Capítulo 14 — Una trampa menor
Las tarjetas de puntuación estaban sobre la mesa de la sala de lectura como si fueran documentos diplomáticos.
En Valombre, probablemente lo eran.
El brigadier Marchand las había colocado en orden, una junto a otra, con el gesto paciente y algo irritado de un hombre que había aprendido esa mañana más sobre golf de lo que jamás habría deseado.
Había tarjetas de varios jugadores, anotaciones de caddies, firmas de control, correcciones mínimas, números encerrados en pequeños recuadros y una pulcritud general que pretendía hacer olvidar lo evidente: que toda competición dependía, al final, de la honestidad de quienes escribían sus propios errores.
Delacroix observó aquella colección de cifras con una melancolía moderada.
—Siempre me ha inquietado que los deportes de caballeros confíen tanto en que los caballeros sepan contar.
Marchand, sentado frente a él, gruñó.
—En mi experiencia, los hombres mienten mejor con palabras que con números.
—Eso se debe a que los números tienen menos vanidad. Pero no se fíe. También se dejan corromper.
El agente Lefèvre estaba junto a una pizarra portátil que Renard había mandado traer desde la administración.
Allí se habían copiado los resultados parciales de la Copa Valombre.
Henri Delaunay aparecía siempre a la sombra de Adrien Marceau, cerca, demasiado cerca para rendirse, demasiado lejos para no desesperar.
En los márgenes de algunas tarjetas había pequeñas marcas de verificación realizadas por los caddies.
En otras, correcciones aceptadas. Una cifra tachada en el hoyo nueve llamó la atención de Marchand.
—Aquí está —dijo.
Delacroix se acercó.
La tarjeta de Henri mostraba una corrección mínima.
Un golpe discutido, aparentemente aclarado durante la jornada anterior.
Nada extraordinario. Nada que un comité deportivo no pudiera aceptar con un bostezo.
Pero, al lado, en la tarjeta de Adrien Marceau, aparecía una marca casi imperceptible: una pequeña línea bajo el número correspondiente al mismo hoyo.
No era una corrección. Era una señal privada. Una forma de recordar algo.
—Marceau vio la trampa —dijo Marchand.
—O creyó verla.
—Henri la confesó.
—Entonces la vio.
Lefèvre, ansioso por ser útil, señaló otro papel.
—También está esto, monsieur.
Era una nota del caddie Paul, tomada a petición de Marchand.
El muchacho había declarado que en el hoyo nueve Henri se agachó más tiempo de lo habitual junto a su bola, parcialmente oculto por un árbol bajo.
Paul no vio que la moviera, pero sí vio a Marceau observándolo desde cierta distancia.
Después de aquel hoyo, Marceau empezó a hacer comentarios velados.
—Una trampa pequeña —dijo Marchand—. Suficiente para destruirlo.
—Las trampas pequeñas tienen esa virtud: parecen demasiado ridículas para confesar y demasiado vergonzosas para sobrevivir.
—Henri tenía motivo de sobra para matar a Marceau.
Delacroix tomó la tarjeta de Adrien y volvió a mirar la pequeña marca.
—Sí.
—No parece convencido.
—Me convence el motivo. Me desagrada el método.
—¿Por qué?
—Porque Henri quería que Marceau perdiera. Quizá quería humillarlo. Quizá incluso verlo arruinado. Pero este crimen no humilla a Marceau. Lo convierte en víctima perfecta.
Marchand se quedó quieto.
Delacroix dejó la tarjeta sobre la mesa.
—Y Adrien Marceau no era un hombre al que Henri quisiera convertir en mártir.
La puerta se abrió antes de que Marchand pudiera responder.
Octave Renard entró con expresión fatigada, seguido por un empleado que traía una caja de madera.
El secretario se había recompuesto algo desde su declaración, aunque ya no parecía tan impecable.
Había en su rostro la palidez de quien ha visto temblar un edificio y todavía intenta convencer a los demás de que solo se ha movido una cortina.
—Aquí están las bolas y objetos retirados del cuarto de palos de monsieur Delaunay —dijo—. Tal como pidió el brigadier.
—Déjelos ahí —indicó Marchand.
El empleado colocó la caja sobre una mesa auxiliar y salió con rapidez. Renard permaneció en la sala, demasiado interesado para fingir indiferencia.
Marchand abrió la caja.
Dentro había varias bolas de golf marcadas con los tres puntos azules de Henri, un guante, tees, un lápiz, una navaja pequeña, un pañuelo y una tarjeta doblada con anotaciones sobre distancias.
Delacroix tomó una de las bolas y la giró entre los dedos, sin ocultar la curiosidad.
Tres puntos azules junto al número. La marca era clara, hecha con tinta o pintura muy fina.
—¿Todas iguales? —preguntó.
Lefèvre revisó.
—Sí, monsieur. Tres puntos azules.
—Excepto que esta tiene una línea casi invisible junto a uno de los puntos.
Marchand se acercó.
Delacroix sostuvo la bola bajo la luz. En efecto, uno de los tres puntos tenía una pequeña prolongación, como una cola diminuta. No era evidente. Un hombre poco atento no la vería. Pero Marceau no era un hombre poco atento, y menos aún cuando deseaba encontrar una debilidad ajena.
—¿Qué significa? —preguntó Marchand.
—Quizá nada. Quizá la marca personal de una bola concreta. Quizá la que Henri movió en el hoyo nueve. Quizá Marceau recordaba exactamente cuál era.
Renard habló desde la puerta.
—Eso confirmaría que monsieur Delaunay tenía una razón poderosa para silenciar a Adrien.
Delacroix no levantó la vista de la bola.
—Tiene usted un talento admirable para colocar una cuerda alrededor del cuello ajeno antes de saber si hay horca.
El secretario se puso rígido.
—Solo expongo una evidencia.
—No. Expone una esperanza con forma de evidencia.
Marchand dejó la bola sobre un pañuelo.
—Renard, llame a monsieur Delaunay.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Cree prudente…?
—Estoy empezando a tomarle afecto a todo lo imprudente que disguste a este club.
Renard salió sin responder.
Henri Delaunay llegó unos minutos después. Venía escoltado por Lefèvre, aunque no esposado. Caminaba con una mezcla de orgullo herido y agotamiento físico. Al ver las tarjetas y la caja sobre la mesa, entendió de inmediato que la conversación no iba a mejorar su día.
—Ya lo confesé —dijo.
—Va a explicarlo con más precisión —respondió Marchand.
Henri miró a Delacroix.
—¿Para qué? ¿Para que todos tengan una versión bonita de mi vergüenza?
—En Valombre la vergüenza rara vez es bonita —dijo Delacroix—. Solo está mejor vestida.
Henri se sentó.
Marchand colocó la tarjeta frente a él.
—Hoyo nueve. Jornada anterior. Su bola cae junto a una raíz. ¿Qué hizo exactamente?
Henri cerró los ojos un segundo.
—La moví.
—¿Con la mano?
—Con dos dedos. Apenas.
—¿Cuánto?
—Cinco centímetros. Quizá menos.
—¿Para mejorar el golpe?
—Para poder golpear sin romperme la muñeca ni perder la maldita Copa en un agujero de tierra.
—Una justificación conmovedora.
Henri miró a Delacroix con ira cansada.
—No pretendo justificarlo.
—Me alegra. Iba mal encaminado.
Marchand señaló la bola marcada con los tres puntos.
—¿Usó una bola como esta?
—Sí.
—¿Esta?
Henri la tomó con cuidado. La observó. Su rostro cambió apenas.
—Sí.
—¿Está seguro?
—Sí. Esta era.
—¿Por la pequeña marca?
Henri asintió.
—La hice sin querer. La tinta corrió un poco. La reconocí durante toda la jornada.
—¿Marceau podía reconocerla?
—Sí.
—¿Lo vio hacerlo?
—No necesitaba verlo. Después del hoyo nueve, me dijo que algunas bolas tenían mejor memoria que sus dueños.
Delacroix juntó las manos.
—La frase vuelve.
Henri soltó la bola como si le quemara.
—Adrien disfrutaba con eso. No me denunció.
No entonces. Esperó. Me dejó jugar, recuperar terreno, volver a creer que podía alcanzarlo.
En cada hoyo se acercaba lo justo para recordármelo.
Me decía cosas que nadie más entendía. Una palabra, una sonrisa, una mirada a la bola.
Era como competir con una soga alrededor del cuello y verlo a él sostener el extremo.
Renard, que había regresado y permanecía junto a la puerta, intervino con frialdad:
—Usted amenazó a monsieur Marceau en público.
Henri se volvió hacia él.
—Sí.
—Dos veces.
—Sí.
—Y esta mañana golpeó la bola que lo mató.
—Después de oír la campana.
—Una campana que quizá usted necesitaba oír cuanto antes.
Henri se levantó de golpe.
—¿Insinúa que la toqué yo?
—Insinúo que su desesperación era evidente.
—Desde la salida no podía tocarla.
—Pudo tener ayuda.
—¡Yo no maté a Adrien!
La frase retumbó en la sala con una violencia que dejó a todos en silencio.
Marchand se puso de pie.
—Siéntese.
Henri respiraba con dificultad.
—Él iba a destruirme. Sí. Iba a humillarme delante de todos.
Sí. Yo quería ganarle, quería verlo tragar su sonrisa, quería que por una vez no pudiera decidir el final.
Pero no quería verlo muerto en el césped.
¿Entiende la diferencia, monsieur Renard?
Claro que no. Usted lleva años confundiendo las manchas con el mantel.
Renard palideció.
Delacroix observó a Henri con atención. Aquella frase no sonaba ensayada. Sonaba nacida de una rabia que ya no necesitaba protegerse. El rival culpable, por fin, estaba diciendo algo útil.
—Monsieur Delaunay —dijo Delacroix—, cuando Adrien lo provocó con la trampa, ¿alguien más lo oyó?
—A veces Paul. Quizá Lucien una vez. No sé.
—¿Baptiste?
Henri se quedó pensando.
—Baptiste siempre estaba cerca.
—No le pregunto por una verdad filosófica. Le pregunto por una posibilidad concreta.
—Sí. Pudo oírlo.
—¿Vio alguna reacción en él?
—En Baptiste nunca se ve nada.
—Eso no es cierto. Solo que ustedes han practicado mucho no mirar.
Henri tragó saliva.
—Una vez.
—¿Qué pasó?
—Ayer, después del hoyo once. Adrien me dijo algo sobre la bola. Yo le respondí mal. Baptiste estaba limpiando un palo. Por un segundo levantó la vista. No hacia mí. Hacia Adrien.
—¿Y?
—Parecía… no sé.
—Inténtelo.
—Parecía cansado de saber.
La frase dejó a Delacroix muy quieto.
Marchand la anotó con rapidez.
—¿Cansado de saber qué?