Capítulo 10 — La mujer de las cartas #2
Delacroix guardó silencio.
—Trabajaba en el club algunas noches —continuó Madeleine—.
Ayudaba en la cocina, servía copas, recogía bandejas.
Era bonita, sí. Pero eso se dijo después como si la belleza hubiera sido una provocación.
Era lista también. Eso casi nadie lo mencionó.
La inteligencia en una muchacha pobre incomoda más que la belleza, porque la belleza puede usarse contra ella y la inteligencia no perdona con tanta facilidad.
—¿Adrien se fijó en ella?
—Adrien se fijaba en todo lo que podía admirarlo.
—¿Claire lo admiraba?
—Al principio, quizá. Adrien sabía fabricar admiración. Era su verdadero deporte.
Marchand anotó con una lentitud nueva. La historia empezaba a pesarle, aunque intentara mantener el gesto oficial.
—¿Qué ocurrió aquella noche? —preguntó.
Madeleine respiró hondo.
—Hubo una fiesta de verano. Mucha gente.
Demasiado vino. Música. Farolillos junto al lago.
Adrien estaba allí. Renard también, aunque entonces no era secretario; ayudaba ya con la organización.
Savary era médico invitado, amigo de varios socios.
Yo estaba con mi marido. Claire servía bebidas.
En algún momento, Adrien empezó a hablar con ella.
—¿Sola?
—No al principio. Después sí.
—¿Los vio marcharse juntos?
Madeleine cerró los ojos.
—Los vi alejarse hacia el lago.
—¿A qué hora?
—Tarde. Cerca de medianoche.
—¿Y luego?
—Luego mi marido quiso irse. Discutimos. Regresé a la terraza a buscar mi chal. No vi a Claire. Adrien volvió más tarde. Solo.
—¿Cómo estaba?
—Molesto.
—¿Molesto?
—Sí. No asustado. No culpable. Molesto. Como si alguien hubiese estropeado su noche.
—¿Le preguntó por Claire?
—No.
—¿Por qué?
Madeleine abrió los ojos. Había vergüenza en ellos, antigua y todavía viva.
—Porque yo era joven, vanidosa y cobarde.
Porque sabía que no me gustaría la respuesta.
Porque, si preguntaba delante de mi marido, tendría que explicar por qué me importaba lo que Adrien hacía con otra mujer.
Porque en Valombre todos aprendíamos muy pronto que no ver ciertas cosas era una forma de conservar el sitio en la mesa.
Delacroix no suavizó la mirada. La compasión excesiva podía volverse otra forma de condescendencia.
—¿Cuándo apareció Claire?
—A la mañana siguiente. En el lago. Dijeron que se había caído. Que había bebido. Que quizá había intentado volver sola por el sendero. Que la noche era oscura. Que el agua estaba fría. Que fue una desgracia. Una palabra muy cómoda: desgracia. Tiene la ventaja de no señalar a nadie.
—¿Y Baptiste?
—Baptiste llegó después. Gritaba. Quería ver el cuerpo. Decía que su hermana no bebía, que no habría ido al lago sola, que alguien mentía. Nadie lo escuchó.
—¿Adrien?
Madeleine se quedó callada.
—¿Qué hizo Adrien? —insistió Marchand.
—Se mantuvo apartado. Como si la muerte de Claire fuese una incomodidad que otros debían resolver. Recuerdo sus zapatos. Blancos. Impecables. Me acuerdo de eso más que de su cara. Qué tontería, ¿verdad? Una muchacha muerta y yo recuerdo unos zapatos blancos sobre la grava.
—Los detalles absurdos suelen sobrevivir mejor al horror —dijo Delacroix.
Madeleine apretó los labios.
—Baptiste intentó abalanzarse sobre él. Renard y otros lo sujetaron.
Savary dijo que no había señales evidentes de violencia.
Todo fue muy rápido. Demasiado rápido. Al mediodía, el club ya hablaba de accidente.
Al anochecer, algunos hablaban de prudencia.
Al día siguiente, de respeto a la familia.
Una semana más tarde, de no remover el dolor.
Un mes después, de no ensuciar el nombre de una muchacha muerta con rumores.
Así se entierran las cosas aquí, monsieur Delacroix: con palabras cada vez más nobles.
La galería quedó en silencio.
Desde el campo llegó un golpe lejano. No de una bola. Un empleado cerrando quizá una puerta o moviendo una estaca. Aun así, Madeleine se estremeció.
—¿Cree que Adrien la mató? —preguntó Marchand.
Madeleine tardó.
—Creo que Adrien hizo algo. O permitió algo. O se marchó cuando todavía podía evitar algo. No sé cuál de esas opciones es cierta. Sé que todas se le parecían.
—¿Tiene pruebas?
—No.
—¿Cartas?
Ella levantó la vista.
—Una.
Delacroix no se movió.
—¿Una carta sobre Claire?
Madeleine asintió lentamente.
—No exactamente sobre ella. Una carta de Adrien, escrita meses después. Yo le reproché lo ocurrido. No de forma valiente, no se engañen. Una frase en una carta, envuelta en celos y orgullo. Le dije que algunas sombras no se borraban porque el club fingiera no verlas. Él respondió.
—¿Qué escribió?
Madeleine miró hacia la puerta, como si todavía temiera que Adrien pudiera entrar sonriendo.
—Que las muchachas como Claire confundían una noche de atención con un destino. Que el lago había sido más compasivo con ella que la vida que habría tenido después. Y que yo no debía hacerme la santa con una muerte que en el fondo me había favorecido.
Marchand dejó de escribir.
Delacroix sintió que algo frío le cruzaba el pecho. No era sorpresa. Había conocido crueldades peores. Pero algunas frases tenían la capacidad de revelar un alma con más precisión que una confesión.
—¿Conserva esa carta? —preguntó.
—Sí.
—Necesito verla.
—La verá.
—¿Alguien más sabía que la tenía?
Madeleine no respondió enseguida.
—Adrien.
—¿Alguien más?
—Élodie sabía que existían cartas. No todas. No esa.
—¿Renard?
—Sospechaba. Renard siempre sospecha de cualquier cosa que pueda manchar las alfombras.
—¿Savary?
—No lo sé.
—¿Baptiste?
Madeleine miró de nuevo la fotografía.
—No.
Delacroix notó la duda.
—Madame.
Ella cerró los dedos sobre el borde del banco.
—Hace dos meses, Baptiste vino a verme.
Marchand alzó la cabeza.
—¿A verla a usted?
—Sí.
—¿Por qué?
—Me preguntó si yo recordaba la noche de Claire.
—¿Y qué le dijo?
—Que recordaba poco.
—¿Mentira?
—Cobardía tardía.
Delacroix la observó.
—¿Le habló de la carta?
—No.
—¿Pero pudo verla?
—No. La carta no estaba a la vista.
—¿Qué quería Baptiste exactamente?
—No lo sé. No gritó. No suplicó. No acusó. Solo preguntó si Adrien había dicho algo aquella noche. Si volvió solo. Si estaba borracho. Si parecía asustado. Me dio más miedo así que si hubiera entrado rompiendo muebles.
—¿Por qué?
—Porque no parecía buscar consuelo. Parecía confirmar una medida.
—¿Una medida?
—Sí. Como quien calcula una distancia.
Delacroix y Marchand se miraron.
Madeleine se dio cuenta de lo que había dicho y palideció un poco.
—No quise decir…
—Precisamente por eso importa —dijo Delacroix.
Marchand cerró la libreta con un gesto seco.
—Madame Vasseur, debemos ir a su habitación. Ahora.
—Lo esperaba.
Caminaron los tres por el pasillo en silencio.
Al atravesar el vestíbulo, varias miradas siguieron a Madeleine.
Algunas con compasión, otras con hambre.
Ella mantuvo la cabeza alta. Los clubes privados, pensó Delacroix, enseñaban a las mujeres a caminar como si no sangraran.
Luego se sorprendían de que algunas aprendieran a esconder cuchillos en la postura.
La habitación de Madeleine estaba en el segundo piso, con vista parcial al jardín.
Era sobria, ordenada, perfumada levemente con lavanda.
Sobre la cómoda había un sombrero oscuro, un frasco de perfume y un libro abierto boca abajo.
Madeleine fue directamente a un baúl pequeño colocado a los pies de la cama.
Sacó una llave de una cadena que llevaba al cuello y lo abrió.
Dentro había ropa doblada, un neceser, un paquete de cartas atado con una cinta azul y, debajo, otro sobre más pequeño, separado de los demás.
No lo tocó al principio.
—Las veintisiete —dijo, señalando el paquete.
Marchand lo tomó con cuidado.
—¿Y ese sobre?
Madeleine lo sostuvo al fin entre los dedos.
—La carta sobre Claire.
Se la entregó a Delacroix.
Él la abrió despacio. El papel era antiguo, amarillento en los bordes. La letra de Adrien Marceau era firme, elegante, ligeramente inclinada. Una letra segura de ser leída con atención.
Delacroix leyó.
No toda la carta. Bastaron algunas líneas. La ironía, la soberbia, la crueldad envuelta en encanto. Adrien hablaba de Madeleine, de su matrimonio, de la conveniencia de no convertir un accidente en leyenda. Y luego, hacia el final, la frase que ella había recordado casi palabra por palabra.
El lago había sido más compasivo.
Delacroix dobló la carta con cuidado.
—Esto no prueba que matara a Claire.
—No —dijo Madeleine.
—Pero prueba que no la lloró.
—Adrien no lloraba a la gente. Lloraba, quizá, la pérdida de utilidad de algunas personas.
Marchand guardó las cartas como prueba.
—¿Por qué no entregó esto antes?
Madeleine lo miró con una tristeza seca.
—¿A quién? ¿Al club que la enterró? ¿Al médico que firmó el informe?
¿Al secretario que aprendió su oficio salvando el nombre de Valombre?
¿A mi marido, que me habría acusado de seguir enamorada de Adrien?
¿A la familia de Claire, para que sufriera con una frase que no bastaba para condenar a nadie?
—A la justicia.
Madeleine sonrió, pero esta vez sin amargura. Con cansancio.
—Brigadier, qué palabra tan hermosa cuando llega tarde.
Marchand no respondió. Quizá porque no podía. Quizá porque, en el fondo, tampoco estaba seguro de merecer la defensa de esa palabra en aquel cuarto.
Delacroix se acercó a la ventana. Desde allí se veía un tramo del campo, no el hoyo diecisiete.
La luz de la tarde empezaba a suavizarse.
Valombre recuperaba poco a poco su belleza, como si nada pudiera afearlo durante demasiado tiempo.
Los empleados caminaban por los senderos.
Algunos socios fingían pasear. El lago viejo, a lo lejos, brillaba entre los árboles.
—Madame Vasseur —dijo sin volverse—, cuando Baptiste vino a verla hace dos meses, ¿le preguntó algo sobre el hoyo diecisiete?
Madeleine se quedó quieta.
—No.
Delacroix volvió hacia ella.
—Piénselo bien.
—No mencionó el hoyo.
—¿Mencionó el torneo?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Madeleine bajó la mirada hacia el baúl abierto.
—Preguntó si Adrien jugaría este año la Copa Valombre.
—¿Y usted qué respondió?
—Que Adrien no se perdería jamás una oportunidad de ser aplaudido.
—¿Algo más?
—Baptiste dijo una cosa extraña.
—¿Cuál?
—Dijo que algunos hombres solo entienden la justicia cuando llega vestida de accidente.
Marchand murmuró una maldición por lo bajo.
Delacroix permaneció en silencio.
La frase podía ser una amenaza. Una reflexión. Una herida. Una casualidad. Pero en una investigación, las casualidades tenían la mala costumbre de pedir silla a la mesa y quedarse a cenar.
Madeleine cerró el baúl despacio.
—¿Cree que Baptiste lo hizo?
Delacroix miró otra vez hacia el lago.
—Creo que Baptiste lleva muchos años hablando con un muerto.
—Eso no responde.
—No. Pero responde más de lo que quisiera.
Marchand guardó las cartas bajo el brazo.
—Necesitamos interrogarlo otra vez.
—Sí —dijo Delacroix—. Pero no todavía.
—¿Por qué?
Delacroix sostuvo la carta de Adrien entre los dedos. El papel parecía frágil, pero había sobrevivido a más verdad que muchos hombres.
—Porque Baptiste quizá sea culpable. Pero Valombre lleva años comportándose como si la culpa fuera un deporte de equipo. Y antes de acusar al jugador correcto, me gustaría saber quién redactó las reglas.