Capítulo 11 — La muchacha del lago
El lago viejo quedaba al este del campo, más allá de una hilera de pinos y de un sendero estrecho que parecía haber sido trazado no para facilitar el paso, sino para permitir que ciertas personas se alejaran del club sin ser vistas desde la terraza.
Delacroix llegó hasta allí acompañado por el brigadier Marchand y por Gérard Lenoir, el encargado del campo.
El sol de la tarde había perdido ya parte de su arrogancia, pero no su claridad.
Seguía iluminándolo todo con una insistencia poco caritativa.
La hierba, los troncos, las piedras, los bancos de madera, la superficie quieta del agua.
Nada quedaba en verdadera sombra. Y, sin embargo, aquel rincón del club parecía más oscuro que el resto.
No por falta de luz.
Por exceso de memoria.
El lago era hermoso de una manera fría. No muy grande, rodeado de juncos, pinos bajos y arbustos.
En una orilla había un pequeño embarcadero de madera, ya algo vencido por los años, aunque conservado con la dignidad decorativa que Valombre concedía a todo lo que podía salir en una postal.
Un banco de piedra miraba hacia el agua.
Más allá, detrás de los árboles, se insinuaba el trazado del hoyo diecisiete.
—Aquí la encontraron —dijo Gérard.
No señaló con el dedo. Miró hacia una zona de juncos en la orilla norte.
—¿A Claire Marin? —preguntó Marchand.
—Sí, brigadier.
El encargado del campo hablaba con voz baja, no por respeto impuesto, sino porque aquel lugar parecía pedirlo. Era uno de esos rincones donde las conversaciones fuertes habrían sonado como una falta de educación hacia los muertos.
—¿La vio usted? —preguntó Delacroix.
Gérard apretó la mandíbula.
—Sí.
—Creí que llevaba menos años trabajando aquí.
—Trabajaba por temporadas antes de ser encargado. Mi padre cuidaba los terrenos. Yo ayudaba cuando hacía falta.
—¿Qué edad tenía entonces?
—Diecisiete.
—Más o menos como Claire.
—Ella era un poco mayor.
Marchand sacó su libreta, aunque ya no parecía escribir para un expediente inmediato. Había algo en la historia de Claire Marin que empezaba a desplazar el centro de la investigación. Adrien Marceau había muerto esa mañana, sí. Pero la sombra que se proyectaba sobre su cadáver venía de mucho antes.
—Cuente lo que recuerde —dijo el brigadier.
Gérard miró el agua. Durante un momento pareció que estaba viendo no la superficie quieta del lago, sino otra mañana, otro sol, otro grupo de personas fingiendo horror después de haber ensayado la indiferencia.
—La fiesta fue una noche de verano. Mucho ruido.
Música. Farolillos. Los socios bebían junto al lago y en la terraza.
Había invitados de fuera. Yo ayudaba con las mesas, traía hielo, retiraba copas.
Claire servía también. Su madre trabajaba a veces en la cocina del club, y ella venía cuando necesitaban más manos.
—¿La conocía bien?
Gérard negó despacio.
—Lo bastante para saludarla. Lo bastante para saber que no era como dijeron después.
—¿Qué dijeron?
—Que era ligera. Que le gustaba llamar la atención. Que había bebido demasiado. Que se había creído más importante de lo que era.
Su boca se torció apenas.
—Siempre dicen eso de las muchachas pobres cuando un hombre rico se fija en ellas. Si él las mira, es encanto. Si ellas responden, es ambición.
Delacroix observó al encargado con interés. Gérard Lenoir no era un hombre de muchas palabras, pero las que usaba no parecían improvisadas. Quizá llevaba años rumiándolas en silencio, mientras cortaba el césped bajo las ventanas de quienes habían decidido olvidar.
—¿La vio con Adrien Marceau aquella noche? —preguntó Marchand.
—Sí.
—¿Dónde?
—Primero en la terraza lateral. Él le hablaba. Ella sonreía, pero no parecía cómoda. Después los vi cerca del sendero del lago.
—¿Iban solos?
Gérard dudó.
—Al principio, no. Había otros dos hombres cerca. Socios jóvenes. No recuerdo sus nombres. O no quiero recordarlos mal.
—¿Renard?
—Renard estaba yendo de un lado a otro. Ya entonces era como ahora. Siempre cerca de donde podía hacer falta tapar algo.
—¿El doctor Savary?
—Lo vi esa noche. No sé dónde estaba en ese momento.
—¿Madeleine Vasseur?
—También estaba. Con su marido. Pero miraba hacia Adrien más de lo que su marido habría agradecido.
Delacroix caminó hasta la orilla. La tierra allí era rojiza, húmeda, pegajosa.
Se agachó y tomó un poco entre los dedos.
El mismo barro. O muy parecido. El que había visto en la cuerda de la campana.
El que había manchado la manga de Baptiste la noche anterior.
El barro que pertenecía al lago viejo y no al poste del hoyo diecisiete.
—¿Se pasa por aquí para llegar a la campana? —preguntó.
Gérard miró hacia los pinos.
—No es el camino habitual.
—No he preguntado si es habitual.
—Sí. Hay un sendero entre los árboles. Sale cerca de la campana, por detrás de la loma.
Marchand levantó la vista de la libreta.
—¿Se puede ir desde aquí hasta la campana sin que lo vean desde la salida del hoyo?
—Si se conoce el camino, sí.
—¿Y desde la zona de espectadores?
—Depende de dónde estén mirando.
Delacroix soltó la tierra. Se limpió los dedos con un pañuelo.
—La gente mira siempre hacia donde cree que ocurrirá lo importante.
—Y esta mañana todos miraban a monsieur Delaunay —dijo Marchand.
—Exactamente.
Gérard no dijo nada. La mirada se le había ido hacia la orilla norte.
—Continúe con Claire —pidió Delacroix.
El encargado respiró hondo.
—A la mañana siguiente, temprano, mi padre me mandó revisar los bancos y recoger vasos. Había niebla sobre el lago, poca, pero suficiente para que todo pareciera sucio. Vi algo entre los juncos. Al principio pensé que era tela. Luego vi el brazo.
Se detuvo.
Marchand esperó. Delacroix también.
—Grité. Vino mi padre. Luego otros empleados. Después el doctor Savary. Alguien fue a buscar a Renard. No tardó mucho en llegar gente del club. Demasiada gente. Cuando Baptiste apareció, ya estaban intentando cubrirla.
—¿Baptiste vivía cerca?
—En el pueblo. Alguien avisó a su familia. Llegó corriendo. Tendría veinte años, quizá. No lo olvidaré nunca.
Gérard bajó la mirada hacia sus manos.
—Hay gritos que envejecen dentro de uno.
Delacroix no respondió. El viento movía levemente los juncos. El agua seguía quieta, como si no quisiera participar en la conversación.
—¿Baptiste acusó a Adrien? —preguntó Marchand.
—Sí.
—¿Con pruebas?
—Con desesperación.
—No es lo mismo.
—Ya lo sé, brigadier. También lo sabía él. Por eso nadie lo escuchó.
—¿Qué dijo exactamente?
Gérard cerró los ojos para recordar.
—Que Claire no se habría metido sola en el lago. Que no bebía. Que le tenía miedo al agua desde niña. Que Adrien la había seguido. Que alguien la había visto llorando. Que quería hablar con ella. Que no la dejaran convertir en una borracha para salvar a un caballero.
—¿Quién lo sujetó?
—Renard y dos empleados. Mi padre también, creo. Baptiste quería acercarse a Adrien.
—¿Y Adrien?
—Estaba en la grava, junto al embarcadero. Con zapatos blancos.
Delacroix pensó en Madeleine recordando precisamente eso. Zapatos blancos sobre la grava.
—¿Manchados? —preguntó.
Gérard lo miró.
—No.
—¿Impecables?
—Sí.
—Qué detalle tan molesto.
—Lo recuerdo porque todos estábamos llenos de barro. Había llovido durante la noche. Los empleados, mi padre, yo, incluso Renard. Pero Adrien estaba limpio. Limpísimo.
—¿Acababa de llegar?
—Eso dijeron.
—¿Quién?
—Renard.
—Naturalmente.
Marchand anotó con fuerza.
—¿Se hizo investigación?
Gérard soltó una risa amarga.
—Se hizo lo que se hace aquí cuando la verdad incomoda.
Se reunieron hombres en habitaciones cerradas.
Salieron con frases tranquilizadoras. El doctor dijo que se había ahogado.
Renard dijo que el club ayudaría a la familia.
Alguien dijo que Claire había bebido. Alguien más dijo que era mejor no destrozar su memoria con preguntas desagradables.
—¿Ayudaron a la familia?
—Un poco. Al principio. Luego menos. Después nada.
—¿Y Baptiste empezó a trabajar aquí?
—Años después.
—¿Por qué?
Gérard miró hacia el sendero.
—Porque su madre enfermó. Porque necesitaba dinero. Porque en los pueblos la dignidad no paga medicinas. Porque quizá quería estar cerca. No lo sé.
—¿Cerca de qué? —preguntó Delacroix.
Gérard sostuvo su mirada.
—De lo que le habían quitado.
El silencio volvió a caer sobre el lago. No era un silencio vacío. Era un silencio lleno de cosas que nadie había querido poner por escrito.
Delacroix caminó unos pasos por la orilla.
El barro se pegaba a sus zapatos con una insistencia desagradable.
Miró hacia los pinos. Desde allí se veía, entre los troncos, una franja del hoyo diecisiete.
No la salida, pero sí parte del sendero que llevaba a la campana.
Un hombre que conociera el terreno podía moverse con bastante discreción.
Sobre todo durante un torneo, cuando todos los ojos estaban entrenados para seguir bolas, no personas.
—¿Quién conoce bien este sendero? —preguntó.
—Los empleados del campo. Algunos caddies. Los socios antiguos, quizá.
—¿Baptiste?
—Baptiste conoce hasta los sitios donde el césped crece de mala gana.
—¿Renard?
—También. Renard conoce todo lo que pueda convertirse en problema.
—¿Savary?
—Supongo. Ha venido muchas veces al lago. Antes, cuando había fiestas. Después, menos.
—¿Y Adrien Marceau?
Gérard tardó una fracción de segundo.
—Sí. Adrien conocía este lugar.
Delacroix percibió el matiz.
—No dice «monsieur Marceau».
El encargado pareció darse cuenta tarde.
—No.
—¿Por qué?
—Porque aquí nadie debería llamarlo monsieur.
Marchand lo miró con seriedad.
—Lenoir, si sabe algo más, este es el momento.
Gérard negó.
—No sé. Sospecho. Recuerdo. Odié. Eso no alcanza.
—A veces alcanza para empezar.
—No para condenar.
Delacroix observó el agua.
—No siempre buscamos condenar al principio. A veces buscamos impedir que los muertos sigan siendo insultados.