Capítulo 11 — La muchacha del lago #2
Gérard lo miró con una mezcla de sorpresa y gratitud que intentó esconder de inmediato. Los hombres prácticos suelen avergonzarse de ciertas emociones, como si la ternura fuese una herramienta mal afilada.
Regresaron hacia el club por el sendero que llevaba desde el lago a la zona del hoyo diecisiete.
Delacroix caminó despacio, contando casi sin darse cuenta los pasos, observando los puntos donde los árboles ocultaban el cuerpo, las curvas donde un hombre podía detenerse sin ser visto, las zonas donde el barro húmedo se alternaba con tramos de hierba seca.
El camino no era largo. Tampoco era directo para quien no lo conociera.
Para alguien que lo conocía, en cambio, era una línea secreta entre dos muertes.
El lago viejo y la campana.
Claire Marin y Adrien Marceau.
Al llegar cerca del poste, Delacroix se detuvo.
Desde allí, la cuerda de la campana seguía protegida.
El agente Lefèvre permanecía de guardia con un aburrimiento disciplinado.
El campo estaba vacío. Sin público, sin torneo, sin aplausos, El Ciego parecía menos majestuoso y más absurdo: una loma, una depresión, una campana, un sendero.
Bastaba mirar los elementos con frialdad para entender que la tragedia no había necesitado demasiada imaginación. Solo conocimiento.
—Desde el lago hasta aquí se mancha uno los zapatos —dijo Marchand.
—O los guantes.
—¿Por qué tocaría la cuerda con guantes embarrados?
—Quizá porque llevaba guantes. Quizá porque no tuvo tiempo de quitárselos. Quizá porque quería tirar con fuerza y no pensó en el barro. Quizá porque el asesino, como todos los asesinos, tuvo la grosería de no redactar una explicación antes de actuar.
Marchand gruñó.
—Tiene que ser alguien que supiera que Marceau estaría en la trayectoria.
—Sí.
—Alguien que supiera que Delaunay golpearía sin dudar.
—Sí.
—Alguien que conociera el hoyo, la campana y el sendero desde el lago.
—Sí.
El brigadier miró hacia el club.
—Baptiste.
—Baptiste encaja demasiado bien.
—¿Eso lo descarta?
—No. Solo me incomoda.
—A usted todo lo que encaja le incomoda.
—Porque la vida, brigadier, tiene pésimo sentido de la simetría. Cuando todo encaja, casi siempre falta una pieza escondida debajo de la mesa.
Marchand suspiró.
—¿Y cuál falta aquí?
Delacroix miró la zona donde había caído Marceau.
—Por qué Adrien se quedó exactamente allí.
—Marin pudo conducirlo.
—Sí.
—Pudo mover su bola.
—Sí.
—Pudo tocar la campana.
—Sí.
—Pudo odiarlo por Claire.
—Sí.
—Entonces…
—Entonces necesitamos saber si Baptiste llevaba años esperando justicia o si alguien está aprovechando su dolor para entregarnos un culpable perfecto.
Marchand no contestó. Tal vez porque la posibilidad era desagradable. Tal vez porque, en el fondo, prefería una historia con un asesino dolido a una historia con un club entero utilizando a un muerto más.
Volvieron al edificio principal al caer la tarde.
Valombre estaba extraño. No vacío, pero contenido.
Los socios habían sido agrupados en salones, habitaciones y terrazas menores.
Nadie podía marcharse todavía. Nadie quería parecer desesperado por hacerlo.
Esa combinación producía una calma nerviosa, una elegancia de jaula.
En el vestíbulo, la pizarra de clasificación había sido cubierta al fin con una tela oscura. Delacroix la miró con desaprobación.
—Demasiado tarde —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Marchand.
—La decencia. Suele llegar cuando ya no puede molestar.
Renard apareció desde el pasillo de administración. Al verlos, se acercó con una carpeta bajo el brazo y el rostro severo.
—Brigadier, he reunido las tarjetas de puntuación y la lista de todos los presentes cerca del hoyo diecisiete.
—Bien.
—También he recibido una llamada del presidente honorario del club. Quiere garantías de que este asunto será tratado con discreción.
Marchand lo miró.
—Dígale que compre cortinas.
Renard parpadeó.
—¿Perdón?
—Si quiere discreción, compre cortinas. Yo investigo muertes.
Delacroix habría aplaudido de no parecer excesivo.
Renard apretó la carpeta contra el pecho.
—Entiendo que la situación es grave. Solo intento proteger a Valombre de interpretaciones injustas.
—Qué admirable constancia —dijo Delacroix—. Hoy ya ha protegido a Valombre de un cadáver, de un rumor, de una pizarra y de varias frases honestas. Debe de estar agotado.
—Monsieur Delacroix, su ironía no ayuda.
—Se equivoca. Ayuda mucho a identificar quién la tolera peor.
Marchand intervino antes de que Renard perdiera la compostura por completo.
—¿Dónde está Baptiste Marin?
—En las dependencias del personal.
—Que no salga del club.
—No pensaba permitirlo.
—No es usted quien permite.
Renard inclinó la cabeza, pero sus ojos permanecieron duros.
—Por supuesto, brigadier.
Delacroix esperó a que se marchara.
—Renard sabía lo de Claire.
—Todos parecen saberlo —dijo Marchand.
—No. Todos recuerdan haberlo sabido cuando se les pregunta. Es diferente.
—¿Cree que participó en el encubrimiento?
—Creo que Renard nació para convertir encubrimientos en procedimientos.
—No es un delito nacer con vocación administrativa.
—No, pero debería vigilarse más.
Marchand se dirigió a la sala de lectura para revisar las tarjetas.
Delacroix, en cambio, subió al segundo piso.
Había pedido a Lefèvre que localizara cualquier documento antiguo sobre la muerte de Claire Marin en el archivo del club.
El agente lo esperaba junto a una puerta estrecha al final del corredor, con expresión incómoda.
—Monsieur Delacroix.
—¿Ha encontrado el archivo?
—Sí.
—¿Y el expediente?
Lefèvre se movió de un pie al otro.
—No exactamente.
—Qué fórmula tan prometedora.
El archivo del club era una habitación alargada, sin ventanas, con estanterías de madera, cajas numeradas y un olor a papel viejo, polvo y secretos no del todo muertos.
Había libros de socios, registros de torneos, actas, facturas, correspondencia, contratos de empleados y álbumes de fotografías.
Todo estaba ordenado con una pulcritud casi ofensiva.
—El año está aquí —dijo Lefèvre, señalando una estantería—. Hay registros de fiestas, gastos, invitados, reparaciones, incluso quejas sobre el estado de los caminos. Pero no hay expediente de incidente.
—¿Incidente?
—Así lo llamaban en el índice.
Delacroix se acercó.
Lefèvre le mostró un libro grueso de tapas negras. En una página del índice, escrita con letra antigua, figuraba una línea:
Incidente lago viejo — Fiesta de verano — Claire M. — ver carpeta 17-B.
—¿Y la carpeta?
—Falta.
Delacroix miró la estantería. Las carpetas estaban ordenadas alfabética y numéricamente. La 17-A estaba allí. La 17-C también. Entre ambas quedaba un hueco estrecho, casi perfecto.
—Qué ausencia tan bien educada —dijo.
—Quizá se perdió.
—Los papeles incómodos suelen perderse con una precisión admirable.
—He revisado las cajas próximas.
—¿Nada?
—Nada.
Delacroix tomó el índice y examinó la letra.
Luego las carpetas vecinas. La falta no parecía reciente.
No había marcas limpias en el polvo que indicaran una retirada de esa mañana.
La carpeta llevaba tiempo ausente. Años, quizá.
O alguien había sido lo bastante cuidadoso para borrar también el rastro de su ausencia.
—¿Quién tiene acceso al archivo?
—Renard, principalmente. Algunos miembros del comité. El personal de administración.
—¿Baptiste?
—No creo.
—¿Savary?
—No sé.
Delacroix cerró el índice.
—Busque en correspondencia de aquel año. Facturas médicas, pagos extraordinarios, cartas a la familia Marin, cualquier referencia al lago.
—Sí, monsieur.
—Y, Lefèvre.
—¿Sí?
—No pregunte a monsieur Renard dónde está la carpeta.
El agente tragó saliva.
—¿Por qué?
—Porque me interesa saber si viene a explicárnoslo antes de que se lo preguntemos.
Lefèvre asintió, aunque no parecía muy feliz con la perspectiva de convertirse en cebo administrativo.
Delacroix salió del archivo y se quedó unos segundos en el corredor.
Desde abajo llegaban murmullos. El club entero parecía contenido dentro de una respiración incómoda.
Un hombre había muerto esa mañana y, sin embargo, lo que empezaba a latir bajo la investigación era la muerte de una muchacha ocurrida años atrás, una muerte que no había tenido terraza llena de testigos, ni bola marcada, ni rival perfecto sobre quien descargar la culpa.
Claire Marin había sido menos útil como cadáver.
Eso quizá explicaba por qué su verdad había desaparecido con tanta facilidad.
Al bajar la escalera, Delacroix vio a Baptiste en el vestíbulo.
El caddie estaba solo, junto a la puerta que daba al pasillo de servicio. No parecía intentar marcharse. Tampoco parecía esperar. Simplemente estaba allí, con las manos a los lados, mirando la tela oscura que cubría la pizarra de clasificación.
Delacroix se acercó.
—Monsieur Marin.
Baptiste no se sobresaltó.
—Monsieur Delacroix.
—La han cubierto al fin.
—Sí.
—¿Le molesta?
—No.
—¿Entonces por qué la mira?
Baptiste tardó en responder.
—Porque debajo sigue estando su nombre.
Delacroix miró la tela negra.
—Adrien Marceau.
—Primero.
—Ya no.
Baptiste volvió hacia él sus ojos oscuros.
—Aquí, sí.
La frase era simple. Y, precisamente por eso, inquietante. En Valombre, quizá Adrien Marceau seguiría figurando primero en demasiadas pizarras aunque estuviera muerto.
—He estado en el lago viejo —dijo Delacroix.
Baptiste no movió un músculo.
—Es un lugar bonito.
—No era el adjetivo que esperaba.
—La belleza no pide permiso a las desgracias.
—Su hermana murió allí.
—Sí.
—El expediente de su muerte ha desaparecido.
Algo cambió en el rostro de Baptiste. No sorpresa. No del todo. Más bien la confirmación amarga de una vieja sospecha.
—Qué oportuno.
—¿Lo buscó usted alguna vez?
—Sí.
—¿Renard se lo negó?
—Renard me dijo que el club había hecho todo lo que debía hacerse.
—Una respuesta muy suya.
—También me dijo que mi hermana merecía descansar.