Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 11 — La muchacha del lago #3
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Capítulo 11 — La muchacha del lago #3

—¿Y usted qué respondió?

Baptiste miró hacia el pasillo por donde Renard había desaparecido antes.

—Que los muertos no descansan cuando los vivos se acuestan encima de ellos.

Delacroix guardó silencio.

El caddie bajó la mirada hacia sus propias manos.

—No debería haber dicho eso.

—No se preocupe. En Valombre, las frases honestas son raras, pero todavía no están prohibidas.

Baptiste no sonrió.

—¿Cree que maté a Adrien?

—Creo que tenía motivos para desearlo.

—Eso no es lo mismo.

—Casi nadie en este club parece entender la diferencia. Me alegra que usted sí.

Durante un instante, Baptiste pareció a punto de decir algo más. Pero una puerta se abrió en el pasillo y apareció un empleado. El caddie cerró la boca.

Delacroix no insistió.

Todavía.

Baptiste inclinó la cabeza y se marchó hacia las dependencias del personal. Caminaba sin prisa, con esa misma precisión de siempre. Un hombre invisible que, por primera vez, todos empezaban a mirar.

Delacroix se quedó ante la pizarra cubierta.

Debajo de la tela seguían los nombres, sí. Marceau primero. Delaunay segundo. Morel tercero. La clasificación de un torneo interrumpido por la muerte.

Pero había otra clasificación más antigua, pensó.

Una que Valombre había escrito sin tiza y sin pizarra.

Primero, los hombres respetables.

Después, sus errores.

Y al final, muy abajo, casi fuera de la página, una muchacha del lago.

Capítulo 12 — El secretario y la reputación

Octave Renard no tenía despacho.

Tenía santuario.

La diferencia no era de tamaño, sino de intención.

Su oficina ocupaba una estancia situada detrás del salón principal, con una ventana estrecha orientada hacia el patio de servicio y una puerta discreta que permitía entrar y salir sin atravesar el vestíbulo.

Había un escritorio de caoba, dos archivadores metálicos ocultos tras un biombo de madera, una pared llena de llaves etiquetadas, una caja fuerte baja, varias carpetas perfectamente alineadas y un reloj de péndulo que marcaba los segundos con una severidad casi judicial.

Nada estaba fuera de sitio.

Delacroix desconfió de inmediato.

Los espacios demasiado ordenados no demostraban inocencia. A veces solo demostraban miedo al desorden. Y el desorden, en su experiencia, era una de las pocas formas honestas que tenía la verdad de entrar en una habitación.

Renard estaba de pie detrás del escritorio cuando Delacroix y el brigadier Marchand entraron. No se sentó. Tampoco los invitó a hacerlo. Parecía haber decidido que, si lo interrogaban en su propio despacho, al menos conservaría la postura de quien recibe una visita administrativa y no una sospecha.

—Brigadier. Monsieur Delacroix.

—Monsieur Renard —dijo Marchand—. Necesitamos hacerle algunas preguntas.

—Eso parece inevitable.

—Me alegra que lo entienda.

Renard inclinó la cabeza. Su rostro era correcto, aunque más pálido que por la mañana.

La muerte de Adrien Marceau, la confesión parcial de Henri, las cartas de Madeleine y el nombre de Claire Marin habían ido raspando capa tras capa de su serenidad.

Aun así, seguía esforzándose por parecer la clase de hombre que no teme nada porque lo ha organizado todo.

Delacroix miró el escritorio. Encima había una bandeja con correspondencia, un abrecartas de plata, una pluma negra, un tintero, un listado de socios y varias hojas con el membrete del Club de Golf de Valombre.

También había una carpeta abierta con el programa de la Copa Valombre.

Junto al borde, colocado con precisión casi absurda, descansaba un cepillo pequeño para limpiar zapatos.

—Interesante objeto —dijo Delacroix.

Renard siguió su mirada.

—El campo trae polvo al edificio. Procuro mantener el despacho presentable.

—Una ambición comprensible. El polvo tiene ideas muy democráticas.

Marchand se sentó sin esperar invitación. Delacroix hizo lo mismo. Renard permaneció de pie unos segundos más, pero al final comprendió que la autoridad moral de la verticalidad era limitada ante dos hombres cómodamente instalados. Se sentó con rigidez.

—¿Dónde estaba usted cuando sonó la campana del hoyo diecisiete? —preguntó Marchand.

—Cerca de los espectadores.

—Sea más preciso.

—A la derecha de la salida, algo retrasado respecto a monsieur Delaunay. Supervisaba que nadie cruzara la zona marcada.

—¿Solo?

—Había varias personas cerca.

—Nombres.

Renard exhaló por la nariz.

—Madame Marceau y madame Vasseur estaban más arriba, hacia la izquierda.

El doctor Savary bajo un árbol. Monsieur Morel cerca de los jugadores.

El coronel Beaumont con monsieur Delacroix.

Gérard Lenoir se encontraba más abajo, junto al sendero.

Algunos socios, dos empleados, un camarero que llevaba agua.

—¿Vio quién tocó la campana?

—No.

—¿Podía ver la campana desde su posición?

—Parcialmente.

—¿Qué significa parcialmente?

—Que veía el poste y parte de la cuerda, pero la loma y los árboles ocultaban la zona inferior.

—Muy conveniente.

Renard lo miró con frialdad.

—No diseñé el campo, brigadier.

—Pero lo conoce.

—Desde luego.

Delacroix intervino con suavidad.

—¿Lo suficiente para saber que desde el sendero del lago puede alcanzarse la campana sin ser visto desde la salida?

Renard no respondió de inmediato.

El reloj de péndulo aprovechó el silencio para parecer más importante.

—Ese sendero existe —dijo al fin—. No es el recorrido habitual.

—Nadie asesina siguiendo recorridos habituales, salvo en instituciones muy burocráticas.

—No sé qué pretende insinuar.

—No se inquiete. Cuando pretenda insinuar algo, intentaré hacerlo con menos claridad.

Marchand abrió su libreta.

—¿Pasó usted por el lago viejo esta mañana?

—No.

—¿En ningún momento?

—No.

—¿Ayer?

—Tampoco.

Delacroix miró el cepillo de zapatos. Luego bajó la vista hacia los bajos del pantalón de Renard. El secretario se dio cuenta y retiró ligeramente los pies bajo el escritorio, un gesto casi imperceptible.

Casi.

—Tiene barro en el dobladillo izquierdo —dijo Delacroix.

Renard se quedó inmóvil.

Marchand miró.

Había una pequeña mancha seca, rojiza, en la tela oscura del pantalón, cerca del zapato. No era grande. No era concluyente. En un club de golf, un hombre podía mancharse de barro por cien motivos. Pero aquel barro tenía ya la desagradable costumbre de aparecer cerca de las personas equivocadas.

—El campo está lleno de tierra —dijo Renard.

—No de esa tierra.

—No soy jardinero, monsieur Delacroix.

—No. Usted se ocupa de enterrar otras cosas.

El secretario apretó los labios.

—Bajé al hoyo diecisiete después del accidente. Como todos.

—No todos pasaron por el sendero del lago.

—Yo tampoco.

—Entonces el barro quizá subió hasta usted por respeto jerárquico.

Marchand carraspeó, aunque no parecía seguro de si ocultaba una risa o una advertencia.

—Monsieur Renard, ¿puede explicar la mancha?

—No. Y no creo que deba explicar cada mota de polvo que encuentre en mi ropa cuando un jugador acaba de morir de manera accidental.

—Todavía no hemos decidido que fuera accidental —dijo Marchand.

Renard apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Brigadier, con todo respeto, todos están dejándose arrastrar por la reputación de monsieur Delacroix. Un hombre golpeó una bola. Otro hombre fue alcanzado por ella. La campana sonó. Eso es terrible, sí, pero no requiere convertir medio club en sospechoso.

—No medio club —dijo Delacroix—. De momento solo los que se esfuerzan mucho en no parecerlo.

Renard volvió hacia él una mirada más dura.

—Usted disfruta con esto.

—No.

La respuesta fue tan seca que el secretario pareció sorprenderse.

Delacroix se inclinó apenas hacia delante.

—Disfruto de los enigmas, monsieur Renard. No de los muertos. Es una diferencia que algunos hombres confunden cuando llevan demasiado tiempo tratando las desgracias como expedientes.

Marchand dejó que la frase respirara. Luego abrió una carpeta que Lefèvre había traído del archivo.

—Hablemos de Claire Marin.

Renard cerró los ojos un instante.

No fue dolor. Fue cansancio. O quizá fastidio. En cualquier caso, no fue sorpresa.

—No veo qué relación tiene una tragedia antigua con el accidente de esta mañana.

—Nosotros sí —dijo Marchand—, y con eso basta. La carpeta 17-B ha desaparecido del archivo del club.

Renard abrió los ojos.

—¿Desaparecido?

—No actúe peor de lo necesario —dijo Delacroix—. Es humillante para todos.

El secretario lo ignoró.

—El archivo es amplio. Puede haberse traspapelado.

—El índice remite a la carpeta 17-B —dijo Marchand—. La 17-A está. La 17-C está. Falta la 17-B.

—Eso no significa que yo sepa dónde está.

—No le he preguntado todavía si lo sabe. Acaba de responder antes de tiempo.

Renard guardó silencio.

El reloj siguió trabajando por todos.

—¿Quién tenía acceso al archivo cuando se abrió aquel expediente? —preguntó Marchand.

—El comité directivo, el secretario de entonces, algunos miembros autorizados y, si se requería, el médico del club.

—¿Usted?

—Yo no era secretario aún.

—Pero ya trabajaba en administración.

—Ayudaba en organización, correspondencia, eventos. Era joven.

—Lo bastante mayor para aparecer en la fotografía de la fiesta.

Renard tensó la mandíbula.

—Muchos aparecen en esa fotografía.

—No todos dirigen ahora el club.

—Yo no dirijo el club. Lo administro.

—Hay diferencias que solo importan a quien firma las órdenes.

Delacroix observó la pared de llaves. Cada una llevaba una etiqueta: almacén, galería, sala de trofeos, terraza este, cuarto de palos, archivo, bodega, caseta hoyo doce, caseta lago.

Orden perfecto. Accesos perfectos. Un hombre que sabía abrir y cerrar puertas.

No necesariamente asesino, pero sí guardián.

Y a veces los guardianes, si se quedan demasiado tiempo junto a una puerta, empiezan a creerse dueños de lo que ocultan.

—¿Qué recuerda de la noche en que murió Claire Marin? —preguntó Delacroix.

Renard se echó ligeramente hacia atrás.

—Poco.

—Naturalmente.

—Han pasado muchos años.