Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 13 — El médico prefiere los accidentes #6
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Capítulo 13 — El médico prefiere los accidentes #6

—¿O por el padre de Adrien Marceau?

El médico apretó la mandíbula.

—El conde Marceau hizo una donación a mi consulta.

—Qué generoso.

—Yo atendía a muchas familias sin recursos. Esa donación ayudó a mucha gente.

—Incluida su conciencia, imagino —dijo Delacroix.

Savary se puso de pie con brusquedad.

—No permitiré que me juzgue como si yo hubiera matado a esa muchacha.

—Siéntese, doctor.

—No.

—Siéntese —repitió Marchand.

Savary miró al brigadier, luego a Delacroix, luego otra vez a la botella. Al final obedeció. Al caer en la butaca, pareció más viejo que al levantarse.

—Yo no maté a Claire —dijo.

—Nadie ha dicho eso —respondió Marchand.

—Pero les gustaría.

—No. Nos gustaría saber quién la convirtió en accidente antes de que terminara de enfriarse.

Savary se pasó una mano por la barba.

—No entienden. No había un asesino claro. No había una prueba. Claire pudo caer. Pudo estar alterada. Pudo beber sin que su hermano lo supiera. Pudo huir de una discusión. Pudo resbalar.

—Otro festival de pudo —dijo Delacroix—. Resulta curioso que todos los pudo favorezcan a los mismos hombres.

El médico lo miró con cansancio.

—Adrien era despreciable, sí. Lo fue durante años. Pero no sé si mató a Claire.

—¿Y si la dejó morir?

Savary no contestó.

—Doctor.

—No lo sé.

—¿Qué cree?

La pregunta pareció más difícil que todas las anteriores.

Savary bajó la vista hacia sus manos.

—Creo que Claire murió por acercarse a Adrien Marceau. No sé en qué punto de esa frase empieza la responsabilidad penal.

—Y decidió no averiguarlo.

—Decidí no inventarlo.

—No. Decidió no molestarlo.

Savary cerró los ojos.

Marchand volvió al presente.

—Esta mañana también decidió con rapidez que la muerte de Adrien era accidental.

—Porque lo parecía.

—Ya lo dijo.

—Y porque no quería que el club se devorara a sí mismo antes de saber nada.

—El club parece llevar años alimentándose bastante bien —dijo Delacroix.

Savary abrió los ojos. En ellos había rabia, pero también una culpa antigua que quizá el coñac había conseguido dormir muchas noches sin llegar a matarla.

—¿Qué quieren de mí?

—La verdad —dijo Marchand.

—La verdad médica ya la tienen.

—La otra —dijo Delacroix.

Savary soltó una risa seca.

—La otra. Como si existiera una verdad limpia detrás de cada mentira sucia. A veces no la hay, monsieur Delacroix. A veces solo hay cobardía, confusión, gente joven, alcohol, miedo, una muchacha muerta y hombres importantes intentando que la mañana siguiente no destruya todo lo que conocen.

—Eso ya es bastante verdad.

—Pues escríbala usted. Yo era médico. No juez.

—No, doctor. Era médico. Por eso su cobardía tuvo firma.

Savary se hundió un poco más en la butaca.

La frase lo alcanzó donde debía.

Marchand hojeó sus notas.

—¿Baptiste Marin habló con usted sobre Claire?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Varias veces, al principio. Después dejó de hacerlo. Hace unos meses volvió.

—¿Hace dos meses?

Savary asintió.

—Más o menos.

—¿Qué quería?

—Preguntas. Las mismas de siempre. Si Claire sufrió. Si tenía marcas. Si estaba embarazada. Si alguien pudo sujetarla. Si yo había visto a Adrien esa noche. Si el informe decía todo lo que debía decir.

—¿Y decía todo lo que debía decir?

Savary tragó saliva.

—No.

Fue apenas una palabra.

Pero cambió la habitación.

Marchand bajó lentamente la pluma.

—Repita eso.

Savary miró hacia la ventana.

—El informe no decía todo lo que debía decir.

Delacroix no interrumpió. A veces una confesión necesita creer que avanza sola.

—Claire tenía una marca en el brazo —continuó Savary—. Aquí.

Se tocó el antebrazo, cerca de la muñeca.

—No era una simple rozadura. Parecía la marca de una mano. No reciente de muchas horas. De aquella noche, probablemente. También tenía un golpe en la parte posterior de la cabeza, pequeño, compatible con una caída contra una piedra o contra el borde del embarcadero.

—¿Pudo quedar inconsciente antes de caer al agua? —preguntó Marchand.

—Pudo.

—¿Y eso no figuró?

—Figuró como contusión compatible con caída.

—Pero no como posible golpe previo.

—No.

—¿Por qué?

Savary permaneció en silencio.

—Doctor.

—Porque el conde Marceau pidió prudencia.

—¿Pidió?

Savary sonrió sin humor.

—Los hombres como él no necesitaban ordenar.

—¿Y Adrien? —preguntó Delacroix.

—Adrien estaba allí cuando se habló del informe.

—¿En la sala?

—No al principio. Después sí.

—¿Qué dijo?

Savary miró hacia el suelo.

—Nada útil.

—Las frases inútiles de Adrien suelen ser reveladoras.

—Dijo que Claire siempre había querido que la miraran. Que quizá aquella noche demasiados hombres habían cometido el error de hacerlo.

Marchand cerró los ojos un segundo.

Delacroix no se movió.

—¿Baptiste supo lo de la marca en el brazo? —preguntó.

Savary dudó.

—Hace dos meses se lo dije.

Marchand se enderezó.

—¿Qué?

—Se lo dije. No todo. Pero sí que había detalles que no habían entrado en el informe.

—¿Por qué demonios hizo eso después de tantos años?

Savary agarró el vaso de agua y bebió. La mano le temblaba ligeramente.

—Porque estoy viejo. Porque duermo mal. Porque Baptiste me miró como me miraba su madre cuando venía a mi consulta y no podía pagar.

Porque Adrien seguía entrando en este club como si el suelo le debiera disculpas.

Porque uno puede mentir muchos años, brigadier, pero el cuerpo no siempre acompaña.

A veces se cansa antes que la conciencia.

Delacroix observó al médico. No le inspiraba simpatía. Tampoco desprecio simple. Era más incómodo que eso. Savary no era un monstruo. Era un cobarde que había envejecido lo suficiente para entender que la cobardía también deja cadáveres, aunque no siempre en el suelo.

—¿Qué reacción tuvo Baptiste? —preguntó.

—Ninguna. Eso fue lo peor. Me pidió detalles. Fechas. Quién estaba. Dónde estaba Adrien. Qué contenía la carpeta. Qué dije y qué no dije. Lo anotaba todo mentalmente.

—¿Le mencionó el torneo?

Savary cerró los dedos alrededor del vaso.

—Sí.

—¿Qué dijo?

—Preguntó si Adrien seguía jugando con la misma agresividad el hoyo diecisiete.

Marchand y Delacroix se miraron.

—¿Con esas palabras? —preguntó Delacroix.

—No exactamente. Preguntó si en El Ciego Adrien seguía arriesgando cuando iba en ventaja. Yo le dije que sí. Que Adrien prefería lucirse antes que jugar seguro. Baptiste dijo que eso era lo único de Adrien que no había cambiado.

—¿Y no le pareció alarmante?

Savary soltó una risa amarga.

—Monsieur Delacroix, casi todo lo que Baptiste decía sobre Adrien podía parecer alarmante si uno decidía escucharlo con atención. Durante años, la solución del club fue no hacerlo.

—Y usted participó en esa solución.

—Sí.

La palabra salió sin defensa.

Marchand anotó algo más.

—Esta mañana, cuando vio el cuerpo de Adrien, ¿pensó en Baptiste?

Savary no respondió.

—Doctor.

—Sí.

—Pero dijo accidente.

—Sí.

—¿Por qué?

Savary miró hacia la puerta, luego hacia la botella cerrada.

—Porque si era accidente, el pasado seguía enterrado.

Delacroix sintió que la habitación se volvía un poco más fría.

—Gracias —dijo.

Savary lo miró.

—¿Por qué?

—Por fin estamos dejando de fingir que la medicina era el tema.

El médico hundió la cabeza entre las manos.

Marchand se levantó y caminó hacia el mueble bar. No lo abrió. Solo se quedó allí, de espaldas a Savary, quizá para no mirarlo con demasiada dureza.

—¿Recibió dinero esta vez? —preguntó.

Savary levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Por declarar accidente esta mañana. ¿Alguien le pidió cerrar el asunto?

—No.

—¿Renard?

—Renard no necesitó pedírmelo. Yo sabía lo que quería.

—Eso no responde.

—No recibí dinero. No esta vez.

Delacroix captó el matiz.

—Pero habló con Renard antes de que llegara la gendarmería.

—Sí.

—¿Qué le dijo?

—Que debía ser un accidente.

—¿Él o usted?

—Los dos.

—Qué consuelo tan compartido.

Savary apretó los labios.

—Renard estaba asustado.

—Renard suele llamar miedo al sentido institucional.

—No entiende lo que Valombre significa para él.

—Lo entiendo demasiado bien.

Marchand volvió a la mesa.

—Doctor Savary, su informe sobre Claire Marin será revisado. Y sus pagos de aquel año también.

—Lo suponía.

—No salga del club.

—Nadie sale del club, por lo visto.

—Los muertos tampoco. Y mire cuánto tardan en hacerse oír.

Savary no respondió.

Delacroix se levantó. Había algo más que quería preguntar, pero no de inmediato. A veces convenía dejar a un hombre a solas con la frase que acababa de confesar. No por piedad. Por eficacia.

Al llegar a la puerta, sin embargo, se detuvo.

—Doctor.

Savary levantó la vista.

—¿Sí?

—Cuando examinó el cuerpo de Adrien esta mañana, ¿había algo que no mencionó?

El médico se quedó inmóvil.

Marchand se volvió también.

—¿Algo? —repitió Savary.

—Un detalle menor, quizá. Los detalles menores son mi forma favorita de incomodidad.

Savary miró hacia el vaso.

—Tenía hierba húmeda en la manga derecha.

—Todo el mundo tenía hierba.

—No igual. Era hierba de la zona baja, cerca del lago. Más húmeda. Con algo de tierra rojiza.

Delacroix regresó un paso hacia él.

—¿En la manga de Adrien?

—Sí.

—¿Por qué no lo dijo?

Savary sostuvo su mirada, agotado.

—Porque pensé que no importaba.

—Doctor, a estas alturas esa frase casi merece una placa en la entrada del club.

—Estaba muerto en un campo de golf. Había caído sobre la hierba.

—No cerca del lago.

—No.

—¿Dónde exactamente en la manga?

Savary se tocó el antebrazo.

—Aquí. Como si se hubiera apoyado en el suelo o alguien le hubiera rozado con algo húmedo.

—¿Antes o después del golpe?

—No puedo saberlo.

—Pero la mancha no estaba bajo el cuerpo.

—No.

Delacroix asintió despacio.

—Gracias.

Salieron al pasillo. Marchand cerró la puerta del salón de fumadores con más suavidad de la necesaria.

—Cada vez que alguien en este club dice que algo no importa —murmuró—, me dan ganas de detenerlo por prevención.

—Sería una política razonable.

—Savary ocultó información sobre Claire y minimizó lo de Adrien.

—Sí.

—Pero no parece asesino.

—No.

—Parece cobarde.

—La cobardía es una semilla excelente. No siempre da asesinato, pero crece muy bien en suelos abonados con reputación.

Marchand miró hacia el corredor.

—Baptiste preguntó por el hoyo diecisiete. Preguntó si Marceau arriesgaba allí. Sabía lo de la marca de Claire. Pudo robar el expediente. Pudo preparar todo.

—Sí.

—¿Sigue incomodándole que encaje?

—Más que nunca.

—¿Por qué?

Delacroix caminó despacio hacia la ventana del pasillo.

Desde allí se veía el jardín sur. Élodie Marceau estaba sentada bajo una sombrilla, sola.

Madeleine Vasseur caminaba no muy lejos, con la cabeza baja.

Más allá, un empleado cerraba una contraventana.

El mundo seguía moviéndose alrededor de la muerte con una eficacia casi cruel.

—Porque Baptiste tenía motivos para matar a Adrien —dijo—. Pero también tenía motivos para querer que todos supieran por qué.

—No necesariamente.

—No. El dolor puede volverse secreto cuando se pudre demasiado tiempo.

—Entonces…

—Entonces hay dos posibilidades desagradables. O Baptiste decidió convertir la muerte de su hermana en un crimen perfecto, sin importarle que el mundo lo confundiera con un accidente deportivo…

—O alguien está usando la historia de Claire para que miremos hacia él.

Delacroix asintió.

—Exactamente.

Marchand guardó la libreta en el bolsillo.

—¿Qué hacemos ahora?

Delacroix miró hacia el campo, aunque desde allí no se veía el hoyo diecisiete. Bastaba saber que estaba al otro lado, oculto tras la loma, con su campana y su cuerda manchada de barro.

—Ahora —dijo— necesitamos averiguar qué mentira pequeña estaba dispuesto a confesar Henri y qué mentira grande sigue protegiendo Valombre.

—¿No acabamos de hacerlo?

—No. Acabamos de descubrir que la mentira grande existe.

—¿Y cuál es?

Delacroix pensó en Claire, en Adrien, en la mancha de hierba húmeda en la manga del muerto, en la bola de Marceau demasiado visible y en la pregunta de Baptiste sobre El Ciego.

—Que la muerte de Adrien quizá no empezó cuando sonó la campana.

Marchand frunció el ceño.

—¿Cuándo empezó, entonces?

Delacroix miró hacia la puerta cerrada del salón donde Savary había quedado sentado frente a una botella que aún no se atrevía a abrir.

—Hace años, brigadier. En este club casi todo parece empezar hace años.