobre el campo con una belleza que ya no parecía insolente, sino cansada.

En la distancia, los empleados recogían estacas y cuerdas del torneo interrumpido.

La Copa Valombre había terminado sin ganador. O con demasiados perdedores.

Sobre la mesa quedaba una hoja olvidada: una copia de la clasificación antes de la muerte.

Adrien primero.

Henri segundo.

Lucien tercero.

Delacroix la dobló despacio.

Henri había mentido, sí. Había hecho trampas. Había amenazado. Había golpeado la bola mortal con todo el odio acumulado de un hombre acorralado.

Pero el asesinato no estaba en la fuerza de aquel golpe.

El asesinato estaba en haber sabido que golpearía así.

Y en haberle dado permiso.