Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 21 — La segunda bola #2
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Capítulo 21 — La segunda bola #2

—No. En este club los pobres solo podemos probar lo que hemos hecho mal.

Delacroix se alejó unos pasos hacia la depresión.

La noche hacía que todo fuese menos exacto, pero también menos distraído.

No había público, ni trajes, ni aplausos.

Solo el terreno. La línea de tiro de Henri.

El punto de caída de Marceau. La marca posible de la bola original.

La posición de la bola falsa. La campana. El poste.

Una secuencia empezó a dibujarse.

Adrien lanza.

Su bola real cae en un lugar menos favorable, quizá más atrás, quizá cerca de la franja húmeda, quizá donde Delacroix había visto aquella depresión circular.

Alguien coloca una segunda bola marcada como suya en un punto más visible.

Adrien baja, cree encontrar su bola.

Se mueve para estudiar la línea.

La campana suena antes de tiempo.

Henri golpea.

Adrien cae.

La segunda bola debe desaparecer.

¿Quién podía retirarla?

Baptiste, si estaba allí.

El asesino, si se acercó después en el caos.

Renard, Savary, Gérard, cualquier persona que acudiera a la escena con suficiente sangre fría.

Pero ocultarla en la grieta del poste era arriesgado. Demasiado cerca. Demasiado teatral otra vez. Como el guante. Como el fragmento de fotografía. Como la nota.

Delacroix sintió que el caso cambiaba de peso.

Ya no se trataba solo de quién había tocado la campana.

Se trataba de quién estaba construyendo una historia para que cada hallazgo pareciera espontáneo.

Lefèvre regresó jadeando con la bola recogida tras la muerte de Marceau. La traía dentro de una bolsa de prueba. Marchand colocó ambas bajo la lámpara, separadas por dos pañuelos.

La diferencia era mínima.

Pero existía.

La bola encontrada en el campo tenía la línea roja continua y una mancha verde junto al número.

La bola hallada en el poste tenía la línea interrumpida y una raspadura fina.

—Dos bolas de Adrien —dijo Marchand.

—O una de Adrien y una imitadora —respondió Delacroix.

—¿Cómo lo sabremos?

—Preguntándole a quien limpiaba sus bolas.

Todos miraron hacia el club.

Baptiste.

Renard pareció hundirse un poco más en sí mismo.

—No fui yo —repitió.

Marchand lo miró.

—Esa frase empieza a ser patrimonio común de Valombre.

—Yo escondí cosas, sí. Callé. Quemé la nota. Conservé el botón demasiado tiempo. Pero no maté a Adrien.

—¿Conservó el botón?

La voz de Gérard fue baja y peligrosa.

Renard se volvió hacia él.

—Sí.

—Mi padre se lo dio.

—Sí.

—Y usted lo guardó.

—Sí.

Gérard avanzó un paso.

—¿Por qué?

Renard abrió la boca. Durante un momento pareció que iba a defenderse con una frase administrativa. Después miró el lago invisible, el campo, la bola, la campana. Y algo se le rompió de una manera silenciosa.

—Porque era la única prueba de que todos habíamos mentido.

Gérard lo miró con asco.

—Y no la usó.

—No.

—La guardó.

—Sí.

—Como se guarda una llave.

Renard bajó la cabeza.

—Como se guarda una condena.

Gérard habría dicho algo más, quizá algo irreparable, pero Marchand intervino.

—Renard, queda usted bajo vigilancia directa. No se moverá sin un agente.

—Lo entiendo.

—No. No creo que entienda nada, pero obedecerá.

Renard asintió.

Delacroix siguió mirando las dos bolas.

—Brigadier, necesitamos llevar esto al cuarto de palos y preguntarle a Baptiste ahora.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Son casi las dos de la mañana.

—El asesinato no parece respetar horarios saludables.

Marchand ordenó a Lefèvre escoltar a Renard al club. Gérard permaneció junto al poste, mirando la campana. La luz de la lámpara le endurecía el rostro.

—Monsieur Lenoir —dijo Delacroix.

El encargado no se volvió.

—¿Sí?

—Cuando vio la figura esta mañana, ¿estaba cerca del poste o más hacia la grieta?

Gérard pensó.

—Más hacia atrás. No justo en la cuerda.

—¿Podía estar escondiendo o retirando algo?

—Sí.

—¿Antes de la campana?

—Creo que sí.

—Entonces tal vez no fue a tocar la campana.

Marchand se volvió.

—¿Qué?

Delacroix miró el poste.

—Tal vez la figura que vieron Gérard y Lucien no era quien tocó la campana. Tal vez estaba colocando o retirando la segunda bola.

—¿Y la campana?

—Otra persona.

Marchand cerró los ojos.

—Dos personas.

—O una persona muy rápida. Pero sí, empieza a parecer un crimen con más de un gesto.

—¿Dos asesinos?

—No necesariamente. Un asesino y un encubridor. Un asesino y un instrumento. Un asesino y alguien que llegó después para modificar la historia.

—Otra vez demasiadas opciones.

—No tantas. Solo hemos dejado de fingir que una bola podía explicarlo todo.

Gérard miró a Delacroix.

—Entonces Henri no mató a Adrien.

—Henri lanzó el golpe que lo mató.

—Pero alguien puso a Adrien allí.

—Sí.

El encargado volvió la vista hacia el campo oscuro.

—Eso es peor.

—Sí —dijo Delacroix—. La verdad suele empeorar antes de volverse útil.

Regresaron al club con las dos bolas custodiadas por Lefèvre.

Renard caminaba delante, escoltado, vencido pero no vacío.

Delacroix lo observó desde atrás. El secretario había quemado una nota, conservado un botón, ocultado un expediente, protegido al club y quizá entregado a Savary el objeto que podía reabrir la muerte de Claire.

Pero cada vez parecía menos el arquitecto de la muerte de Adrien y más una pieza antigua que alguien estaba empujando para hacer ruido.

Eso no lo absolvía.

En Valombre, nadie parecía merecer una absolución limpia.

Al entrar por la terraza, encontraron a varias personas despiertas en el vestíbulo: Élodie Marceau, Madeleine Vasseur, Lucien Morel, Beaumont y el doctor Savary, este último traído por un agente desde el lago. Todos miraron las bolsas de prueba en manos de Lefèvre.

—¿Qué han encontrado? —preguntó Madeleine.

Marchand no respondió.

Baptiste Marin apareció al fondo del pasillo de servicio, custodiado por otro agente. Al ver las dos bolas, se detuvo.

No hizo falta mostrarle nada.

Su rostro cambió.

Delacroix lo vio con claridad.

No era sorpresa.

Era reconocimiento.

—Monsieur Marin —dijo—, necesitamos que mire dos bolas.

Baptiste avanzó despacio.

Renard levantó la cabeza.

Savary cerró los ojos.

Élodie se apoyó en la barandilla de la escalera.

Delacroix colocó ambas bolas sobre una mesa del vestíbulo, una junto a otra, bajo la luz amarilla de la lámpara.

—¿Son de Adrien Marceau?

Baptiste no las tocó. Se inclinó, las miró apenas unos segundos y respondió:

—Sí.

—¿Ambas?

—Sí.

—¿Cuál usó en el hoyo diecisiete?

El caddie señaló la bola de la línea continua.

—Esa.

—La que encontramos en el campo después de la muerte.

—Sí.

—¿Está seguro?

—No.

La respuesta sorprendió a todos.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Explíquese.

Baptiste miró la otra bola.

—Esa —dijo, señalando la de la raspadura— era la bola que Adrien llevaba usando desde el hoyo quince.

Marchand frunció el ceño.

—Pero acaba de decir que usó la otra.

—Dije que la otra fue la que encontramos. No la que debía estar allí.

El vestíbulo quedó en silencio.

Baptiste tragó saliva.

—Adrien no cambió de bola antes del diecisiete. Yo habría preparado la nueva. No lo hizo. La bola que cayó en El Ciego tenía esa raspadura.

Señaló la segunda bola.

—Esta.

Delacroix sintió que la pieza, por fin, encajaba con un golpe seco.

—Entonces la bola que encontramos en la zona visible no era la que Adrien había lanzado.

—No.

—Fue colocada allí.

—Sí.

—¿Por quién?

Baptiste levantó la vista.

—Por alguien que tenía acceso a la reserva de bolas de Adrien.

Marchand se volvió hacia la bolsa de palos que un agente había traído del cuarto.

—¿Quién?

Baptiste respondió sin apartar la mirada de las bolas:

—Yo. Adrien. Y cualquiera que hubiera metido la mano en su bolsa mientras todos miraban el torneo.

Renard cerró los ojos.

Lucien Morel murmuró algo inaudible.

Delacroix tomó aire lentamente.

La segunda bola no acusaba solo a Baptiste.

Acusaba la posibilidad de que el crimen hubiera empezado antes del hoyo diecisiete, en un momento casi invisible, cuando alguien tomó una bola de la bolsa de Adrien y la convirtió en señuelo.

—Brigadier —dijo Delacroix—, ahora sí podemos decirlo.

Marchand lo miró.

—¿Qué?

Delacroix observó a los presentes: la viuda, la amante antigua, el rival ausente, el joven discípulo, el médico culpable, el secretario roto, el caddie invisible, el club entero respirando alrededor de una mesa con dos bolas blancas.

—Adrien Marceau no murió por un accidente. Murió porque alguien decidió exactamente dónde debía estar cuando la campana sonara.

En ese instante, desde la escalera, Élodie Marceau habló con voz baja:

—Entonces no fue un golpe de suerte.

Delacroix miró las dos bolas.

—No, madame.

La luz tembló apenas sobre la mesa.

—Fue un golpe preparado.