Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 10 — La mujer de las cartas
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Capítulo 10 — La mujer de las cartas

Madeleine Vasseur no estaba en su habitación.

Eso, en Valombre, bastó para generar inquietud.

Un club privado podía tolerar una muerte, un escándalo e incluso una investigación policial, siempre que las personas permanecieran en los lugares donde la lógica social las había colocado.

Una viuda debía estar recogida. Un sospechoso debía estar vigilado.

Un secretario debía parecer útil. Una antigua amante, si tenía decencia, debía guardar silencio y ofrecer un perfil digno desde alguna butaca oscura.

Madeleine, por lo visto, no compartía del todo ese sentido del orden.

La encontraron en la galería de trofeos.

Delacroix llegó allí acompañado por el brigadier Marchand.

La galería se extendía a lo largo del ala este del club, con ventanales altos que daban al campo y vitrinas repletas de copas, placas, fotografías antiguas, bolas firmadas, palos conmemorativos y retratos de hombres que habían pasado por la vida convencidos de que ganar torneos justificaba ocupar espacio en las paredes.

La luz de la tarde entraba oblicua, dorando el polvo y la plata, y daba al lugar un aire de capilla consagrada a una divinidad menor: el prestigio.

Madeleine estaba de pie frente a una vitrina.

No miraba la copa cubierta por el paño negro, ni el último trofeo de la Copa Valombre, ni las fotografías recientes de Adrien Marceau.

Miraba una imagen antigua, amarillenta, enmarcada en madera oscura.

En ella aparecía un grupo de socios jóvenes durante una fiesta de verano.

Vestidos claros, copas levantadas, sonrisas demasiado confiadas.

Al fondo, casi fuera de encuadre, se distinguía el lago viejo como una mancha brillante.

—Madame Vasseur —dijo Marchand.

Ella no se sobresaltó.

—Brigadier.

—La estábamos buscando.

—Eso suele ocurrir cuando una mujer deja de estar donde los hombres esperan encontrarla.

Delacroix se acercó a la vitrina.

—Una frase peligrosa para empezar una conversación.

—Hoy todas las conversaciones parecen peligrosas, monsieur Delacroix.

Madeleine no se había cambiado desde la mañana.

Seguía vestida de luto suave, aunque ahora sin sombrilla ni guantes.

Sin ellos parecía menos ceremonial y más humana.

También más cansada. Tenía los ojos enrojecidos, pero no había llorado recientemente.

O, si lo había hecho, se había ocupado de borrar las pruebas con la misma eficacia con la que otros borraban deudas.

Marchand miró la fotografía.

—¿Conocía a esas personas?

—A casi todas.

—¿A monsieur Marceau?

Madeleine levantó una mano y señaló la imagen sin tocar el cristal.

—Ahí.

Adrien Marceau aparecía en el centro del grupo, joven, radiante, con una copa en la mano y esa misma sonrisa que la muerte todavía no había tenido tiempo de desmentir.

A su lado estaba un Octave Renard más delgado y menos rígido, aunque ya con la mirada de quien calcula salidas antes de entrar en una habitación.

El doctor Savary aparecía al fondo, robusto, con barba más oscura.

Había otros socios, varias mujeres, algunos rostros que Delacroix no conocía.

Y, en un extremo, parcialmente oculta por la sombra de un árbol, una muchacha joven miraba hacia la cámara sin sonreír.

—¿Claire Marin? —preguntó Delacroix.

Madeleine cerró los ojos apenas.

—Sí.

Marchand se inclinó para verla mejor.

—Apenas se la distingue.

—Así fue también después. Apenas se la distinguió entre todas las versiones que inventaron sobre ella.

Delacroix observó la fotografía con atención. La muchacha no parecía borracha, ni exaltada, ni imprudente. Parecía incómoda. Joven. Demasiado consciente de estar en un lugar que no le pertenecía, rodeada de hombres que sí creían pertenecer a todos los lugares.

—¿Esta fotografía corresponde a la fiesta de la que todos hablan sin querer hablar? —preguntó.

Madeleine miró hacia el lago en la imagen.

—Sí. La fiesta de verano del año en que murió Claire.

Marchand sacó su libreta.

—Necesitaré que me cuente qué ocurrió.

—No sé si puedo.

—¿Porque no lo recuerda?

—Porque lo recuerdo demasiado bien y, aun así, no estoy segura de haber visto lo que debía ver.

Delacroix se volvió hacia ella.

—Esa es una frase interesante.

—No lo pretendía.

—Las mejores rara vez se pretenden.

Madeleine apartó la vista de la fotografía y caminó hasta uno de los bancos colocados junto a la pared. Se sentó con lentitud. Marchand permaneció de pie, libreta en mano. Delacroix tomó asiento frente a ella, no demasiado cerca. Había confesiones que necesitaban espacio para no sentirse empujadas.

—Antes de hablar de Claire —dijo Madeleine—, supongo que querrán hablar de mis cartas.

—Sería descortés negarlo —respondió Delacroix.

Ella sonrió con amargura.

—Adrien siempre decía que las cartas de amor eran la forma más elegante de proporcionarle armas al futuro. En aquel entonces me parecía una frase ingeniosa.

—Las frases ingeniosas de los hombres crueles suelen envejecer mal.

—Todo en Adrien envejecía mal, salvo su apariencia.

Marchand anotó.

—¿Cuántas cartas conservaba usted?

—Las suficientes.

—Necesito precisión.

—Veintisiete.

—¿Escritas por monsieur Marceau?

—Por él y por mí. Algunas de él. Algunas mías. Algunas que habrían resultado muy incómodas para mi familia política, para la memoria de mi marido y para varios socios de este club que todavía prefieren pensar que el pasado se vuelve decente cuando se encuaderna en silencio.

—¿Adrien la amenazaba con publicarlas?

—Publicarlas no. Adrien no era vulgar. Amenazaba con dejarlas aparecer.

Una carta en el cajón equivocado. Un comentario en la mesa adecuada.

Una insinuación delante de alguien que pudiera repetirla con cara de pena.

Nunca hacía falta mucho. En nuestro mundo, monsieur Marchand, una mujer no necesita ser destruida con pruebas.

A veces basta con que alguien sugiera que hubo una prueba y la quemó por delicadeza.

Marchand apretó los labios. No parecía cómodo en esos terrenos, pero tuvo el buen criterio de no interrumpir.

—¿Qué quería a cambio? —preguntó Delacroix.

—Pequeñas cosas.

—Las pequeñas cosas suelen ser las más caras.

—Que convenciera a un socio de apoyar una candidatura.

Que callara sobre una deuda. Que asistiera a una cena donde él necesitaba parecer menos solo.

Que sonriera a Élodie para demostrar que todo estaba en paz.

Que le recordara a Lucien Morel cuánto debía agradecerle.

Que no hablara de Claire cuando él volvía a bromear sobre los errores de juventud.

—Influencia.

—Sí. Esa era su palabra favorita. Influencia. Como si chantajear con buenos modales fuese una habilidad social.

Delacroix la observó. Madeleine hablaba sin levantar la voz, pero cada frase parecía haber pasado años esperando permiso.

No era la furia fresca de Henri, ni el cansancio helado de Élodie.

Era otra cosa. Un rencor bien guardado, doblado con esmero, conservado como se conservan las cartas: lejos de la luz, pero no del todo olvidado.

—¿Dónde están ahora? —preguntó Marchand.

—En mi habitación.

—Tendremos que verlas.

—Lo sé.

—¿Todas?

Madeleine lo miró.

—Si entrego veintiséis, ¿creerá que la vigesimoséptima me absuelve?

Marchand no respondió.

—Las entregaré todas —dijo ella—. Ya no sirven para protegerme.

—¿Y antes sí? —preguntó Delacroix.

—Antes servían para recordarme que Adrien no era el único que podía conservar algo.

Delacroix asintió. Aquello era importante. Madeleine no solo era víctima de las cartas. También había hecho de ellas una forma de resistencia, quizá de amenaza. Un arma dormida. Y las armas dormidas no dejan de ser armas por no haber disparado todavía.

—¿Adrien quería recuperarlas? —preguntó.

—Más que nunca.

—¿Por qué ahora?

Madeleine miró hacia la fotografía antigua.

—Porque iba a reorganizar su vida. Iba a dejar a Élodie, destruir a Henri, atar a Lucien a su carrera y asegurarse de que nadie pudiera devolverle el daño. Adrien estaba haciendo limpieza.

—Una palabra doméstica para una operación bastante sucia.

—Adrien adoraba las palabras limpias.

Marchand intervino:

—¿La amenazó recientemente?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Anteayer por la noche.

—¿Dónde?

—En la terraza lateral, después de la cena.

—¿Testigos?

—No.

—Qué conveniente.

Madeleine sostuvo su mirada con calma.

—Para él, no para mí. A estas alturas, brigadier, si quisiera inventar una mentira útil, procuraría que alguien la hubiera oído.

—¿Qué le dijo?

—Que ya había tolerado bastante mi nostalgia.

Que una mujer de mi edad debía aprender a distinguir los recuerdos de las pruebas.

Que, si yo no le entregaba las cartas, quizá Élodie recibiría algunas.

O mi cuñado. O el comité del club. O Lucien, no sé por qué.

Adrien siempre sabía elegir el destinatario más cruel.

—¿Y usted qué respondió?

Madeleine bajó la mirada hacia sus manos.

—Que viniera a buscarlas él mismo.

—¿Eso hizo?

—No.

—¿Estaba usted dispuesta a entregarlas?

—No.

—¿Estaba dispuesta a matarlo para impedirlo?

La pregunta de Marchand fue brusca. Necesaria, pero brusca.

Madeleine sonrió sin alegría.

—No, brigadier. He tenido años para matar a Adrien Marceau. Si no lo hice antes, no fue por falta de imaginación.

—A veces hace falta un detonante.

—Y a veces el detonante solo consigue que una se dé cuenta de que ya no merece la pena mancharse las manos.

Delacroix inclinó ligeramente la cabeza.

—¿No merecía la pena?

Madeleine lo miró.

—No por las cartas. No por mí.

—¿Por Claire?

La pregunta dejó quieta la sala.

Marchand dejó de escribir.

Madeleine volvió la vista hacia la fotografía. La muchacha seguía allí, pequeña, borrosa, atrapada en un verano que se había podrido sin terminar.

—Claire era una niña —dijo.

—¿Cuántos años tenía?

—Dieciocho, quizá. Tal vez diecinueve. A esa edad, en Valombre, una muchacha pobre parece adulta si conviene desearla y niña si conviene culparla.